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Posted on 11/03/2013 by Juan María Tellería  in  Biblia, Opinión

Dime qué y cómo lees… y ya te diré (3ª y última parte)

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El que lee entienda. (San Marcos 13, 14 RVR60)

Con esta reflexión de hoy, ponemos el punto final al asunto que hemos venido tratando desde hace ya dos semanas y con el que expresábamos nuestra preocupación más profunda por una realidad que no podemos ignorar: el hecho de que el pueblo evangélico de nuestras latitudes ha perdido una de sus otrora características distintivas, la cultura que otorga el hábito de leer y leer correctamente.

Puesto que en los dos artículos previos habíamos dedicado nuestra atención al asunto de la lectura y comprensión de la Santa Biblia, vamos a concluir hoy con una cuestión importante a la que apuntábamos también en su momento, que consiste en esas otras lecturas con las que un número creciente de miembros de nuestras iglesias se alimenta, libros esencialmente religiosos, supuestamente de temática cristiana y evangélica, pero que definíamos literalmente como “obras de muy escasa calidad, una literatura de tipo panfletario que, lejos de formar, en realidad deforma y embota; que en vez de nutrir, atrofia e inhabilita; en una palabra, que conforma una mentalidad sectaria y anticultural, de ghetto, de grupo cerrado y, a la larga o a la corta, marginal”. No queremos con ello, ni mucho menos, pretender que el conjunto de los creyentes consuma obligatoria y necesariamente trabajos de esmerada exégesis, comentarios bíblicos editados para especialistas o manuales de dogmática redactados básicamente para estudiantes de seminario o profesores de la materia. No todo creyente está llamado a ser forzosamente un teólogo o un exegeta, desde luego. Nos hacemos eco tan sólo de la inquietud expresada desde hace ya algunos años por figuras relevantes del panorama evangélico nacional, que vienen observando con cierta desazón cómo una ola de fundamentalismo y de crasa ignorancia escriturística pareciera anegar congregaciones enteras con sus pastores o dirigentes incluidos, de la mano de devocionales, guías de lectura y cierta clase de libros que, so capa en ocasiones de una gran erudición (¡a la violeta!), únicamente vierten fanatismo y superstición. No es de extrañar, en tal caso, que creyentes de nuestras iglesias bien formados y con cierto nivel cultural se decanten para su lectura religiosa personal por obras católicas de elevada espiritualidad y buen conocimiento de la Biblia, que cada vez son más abundantes, rechazando al mismo tiempo la gran profusión de publicaciones netamente evangélicas, pero de contenido muy inferior.

¿Qué está ocurriendo?, cabría preguntarse. Y también: ¿hay solución?

Vaya de entrada que de ninguna manera consideramos que el consumo de libros de espiritualidad católica fundamentada en la Biblia sea en sí algo negativo. Los creyentes, de la denominación que seamos, estamos llamados a seguir el consejo paulino de examinarlo todo y retener lo bueno. De hecho, hay mucho de bueno para retener en las obras divulgativas sobre las Escrituras editadas por los católicos y por los cristianos orientales, especialmente los ortodoxos rusos, por poner un ejemplo conocido. La cuestión no está ahí, sino en el hecho de la saturación del mercado evangélico por un tipo de libelo agresivo y condenatorio para todo el mundo difundido hasta el exceso, que amparándose en una muy cuestionable interpretación de ciertos libros proféticos de corte apocalíptico, viene conformando una mentalidad esencialmente catastrofista y escapista, por un lado; o cimentándose en una supuesta moral cristiana mal entendida, por el otro, disemina una imagen altamente negativa del mensaje de Cristo y lo rebaja a niveles de un puro fariseísmo acusador, una religión de apariencias (¡por desgracia demasiado evidente!) que sólo puede generar en quienes la profesen de esta manera un estado de permanente desazón e inseguridad, de culpabilidad cruel desprovista de la Gracia restauradora del Evangelio. Si a ello unimos la cantidad ingente de panfletos que circulan por las librerías y los estantes de muchas capillas, en los que se narran “experiencias espirituales” o “testimonios” que disimulan mal estados de grave perturbación mental y que no tienen nada que envidiar a muchas de las “historias de santos” que se cuentan en algunos pueblos o a narraciones puramente fantásticas, ¿nos extraña que a ciertos niveles se catalogue el mundo evangélico dentro de las sectas peligrosas y destructivas? ¿Nos sorprende que en ocasiones se haya acusado gravemente a “pastores” y dirigentes de congregaciones evangélicas de haber deshecho a personas y familias enteras?

El ser humano desarrolla su mente a través de lo que vive y experimenta, sin duda, pero también a través de lo que lee. No es lo mismo nutrir esa parte tan delicada de nuestro ser con obras de calidad que con basura. Ningún padre o madre de familia como Dios manda se contentará con alimentar a sus hijos a base de caramelos y latas de Coca-cola. Procurará sustentarlos convenientemente de acuerdo con sus posibilidades.

