Últimas publicaciones
Posted on 30/09/2025 by Hugo Córdova Quero  in  portada, Teología

Encarnaciones disruptivas. Teología, género y deseo en intersección | Hugo Córdova Quero

f 𝕏 W

Introducción

Las teologías queer[1] analizan no solo los dogmas aceptados por el cristianismo institucionalizado, sino que también indagan el trasfondo de esos dogmas para evidenciar los supuestos negativos que arrastran sobre el género y la sexualidad. A diferencia de una teología que se conforma con repetir fórmulas heredadas, la perspectiva queer se detiene a preguntar: ¿quién queda adentro y quién afuera cuando se habla de “lo sagrado”? ¿Qué cuerpos se reconocen como dignos de bendición en el seno de la comunidad de fe y qué cuerpos son relegados al silencio, al castigo o al ostracismo?

En este sentido, las teologías queer buscan examinar y promover las múltiples maneras en que los dogmas religiosos se viven, se cuestionan y se reinventan en la vida cotidiana de quienes han sido discriminadxs por su orientación sexual o identidad de género, tanto hacia el interior de las iglesias cristianas como en la sociedad más amplia. No se trata únicamente de visibilizar la experiencia de personas gays y lesbianas, sino también —y con mayor urgencia— de quienes son bisexuales, transgénero, intersexuales o de quienes, aun siendo cis-heterosexuales, se oponen a la hegemonía del cis-heteropatriarcado.

Ahora bien, la misión de las teologías queer no se limita a señalar exclusiones. Su aporte central está en mostrar que las interpretaciones teológicas dominantes no son neutras: son lecturas que han sido filtradas por una visión binaria y colonial de la realidad. Como explica la teoría queer —con autoras como Judith Butler o Eve Kosofsky Sedgwick—, gran parte de nuestras culturas en Occidente se sostiene en oposiciones rígidas (varón/mujer, bueno/malo, puro/impuro) que reducen la complejidad de la vida humana a categorías estrechas y punitivas. A lo largo de los siglos, el cristianismo mayoritario ha abrazado esa perspectiva como “divinamente dada”, sin cuestionarla y contrarrestarla con el mensaje de Jesús.

Contribuciones de la teoría queer

Las teologías queer están íntimamente conectadas con la teoría queer, especialmente a partir de los trabajos de Judith Butler y Michel Foucault, entre otrxs autorxs. Sus primeros argumentos se alimentan de este terreno común, pues la teoría queer surgió como una crítica radical a los regímenes de verdad que normativizan la sexualidad y el género. Lo primero que debemos reconocer es que lo “queer” está relacionado desde sus orígenes con lo sexual, ya que el término fue utilizado inicialmente como un insulto en el mundo anglosajón para señalar a quienes se “desviaban” de la sexualidad cis-heteronormativa.

El giro que dio el activismo y la academia fue precisamente reapropiarse de ese término peyorativo para convertirlo en un espacio de resistencia. De allí en adelante, lo queer pasó de ser un estigma a ser una afirmación política: un modo de afirmar la dignidad de los cuerpos, deseos e identidades que no encajan en la cis-heteronorma. En este sentido, la teoría queer no solo cuestiona la ideología cis-heteropatriarcal en todas sus formas, sino que también desestabiliza la dicotomía hetero/homo que marcó fuertemente a los movimientos lésbico-gays en las décadas de 1970 y 1980.

Ese quiebre fue fundamental porque puso en evidencia los límites de un movimiento centrado en la integración de gays y lesbianas, mientras dejaba en los márgenes a personas bisexuales, transgénero, intersexuales o de identidades de género diversas. Muchas veces, la bisexualidad era vista como una “confusión” y la intersexualidad ni siquiera era mencionada en las siglas. Lo queer, en cambio, abre el espectro: no hay confusión ni olvido, sino múltiples formas en las que la sexualidad y el género se expresan, todas igualmente válidas frente a los intentos de cis-heteronormalización. Esto es paralelo a lo que científicos de la biología, la zoología y otras ciencias atestiguan sobre la diversidad en todas las especies no humanas del planeta. Si hay algo que es “contra natura” es pensar que la biodiversidad del planeta es homogénea.

En este punto, la contribución de la teoría queer es doble. Por un lado, ofrece un lenguaje crítico para desmontar las estructuras binarias que sostienen la cultura occidental, como lo señaló Eve Kosofsky Sedgwick al denunciar la “mentalidad de esto/aquello” que reduce la vida a oposiciones rígidas (varón/mujer, normal/anormal, puro/impuro).

