Posted On 19/11/2021 By In Diálogo Interreligioso, Opinión, portada With 130 Views

Cristianismo y religiones del mundo | J. L. Avendaño

Difícilmente se pueda continuar hoy en día, a mi juicio, en la afirmación barthiana, según la cual, con el advenimiento del cristianismo tocan a su fin todas las religiones del mundo, mostrándose todas ellas falaces y sin valor alguno. Menos aún se debe suponer un exclusivismo eclesiológico al modo del “Extra Ecclesiam nulla salus», como lo proponía Cipriano y luego lo reafirmará el Primer Concilio Vaticano; pero me pregunto también si la idea del cristianismo anónimo de Rahner, constituye una vía lo suficientemente responsable y válida para acometer la tarea de diálogo con las religiones del mundo y su consiguiente espiritualidad, desde el posicionamiento de la fe cristiana.

Resulta evidente, en mi opinión, que en la exacerbación del criterio teológico de la pluralidad, tal como se lleva a cabo en el programa actual de los sectores que abrazan el exclusivismo de la relevancia y el «extra nos» de la misión de forma abiertamente radical -el progresismo de izquierda, para decirlo abiertamente-, el asunto de la definición coherente de la verdad teologal -trabajo propio de la teología sistemática en su fijación de las doctrinas cristianas-, queda siempre relegado a un estado de perpetua postergación en aras de la importancia capital que ejercerán criterios tales como el inclusivismo y la tolerancia, y éstos en su grado extremo.

Consecuencia lógica de dicha postergación del criterio de verdad resulta la asimilación del escándalo de la cruz en la nueva ética de la tolerancia de la cultura (pos)moderna; la reconversión de la escatología bíblica por la integración de una espiritualidad universal que prescinde del esjatón y, finalmente, la relativización cada vez más creciente de la cristología, lo que no hace más que sacrificar lo propio y distintivo de la fe cristiana: “Jesús, el Cristo, su mensaje, su actuación, su muerte y resurrección”, por lo universal y general de un cristianismo en perspectiva meramente horizontal.

Es precisamente a partir de este contexto de ausencia casi completa de histórica referencialidad y de afirmación de lo distintivamente propio de la fe cristiana, con que se acomete el diálogo y contacto con las religiones del mundo, que se puede explicar, a mi parecer, por esa desbordante fascinación actual de este sector por todo lo ancestral, lo exótico, o por aquello que simplemente exhibe una faceta antitradicionalista y que pareciera, al mismo tiempo, ofrecer una válvula de escape a la espiritualidad del cristianismo convencional, pero que en aquel mismo alegre desbordamiento, se ha vaciado ya del criterio crítico de verdad y de lo específicamente propio de la fe cristiana.

Es a Hans Küng a quien debemos actualmente, a mi entender, el esfuerzo más serio y consistente tocante a desarrollar un programa de diálogo ético y ecuménico con las diversas religiones del mundo, precisamente en lo que él ha denominado, «Proyecto de una ética mundial». Según su propuesta, tal diálogo, que no puede renunciar al asunto criteriológico de la verdad, debe considerar los tres siguientes elementos: 1) Criterio ético general: La veracidad de una religión en particular está dada por su contribución a la dignidad humana, y el rechazo a toda forma de represión a esa misma humanidad. 2) Criterio religioso general: La veracidad de una religión viene dada por su fidelidad y continua referencia a su escritura normativa, su canon. 3) Criterio específicamente cristiano: La veracidad de esta religión en particular, viene dada en la medida en que, tanto en su teoría como en su praxis, trasunta el espíritu de Jesucristo.

Pues bien, de acuerdo al criterio ético y religioso, sería posible hablar entonces, según Küng, de la veracidad de muchas religiones del mundo, entre tanto que, en lo tocante al último criterio, tendría la palabra exclusivamente el cristiano, por cuanto participa existencialmente de aquella fe, para juzgar al cristianismo como la única religión verdadera.

Sin embargo, se trata de una afirmación ésta, la de reconocer al cristianismo como la «única religión verdadera», ampliamente peligrosa hoy en día para quien la pronuncie, en la medida que la política constante de la ONU en sus continuas declaraciones acerca de la libertad de conciencia y de religión, equipara prácticamente en un mismo rango de «fundamentalismo religioso» y, por lo tanto, de peligro para las sociedades humanas, al musulmán que cercena los órganos genitales de la mujer, como al cristiano que admite que su fe sostiene la creencia en verdades absolutas. En este sentido, no me cabe duda de que la tendencia cristofóbica en Occidente irá cada día en aumento, y que el cristianismo que no capitule a la agenda de cierto progresismo se hará cada día más peligroso para quien lo profese.

José Luis Avendaño

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