Posted On 25/11/2008 By In Teología With 1053 Views

El cristianismo, religión laicaEl cristianismo, religión laicaEl cristianismo, religión laicaEl cristianismo, religión laica

Conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo-La Línea de la Concepción (Cádiz)

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Últimamente se producido varias declaraciones episcopales contrarias al laicismo. Una ha sido la del cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo y primado de España, quien, en una conferencia pronunciada en los cursos de verano de la Universidad Rey Juan Carlos –universidad pública de la Comunidad de Madrid- en julio de 2008, osó afirmar que “si prescindimos de Dios, el hombre (sic) pierde su dignidad, que “si sólo damos a los hombres (sic) conocimientos, habilidades, les damos poco” y que sin Dios “se produciría el desprecio del ser humano, la quiebra de la humanidad y la destrucción de la conciencia moral”. Se trata de un alegato en toda regla contra la ética autónoma, conquista de la modernidad, contra la secularización, fenómeno asumido por el concilio Vaticano II, y contra la cultura de los derechos humanos, que hizo suya Juan XXIII en la encíclica Pacen in terris -publicada en 1963 apenas dos meses antes de su muerte-, uno de los textos más “revolucionarios”de la doctrina social de la Iglesia.

Otra, ha sido la del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que, durante el Sínodo de obispos celebrado en Roma, afirmó que “el Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo” y que el laicismo ha desembocado en “la dictadura del relativismo ético”, cuyo resultado ha sido el “tratamiento legal dado a la vida como si el Estado pudiera disponer ilimitadamente de él”. Otra, la del cardenal

Y decimos que nos sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

– Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

– Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión. Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

– La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar, con harta indignación para los guardianes de la ley y de la tradición, que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

– En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos 10,42-43).

– El criterio que guía la vida y la práctica de Jesús es la opción por los pobres, que se traduce en el reconocimiento de la dignidad a las personas marginadas, sin dignidad, no consideradas personas. El evangelio de Lucas asigna a Jesús la función atribuida al profeta en Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para da la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4,16-18).

– Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado –de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra. En varias ocasiones cuestiona la identificación de la mujer con la maternidad, y no limita ésta a los vínculos de la sangre sino que la extiende a quienes escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”. En el mismo sentido se definía san Hilario de Poitiers: “Si se emplease la violencia para establecer la fe, la doctrina episcopal se opondría a ello y diría: ‘Dios es el Señor del universo y no tiene necesidad de un homenaje forzado”.

El Edicto de Milán, dictado por Constantino el Grande (380-337) el año 313, defiende la libertad religiosa sin hipoteca alguna. Una libertad que implicaba: libertad del acto de fe, libertad de culto, distinción y separación entre Estado y religión, exclusión de las penas temporales o espirituales por los delitos cometidos en el ámbito religioso. Y todo ello desde una motivación política: “Conviene para la tranquilidad de que goza el Imperio que todos nuestros sujetos gocen de libertad completa para adorar al dios que han elegido y que ningún culto sea privado de los honores que le son debidos”1. El prestigioso historiador alemán Joseph Lortz califica el decreto de Milán, por su trascendencia y sus repercusiones históricas, como el edicto de libertad de conciencia”. La Iglesia católica se siente libre para practicar su culto y ejercer su actividad religiosa.

Quien da el paso definitivo hacia el reconocimiento del cristianismo como religión del Imperio es Teodosio el Grande (378-395) a través del Edicto de Tesalónica, de 380, que quiebra el principio de libertad religiosa:

Es nuestra voluntad que todos los pueblos que se rigen por la administración de nuestra clemencia practicarán la religión que el divino Pedro el apóstol transmitió a los romanos, que se ha predicado hasta hoy como la predicó el mismo y que siguen como todos saben el pontífice Dámaso y el obispo pedro de Alejandría… decretamos que sólo tendrán derecho de decirse cristianos católicos los que se sometan a esta ley y wue todos los demás son locos o insensatos sobre los que pesará la virgüena de la herejía. Tendrán que aguardar a ser objeto en primer lugar de la vergüenza divina, para ser luego castigados por nosotros, según la decisión que nos ha inspirado el cielo”.

