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Posted on 30/06/2026 by Eliseo Jeremías Enrique  in  Opinión, portada

¿Y si la posmodernidad tenía razón en algo? Contra la obsesión evangélica por tener razón | Eliseo Jeremías Enrique

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En los últimos años, la posmodernidad se ha convertido en el enemigo predilecto de buena parte del cristianismo evangélico contemporáneo. Pastores, apologistas e influencers repiten con insistencia que el relativismo amenaza la verdad, que la deconstrucción destruye la fe y que la cultura actual ha abandonado toda noción de “realidad objetiva”. Sin embargo, esta crítica suele partir de un problema más profundo: que rara vez se entiende con precisión aquello que se critica.

Como advierte el filósofo reformado James K. A. Smith, la posmodernidad funciona muchas veces como un “camaleón”, adoptando la forma que queremos darle: monstruo o salvador, enemigo o redentor (Smith, 2021, p. 16). Y esta ambigüedad no solo revela que hay una confusión conceptual muy propensa, sino también una reacción defensiva hacia lo que desconocemos completamente. Es decir, que la Iglesia no siempre ha rechazado la posmodernidad por lo que realmente es, sino por lo que percibe que amenaza: su pretensión de certeza, propia de la modernidad.

Y aquí aparece un punto clave. Que, durante siglos, gran parte del pensamiento cristiano —especialmente desde la Ilustración— ha estado atravesado por lo que Smith identifica como una “epistemología mítica de acceso inmediato y certeza cognitiva” (Smith, 2021, p. 71). La idea de que podemos poseer la verdad de manera directa, clara y sin mediaciones. Esta aspiración, heredera de René Descartes (1596–1650), no solo configuró la filosofía moderna, sino también ciertas formas de religión, y en especial la evangélica.

El resultado fue doble. Por un lado, surgieron teologías que pretendían demostrar racionalmente la verdad del cristianismo con absoluta certeza. Por otro, aparecieron versiones igualmente modernas como el fundamentalismo, que, aunque rechazaban el liberalismo, compartían la misma obsesión por la certeza absoluta (Míguez Bonino, 1999, citado en Roldán, 1999, p. 111). En ambos casos, el problema es el mismo: una confianza excesiva en la capacidad humana de poseer la verdad sin mediación.

Y los frutos no han sido inocentes. Ya que, como señala Smith, estas formas de religión moderna han generado “daño, violencia y sufrimiento para las comunidades” (Smith, 2021, p. 71). No necesariamente violencia física, pero sí exclusión, rigidez, incapacidad de diálogo y una constante producción de “otros” que deben ser corregidos, refutados o descartados.

Si esto suena familiar, es porque lo vemos todos los días. La apologética evangélica contemporánea —especialmente en redes sociales— ha asumido, muchas veces sin cuestionarlo, este paradigma. Influencers cristianos y pastores conocidos, que convierten la fe en un campo de batalla intelectual donde lo importante no es anunciar el evangelio, sino ganar debates. Se multiplican las refutaciones instantáneas, los intercambios diseñados para exhibir superioridad intelectual y los hilos argumentativos que no buscan comprender, sino imponerse.

Pero en ese proceso, la fe deja de ser testimonio para convertirse en pura demostración. La verdad deja de ser proclamada para ser impuesta. Y el evangelio, en lugar de ser anunciado como buena noticia, se presenta como un sistema que debe ser probado, porque de lo contrario debería ser descartado. Y frente a esto, la posmodernidad —lejos de ser simplemente una amenaza— puede ofrecernos una corrección necesaria.

No porque tenga todas las respuestas. De hecho, Smith es claro en señalar que la posmodernidad no rompe completamente con la modernidad; más bien, en muchos casos, la intensifica, compartiendo su autosuficiencia y su naturalismo (Smith, 2021, p. 20). Pero precisamente por eso, su crítica a la pretensión de certeza absoluta resulta valiosa. Pensadores como Jacques Derrida (1930-2004) han mostrado que todo significado está mediado y nunca es plenamente poseído; Jean-François Lyotard (1924-1998) ha cuestionado la confianza en los grandes relatos totalizantes que pretenden explicarlo todo; y Michel Foucault (1926-1984) ha evidenciado cómo el conocimiento está muchas veces entrelazado con relaciones de poder. Y estas críticas, lejos de destruir la fe, pueden purificarla de sus pretensiones idolátricas. Porque, en el fondo, la posmodernidad nos recuerda algo profundamente bíblico: que somos criaturas finitas y pecadoras. Tendemos al individualismo y la deshumanización.

