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Posted on 02/09/2025 by Alejandro Medel González  in  Ética, portada, Teología

No hay temor en el amor: una respuesta cristiana a la xenofobia y la violencia racial | Alejandro Medel González

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No hay temor en el amor:
una respuesta cristiana a la xenofobia y la violencia racial

 

 

“Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer,
porque todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).


La actualidad que nos interpela

En los últimos meses, España ha sido sacudida por episodios de violencia racista que, lejos de ser aislados, reflejan un clima social cada vez más enrarecido por discursos de odio, desinformación y miedo al diferente. Lo ocurrido en Torre Pacheco (Murcia), con agresiones, incendios y amenazas dirigidas hacia personas migrantes —particularmente de origen marroquí— no puede entenderse fuera de un contexto de xenofobia estructural, amplificado por ciertos discursos mediáticos y políticos que estigmatizan al “otro”.

Como personas creyentes, nos vemos interpeladas a responder. No solo desde la ética ciudadana, sino desde nuestra identidad más profunda como seguidoras y seguidores de Jesús de Nazaret. Nuestra fe no es neutral: es encarnada, contextual, comprometida con la justicia y la dignidad de cada ser humano. Como afirma el teólogo José Luis Segovia: “La fe cristiana no puede vivirse desde la indiferencia. O es encarnada, o no es” (Segovia, 2015).

Jesús de Nazaret: extranjero, perseguido, marginado

Cuando abrimos los evangelios no encontramos un Mesías rodeado de privilegios, sino un hombre del pueblo, de Galilea, tierra fronteriza y despreciada. Jesús fue, en muchos sentidos, un marginal: hijo de familia pobre, migrante en Egipto, criticado por juntarse con “pecadores”, mujeres, extranjeros. No fue ciudadano del Imperio, sino súbdito. No perteneció al centro, sino a la periferia.

Este dato no es anecdótico: forma parte del núcleo del evangelio. La encarnación de Dios en Jesús se da en los márgenes, en lo frágil, en lo despreciado. Como recuerda el apóstol Pablo, “lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios” (1 Corintios 1:27).

Por eso, todo intento de justificar la exclusión, la violencia racial o el desprecio por los migrantes desde supuestas “raíces cristianas” es, en realidad, una traición al evangelio. No hay cristianismo sin inclusión. No hay Reino de Dios sin justicia.

El racismo como pecado estructural

El racismo no es solamente un prejuicio individual. Es una red de prácticas, discursos y políticas que sitúan a ciertas personas —por el color de su piel, su origen, su lengua o su religión— en una posición sistemáticamente inferior. Es, como dijo el teólogo James Cone, “el pecado original de Estados Unidos” (Cone, 2011), pero también una realidad muy presente en Europa y en nuestras comunidades.

La teología latinoamericana ha desarrollado el concepto de pecado estructural para nombrar esas realidades injustas que van más allá del plano personal y se encarnan en sistemas de poder, leyes, economía y cultura (Gutiérrez, 2001). Negar el alquiler a una familia marroquí, poner trabas administrativas a una persona migrante, tolerar discursos políticos racistas: todo eso son expresiones de pecado estructural. Y frente al pecado, la Iglesia está llamada a una conversión activa, a una denuncia profética y a una praxis transformadora.

Hospitalidad radical: un imperativo evangélico

A lo largo de toda la Biblia, la hospitalidad es uno de los valores centrales del pueblo de Dios. Desde Abraham, recibiendo a los tres caminantes (Génesis 18), hasta Jesús alimentando a las multitudes y lavando los pies de sus discípulos, la fe bíblica está tejida de gestos de acogida.

El mandamiento de amar al extranjero aparece más de treinta veces en el Antiguo Testamento. “Amarás al extranjero, porque extranjeros fuisteis en Egipto” (Deuteronomio 10:19). La memoria de la propia migración y opresión es la base de una ética de la compasión. En el Nuevo Testamento, Jesús se identifica con los forasteros: “Fui extranjero y me acogisteis” (Mateo 25:35).

Frente a los muros, el evangelio propone mesas compartidas. Frente al miedo, propone comunión. Frente al odio, amor concreto. No un amor abstracto o sentimental, sino encarnado en gestos reales: abrir las puertas, ceder privilegios, denunciar la injusticia.

Espiritualidad del encuentro y la interdependencia

Una teología cristiana contemporánea no puede sino abrazar una espiritualidad del encuentro: una forma de vivir la fe que reconozca la alteridad como lugar sagrado. En palabras de Leonardo Boff, “el otro es mi espejo y mi desafío. Solo soy plenamente humano en la medida en que me reconozco en el otro” (Boff, 1998).

Esto tiene implicaciones eclesiales profundas. No se trata solo de “ayudar a los migrantes” o “tolerar al diferente”, sino de permitir que las comunidades migrantes transformen nuestras iglesias. Que sus cantos, lenguas, modos de celebrar y entender la fe, enriquezcan nuestro horizonte. La interculturalidad no es un problema a gestionar, sino una oportunidad teológica a abrazar.

Acciones concretas: de la compasión a la justicia

Decía el obispo anglicano Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”. La compasión cristiana no puede quedarse en las emociones. Debe traducirse en prácticas concretas:

  • Educación antirracista en nuestras iglesias, escuelas dominicales y espacios comunitarios.
  • Acompañamiento legal y pastoral a personas migrantes y racializadas.
  • Alianzas activas con colectivos antirracistas, asociaciones gitanas, musulmanas o afrodescendientes.
  • Participación ciudadana en plataformas que denuncien los delitos de odio.
  • Liturgias inclusivas, en las que todas las culturas estén representadas y valoradas.

La fe cristiana es, en su raíz, una fe encarnada. Y la encarnación hoy pasa por hacer carne el Reino allí donde más se niega la dignidad: en los campos de explotación agrícola, en los barrios segregados, en los CIEs[1], en los cuerpos racializados que viven con miedo.

Otra Iglesia es posible… y necesaria

En medio del dolor, afirmamos la esperanza. No una esperanza ingenua, sino militante. No una fe ciega, sino una confianza activa en que el Espíritu sigue soplando donde quiere, también en las calles donde se lucha por la dignidad.

Las comunidades cristianas están llamadas a ser “anticuerpos sociales” frente a los virus del odio, la discriminación y la violencia. A ser sal y luz en una sociedad que muchas veces normaliza lo inaceptable.

Otra Iglesia es posible. Una Iglesia que no solo diga “todos son bienvenidos”, sino que sea capaz de vivirlo. Una Iglesia que entienda que el Reino de Dios no se construye con fronteras, sino con puentes. Una Iglesia que no tema al otro, sino que se deje evangelizar por él.

Referencias

Boff, L. (1998). El cuidado esencial: Ética de lo humano, compasión por la Tierra. Trotta.
Bonhoeffer, D. (1995). Resistencia y sumisión. Sígueme.
Cone, J. H. (2011). The Cross and the Lynching Tree. Orbis Books.
Gutiérrez, G. (2001). Teología de la liberación. Perspectivas. Sígueme.
Nouwen, H. (1993). Reaching Out: The Three Movements of the Spiritual Life. Image Books.
Segovia, J. L. (2015). Teología pública y compromiso cristiano. PPC.
Red Acoge. (2024). La violencia y el racismo no son la respuesta.
Fundación Secretariado Gitano. (2024). Comunicado a raíz de los actos violentos en Torre Pacheco.
ACCEM. (2024). Posicionamiento ante los recientes actos de violencia y la incitación al odio.
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[1] N de la E. Centros de Internamiento de Extranjeros

Alejandro Medel González

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