Fundamentos teológicos de una mirada queer

Si la teoría queer ha mostrado cómo las categorías binarias sostienen sistemas de exclusión en la cultura occidental, las teologías queer asumen esa crítica y la trasladan al ámbito de la fe, las iglesias y las Escrituras. Lo que se pone en juego no es solo una cuestión de lenguaje inclusivo o de reconocimiento simbólico, sino la posibilidad misma de hacer teología desde los cuerpos y experiencias que fueron sistemáticamente marginados.

El cristianismo y la sospecha sobre el cuerpo

Desde sus primeros siglos, el cristianismo desarrolló una relación ambigua con el cuerpo y la sexualidad. La influencia de corrientes filosóficas dualistas llevó a concebir el espíritu como “superior” y la carne como “inferior”. La renuncia sexual —exaltada en los movimientos ascéticos— marcó negativamente la visión del cuerpo, al asociarlo con lo pecaminoso y lo corruptible. El ideal de la virginidad y el celibato se erigió como la forma más alta de santidad, relegando la sexualidad a un terreno sospechoso.

Con Agustín de Hipona, esta sospecha se profundizó. Su doctrina del pecado original vinculó estrechamente la sexualidad con la transmisión de la culpa, presentando el deseo como desordenado y peligroso. Desde entonces, la experiencia erótica quedó bajo una sombra de condena. Durante siglos, la teología cristiana repitió esta asociación: el cuerpo se volvió sinónimo de tentación, la sexualidad quedó reducida a la procreación dentro del matrimonio cis-heterosexual y todo lo demás fue tachado de “vicio”.

De la represión a la liberación: nuevos caminos en el siglo XX

Recién en el siglo XX comenzaron a emerger voces que cuestionaron esa condena sistemática. A partir de los años 1950 y 1960 surgieron las primeras teologías homosexuales, cuyo objetivo era mostrar que la fe cristiana podía dialogar con la realidad de personas gays y lesbianas sin reducirlas a etiquetas como “pecadoras”, “enfermas” y “delincuentes”. En las décadas de 1970 y 1980, con el impulso de los movimientos sociales, estas propuestas se ampliaron hacia las llamadas teologías LGBT, incorporando las experiencias de personas bisexuales y transgénero, y poniendo de relieve que la espiritualidad no es un privilegio reservado a quienes encajan en la norma cis-heterosexual.

Finalmente, en la década de 1990, emergieron las teologías queer como un paso más radical: ya no se trataba solo de incluir a ciertos grupos en el esquema existente, sino de cuestionar las estructuras mismas que producían exclusión. Lo queer vino a subvertir las categorías rígidas de género y sexualidad, a interrumpir el orden cis-heteropatriarcal que se había infiltrado en la tradición teológica y a proponer una nueva manera de pensar la relación entre cuerpo, deseo y Dios.

Este entrecruzamiento entre teología e ideología se percibe, por ejemplo, en la manera en que se absolutizó la cis-heterosexualidad, el matrimonio monógamo y la familia nuclear como formas “únicas” y “legítimas” de vivir la sexualidad. Todo lo que no encajaba en ese molde fue condenado como desviado o antinatural, incluso cuando ninguno de esos elementos tuviera sustento bíblico. De este modo, la tradición teológica se convirtió muchas veces en un dispositivo no solo de cis-heteronormalización —preocupado por regular los cuerpos— sino antagonista del mandato evangélico de anunciar la buena noticia de la liberación (Lucas 4.18-19).

El cuerpo y el deseo como locus teológico

Frente a esa herencia, las teologías queer reivindican el cuerpo y el deseo como lugares desde los cuales pensar a Dios precisamente por el hecho de la encarnación. En Jesús Dios encarnó a toda la humanidad y a cada aspecto de la humanidad, no solo su corazón o su mente. Aquí se conectan con la teología latinoamericana de la liberación, que hizo del sufrimiento y la esperanza de las personas empobrecidas y margina(liza)das el punto de partida para hablar de lo divino. Las teologías queer extienden esa intuición: los cuerpos queer, tantas veces silenciados o patologizados, son también espacios donde Dios se manifiesta.

Marcella Althaus-Reid —precursora de las teologías queer latinoamericanas— lo expresó con fuerza al afirmar que las historias de la vida cotidiana —con sus búsquedas, deseos y contradicciones— son materia prima para la teología. En esas experiencias —a menudo descalificadas como “indecentes” por las iglesias cristianas— se revelan nuevas formas de comprender el Evangelio. Lo indecente se vuelve, entonces, lugar de gracia y manifestación de lo divino (2 Corintios 12.9–10).

