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Posted on 10/02/2026 by Alejandro Medel González  in  portada, Teología

Ecumenismo herido: exclusión, esperanza y caminos de reconciliación | Alejandro Medel

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Ecumenismo herido: exclusión, esperanza y caminos de reconciliación

“Que todos sean uno… para que el mundo crea” (Jn 17,21)

Una herida en nombre de la unidad

Aprovechando que hace apenas unos días ha concluido la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, me animo a compartir esta reflexión. Lo hago desde una mezcla de gratitud y preocupación: gratitud, por un camino recorrido que no ha sido estéril, y preocupación porque, una vez más, tengo la sensación de que el ecumenismo en España permanece en un preocupante estado de estancamiento. Este año, además, no he participado en ninguno de los actos ni celebraciones de dicha semana, no por desinterés, sino como expresión de una distancia que no he buscado, pero que se ha ido imponiendo con el tiempo. Se repiten las celebraciones, los gestos y las liturgias, valiosas sin duda, pero cada vez más desconectadas de avances reales, de procesos compartidos y de una conversión ecuménica que vaya más allá de lo meramente simbólico.

Desde mis primeros pasos como creyente y como pastor, el ecumenismo ha sido un pilar fecundo de mi vocación. Nunca lo entendí como una estrategia institucional, sino como una expresión del Evangelio, una forma concreta de encarnar la comunión que Dios nos ofrece en Cristo. Durante años participé con entusiasmo en celebraciones litúrgicas compartidas, encuentros de oración por la unidad, diálogos interconfesionales y espacios de cooperación en Madrid. Cada enero era habitual que me invitaran a predicar en parroquias católicas o a participar en actos en la Catedral de la Almudena, representando con agradecimiento a la Iglesia Evangélica Española (IEE), que me reconoció, durante un tiempo, como delegado de ecumenismo en el Presbiterio de Madrid-Extremadura.

Sin embargo, lo que comenzó como un compromiso gozoso se volvió con el tiempo una experiencia extraña y amarga. Al conocerse mi situación personal y mi forma de vivir el amor, comenzaron los silencios. Dejaron de consultarme. Dejaron de invitarme. Dejaron de contar conmigo. Cuando se requería diálogo con mi iglesia, se prefería tratar con otros pastores. Mi presencia, comprendí, se había vuelto embarazosa.

Renuncié como delegado de ecumenismo no por falta de convicción, sino precisamente porque seguía creyendo. No podía permanecer en un espacio que ya no era verdaderamente compartido, sino una carga espiritual difícil de sostener. Para algunos fue una decisión incomprensible y pensaron que debería haber aguantado; para otros, motivo de pesar. Para mí, fue un acto de fidelidad a una vocación evangélica que no excluye.

Esa experiencia me dejó una herida que no es solo personal, sino profundamente eclesial. Porque el ecumenismo, para ser verdadero, debe incluir sin reservas. ¿Puede hablarse de unidad sin justicia? ¿De comunión sin reconocimiento pleno? ¿De diálogo cristiano cuando algunos cuerpos son sistemáticamente marginados?

Desde esa herida, pero también desde una esperanza persistente, nace esta reflexión.

A partir de una experiencia concreta de exclusión, propongo aquí una mirada crítica sobre el estado del ecumenismo en España, sus tensiones, desafíos y caminos posibles. Porque sigo creyendo en la unidad del Cuerpo de Cristo, pero no en cualquier unidad: solo en aquella que abraza, dignifica e incluye como signo vivo del Reino que se aproxima.

Entre la cordialidad simbólica y el estancamiento estructural

Avances históricos y retrocesos recientes

El ecumenismo moderno surgió como un acto de conversión eclesial. Tras siglos de separación y condenas mutuas, las iglesias comenzaron a reconocerse como hermanas, llamadas a caminar juntas en fidelidad al Evangelio. El Concilio Vaticano II (1962-1965) representó, en este sentido, un punto de inflexión: su impulso ecuménico abrió un nuevo horizonte en las relaciones entre las iglesias cristianas, también en España, donde las iglesias evangélicas, históricamente marginadas, pudieron encontrar nuevos espacios de interlocución y presencia pública. La fundación de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), en 1980, significó un hito en el camino del protestantismo español hacia el reconocimiento institucional.

Sin embargo, ese dinamismo inicial se ha ido debilitando. Hoy, muchas de aquellas estructuras apenas sobreviven. Las celebraciones se han vuelto rutinarias; los foros, previsibles; la participación, escasa. Como ha señalado Manuel Duque, nos encontramos ante un auténtico “invierno ecuménico” (Duque, 2006): una etapa de parálisis, donde la retórica de la unidad convive con prácticas de exclusión y distanciamiento.

