Replantear la agenda teológica para el siglo XXI: desafíos a la praxis de la esperanza
Quisiera anticiparme a alguna pregunta formulando, desde el principio, desde dónde intento reflexionar acerca de los desafíos que nos presenta la tecnología para el futuro humano.
Mi abordaje será filosófico-teológico, en la convicción de que la teología —cristiana en este caso— tiene mucho que aportar a los debates en torno al devenir del tiempo, del mundo y de los seres humanos en la era de la hipertecnificación.
La teología, según yo propongo, es solo un hablar acerca de Dios. Uno de muchos. Y ese hablar es débil y polifónico. Débil, por cuanto no puede y no debe asignársele ningún criterio veritativo, por su carácter epistemológico de “especulación sobre el misterio”, y polifónico, porque a causa de su carácter fenomenológico, cada acercamiento al misterio admite una voz diferente, en sus matices, que de ninguna manera son excluyentes sino complementarios: acaso a esto se referían la Escrituras al hablar de la “multiforme” sabiduría de Dios o de la “polícroma” sabiduría de Dios. (Efesios 3:10 y 1ª. Pedro 4:10)
Esa teología débil y polifónica, asimismo, tiene algo para decir en tanto que reflexión sobre un ser humano y su hábitat en relación con Dios, y sobre un Dios en relación con los seres humanos y su hábitat. Pensar a Dios, que esta es la tarea fundamental de la Teología, es pensarlo pertinente para el momento y el lugar, para la persona y su circunstancia. Porque si no, ¿qué sentido tendría teologar?
En este sentido es que planteo que la agenda teológica debe incorporar algunas discusiones apremiantes, pues nos afectan como personas hoy, afectan nuestro medio, y afectan en general el futuro de la creación toda. Planteo algunas, pueden ser más: la cuestión de género, el cuidado del planeta, nuestro hábitat, llamado “la casa común” por el Papa Francisco, las guerras, el hambre, la crisis humanitaria de los migrantes, la inequidad a nivel global en la distribución de las riquezas y las oportunidades, el imperialismo, los desequilibrios Sur-Norte, y, por supuesto, la hipertecnificación que ha dado a luz el homo-technicus.
En esta oportunidad dirigiré mi atención al problema de la hipertecnificación. Y cuando digo “problema” —valga la aclaración— me refiero a los desafíos al pensamiento que plantea.
El título que elegí para este artículo habla de “utopías” y “distopías”: precisamente, frente al avance de la ciencia y, específicamente, de la ciencia computacional, se yerguen dos actitudes contrapuestas: la de aquellos que confían ciegamente en que el avance de la ciencia y la tecnología traerá solo cosas buenas, un paraíso en la tierra, el fin de todos los males e, incluso, el fin del fin de la vida y, por otra parte, la de aquellos que, con o sin respaldo y fundamento, presagian el fin del mundo con características hollyywoodenses. Y de esta aporía deviene la calidad de “problema” a la que me referí antes.
El género literario “Ciencia ficción” hace muchos años ya que viene viéndoselas con esta encrucijada: cada vez que la ciencia da un paso, se producen albricias y temores por partes iguales. De hecho, efectivamente, la Ciencia Ficción es un género que, usando como base algún hecho tecnológico-científico real, lo tensa hasta el extremo de lo posible, o, mejor dicho, imagina cómo sería todo o qué ocurriría si ese progreso se expandiera infinitamente. “Frankenstein”, “El Golem”, “1984”, “Soy leyenda” o “Un mundo feliz”. La lista sería interminable. En sus novelas o cuentos, los autores lidian con la misma contradicción que mencionábamos: ¿Terminará todo bien por este camino y seremos felices por siempre, o nos espera el apocalipsis a la vuelta de la esquina?