Hermenéutica queer y vida cotidiana

El proyecto de las teologías queer es, en esencia, una tarea hermenéutica. Esto significa que no se limitan a “leer” los textos sagrados, sino que se proponen deconstruir los lentes con los que históricamente han sido interpretados. Allí donde la tradición dominante filtró las Escrituras a través de la ideología cis-heteropatriarcal, la hermenéutica queer abre nuevas posibilidades, recordando que toda lectura es siempre una operación cultural y política.

En este marco, la sexualidad aparece como un elemento clave. No es un detalle accesorio de la vida humana, sino un eje desde el cual se organizan relaciones teológicas, sociales, económicas e ideológicas. Althaus-Reid subrayaba que las historias de vida cotidiana son materiales de revelación, especialmente aquellas que cruzan fe y deseo, espiritualidad y cuerpo. Sin embargo, muchas de esas historias han permanecido en silencio, ocultas en lo que podríamos llamar “armarios culturales”: espacios donde solo las narrativas cis-heterosexuales tienen permiso de circular, mientras las demás quedan reprimidas, sin voz.

La vida cotidiana en América Latina —así como en otras latitudes del planeta— muestra con claridad este fenómeno. Factores geográficos, políticos y culturales determinan quién puede “salir del armario” y quién permanece en la invisibilidad. El cristianismo hegemónico —lejos de ser neutral— a menudo ha reforzado esos silencios. Por eso, interrumpir el círculo del poder cis-heteropatriarcal implica devolver la voz a esas experiencias concretas, colocándolas en el centro de la reflexión teológica.

El problema de los textos garrote

Uno de los principales campos de batalla de esta hermenéutica queer son los llamados “textos garrote”: pasajes bíblicos utilizados para justificar la discriminación hacia personas de la diversidad sexo-genérica. Sectores conservadores del cristianismo citan la Biblia para legitimar la homofobia, la lesbofobia o la transfobia. Sin embargo, lo que en realidad existe no es una condena explícita en los textos en sí mismos, sino interpretaciones sesgadas que fueron proyectadas siglos después.

Desde la década de 1950 en adelante, múltiples estudiosxs han demostrado que estos pasajes no nacieron para excluir a personas queer. Su uso como armas teo(ideo)lógicas se consolidó en contextos históricos específicos —sobre todo en la Edad Media y la modernidad occidental— donde la teología se convirtió en teo(ideo)logía: un discurso religioso atravesado por prejuicios cis-heterosexistas que se hicieron pasar por “mandatos divinos” para camuflar la necesidad cis-heterosexual de mantener sus privilegios por sobre personas de la diversidad sexo-genérica a las que se debía usar como chivxs expiatorixs.

El caso de Génesis 19 es ilustrativo. Desde el siglo XI E.C. en adelante se repitió que la destrucción de Sodoma y Gomorra fue un castigo por la “homosexualidad” de sus habitantes. Sin embargo, la tradición judía más antigua entendía que el castigo de Sodoma fue por la falta de hospitalidad hacia personas extranjeras y pobres. El profeta Ezequiel lo resume con claridad: “No fortalecieron la mano del pobre y del necesitado” (Ezequiel 16.49). La asociación con prácticas sexuales no aparece en el texto original, sino en lecturas moralistas de la Edad Media de la mano del teólogo Pedro Damián.

Este énfasis en la hospitalidad se confirma en el propio Jesús, quien cuando menciona a Sodoma y Gomorra —por ejemplo, en Mateo 10.15 o Lucas 10.12— lo hace siguiendo la línea profética. Allí, la condena no recae sobre prácticas sexuales —como sectores conservadores cristinos esperarían— sino sobre la negativa a acoger a sus discípulxs y el rechazo al mensaje de hospitalidad y justicia del Reino. En ningún momento Jesús utiliza esta referencia como argumento en contra de relaciones entre personas del mismo sexo. Son las personas que dicen seguir a Jesús las que han puesto en los hombros de Dios la discriminación diverso-fóbica, aun cuando el Maestro afirma vez tras vez: “los que vienen a mí, no los echaré fuera” (Juan 5.37).

Algo similar ocurre con Levítico 18 y 20, donde se menciona la prohibición de que un varón “se acueste con otro varón”. Allí lo que está en juego no es una condena universal a las relaciones homoeróticas, sino la preservación de la identidad de Israel frente a prácticas cúlticas extranjeras. El término hebreo shakab, traducido en algunas Biblias modernas como “homosexualidad”, jamás tuvo ese significado en la antigüedad. La categoría de “homosexual” es una construcción del siglo XIX que no puede proyectarse sin anacronismo sobre un texto milenario. El término “homosexual” recién apareció en la traducción inglesa de la Biblia King James en 1946, en la versión castellana de la Reina-Valera en 1960 y en la portuguesa de la Biblia Almeida en 1980.