El emperador consideraba la unidad religiosa condición necesaria para preservar la unidad del Imperio. Esa motivación política lleva a perseguir el paganismo hasta suprimirlo oficialmente y a reprimir toda disidencia religiosa.

La secularización, en la entraña del cristianismo

– La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano2. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

– El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

– La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguido. Pero ni siquiera tales acusaciones les hicieron cambiar de actitud, como tampoco el martirio: Practicaban el principio expuesto por Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguen de los demás seres humanos

– Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes.

“VI. Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo…10. Tal (es) el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”3.

– El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades. Lo religioso y lo profano se confunden, con tendencia a absorber lo religioso a lo profano y a dominar la Iglesia al Imperio. Ambos órdenes, el espiritual y el político, constituyen una unidad indiferenciada.

JUAN JOSÉ TAMAYO

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” . Universidad Carlos III de Madrid


1 Historia de la Iglesia I, Cristiandad, Madrid, 1982, p. 142.

2  J.-B. Metz, Teología del mundo, Sígueme, Salamanca, 1970, p. 21.
3    “Discurso a Diogneto”, en Padres Apostólicos (introducción, notas y versión castellana de Daniel Ruiz Bueno), Editorial Católica, Madrid 1950, pp. 82-85.

El cristianismo, religión laica
Juan José Tamayo, España

Conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo-La Línea de la Concepción (Cádiz)

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Últimamente se producido varias declaraciones episcopales contrarias al laicismo. Una ha sido la del cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo y primado de España, quien, en una conferencia pronunciada en los cursos de verano de la Universidad Rey Juan Carlos –universidad pública de la Comunidad de Madrid- en julio de 2008, osó afirmar que “si prescindimos de Dios, el hombre (sic) pierde su dignidad, que “si sólo damos a los hombres (sic) conocimientos, habilidades, les damos poco” y que sin Dios “se produciría el desprecio del ser humano, la quiebra de la humanidad y la destrucción de la conciencia moral”. Se trata de un alegato en toda regla contra la ética autónoma, conquista de la modernidad, contra la secularización, fenómeno asumido por el concilio Vaticano II, y contra la cultura de los derechos humanos, que hizo suya Juan XXIII en la encíclica Pacen in terris -publicada en 1963 apenas dos meses antes de su muerte-, uno de los textos más “revolucionarios”de la doctrina social de la Iglesia.

Otra, ha sido la del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que, durante el Sínodo de obispos celebrado en Roma, afirmó que “el Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo” y que el laicismo ha desembocado en “la dictadura del relativismo ético”, cuyo resultado ha sido el “tratamiento legal dado a la vida como si el Estado pudiera disponer ilimitadamente de él”. Otra, la del cardenal

Y decimos que nos sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

– Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

– Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión. Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

– La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar, con harta indignación para los guardianes de la ley y de la tradición, que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

– En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos 10,42-43).

– El criterio que guía la vida y la práctica de Jesús es la opción por los pobres, que se traduce en el reconocimiento de la dignidad a las personas marginadas, sin dignidad, no consideradas personas. El evangelio de Lucas asigna a Jesús la función atribuida al profeta en Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para da la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4,16-18).

– Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado –de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra. En varias ocasiones cuestiona la identificación de la mujer con la maternidad, y no limita ésta a los vínculos de la sangre sino que la extiende a quienes escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”. En el mismo sentido se definía san Hilario de Poitiers: “Si se emplease la violencia para establecer la fe, la doctrina episcopal se opondría a ello y diría: ‘Dios es el Señor del universo y no tiene necesidad de un homenaje forzado”.