Big data, Ciudad inteligente, Bitcoin, Blockchain, Machine Learning, Reconocimiento automático del habla, Reconocimiento visual, Deep Learning, Entornos virtuales, Ple, Redes sociales, Alfabetización digital, Metaversos, Algoritmos, Inteligencia Artificial, Cyborg, Chat GPT, Transhumanismo[1], son algunas de las palabras que ingresaron a nuestro vocabulario habitual para nombrar nuevas realidades con las que convivimos, incluso sin darnos cuenta. Suele decirse que el futuro ya está aquí, pero a mí me inquieta más pensar que no solo ya está aquí y que lo atraviesa todo, sino que, además, como en la Ciencia Ficción, ignoramos hasta qué punto del desarrollo nos llevará ese futuro, y, como en la Ciencia Ficción también, si nos conducirá a una utopía de un mundo mejor o hacia una distopía de un mundo invivible.
Y es una verdad a todas luces que estamos asistiendo a una revolución tecnológica sin precedentes en la historia. Quizás alguien desprevenido podrá pensar que todas las veces que hay adelantos de magnitud la humanidad experimenta la sensación de que ya nada podrá superar ese logro. Y es posible. Pero lo inédito de esta revolución tecnológica es su proyección exponencial, es decir que su capacidad puede duplicarse cada uno o dos años, cumpliendo de esta forma la Ley de Moore, un investigador de Intel que predijo esta revolución en 1965[2]. Lo que sorprende y sacude es la velocidad de los cambios, la inmediatez de las evoluciones. Y cada vez que se produce un salto evolutivo de importancia, el ser humano cambia, la sociedad cambia, el entorno cambia, las ideas sobre el mundo y todo lo que sucede en él cambian: ya se trate de descubrir el fuego o el hierro, o de la invención de máquina a vapor o de la primera computadora. Solo que ahora entre cambio y cambio no se necesitan siglos.
Nos demos cuenta o no, la tecnología atraviesa nuestras vidas permanentemente: cuando compramos y vendemos, cuando trabajamos, cuando pagamos nuestras cuentas, cuando enseñamos y aprendemos, cuando vamos al médico, cuando leemos y nos informamos, cuando disfrutamos del ocio. Prácticamente no hay ya área del quehacer humano que no esté mediada por tecnologías. Y, es verdad, las tecnologías optimizan a favor del ser humano las áreas más diversas: medicina, matemática, química, investigación científica, ingeniería aeroespacial, astronomía, robótica, educación, transacciones comerciales y financieras, actividades militares, seguridad, ocio, comunicaciones, transporte, en fin, la lista es muy larga. Pero, así como nosotros, los seres humanos, moldeamos las tecnologías, las fabricamos y les damos forma, así también las tecnologías nos moldean, “fabrican” nuestras vidas y nos formatean a su antojo. Somos usuarios/as, pero también esclavos. En esta línea de pensamiento se encuentra el filósofo alemán Byung-Chul Han.[3]
El filósofo sueco Nick Bostrom[4], conocido por sus posturas transhumanistas, explica que la humanidad va de camino a trasponer un “portal” (entendido en el sentido de pasaje a otra dimensión). Ese traspaso es inexorable, según entiende, es decir que no hay posibilidad de sustraerse a él, por cómo va teniendo lugar el desarrollo. Ese portal, para Bostrom, implicará un cambio total de la existencia y del mundo tal como lo conocemos. La creación de la Inteligencia Artificial, por ejemplo, es una muestra de que vamos en ese camino. Por su parte, Raymond Kurzweil sostuvo, a comienzos del siglo XXI, que la tecnología evolucionaría de tal forma que sería capaz, hacia mediados del siglo, de crear máquinas inteligentes que incluso podrían diseñar máquinas superiores a sí mismas (la “superinteligencia”). A este fenómeno llamó “singularidad”, tomando la palabra de otros antes de él que ya venían augurando este salto hacia el futuro, incluso desde la década del 50 del siglo pasado. Esta singularidad daría paso a la existencia de una inteligencia artificial perfeccionada, pero también a una mejora de la biología humana e, incluso, a interfaces humano-tecnológicas[5].
