Lupa protestante

Posted On 04/02/2021 By In portada, Teología With 437 Views

Alcance y comprensión de los dogmas en el campos protestante | José Luis Avendaño

Sea dicho, en primer lugar, que el valor de una declaración doctrinal no podría estar dado solamente por su condición de afirmación de consenso, tal como se afirmaba en el criterio de catolicidad propuesto por Vicente de Lerins (434): “curandum est, ut id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est”. Ciertamente, como el mismo Pannenberg lo ha advertido, el consenso en materia doctrinal puede ser expresión de la universalidad de la verdad, como también puede estar al servicio de intereses ideológicos o regionales, en última instancia, de poder.
Sin embargo, que la fijación consensuada no puede ser esgrimida como criterio ni absoluto ni definitivo, no significa, mucho menos sugiere, una minusvaloración de los grandes acuerdos doctrinales afirmados por la iglesia en su devenir histórico. Es así, por tanto, que las confesiones luteranas siempre han reconocido el pleno valor de los antiguos símbolos eclesiásticos. No obstante, con el propio Pannenberg, podríamos afirmar frente aquello: “El consenso doctrinal eclesiástico adquiere peso sólo en cuanto consensus de doctrina evangelii”.
Por tanto, para el protestantismo el dogma no puede resultar en nada más que una expresión, primero de fe, y luego conceptual de esta confesión, dimanada expresamente del testimonio mismo de las Escrituras, y aquello como explicitación sistemática de sus más caros contenidos. Una confesión, no obstante, no de carácter privado ni doctoral, sino que se declara y se experimenta en la vida comunitaria y cultual. Su fin, no es por tanto la fijación de una verdad como pensamiento puro, inamovible, ecuacional, sino la comunicación de la gracia presente en aquella verdad.
En virtud aquello, el dogma debe ser visto para el mundo protestante siempre como punto de partida, como guía, como referente y jamás como meta final del camino hacia aquella búsqueda de una más plena comprensión y acercamiento de la gracia revelada en la verdad escritural. En última instancia, dicha consecuencia se deriva de la propia comprensión que Lutero había expresado ya de la teología, quien en abierta antagonía al marcado interés especulativo de la escolástica, había destacado la función práctica y existencial de ésta, en tanto que su objeto no es sólo el razonamiento metafísico sobre Dios, sino la relación soteriológica de éste con el hombre pecador: “Theologiae proprium subjectum est homo peccati reus et perditus, et Deus justificans ac salvator hominis peccatoris” .
Queda de este modo entonces, para Lutero, el objeto formal de la teología –no así siempre para el luteranismo-, determinado a un nivel relacional y dialécticamente establecido: “Dios-hombre”, “pecado-gracia” “ley-evangelio”, y no al nivel de una intelección racional que a partir de lo creado busca la comprensión de la obra de Dios, como en el caso de la escolástica y especialmente de Tomás de Aquino. Partir de esto último, a juicio de Lutero, no sería más que autoengaño y funesto error. Precisamente así –dirá en la Disputación de Heidelberg-, es como procede el teólogo de la gloria, quien llama a lo malo bueno, y a lo bueno malo, entre tanto que, el teólogo de la cruz partiendo de Cristo y de su pasión, llama a cada cosa según su nombre. En palabras de la propia disputación: “19. No puede llamarse en justicia “teólogo” al que crea que las cosas invisibles de Dios pueden aprehenderse a partir de lo creado. 20. Sino, mejor, a quien aprehende las cosas visibles e inferiores de Dios a partir de la pasión y de la cruz. 21. El teólogo de la gloria llama al mal bien y al bien mal: el teólogo de la cruz llama a las cosas como son en realidad”.
José Luis Avendaño

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