El Edicto de Milán, dictado por Constantino el Grande (380-337) el año 313, defiende la libertad religiosa sin hipoteca alguna. Una libertad que implicaba: libertad del acto de fe, libertad de culto, distinción y separación entre Estado y religión, exclusión de las penas temporales o espirituales por los delitos cometidos en el ámbito religioso. Y todo ello desde una motivación política: “Conviene para la tranquilidad de que goza el Imperio que todos nuestros sujetos gocen de libertad completa para adorar al dios que han elegido y que ningún culto sea privado de los honores que le son debidos”1. El prestigioso historiador alemán Joseph Lortz califica el decreto de Milán, por su trascendencia y sus repercusiones históricas, como el edicto de libertad de conciencia”. La Iglesia católica se siente libre para practicar su culto y ejercer su actividad religiosa.

Quien da el paso definitivo hacia el reconocimiento del cristianismo como religión del Imperio es Teodosio el Grande (378-395) a través del Edicto de Tesalónica, de 380, que quiebra el principio de libertad religiosa:

Es nuestra voluntad que todos los pueblos que se rigen por la administración de nuestra clemencia practicarán la religión que el divino Pedro el apóstol transmitió a los romanos, que se ha predicado hasta hoy como la predicó el mismo y que siguen como todos saben el pontífice Dámaso y el obispo pedro de Alejandría… decretamos que sólo tendrán derecho de decirse cristianos católicos los que se sometan a esta ley y wue todos los demás son locos o insensatos sobre los que pesará la virgüena de la herejía. Tendrán que aguardar a ser objeto en primer lugar de la vergüenza divina, para ser luego castigados por nosotros, según la decisión que nos ha inspirado el cielo”.

El emperador consideraba la unidad religiosa condición necesaria para preservar la unidad del Imperio. Esa motivación política lleva a perseguir el paganismo hasta suprimirlo oficialmente y a reprimir toda disidencia religiosa.

La secularización, en la entraña del cristianismo

– La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano2. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

– El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

– La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguido. Pero ni siquiera tales acusaciones les hicieron cambiar de actitud, como tampoco el martirio: Practicaban el principio expuesto por Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguen de los demás seres humanos

– Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes.

“VI. Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo…10. Tal (es) el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”3.

– El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades. Lo religioso y lo profano se confunden, con tendencia a absorber lo religioso a lo profano y a dominar la Iglesia al Imperio. Ambos órdenes, el espiritual y el político, constituyen una unidad indiferenciada.

JUAN JOSÉ TAMAYO

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” . Universidad Carlos III de Madrid


1 Historia de la Iglesia I, Cristiandad, Madrid, 1982, p. 142.

2  J.-B. Metz, Teología del mundo, Sígueme, Salamanca, 1970, p. 21.
3    “Discurso a Diogneto”, en Padres Apostólicos (introducción, notas y versión castellana de Daniel Ruiz Bueno), Editorial Católica, Madrid 1950, pp. 82-85.

El cristianismo, religión laica
Juan José Tamayo, España

Conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo-La Línea de la Concepción (Cádiz)

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Últimamente se producido varias declaraciones episcopales contrarias al laicismo. Una ha sido la del cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo y primado de España, quien, en una conferencia pronunciada en los cursos de verano de la Universidad Rey Juan Carlos –universidad pública de la Comunidad de Madrid- en julio de 2008, osó afirmar que “si prescindimos de Dios, el hombre (sic) pierde su dignidad, que “si sólo damos a los hombres (sic) conocimientos, habilidades, les damos poco” y que sin Dios “se produciría el desprecio del ser humano, la quiebra de la humanidad y la destrucción de la conciencia moral”. Se trata de un alegato en toda regla contra la ética autónoma, conquista de la modernidad, contra la secularización, fenómeno asumido por el concilio Vaticano II, y contra la cultura de los derechos humanos, que hizo suya Juan XXIII en la encíclica Pacen in terris -publicada en 1963 apenas dos meses antes de su muerte-, uno de los textos más “revolucionarios”de la doctrina social de la Iglesia.

Otra, ha sido la del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que, durante el Sínodo de obispos celebrado en Roma, afirmó que “el Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo” y que el laicismo ha desembocado en “la dictadura del relativismo ético”, cuyo resultado ha sido el “tratamiento legal dado a la vida como si el Estado pudiera disponer ilimitadamente de él”. Otra, la del cardenal

Y decimos que nos sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

– Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

– Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión. Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

– La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar, con harta indignación para los guardianes de la ley y de la tradición, que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

– En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos 10,42-43).