Bostrom explica este acontecimiento de desarrollo tecnológico utilizando la metáfora de “bolillas” de un “bolillero” que los seres humanos vamos sacando. Hasta la actualidad, explica, hemos sacado “bolillas blancas”, pero no somos muy buenos con las predicciones, advierte, y es posible que saquemos una “bolilla negra”. Si, al pasar por ese “portal” inexorable lo hacemos con la “bolilla negra”, ya no habrá posibilidades de regresarla al bolillero para tomar otra. Esta posibilidad, él entiende —y yo también— nos pone frente una encrucijada, con un poderoso “riesgo existencial”.
Por eso es que, me parece, la filosofía y la teología tienen que incorporar a su agenda estas discusiones de forma inmediata y potente, por lo menos en tres áreas:
- Tecnoética[6]
- Tecnoantropología
- Tecnoecología
- ¿Es buena o es mala la tecnología? ¿Son buenas o son malas las nuevas tecnologías? ¿Es bueno o es malo el adelanto científico computacional? ¿Es buena o es mala la Inteligencia Artificial? Deberíamos preguntarnos primero qué es “lo bueno” y qué es “lo malo”, qué es bueno para quién y qué es malo para quién. Pero, ante todo, deberíamos pensar que nada es bueno en sí mismo ni malo en sí mismo, y que todo depende del uso que se le dé. En todo caso, aquí tenemos un problema ético, más que tecnológico. El problema sobre el que discutir hoy es ¿qué hacemos con esa tecnología que no es neutra, que no es mala, pero que tampoco es intrínsecamente buena? La energía nuclear ha salvado muchas vidas en la medicina, y ha asesinado a muchas otras en la industria de la guerra. Tomógrafos y bombas: depende de quién la use. Lo que se impone, entonces, son dos cosas fundamentales, a mi criterio: por un lado, la humanización de la tecnología y de todas sus aplicaciones y consecuencias. Esto quiere decir, poner el factor humano como catalizador de cualquier tecnología, y de cualquier aplicación de esa tecnología. Si la tecnología deshumaniza (y en medicina hay muchos trabajos que tratan este tema y que apuntan a la distancia médico-paciente que la tecnología ha ido imponiendo) deberíamos ponerla en discusión. Nada fuera de los valores humanos fundamentales. Nada fuera de la dignidad que como personas tenemos solo por el hecho de haber nacido. ¿Podemos hacer en tecnología todo lo que somos capaces de hacer? ¿Debemos hacer en tecnología todo lo que podemos hacer? ¿Cuál es el límite? ¿Cuáles los usos aceptables? ¿Qué se puede permitir y qué no? La “libertad”, esa palabra que hoy día nos ha cooptado la derecha para los intereses más espurios, no puede esgrimirse de cualquier manera puesto que, aunque parezca una contradicción, tiene un límite: “robándole” la imagen al filósofo Levinas[7] diré que el límite es el “rostro” de mi prójimo.
