Bienaventurados los pobres insumisos (Ellos heredarán lo que les pertenece)
La criminalización de la pobreza es un fenómeno a nivel global y no es casual: responde a intereses de clase muy bien estudiados y orquestados desde un sector dominante que tiene sus teorizadores y sus teorizaciones, sus dogmas y sus religiones, sus altares y sus seguidores, sus gurúes, sus expertos motivacionales y sus predicadores. Lamentablemente, también tiene su brazo ejecutor que no es ni blando ni corto ni paternal ni amoroso: el brazo ejecutor de la criminalización de la pobreza es punitivo y represor a priori. No es “justo”. No busca descriminalizar sino antes bien exactamente lo contrario. No se propone combatir el delito (esa es su excusa). Para ese brazo ejecutor todos los pobres son criminales y no hasta que se demuestre lo contrario, lo cual ya sería un escándalo en sus términos: todos los pobres son criminales por ser pobres, y además vagos, e inútiles, e irrecuperables. De un solo golpe el Estado (este o cualquiera, ya que es un fenómeno global) deja de interrogarse acerca del por qué el pobre es pobre y qué responsabilidad le cabe en la pobreza del pobre, trasladándole la responsabilidad al pobre por su pobreza, y encima, penalizándosela, castigándolo por ella. El círculo le cierra muy bien al estado putrefactor: con estudios de dudosa probanza científica esgrimen que la ayuda social del estado benefactor hace que los pobres no trabajen y alimenta su haraganería, y con un altruismo de más dudosa probanza (“no le des el pescado enseñale a pescar”), mandan a la masa de pobres a la más absoluta indigencia pero, eso sí, con una caña de pescar y sin carnada al desierto de Sahara. Con lo que se ahorran de sus planes sociales, equipan bien a una policía sedienta de sangre y represión para que los rodee mientras pescan: si al tercer día de estar tirando la caña infructuosamente se duermen, ¡reprímanlos! Deben aprender la cultura del trabajo.
En un movimiento esquizofrénico fríamente ejecutado, la derecha neoliberal en el poder mundial propone una retirada del estado de sus deberes más fundamentales de asistencia, salud, educación y promoción del trabajo, y un achicamiento del gasto público que produce, directa e indirectamente, en un círculo perverso, menos trabajo, menos salud, menos educación. Sin embargo, en el discurso, la derecha declama: ¡educación de calidad, salud de excelencia, trabajo genuino! Mientras desfinancia hospitales, despide masivamente del estado y provoca cesantías en fábricas que cierran, y baja el presupuesto de educación. Cuando todo esto va sucediendo, sacude la cabeza en señal de “yo no fui”, dice que el pobre es pobre porque quiere, que en la meritocracia en que vivimos, si no tiene nada es porque no se esfuerza lo suficiente, y que si no le da pescado y en cambio una caña de pescar para el Sahara le está haciendo un bien, para “templar su ánimo” para esta cultura del trabajo que es difícil en los tiempos que corren. Por si acaso, estas democraduras van comprando armas, porque semejantes ajustes solo entran a palos: al pobre se lo doblega a los palos o se lo convence de que ser pobre está bien.
Y el cristianismo, como veremos a continuación, ha jugado a veces un papel bastante triste en esta segunda posibilidad.
A los pobres siempre los tendréis
En ocasión de ser ungido en Betania antes de su muerte (Mt. 26:11), cuando una mujer derrama un perfume sobre Jesús, alguno de sus discípulos se molestó por el gasto que esto significaba, y le planteó que, tal vez, ese dinero habría estado mejor gastado dándoselo a los pobres. Jesús le contesta que pobres siempre iban a tener cerca, pero a él no siempre le tendrían, quizás recordando esa frase de Deuteronomio en la que se conminaba a dar con liberalidad a aquellos necesitados que “nunca faltarán sobre la tierra” (15:11).
Lo que Jesús está constatando implícitamente es una realidad fáctica: siempre habrá pobres. ¿Y por qué siempre habrá pobres? Si leemos atentamente las enseñanzas de Jesús sabremos que, seguramente, aquella enseñanza paulina de que el dinero es la raíz de todos los males debería provenir de Jesús, quien no la dijo explícitamente, pero practicó el dar, el vivir despojado, y el amor al prójimo como regla suprema. Toda vez que el ser humano mira primero hacia sus intereses y posesiones, toda vez que teniendo dos capas se queda con las dos —podría decir Jesús— habrá alguno que no tendrá ninguna capa: ahí habrá un pobre. De modo tal que la pobreza siempre tiene responsables, según Jesús, y de ningún modo hay que buscarlos en la pereza —como tanto han predicado los púlpitos meritocráticos— sino en el egoísmo. Ahí hay un pecado, si es que el pecado existe.