– El criterio que guía la vida y la práctica de Jesús es la opción por los pobres, que se traduce en el reconocimiento de la dignidad a las personas marginadas, sin dignidad, no consideradas personas. El evangelio de Lucas asigna a Jesús la función atribuida al profeta en Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para da la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4,16-18).

– Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado –de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra. En varias ocasiones cuestiona la identificación de la mujer con la maternidad, y no limita ésta a los vínculos de la sangre sino que la extiende a quienes escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”. En el mismo sentido se definía san Hilario de Poitiers: “Si se emplease la violencia para establecer la fe, la doctrina episcopal se opondría a ello y diría: ‘Dios es el Señor del universo y no tiene necesidad de un homenaje forzado”.

El Edicto de Milán, dictado por Constantino el Grande (380-337) el año 313, defiende la libertad religiosa sin hipoteca alguna. Una libertad que implicaba: libertad del acto de fe, libertad de culto, distinción y separación entre Estado y religión, exclusión de las penas temporales o espirituales por los delitos cometidos en el ámbito religioso. Y todo ello desde una motivación política: “Conviene para la tranquilidad de que goza el Imperio que todos nuestros sujetos gocen de libertad completa para adorar al dios que han elegido y que ningún culto sea privado de los honores que le son debidos”1. El prestigioso historiador alemán Joseph Lortz califica el decreto de Milán, por su trascendencia y sus repercusiones históricas, como el edicto de libertad de conciencia”. La Iglesia católica se siente libre para practicar su culto y ejercer su actividad religiosa.

Quien da el paso definitivo hacia el reconocimiento del cristianismo como religión del Imperio es Teodosio el Grande (378-395) a través del Edicto de Tesalónica, de 380, que quiebra el principio de libertad religiosa:

Es nuestra voluntad que todos los pueblos que se rigen por la administración de nuestra clemencia practicarán la religión que el divino Pedro el apóstol transmitió a los romanos, que se ha predicado hasta hoy como la predicó el mismo y que siguen como todos saben el pontífice Dámaso y el obispo pedro de Alejandría… decretamos que sólo tendrán derecho de decirse cristianos católicos los que se sometan a esta ley y wue todos los demás son locos o insensatos sobre los que pesará la virgüena de la herejía. Tendrán que aguardar a ser objeto en primer lugar de la vergüenza divina, para ser luego castigados por nosotros, según la decisión que nos ha inspirado el cielo”.

El emperador consideraba la unidad religiosa condición necesaria para preservar la unidad del Imperio. Esa motivación política lleva a perseguir el paganismo hasta suprimirlo oficialmente y a reprimir toda disidencia religiosa.

La secularización, en la entraña del cristianismo

– La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano2. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

– El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

– La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguido. Pero ni siquiera tales acusaciones les hicieron cambiar de actitud, como tampoco el martirio: Practicaban el principio expuesto por Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguen de los demás seres humanos

– Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes.

“VI. Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo…10. Tal (es) el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”3.

– El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades. Lo religioso y lo profano se confunden, con tendencia a absorber lo religioso a lo profano y a dominar la Iglesia al Imperio. Ambos órdenes, el espiritual y el político, constituyen una unidad indiferenciada.

JUAN JOSÉ TAMAYO

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” . Universidad Carlos III de Madrid


1 Historia de la Iglesia I, Cristiandad, Madrid, 1982, p. 142.

2  J.-B. Metz, Teología del mundo, Sígueme, Salamanca, 1970, p. 21.
3    “Discurso a Diogneto”, en Padres Apostólicos (introducción, notas y versión castellana de Daniel Ruiz Bueno), Editorial Católica, Madrid 1950, pp. 82-85.