- Si es verdad lo que muchos científicos y filósofos ven en el horizonte, es posible no solamente que la tecnología asista a los seres humanos en sus déficits, lo cual es bueno y deseable, sino algo mucho más inquietante. Las prótesis —todo dispositivo protésico—, la nanotecnología, la ingeniería genética, la medicina nuclear, la biotecnología, son algunos de los ejemplos de tecnologías que solucionan dolencias o discapacidades, o incluso las previenen y evitan. El alargamiento de la expectativa de vida, sin ir más lejos, es una de las consecuencias positivas del desarrollo de estos tiempos. Sin embargo, hay otros científicos y filósofos que auguran cambios de paradigma más drásticos aún en un futuro más o menos cercano. No solo curar lo enfermo o suplir lo que falta, sino también lo que ellos llaman “mejoramiento de la raza humana” (enhacement): potenciar la inteligencia, la fuerza, la “belleza” (cualquier cosa que se entienda por ella), la rapidez, los talentos, direccionar los gustos, agudizar las percepciones, lograr de manera exógena que una persona sea más eficaz en el trabajo o mejor en cierta área, en fin, manipular la humanidad con algún fin y, de máxima, dinamitar todos los límites que la humana condición nos impone, incluso la muerte. ¿Es esto posible? No todavía, pero ¿quién se atreve a decir que no podrá serlo? El Movimiento Transhumanista —y su versión más radical, el posthumanismo— intuyen un escenario en el que la humanidad será superada[8]. Incluso sin saber si la humanidad llegará a ver estas realidades o si solo son producto de la fantasía, hay algo que sí no se puede pasar por alto, a esta altura de los acontecimientos: el ser humano de hoy no es igual al de unos años atrás, y por esto urge revisar nuestros presupuestos de antropología teológica, una y otra vez, para que nuestras respuestas hoy no sean de acuerdo a un paradigma de ayer. Porque, supongamos que llegamos a un punto de desarrollo en que sea posible el enhacement: ¿quién tendría en sus manos ese mejoramiento? ¿sobre quiénes se desplegaría? ¿con qué fines? ¿quiénes accederían? ¿cómo se manejaría la desigualdad entre quienes accedan y quienes no? ¿qué clase de poderes estarían detrás de ese poder? ¿qué capitalismo salvaje volverá —mucho más y de formas más perversas— la humanidad en mercancía? Y la pregunta del millón: ¿qué clase de ser humano tendríamos en consecuencia? ¿qué clase de relaciones sociales se establecerían? Y más: ¿cómo ubicaríamos a Dios en ese contexto?
- Sin entrar en conspiranoias ni en vaticinios-catástrofe: ¿Imaginamos que puede ser posible que todo este desarrollo tecnológico no esté afectando —para bien o para mal— nuestro hábitat, nuestro entorno, los ecosistemas, la biodiversidad, la tierra, el aire? En el año 2000, el holandés Paul Creutzen, premio nobel de química, habló por primera vez del “Antropoceno”, la era en que la actividad humana desplegada sobre la tierra produce consecuencias nefastas. Cada nuevo desarrollo tecnológico adelanta las agujas de esta destrucción masiva y conjunta que, en nombre del progreso y del bien. le hacemos al mundo que habitamos. Hay tecnología en las ciencias del ambiente, incluso produciendo lluvias artificiales, hay tecnología cambiando las cadenas de las especies (con resultados catastróficos, como se supone es el caso de la última pandemia de coronavirus), hay tecnología aplicada a la tierra, para optimizar el margen de ganancias, hay tecnología espacial, en fin. ¿Cómo medir el impacto a futuro de lo que en presente parece beneficioso? Ya estamos viviendo en presente los efectos de la contaminación del aire y de la tierra, los efectos del calentamiento global, los efectos del cambio climático y sus devastadoras consecuencias. Una ética del cuidado de la tierra, de la Pachamama, incluso un regreso a la sacralización y al respeto por ella, es también una agenda teológica largamente postergada.
Mi propuesta, entonces, no es dar la espalda al desarrollo tecnológico como nuevos “ludditas” del siglo XXI, porque una intención semejante sería necia e impracticable: si le damos la espalda, la tecnología seguirá su curso indetenible pasándonos por encima. Lo que propongo es preguntarnos, ser partes activas de esta discusión que ya se está dando respecto de en qué manera las tecnologías nos conforman, en qué manera nos afectan y en qué manera, si no despertamos, nos pueden destruir.