Tampoco podemos perder de vista que el pueblo de Israel, en sus orígenes, ocupó tierras que no le pertenecían y enfrentó la resistencia de los pueblos cananeos. En ese contexto, no se trataba solo de que las mujeres dieran a luz a más varones, sino de que esos varones fueran aptos para la guerra y así sostener el poder colonial sobre los territorios conquistados. Debido a esto, que un varón asumiera la posición de una mujer —de objeto de trueque a través del casamiento— y de recepción pasiva de la semilla del varón era ir contra ese proyecto bélico que el Pueblo de Israel necesitaba para mantener el dominio sobre las tierras cultivables, de pastoreo y de residencia que habían conquistado.

Estos ejemplos —entre otros textos sacados de contexto— muestran cómo la Biblia fue convertida en un garrote para golpear y excluir, cuando en realidad podía leerse como fuente de hospitalidad, justicia y apertura.

El Sitz-im-Leben

Para desactivar esas interpretaciones violentas, las teologías queer retoman un principio fundamental de la exégesis bíblica: el Sitz-im-Leben, es decir, el “lugar en la vida” en el que surgieron los textos. Ninguna narración puede comprenderse adecuadamente si se arranca de su contexto cultural, histórico y social.

Cuando los relatos bíblicos se leen de forma literalista, pierden su riqueza simbólica y se transforman en caricaturas peligrosas. Asimismo, pretender leer las Sagradas Escrituras como un manual científico o un código moral rígido degrada su sentido original y demuestra que no hemos comprendido realmente su profundidad y significancia para la fe.

Hermenéutica encarnada en la vida cotidiana

La hermenéutica queer no se queda en un ejercicio académico. Su finalidad es transformar la manera en que las comunidades de fe se relacionan con la Biblia y con la vida diaria. Al poner en el centro las historias margina(liza)das, desafía la idea de que solo algunas voces son autorizadas para hablar de Dios. La experiencia queer —con sus luchas y esperanzas— se convierte en un espacio legítimo de revelación.

Esto implica, también, una hermenéutica de la sospecha: cada vez que una interpretación bíblica se utiliza para excluir, para degradar, lastimar o condenar a otra persona, la hermenéutica queer invita a preguntar de qué ideología proviene, a quién beneficia y a quién daña. Lejos de negar la inspiración de los textos sagrados, lo que hace es liberar su potencial transformador, devolviéndolos a su contexto vital y abriéndolos a nuevas lecturas.

En última instancia, la hermenéutica queer busca que la Biblia deje de ser un garrote y se convierta en pan compartido: alimento de esperanza para todas las personas, sin importar su género, identidad o deseo.

Las teologías queer como práctica liberadora

Una de las objeciones más comunes hacia las teologías queer se formula de manera aparentemente sencilla: ¿qué impacto tiene todo esto en la vida de lxs feligreses que asisten cada domingo a la iglesia? La inquietud detrás de la pregunta es cómo traducir un edificio teórico denso y sofisticado a la práctica concreta de comunidades que, en su mayoría, no cuentan con formación académica en teología, pero que desean vivir su fe de un modo inclusivo, transformador y contra-cultural en imitación del discipulado de Jesús.

La experiencia histórica muestra un recorrido interesante. Muchas teologías LGBT de los años 70 y 80 se enfocaron en asegurar un “lugar en la mesa cristiana”. El objetivo era claro: ser reconocidxs y aceptadxs dentro de las estructuras eclesiales ya existentes. Sin embargo, gran parte de la reflexión queer contemporánea no busca simplemente ocupar un espacio en esa mesa, sino cuestionar el poder que dicha mesa simboliza. La crítica queer afirma que no basta con reformar las instituciones para hacerlas más “amables” y “tolerantes” —dos aspectos solo en manos de quienes siguen teniendo el poder hegemónico—. Lo que se requiere es imaginar y crear nuevas formas de ser comunidad, espacios donde la dignidad de todas las personas sea reconocida sin condiciones, ya que cada persona es la imagen de Dios (Génesis 1.26-27) y es en la diversidad de toda la creación donde Dios ve que todo lo que hizo es bueno (Génesis 1.31).