El cristianismo, religión laica
Juan José Tamayo, España

Conferencia en la Universidad Menéndez Pelayo-La Línea de la Concepción (Cádiz)

Sorprende la oposición, en algunos casos numantina, de ciertos sectores cristianos y de organizaciones políticas conservadoras vinculadas a la Iglesia católica al proceso de secularización, al fenómeno del laicismo y a la laicidad del Estado y de sus instituciones, así como su constante demanda de la presencia de Dios en el espacio público y su irrefrenable tendencia a confesionalizar instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la universidad, etc.

Últimamente se producido varias declaraciones episcopales contrarias al laicismo. Una ha sido la del cardenal Cañizares, arzobispo de Toledo y primado de España, quien, en una conferencia pronunciada en los cursos de verano de la Universidad Rey Juan Carlos –universidad pública de la Comunidad de Madrid- en julio de 2008, osó afirmar que “si prescindimos de Dios, el hombre (sic) pierde su dignidad, que “si sólo damos a los hombres (sic) conocimientos, habilidades, les damos poco” y que sin Dios “se produciría el desprecio del ser humano, la quiebra de la humanidad y la destrucción de la conciencia moral”. Se trata de un alegato en toda regla contra la ética autónoma, conquista de la modernidad, contra la secularización, fenómeno asumido por el concilio Vaticano II, y contra la cultura de los derechos humanos, que hizo suya Juan XXIII en la encíclica Pacen in terris -publicada en 1963 apenas dos meses antes de su muerte-, uno de los textos más “revolucionarios”de la doctrina social de la Iglesia.

Otra, ha sido la del cardenal Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, que, durante el Sínodo de obispos celebrado en Roma, afirmó que “el Estado moderno, en su versión laicista radical, desembocó en el siglo XX en las formas totalitarias del comunismo soviético y del nacional-socialismo” y que el laicismo ha desembocado en “la dictadura del relativismo ético”, cuyo resultado ha sido el “tratamiento legal dado a la vida como si el Estado pudiera disponer ilimitadamente de él”. Otra, la del cardenal

Y decimos que nos sorprende porque ellos tendrían que ser los más firmes defensores de la laicidad ya que el cristianismo nace como religión laica y posibilita la secularización de la sociedad. Vamos a intentar demostrarlo a través de la figura de Jesús de Nazaret, el iniciador del cristianismo y de los primeros siglos del cristianismo

El laico Jesús de Nazaret

– Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor. Fue un creyente laico que vivió su fe en el horizonte de la libertad.

– Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión. Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los tiempos sagrados (fiestas y novilunios); los lugares sagrados (el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas); los tiempos sagrados (el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; la propia Ley, Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.

– La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús. Una libertad que no se queda en el plano intimista, sino que le lleva a realizar prácticas de liberación orientadas a devolver la libertad y la dignidad a las personas a quienes la religión y la sociedad se las negaban: enfermos, posesos, pobres, publicanos, mujeres, pecadores, prostitutas. Acoge a los paganos en su movimiento, los invita a formar parte de él y les abre las puertas del Reino. Comparte mesa con los excluidos, lo que produce un fuerte escándalo en la sociedad puritana de su tiempo. Osa afirmar, con harta indignación para los guardianes de la ley y de la tradición, que los pecadores, los publicanos y las prostitutas preceden en el Reino de los cielos a los judíos cumplidores de la ley, y pone la defensa de la vida y de la dignidad por delante.

– En uno de los textos más emblemáticos del Nuevo Testamento, critica el poder, todo poder, y propone como alternativa el servicio: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos 10,42-43).

– El criterio que guía la vida y la práctica de Jesús es la opción por los pobres, que se traduce en el reconocimiento de la dignidad a las personas marginadas, sin dignidad, no consideradas personas. El evangelio de Lucas asigna a Jesús la función atribuida al profeta en Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para da la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4,16-18).