Con este versículo, “… a los pobres siempre los tendréis”, la cristiandad ha justificado una indolencia y hasta una nociva indiferencia hacia la pobreza estructural del país, por considerarla cuestiones de política, y ya hablamos de que algunos cristianos creen que la apoliticidad es posible —o se amparan en esa máscara de apoliticidad para esconder sus más oscuras opciones políticas de la más descarada derecha—. Pero, lo que es peor, la cristiandad ha justificado aquello que constituye la pobreza estructural célula a célula: las historias personales. Quiero decir, puedo admitir que la iglesia no milite en política, pero me será mucho más difícil admitir que la iglesia cierre su corazón a la cuestión social que tiene ante sus narices, encerrada en su torre de marfil, escudada en su “… a los pobres siempre los tendréis”.
Quien lee me dirá que estoy siendo exagerada con esta exégesis o con la historización de esta exégesis. Les diré que no: en tiempos de liberalismo ideológico, esta es la exégesis prescripta para este versículo (siempre quien se atreve a un poco más es conceptuado de izquierdas).
Cuando Jesús dijo que a los pobres siempre los tendríamos estaba levantando una voz profética que todavía hoy tiene vigencia y deberíamos hacer bien en escuchar. Es más, creo que permitió que le derramaran ese perfume más que como acto de adoración como acto de denuncia profética: para poder decir esas famosas palabras: ¡A los pobres siempre los tendréis! Es una verdad escandalosa la que Jesús estaba denunciando. Se las enrostraba con sarcasmo: yo me voy y ustedes se quedan con la misma dureza de corazón con la que me recibieron, a pesar de lo que me esforcé por enseñarles. Pasaron más de dos milenios y no solamente no terminamos con la pobreza, sino que la aumentamos desenfrenadamente. Como en aquel momento, ahora también hay responsables: la avaricia, el egoísmo, la desigualdad, pocos que tienen mucho, muchos que tienen poco, demasiados que tienen nada. Estructuras sociales pecaminosas enquistadas en el corazón del ser humano.
Ese corazón necesita conversión. No hablo de conversión cristiana ni religiosa. Conversión jesuánica a valores del reino, se practique la religión y la creencia que se practique: si tiene dos capas, da una. Si tiene una, da media. Si no tiene ninguna, comparte amor. Siempre hay una forma de darse. Tal es la matemática del que se partió.
Bienaventurados los pobres
Bienaventurados los pobres se ha utilizado demasiado y demasiado tiempo para domesticar consciencias y voluntades. Es una opresión, una finísima manipulación, una farsa de titiriteros que ostentan los hilos del poder desde arriba y a los que la religión y la creencia les ha sido funcional, lamentablemente.
La bienaventuranza para los pobres, en cambio, comienza cuando los pobres advierten que no hay ninguna bienaventuranza en ser pobres, esto es, cuando advierten la sutileza de que quien se la dice, generalmente, no siente crujir su estómago a la hora del almuerzo, ni llora porque sus hijos andan descalzos. El pobre insumiso con su destino, insurrecto con la suerte que los poderosos quisieron que a él le toque en el reparto, ese es el que empieza a tomar la bienaventuranza en sus manos. No siempre lo logra, claro, hay una estructura poderosa de pecado que conspira en contra de la felicidad de todos.
Decir que el pobre es bienaventurado es no solamente una gran ironía sino, creo, no captar la ironía —casi el sarcasmo— de las palabras de Jesús “a los pobres siempre los tendréis con vosotros”: semejantes palabras acusatorias deberían haberlos hecho morir de vergüenza, y sin embargo, no: las capitalizaron para sus intereses egoístas por más de dos mil años.
Decir que el pobre es pobre porque quiere, es no haber leído nunca el evangelio, ese que habla de vender todo y repartirlo, ese que ordena tener dos y quedarse con una sola cosa a favor de quien no tiene nada.
Bienaventurados los pobres insumisos, los patasucias, los rebelados, los reclamantes, los que no esperan futuros idílicos mientras se mueren de hambre. Bienaventurados los que hacen suyas las palabrotas de Jesús llamando “zorra” a Herodes y no asisten en manada a ninguna plaza a orar por ninguna autoridad, antes bien, se plantan exigiendo lo que les pertenece. Bienaventurados los que se saben dignos y no esperan que de los de arriba les derrame ninguna migaja de dignidad.
Pobres para siempre, de toda pobreza, aquellos que calman su consciencia diciendo que los pobres siempre estarán con nosotros, que siempre los tendremos y que lo dijo Jesús, porque ese dedo acusador no deja de acusar airado desde hace dos milenios: siempre los tendremos, sí, porque no hemos dejado de ser la misma masa de egoístas sin corazón de aquella época.