Esta propuesta tiene un profundo alcance eclesiológico. Implica preguntarse cómo las iglesias cristianas entienden y practican su vocación como comunidades de fe. Repensar la eclesiología desde lo queer significa deshacer siglos de exclusión hacia las personas de la diversidad sexo-genérica, pero también abrirse a reconstruir comunidades que abracen a la totalidad de la humanidad. Esto no es un simple cambio de discurso; es un llamado a revisar estructuras, liderazgos, ministerios y prácticas litúrgicas que históricamente reprodujeron desigualdad.

También es un llamado a la metanoia [conversión] de las mismas iglesias cristianas hegemónicas, tras siglos de no solo promover la exclusión de personas de sus templos, sino también de apoyar la tortura de las terapias de reconversión, de no haber prevenido el suicidio de innumerables personas y de haber provocado el abandono de la fe de muchas otras a quienes se les dijo que Dios les “enviaba directamente al infierno”, solo por ser diferentes.

En este punto se vuelve central la pregunta por los ritos. Las prácticas religiosas —sacramentos, celebraciones, liturgias— son lugares donde la teología se hace carne en la vida cotidiana. Sin embargo, el lenguaje de lo “sagrado” ha servido muchas veces como mecanismo de exclusión: quienes no cumplen con determinados códigos de conducta o expresiones de género son consideradxs indignxs de participar plenamente en la vida comunitaria. Bajo el pretexto de la ortodoxia, se les niega la bendición, la comunión o incluso la pertenencia.

Frente a esto, las teologías queer proponen prácticas rituales que no busquen “santificar” a las personas bajo un modelo homogéneo, sino que reconozcan la diversidad como una expresión legítima de lo divino. Se trata de ritos que no uniforman, sino que facultan; que no imponen etiquetas, sino que celebran la pluralidad de la experiencia humana. En lugar de ver el culto como un espacio para controlar los cuerpos y las identidades, se lo concibe como un lugar de libertad, creatividad y encuentro en el poder del Espíritu Santo que cada día añade a quienes van siendo salvadxs (Hechos 2.47).

Así, las teologías queer se convierten en vehículos de liberación. Siguiendo la inspiración de la teología de la liberación latinoamericana, ponen en el centro la experiencia concreta de quienes viven bajo opresión. Escuchar esas experiencias no es un gesto pastoral opcional, sino un acto profético y de obediencia al mensaje del Evangelio. La dignidad de las personas queer no necesita justificación: es un dato de la creación que la teología debe reconocer y celebrar, porque no depende de nadie sino exclusivamente de Dios quien nos la ha otorgado a todos los seres humanos.

Esta práctica liberadora exige también un diálogo constante con los cambios sociales, culturales y políticos que atraviesan la vida de las comunidades. No basta con mirar hacia adentro de las iglesias; se requiere abrir los ojos a las realidades circundantes, leer los signos de los tiempos y asumir una teología encarnada. Solo de esa manera se puede interrumpir la alianza entre cristianismo y estructuras de poder que han sostenido el cis-heteropatriarcado, sacrificando en sus altares millones de personas de la diversidad sexo-genérica cuya sangre sigue aun clamando a Dios (Génesis 4.10), sobre las que no podemos usar como excusa el “¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?” (Génesis 4.9). Las Escrituras son bien claras en que “el que ama a Dios, que ame también a su hermano” (1 Juan 4.21).

En definitiva, el desafío de las teologías queer no es únicamente conceptual, sino profundamente práctico. No es destruir la fe de las personas ni abandonar el mensaje evangélico. Su horizonte es la gestación de comunidades radicalmente hospitalarias donde la fe se viva como liberación. Allí donde se subvierten los binarismos y se derriban los muros de la exclusión, puede irrumpir una verdadera experiencia del Reino de Dios. En definitiva, buscamos encarnar y vivir plenamente la promesa de Jesús de haber venido a traernos vida en abundancia (Juan 10.10), sin discriminaciones y sin ciudadanía de segunda o eterna extranjería en el Reino de Dios.
__________________________________

[1] El término queer funciona como un término paraguas que cuestiona y resiste esas normas, agrupando identidades y prácticas que disienten de lo cis, lo hetero y lo binario. Por su parte, cis-heteropatriarcado refiere a un sistema social y cultural que privilegia a los varones cisgénero y a la heterosexualidad como norma, subordinando otras identidades y orientaciones. Cis-heterosexual designa a la persona cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer (cis) y cuya orientación sexual se dirige hacia personas del sexo opuesto (hetero). Cis-heteronormativo describe el modelo cultural que asume como “natural” y única posibilidad válida ser cisgénero y heterosexual, invisibilizando y marginando otras formas de vivir el género y la sexualidad.

Hugo Córdova Quero

¿Quieres comentar?