La tecnología no es buena ni mala en sí misma, como la ciencia: el problema, como siempre, somos los seres humanos. La humanidad no sale manufacturada de Sillicon Valley ni es producida en una cinta transportadora de una cadena de montaje. Hay algo, indecible, inescrutable, que nos diferencia —todavía— de las máquinas o del resto de los seres vivos: la consciencia, ese entramado neurológico, psico-neuro-físico que nos hace ser lo que somos y relacionarnos como nos relacionamos con los otros y otras y con la divinidad. Somos capaces de las mejores cosas y de las peores: a unas las llamamos “humanas” y creemos que lo humano está allí, y a otras llamamos “inhumanas” y creemos que lo humano no está allí.
Así las cosas, pareciera que vengo a ofrecerles una visión apocalíptica del futuro, pero nada está más lejos. ¿Cómo se conjuga, entonces, la esperanza con estos “riesgos existenciales” de los que hablé más arriba? En primer lugar, mediante la toma de conciencia. Salir de nuestro “sueño tecnológico paradisíaco” y empezar a ser usuarios críticos de cualquier tecnología e insurgentes tenaces de cualquier elemento alienante, empobrecedor, manipulador o excluyente que ellas reporten. En segundo lugar, por medio de la utopía. La esperanza entendida como un motor que alimenta el camino hacia futuros más amigables para los seres humanos, entre los seres humanos, y entre los seres humanos y el resto de la creación.
Adhiero, en este sentido a dos formulaciones de la esperanza: una laica y otra cristiana. Me refiero a la ofrecida por Ernst Bloch en su Principio esperanza, escrito durante su exilio en Estados Unidos a donde llegó huyendo del nazismo.
La génesis real no está al comienzo, sino al final, y solo comienza a empezar cuando la sociedad y la existencia se vuelven radicales, es decir cuando echan raíces. Pero la raíz de la historia es el hombre que trabaja, que crea, el hombre que reforma y supera lo que existe. Una vez que el hombre se ha captado y ha fundamentado lo suyo, sin enajenación, ni alienación, en una democracia real, entonces surge en el mundo algo que aparece a todos en la niñez y en donde nadie estuvo todavía: patria.[9]
Bloch escribe sobre la posibilidad de mejoramiento del mundo por medio de la actividad humana. Cree en la implantación de un orden más justo. Por supuesto, cabe aclarar, que sus urgencias de entonces no eran las tecnologías sino los totalitarismos, las guerras y los regímenes crueles.
Jürgen Moltmann, por su parte, transforma esa utopía laica, sin horizonte de lo divino y lo religioso que Bloch había tomado de Feuerbach, en una utopía con contenido quilliásmico: es posible, explica, un “Reino” terrenal tal cual se describe en las Escrituras puesto que, según ve, es propósito de Dios la vida buena en un mundo bueno. Los que creemos, dice, tenemos “responsabilidad en la esperanza”. Porque la esperanza cristiana, para Moltmann, no es huida hacia paraísos transmundanos y tampoco resignación.
En esta esperanza, el alma no se evade de este valle de lágrimas hacia un mundo imaginario de gentes bienaventuradas, ni tampoco se desliga de la tierra.
Porque la fe no “aquieta” sino que “inquieta”, afirma, para “contradecir la realidad” y “no tomarla como dada” y, en cambio, “realizar aquí el derecho, la libertad y la humanidad”.
Es ya una verdad que no puede ocultarse que los ricos más ricos de este mundo tienen sus negocios en la tecnología, porque ella, en todas sus formas, será la protagonista del futuro. Es una verdad, también, que no puede ocultarse, que quienes tienen el dinero tienen el poder, y el poder no ha sido casi nunca benefactor, se nutre y multiplica a expensas de los que no tienen poder, y no lo tienen porque al “centro”, para ser “centro”, le conviene mantener a la “periferia” como “periferia”[10]. Por todo esto, es imperativo reflexionar acerca de la “justicia que crea futuro”[11], porque no habrá futuro sin paz, y no habrá paz sin justicia. Y la justicia implica distribución, equidad, y velar por los que menos tienen: no puede estar, por supuesto, en manos de quienes dominan el mundo.