2. Las causas del estancamiento

Son múltiples los factores que explican esta crisis del ecumenismo en España:

  • La falta de voluntad institucional, en especial por parte de sectores jerárquicos de la Iglesia católica, para avanzar hacia una corresponsabilidad real y estructural.
  • La fragmentación interna del protestantismo, que debilita su capacidad de presencia común y obstaculiza un testimonio colectivo.
  • Las nuevas tensiones teológicas y éticas, que atraviesan a todas las iglesias, desde la teología queer hasta el feminismo, desde la ética del cuidado hasta la crítica poscolonial.
  • La secularización creciente, que ha desplazado el ecumenismo del centro de las preocupaciones pastorales hacia los márgenes del quehacer eclesial.

José Ignacio González Faus lo resume con lucidez: “El ecumenismo ha sido víctima de una doble presión: de arriba, por el miedo institucional; de abajo, por la indiferencia eclesial” (González Faus, 2017). A esta doble presión se suman ahora, con fuerza, dinámicas de exclusión que operan de manera sutil pero persistente, especialmente hacia quienes viven y expresan su fe desde identidades de género y orientaciones sexuales no normativas.

Asimetrías persistentes y desafíos compartidos

La Iglesia católica y el poder simbólico

En el contexto español, el ecumenismo está profundamente condicionado por la hegemonía histórica de la Iglesia católica. Su peso institucional y su rol como interlocutora casi exclusiva ante el Estado han generado una estructura de relaciones asimétricas. En teoría, se habla de comunión; en la práctica, muchas veces se impone la lógica del privilegio.

Juan José Tamayo ha denunciado con claridad esta ambigüedad: “El catolicismo español habla de diálogo desde una lógica asimétrica, sin despojarse del hábito imperial” (Tamayo, 2003). Esto se traduce en gestos que, aunque simbólicamente valiosos, no van acompañados de procesos reales de corresponsabilidad: liturgias comunes sin estructuras comunes, mesas de diálogo sin voz equitativa, presencia ecuménica sin visibilidad pública de las iglesias minoritarias.

La pluralidad protestante: riqueza y desafío

El protestantismo español es profundamente plural y dinámico. Junto a las iglesias históricas, presbiterianas, luteranas, metodistas, anglicanas y bautistas, han emergido, especialmente en las últimas décadas, cientos de congregaciones evangélicas, pentecostales y carismáticas. Muchas de estas comunidades han crecido de forma notable, especialmente entre sectores migrantes, y encarnan una diversidad teológica, cultural y litúrgica que enriquece el paisaje religioso del país.

Sin embargo, esa misma pluralidad también plantea desafíos importantes para el diálogo ecuménico. La ausencia de estructuras de coordinación sólidas, la fragmentación interna, el individualismo eclesial y los conflictos doctrinales dificultan la articulación de una voz protestante común, abierta al diálogo y representativa de su diversidad.

En este contexto, la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), nacida con la vocación de articular y representar al conjunto del protestantismo español, se encuentra hoy condicionada por corrientes fundamentalistas de marcado carácter ultraconservador y por modelos eclesiales importados, en su mayoría desde América Latina y Estados Unidos, que en no pocos casos reproducen estilos de liderazgo jerárquico, excluyentes o incluso abiertamente hostiles hacia cualquier forma de diversidad teológica, de género o afectiva. Esta situación dificulta los esfuerzos por construir una presencia ecuménica protestante comprometida con la inclusión y la justicia.

Y, sin embargo, también en medio de esta fragmentación germinan semillas de esperanza. En los márgenes, allí donde no hay estructuras que defender ni privilegios que conservar, surgen comunidades pequeñas, pero profundamente comprometidas con una espiritualidad ecuménica vivida desde abajo. Celebraciones interdenominacionales, redes de mujeres, proyectos sociales intraeclesiales, encuentros intergeneracionales, todo ello es signo de que el Espíritu sigue actuando, incluso cuando los canales oficiales parecen cerrados.

Allí donde la unidad no se impone, sino que se construye en la escucha mutua y en la cooperación concreta, puede brotar una comunión nueva. Una comunión que no nace del poder, sino del servicio; no de la uniformidad, sino del reconocimiento gozoso de la diversidad.

Porque, como nos recuerda el Evangelio, “el viento sopla donde quiere” (Jn 3,8), y a menudo lo hace en los márgenes antes que en el centro, invitándonos a mirar más allá y a abrirnos a otras experiencias y nuevas posibilidades.