El mundo protestante ha producido desde la Reforma buena literatura en todos los idiomas de Occidente, el nuestro incluido; obras de profunda espiritualidad evangélica bien cimentada en una lectura correcta de la Palabra de Dios, amén de comentarios bíblicos o ensayos sobre temas concretos siempre con una finalidad divulgativa, es decir, compuestas a un nivel aceptable, pero al mismo tiempo accesible al gran público. Durante siglos la literatura religiosa protestante no especializada, no exclusiva para teólogos, ha formado y educado a los creyentes dándoles esa pátina de cultura de que otrora disfrutaban en países como el nuestro y pese a las circunstancias adversas. El secreto no ha sido otro que una comprensión adecuada de los principios del Evangelio de Cristo y un saber responder con inteligencia a las necesidades reales de la sociedad del momento. Nos preguntamos sinceramente si toda la maraña literaria que hoy atesta los anaqueles de nuestras librerías comprende realmente la Buena Nueva de Jesús de Nazaret y, no si responde a los retos del mundo actual, sino si tan sólo sabe comprenderlos.

Ni los creyentes necesitamos escapismos mentales fáciles que nos dispensen de nuestro compromiso con el mundo en que vivimos en la idea de que todo va a ser destruido ya, ahora, porque “las señales de los tiempos ya se están cumpliendo y el fin está a las puertas”, ni podemos vivir de espaldas a unas realidades sociales que nos desafían de continuo y nos exigen, no ya una respuesta, sino simplemente un diálogo; no una condenación tajante de entrada, que cierra de golpe todas las puertas, sino una capacidad de comunicación permanente. La Iglesia de Cristo estará mejor pertrechada para difundir su mensaje cuantas más vías de acceso sepa abrirse en medio de una sociedad como la nuestra.

Finalmente, y no lo olvidemos, las palabras de Jesús en San Mateo 5, 13-16 nos instan a ser luz, no tinieblas; nos conminan a ser sal, no algo insípido y desabrido.

Cumplamos con nuestro cometido procurando alimentar nuestro espíritu con lecturas que valgan la pena.

Juan María Tellería

6 comentarios

  1. Estoy en total acuerdo con el pastor Tellería, creo que la iglesia sufre del mismo fenómeno de posmodernidad light que toda la sociedad, pastores con escasa o nula formación no tan sólo en lo eclesial sino con prácticamente nula cultura general lo que les imposibilita tener una mirada más amplia y caen en una fe inmadura casi supersticiosa. Donde el valor esta en el liderazgo carismático capaz de arrastrar masas y donde la grey se convierte en eso, «masa», en vez de individuos, que es la primera dignidad que el evangelio de Cristo nos dá a cada uno de nosotros como personas. Hay que ser conscientes de la importancia que tiene los pastores en la formación sólida de su pueblo…debe ser uno de los pocos «oficios» en que no se requiere «título habilitante».

  2. ¿No es todo ésto un «libelo» general en sí mismo? Generalizando tanto se consigue el aplauso inmediato del insatisfecho, los cuales ni siquiera tendrán la mismas opiniones acerca de los libros que son buenos.
    ¿Hacia dónde nos dirige? A desechar autores (¿cuales?), temas (¿de fondo apocalíptico?) y centrarnos en escritos de tratamiento social que nos lleve a abrir «vías de acceso» a la sociedad (¡cuidado¡ni fundamentalismo ni transigencia)
    En fin, nos hace falta buena literatura y buenos literatos.

  3. El pastor Telleria se queda corto desde luego. Me da grima entrar a algunas de nuestras librerías. Hace tiempo que he dejado de leer libros evangélicos porque son malísimos y además son extranjeros la mayoría y mal traducidos al español. No hay gente preparada entre nosotros que nos tienen que aogar con toda esa panfletada barata? Libros que enseñan a las mujeres a ser amas de casa sumisas y madres figurín ¿que valor tienen en España hoy? Esa mentalidad es la de hace ochenta años. Libros que solo que condenan a todo el mundo a quien se los puedes enseñar? No estamos para hacer el ridículo. Para eso ya están esos pastores batepalmas y aleluyeros que son los culpables de todo. Pero no. Los culpables son las iglesias que los contratan y los mantienen a cuerpo de rey. Más vale leer una buena novela o bajarse una buena película de Youtube antes que leer esas chingadas.

  4. Estoy de acuerdo. Se vende mucha basura como literatura evangélica y el mayor problema es que hasta muchos pastores son los primeros que la consumen, la extienden y hasta la imponen a sus congregaciones. Así tenemos luego rebaños de borregos más que de ovejas. ¿No hay nadie que les enseñe a los pastores donde encontrar buenos libros para ellos y para los demás?

  5. El pastor Tellería se queda corto al enfocar este tema. Es demasiado educado. En las librerías evangélicas y en las librerías de iglesia sobra mas de la mitad de lo que se vende. Por ejemplo los libros de Warren, de Lucado y unos cuantos mas por el estilo que la gente esta embobada con ellos y que no son que puro marquetin, de evangelio nada. Y no digo de otros autores porque no parezca que hago propaganda. De esto la culpa la tienen los pastores que no saben recomendar buenas lecturas. hace años podias ir a una libreria evangélica y comprar regalos para la familia o los amigos no creyentes, hoy te da vergüenza ver la porquería que se vende ahí. Por cada libro bueno hay cien que no valen para nada. Ya vale.

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