– Puso en marcha un movimiento laico. El movimiento de Jesús no es una institución sacerdotal que prolongara el sacerdocio judío, sino una comunidad de iguales, hombres y mujeres, en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo de su tiempo. Incorporó a las mujeres al grupo de seguidores y seguidoras en igualdad de condiciones que los varones, sin discriminación por razones de sexo. Fue dentro de dicho movimiento donde las mujeres recuperaron la dignidad y la ciudadanía que, la religión y la sociedad patriarcales les negaban. Se opuso a las normas y a las prácticas discriminatorias para con las mujeres, como el libelo de repudio, que las dejaba a merced de todos los abusos, y a la lapidación por adulterio, que estaba contemplada en la ley, y dijo a los acusadores, todos varones, que quien estuviera libre de pecado –de adulterio, se entiende-, tirara la primera piedra. En varias ocasiones cuestiona la identificación de la mujer con la maternidad, y no limita ésta a los vínculos de la sangre sino que la extiende a quienes escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios.

El cristianismo primitivo a favor de la libertad religiosa, pilar del estado laico

La libertad religiosa, principio fundamental del cristianismo primitivo. El cristianismo primitivo vivió separado del Imperio romano y nunca buscó su reconocimiento como religión oficial, menos aún sus favores. El Imperio, que se mostraba tolerante con la religión judía como nación sometida y con los cultos de otros tantos pueblos dominados, actuaba de manera intolerante con el cristianismo, al que persiguió con especial dureza. Los cristianos eran considerados ateos por no adorar a los dioses de Roma, por rechazar el culto al Emperador y no reconocerlo como Señor. Para ellos sólo Jesucristo era el Señor (O Kyrios). Esa actitud constituía un atentado grave contra el Estado y les valió la acusación de “ateos” (atheoi).

En ese clima la libertad religiosa constituye el principio fundamental del cristianismo primitivo. Escribe Tertuliano: “Es un derecho humano fundamental, un privilegio de la naturaleza, que todos los seres humanos procedan de acuerdo con sus propias convicciones. La religión de una persona ni perturba ni ayuda a otra. No está en la naturaleza de la religión que se imponga por la fuerza”. Del mismo parecer es Lactancio, para quien “no hay nada tan voluntario como la religión; ésta desaparece y se hace nula si el sacrificio es ofrecido contra la propia voluntad”.

En plena crisis arriana san Atanasio defendió la libertad religiosa y se opuso al uso de la violencia contra los herejes: “Lo propio de una religión no es imponer, sino persuadir. El Señor no hizo violencia a nadie. Dejaba libres a todos y les decía: ‘Si alguno quiere seguirme…’”. En el mismo sentido se definía san Hilario de Poitiers: “Si se emplease la violencia para establecer la fe, la doctrina episcopal se opondría a ello y diría: ‘Dios es el Señor del universo y no tiene necesidad de un homenaje forzado”.

El Edicto de Milán, dictado por Constantino el Grande (380-337) el año 313, defiende la libertad religiosa sin hipoteca alguna. Una libertad que implicaba: libertad del acto de fe, libertad de culto, distinción y separación entre Estado y religión, exclusión de las penas temporales o espirituales por los delitos cometidos en el ámbito religioso. Y todo ello desde una motivación política: “Conviene para la tranquilidad de que goza el Imperio que todos nuestros sujetos gocen de libertad completa para adorar al dios que han elegido y que ningún culto sea privado de los honores que le son debidos”1. El prestigioso historiador alemán Joseph Lortz califica el decreto de Milán, por su trascendencia y sus repercusiones históricas, como el edicto de libertad de conciencia”. La Iglesia católica se siente libre para practicar su culto y ejercer su actividad religiosa.

Quien da el paso definitivo hacia el reconocimiento del cristianismo como religión del Imperio es Teodosio el Grande (378-395) a través del Edicto de Tesalónica, de 380, que quiebra el principio de libertad religiosa:

Es nuestra voluntad que todos los pueblos que se rigen por la administración de nuestra clemencia practicarán la religión que el divino Pedro el apóstol transmitió a los romanos, que se ha predicado hasta hoy como la predicó el mismo y que siguen como todos saben el pontífice Dámaso y el obispo pedro de Alejandría… decretamos que sólo tendrán derecho de decirse cristianos católicos los que se sometan a esta ley y wue todos los demás son locos o insensatos sobre los que pesará la virgüena de la herejía. Tendrán que aguardar a ser objeto en primer lugar de la vergüenza divina, para ser luego castigados por nosotros, según la decisión que nos ha inspirado el cielo”.