Desde la hermenéutica, esto es fundamental. La interpretación no es un accidente ni una consecuencia del pecado, sino una condición constitutiva de la existencia humana. Como sostiene Smith, la hermenéutica es un aspecto “inevitable” y originalmente bueno de la creación (Smith, 2021, p. 228). No interpretamos porque estemos caídos (aunque lo hacemos desde ese estado también); interpretamos porque somos humanos. Y, por ende, finitos.

Esto desarma una de las ilusiones más persistentes del cristianismo moderno: la idea de que existe una lectura pura, inmediata y neutral de la Escritura. En realidad, toda lectura está mediada por tradiciones, comunidades y prácticas. Reconocer esto no destruye la verdad; la sitúa y nos sitúa.

Y aquí aparece una paradoja interesante: sin saberlo, la Iglesia ya es, en muchos sentidos, posmoderna. Cada comunidad interpreta. Cada tradición transmite una forma de leer. Cada iglesia encarna una visión del mundo que no puede reducirse a una demostración lógica y que es crítica de ciertas narrativas dominantes. Incluso quienes denuncian la posmodernidad lo hacen desde una interpretación situada, heredada y aprendida.  La diferencia es que algunos lo reconocen… y otros no.

Por eso, el verdadero problema no es la posmodernidad, sino la falta de autoconciencia hermenéutica. Como señala Smith, el paso hacia una postura “posfundamentalista” implica reconocer que nuestras visiones del mundo son recibidas y discutibles (Smith, 2021, p. 28). Pero ese reconocimiento no nos dice qué hacer después… Solo nos obliga a abandonar la ilusión de neutralidad.

Entonces, ¿qué hacemos con esto? Smith propone un giro decisivo: abandonar la apologética de demostración y recuperar una apologética narrativa. En lugar de intentar probar el cristianismo como si fuera una ecuación, se trata de contar la historia del evangelio de manera “kerigmática y carismática: proclamar la historia del evangelio en el poder del Espíritu” (Smith, 2021, p. 47).

Y esto no es debilidad, como algunos pensarían. Es la radicalidad de la narrativa bíblica. Significa dejar de confiar en la coerción racional para volver a la proclamación. Significa abandonar la lógica de la guerra cultural para recuperar el testimonio. Significa, en última instancia, reconocer que la fe no se impone: se anuncia. Y en este sentido, la Iglesia está llamada a ser profundamente contracultural, pero no en el modo que muchas veces imagina. No mediante la imposición de certezas, sino mediante la formación de comunidades capaces de discernir críticamente las narrativas del mundo (y todas ellas… incluidas las del sistema en que vivimos).

La Iglesia, entonces, no está llamada a ganar una batalla cultural, sino a formar un pueblo. Un pueblo que no niegue la verdad, pero que tampoco pretenda poseerla como propiedad privada. Un pueblo que reconozca su finitud, pero que, precisamente por eso, dependa de la gracia. Un pueblo que, en lugar de gritar más fuerte en redes sociales, aprenda a vivir de manera distinta.

Tal vez la posmodernidad no tenía razón en todo. Pero en esto, quizás sí: no somos dioses capaces de ver la verdad desde ninguna parte. Y reconocerlo podría ser, paradójicamente, el comienzo de una fe más fiel.

 

Referencias

Roldán, A. F. (1999). ¿Para qué sirve la teología? FADEAC.

James K. A. Smith, J. K. A. (2021). A queda da interpretação: fundamentos filosóficos para uma hermenêutica criacional. Thomas Nelson Brasil.

James K. A. Smith, J. K. A. (2021). Quem tem medo do pós-modernismo? Levando Derrida, Lyotard e Foucault para a Igreja (C. G. Marins, Trad.). Editorial Reformada.

 

Eliseo Jeremías Enrique

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