Lecciones desde Europa

En comparación con otros países europeos, España aparece rezagada en cuanto a estructuras ecuménicas permanentes. Sin embargo, las experiencias de Alemania, Francia, Reino Unido o los países nórdicos muestran que otra forma de caminar es posible:

En Alemania, el Consejo de Iglesias Cristianas (ACK) reúne a católicos, protestantes, ortodoxos y anglicanos en diálogo horizontal y corresponsable.

En Francia, el ecumenismo forma parte del diálogo interreligioso y se articula con iniciativas culturales y sociales.

En el Reino Unido y los países nórdicos, las iglesias colaboran de forma activa en celebraciones, espacios formativos y proyectos comunitarios.

Estas experiencias no son ideales inalcanzables, sino invitaciones concretas. Como recordaba Konrad Raiser, ex secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, “la unidad no es solo un fin, sino un camino que se recorre desde la reciprocidad y el reconocimiento mutuo” (Raiser, 1997).

Propuestas para un ecumenismo fiel al Evangelio

Desde la herida vivida, pero también desde la esperanza que permanece, propongo algunas claves para una renovación ecuménica en el contexto español:

  • Un ecumenismo con rostro humano: no hay unidad sin justicia. La comunión cristiana no puede excluir cuerpos ni identidades. El ecumenismo auténtico comienza por abrazar a quienes han sido sistemáticamente ignorados o marginados.
  • Estructuras horizontales y permanentes: urge la creación de un Consejo de Iglesias en España que articule la diversidad eclesial con equidad y corresponsabilidad.
  • Formación ecuménica transversal: desde los seminarios hasta las comunidades locales, necesitamos una pedagogía del diálogo, la escucha, la empatía y la colaboración.
  • Celebraciones conjuntas significativas: más allá de la Semana de Oración, el ecumenismo debe expresarse en la vida litúrgica compartida, donde orar juntos sea signo y semilla del Reino (cf. Mt 18,20). 
  • Testimonio público común: frente a las grandes heridas de nuestro tiempo, como la pobreza, las migraciones, las violencias de género, la crisis ecológica y la exclusión LGTBIQ+, las iglesias deben levantar una voz común. Solo así el mundo podrá creer (cf. Jn 17,21).

 

Conclusión: Unidad desde la herida

El ecumenismo no necesita más gestos simbólicos ni fórmulas institucionales. Lo que necesita es valentía evangélica, conversión pastoral y despojo eclesial. Necesita mirar de frente sus límites, escuchar los clamores que ha ignorado y reconocer que no puede haber verdadera unidad sin justicia para los cuerpos excluidos, sin dignidad para las voces silenciadas, sin amor para quienes viven en los márgenes.

Como ha afirmado Letty Russell, “el lugar donde la comunidad cristiana se vuelve más fiel es en los márgenes, donde escucha el clamor de quienes han sido silenciados” (Russell, 1985). Allí, en las periferias del poder religioso, es donde el Espíritu sigue susurrando nuevas posibilidades. No en la comodidad de las estructuras cerradas, sino en la apertura a lo diverso, en la hospitalidad radical, en la comunión que no teme a la diferencia.

Sigo creyendo en la unidad del Cuerpo de Cristo. Pero ya no como un sueño lejano o un ideal abstracto. La creo posible y necesaria aquí y ahora, en nuestras comunidades concretas, en nuestras mesas compartidas, en nuestros abrazos sinceros. Una unidad no impuesta, sino construida desde el amor. Una unidad no perfecta, pero sí real. Una unidad que anticipe, con humildad y ternura, el Reino de Dios, donde toda lágrima será enjugada y todas las divisiones finalmente sanadas (cf. Ap 21,4).

Es probable que no veamos la plena unidad en muchas generaciones. Pero podemos vivir ya como si el Reino se acercara. Porque donde hay verdad, justicia y reconciliación, allí está Cristo, haciendo nuevas todas las cosas (cf. 2 Co 5,17-19).

Bibliografía

Duque, M. (2006). El movimiento ecuménico: historia, perspectivas y desafíos. Editorial Verbo Divino.

González Faus, J. I. (2017). Eclesiogénesis. La Iglesia que nace de la fe del pueblo. Sal Terrae.

Hocken, P. (2004). El ecumenismo: una visión carismática. Clie.

Moltmann, J. (1995). La Iglesia en el poder del Espíritu. Sígueme.

Raiser, K. (1997). Ecumenismo en transición. Claretian Publications.

Russell, L. M. (1985). Church in the Round: Feminist Interpretation of the Church. Westminster John Knox Press.

Tamayo, J. J. (2003). Otra teología es posible. Editorial Trotta.

Wainwright, G. (2000). Ecumenical Theology: A Brief Overview. Oxford University Press.

 

Alejandro Medel González

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