Frente a tantos discursos conspiranoicos que ven en los desarrollos tecnológicos la presencia del Anticristo y un “Nuevo orden mundial”, y otros tantos discursos de “fuga mundi” que proclaman que ya no hay nada que hacer, que el mundo es mundo y mundo morirá y solo cabe sufrir hasta tanto seamos llevados al paraíso, la esperanza cristiana nos confronta a una fe “mayor de edad”, como diría Bonhoeffer[12], que no le escapa a la realidad ni a las posibles consecuencias del accionar humano y que, lejos de encerrarse en su torre de marfil a la espera de ser rescatados por una parusía y transportados individualmente a un cielo sin problemas, toma a su cargo con “esperanza crítica” la construcción de un mundo en el que las tecnologías estén en las manos de la humanidad y no la humanidad en las manos de la tecnología.
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[1] El transhumanismo propone —explicado de manera muy breve y acaso simplista— que el ser humano se puede mejorar por medios tecnológicos. Pero no solamente que se le pueden complementar las competencias o habilidades que por alguna razón no poseen (Ej. Con un audífono a una persona con sordera), sino que se le pueden agregar habilidades (Ej. Inteligencia). El transhumanismo plantea muchos debates éticos acerca de la manipulación del ser humano y de los fines con los cuales se manipula, además de plantear el interrogante acerca de si tener una “humanidad mejorada”, prostéticamente, no es un ideal cuasi nazi que ya probó su virulencia. Si algunos seres humanos estuvieran “mejorados tecnológicamente”: ¿qué pasaría con los otros, los que no? ¿qué lugar ocuparían en la pirámide social?
[2] Moore, G. (1965). “Cramming More Components onto Integrated Circuits”. Recuperado de: https://www.cs.utexas.edu/~fussell/courses/cs352h/papers/moore.pdf; y (2005). “Excerpts from A conversation with Gordon Moore: Moore’s Law”. Intel de 2005. Recuperado de: http://large.stanford.edu/courses/2012/ph250/lee1/docs/Excepts_A_Conversation_with_Gordon_Moore.pdf; (1998). The extropist Manifiesto. Recuperado de: https://extropism.tumblr.com/post/393563122/the-extropist-manifesto
[3] Han, Byung-Chul (2014). En el enjambre. Herder, (2013). La sociedad de la trasparencia. Herder. (2022). Infocracia. Taurus, entre otros.
[4] Bostrom, N. (2005). A History of Transhumanist Thought. Journal of Evolution and Technology, Vol.14, No. 1; y (2014). Superinteligencia. Caminos, peligros, estrategias. Oxford University Press.
[5] Kurzweil, R. (10 de octubre de 2008). “The singularity: the last Word”. IEEE 45: 10; y (2005). La singularidad está cerca: cuando los humanos trascendemos la biología. Lola Books.
[6] El nombre se lo debemos al filósofo argentino Mario Bunge, quien lo acuñó en 1976 cuando la hipertecnificación era aún embrionaria. (Bunge, M. (1997) Tecnología y filosofía. En Bunge, M. Epistemología. México, Siglo XXI, p. 189-213).
[7] Levinas, E. (2002) Totalidad e infinito. Sígueme
[8] (1999). Manifiesto transhumanista. Recuperado de https://archive.wikiwix.com/cache/index2.php?url=http%3A%2F%2Ftranshumanism.org%2Findex.php%2FWTA%2Fdeclaration%2F#federation=archive.wikiwix.com&tab=url
[9] Bloch, E. (2007). Principio esperanza. Trotta
[10] Es la “Teoría de la dependencia”, esbozada en los años 60 por Raúl Prebisch, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, Andre Gunder Frank, Ruy Mauro Marini y Celso Furtado.
[11] Moltmann, J. (1992). La justicia crea futuro. Sal Terrae
[12] Bonhoeffer, D. (2001). Escritos esenciales. Sal Terrae