El emperador consideraba la unidad religiosa condición necesaria para preservar la unidad del Imperio. Esa motivación política lleva a perseguir el paganismo hasta suprimirlo oficialmente y a reprimir toda disidencia religiosa.

La secularización, en la entraña del cristianismo

– La secularización (laicismo) no es enemiga de la concepción cristiana del mundo, sino que se encuentra en su misma entraña y es una exigencia interna e ineludible del cristianismo. Lo expresa con precisión teológica J.-B. Metz en los siguientes términos: la secularización del mundo “ha surgido en su fondo, aunque no en sus distintas expresiones históricas, no como algo que va contra el cristianismo, sino como algo que nace por medio del cristianismo. Es un acontecimiento originalmente cristiano2. Dios acepta el mundo en su hijo Jesús de Nazaret. Su aceptación es sincera y auténtica, pero en clave dialéctica, es decir, en actitud de protesta y teniendo en cuenta las contradicciones que ofrece el mundo.

– El cristianismo es una religión histórica. La historia es un elemento intrínseco de la fe cristiana. Por ende, la historia de la salvación se inscribe en la historia del mundo, en la historia de la liberación integral. El Dios cristiano actúa históricamente en el mundo, sin absorberlo ni violentarlo. De esa manera lo libera respetando su carácter secular. Dios asume el mundo como otro, en cuanto distinto de él, no en cuanto prolongación o emanación divina. La desmitificación del mundo que pone en marcha el cristianismo desemboca en lo que Metz llama “ateísmo cósmico”.

– La desacralización de la política y del poder vuelve a aparecer en el cristianismo primitivo. Los cristianos y las cristianas rezaban por el emperador, pero no se sometían a sus dictámenes, ni le rendían culto. Aceptaban el poder político, aunque con condiciones, y se negaban a reconocer su carácter divino o sagrado. Por eso fueron perseguido. Pero ni siquiera tales acusaciones les hicieron cambiar de actitud, como tampoco el martirio: Practicaban el principio expuesto por Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). La religión, que operaba como elemento legitimador de la autoridad política establecida, en el caso del cristianismo se distancia del poder y renuncia a convertirse en fuente de legitimación.

Los cristianos, no se distinguen de los demás seres humanos

– Los cristianos y las cristianas de los primeros siglos vivieron, al decir de Bonhoeffer, una “mundanidad santa”: la santidad en el mundo, una santidad en tensión con la mundanidad y viceversa. La Carta a Diogneto, escrito cristiano del siglo III, constituye un buen relato de la experiencia de la santa mundanidad vivida por los cristianos y cristianas de la primera hora:

“V. 1. Los cristianos… no se distinguen de los demás seres humanos ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. 3…Habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. 4. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. 6. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7. Ponen mesa común, pero no lecho. 8. Están en la carne, pero no viven según la carne. 9. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. 10. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes.

“VI. Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo…10. Tal (es) el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”3.

– El cristianismo primitivo inspiró la separación entre la Iglesia y el Estado (Imperio), vigente hasta la ulterior alianza entre ambos, la llamada “Alianza entre el Trono y el Altar”, que bien puede calificarse de pacto contrario al fundador del cristianismo y que pone en marcha un proceso sacralizador imparable que va a durar hasta bien entrada la modernidad bajo diversas modalidades. Lo religioso y lo profano se confunden, con tendencia a absorber lo religioso a lo profano y a dominar la Iglesia al Imperio. Ambos órdenes, el espiritual y el político, constituyen una unidad indiferenciada.

JUAN JOSÉ TAMAYO

Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” . Universidad Carlos III de Madrid


1 Historia de la Iglesia I, Cristiandad, Madrid, 1982, p. 142.

2  J.-B. Metz, Teología del mundo, Sígueme, Salamanca, 1970, p. 21.
3    “Discurso a Diogneto”, en Padres Apostólicos (introducción, notas y versión castellana de Daniel Ruiz Bueno), Editorial Católica, Madrid 1950, pp. 82-85.

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