Posted On 25/02/2021 By In portada, Teología With 540 Views

A los secretos de Dios nos acercamos mejor orando que investigando | José Luis Avendaño

A los secretos de Dios nos acercamos mejor orando que investigando“, solía ser una sentencia constantemente repetida por los de Wittenberg, especialmente, por Lutero y Melanchton. En efecto, es absolutamente fundamental, en mi opinión, que los dogmas de la iglesia sigan conservando su función de signos y señales en nuestro humano adentrarnos al misterio de la fe, esto es, sirviendo al modo de mapas mentales. Sin embargo, en el preciso momento en que dichas formulaciones pierden su carácter de señales conductoras de aquella gracia de Dios prodigada a los seres humanos, para erguirse ellas mismas en intocables monumentos, a los que a su mera adhesión -incluso, a veces, lo que es más dramático aún, a su sola repetición-, se les confiere el derecho de agotar todo cuanto podamos decir del misterio de la fe, y esto con abierta independencia de nuestra propia participación en el seguimiento cristiano, no podemos ver en tales líneas conductoras más que cortapisas a la fe, falaces seguridades en la que se intenta refugiar nuestra cristianizada repulsa del Crucificado y su llamado a seguir en pos de él. En otras palabras, la propia versión cristianizada de la superstición y la incredulidad.
Dicho de otro modo: Quien pretenda agotar, reducir o simplemente equiparar el misterio de la fe cristiana, a una mera asimilación material con el símbolo dogmático, las confesiones o lo que fuera, sobre el cual juzga haberse dicho ya la palabra definitiva de la fe, aquel tal ha visto en aquel símbolo no más que la oportunidad para la repetición perezosa y estéril del formulismo, pero no la participación inteligente y envolvente de la fe a que tal figura emplaza, o bien, cual “San Manuel Bueno, Mártir”, de Unamuno , al repetir las palabras del Credo -“Creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable”-, no más que la propia agresión a esa misma fe, y a la honestidad intelectual que siempre ha de acompañarle.
Ciertamente, en lo que al misterio de la fe cristiana se refiere, no podemos más que consentir con aquel sabio consejo de Lutero y Melanchton, esto es, que “a los secretos de Dios nos acercamos mejor orando que investigando”. De ahí entonces que no carezca de toda veracidad -utilizando el lenguaje del Pseudo Dionisio- comprender a todo creyente esencialmente como a un “mistagogo”, empero, con el importante reparo, que la iniciación en aquel misterio de la fe no consiste ya para el cristiano en el ascenso de niveles intelectuales o espirituales, sino que es un misterio el cual a éste se le abre por medio de la gracia que justifica, y al cual él mismo se abre por medio del seguimiento del Crucificado. “Non est enim aliud dei mysterium nisi Christus” (“No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo”), dirá Agustín.
José Luis Avendaño

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