Posted On 28/01/2013 By In Opinión With 1329 Views

“Espero que Dios perdone a Sor María, que yo no puedo”

Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios (1 Pedro 4, 17a RVR60)

La noticia ha saltado esta semana pasada a todos los rotativos: María Gómez Valbuena, la tristemente conocida religiosa Sor María, de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, por su presunta implicación en los robos endémicos de bebés que tuvieron lugar en la España negra de hace unas cuantas décadas, falleció el martes 22 de los corrientes a los 88 años de edad en Madrid. Su deceso no ha sido, como es lógico, una defunción más, de esas que pasan desapercibidas para todo el mundo excepto para los más próximos. Por el contrario, ha desencadenado todo un aluvión de comentarios en los medios de comunicación, especialmente en los digitales, así como en las redes sociales, donde se han prodigado las manifestaciones de repulsa hacia su persona y las alusiones al infierno y a una condenación eterna bien merecida por sus actividades delictivas. Recordamos específicamente dos en las que se decía lo siguiente: “Ha debido morir por problemas de conciencia”, extraída de un rotativo, y “La que hizo todo lo posible por esquivar la justicia de este mundo, ahora tendrá que hacer frente a la justicia divina”, tomada de una red social.

Pero la que más nos ha impactado fue aquélla con que titulamos nuestra reflexión, las palabras de una de las madres que habían interpuesto denuncia contra la religiosa por su papel activo en el robo de infantes. Y nos ha impactado por su humanidad, vale decir, por su dolor como persona terriblemente agraviada —un daño que, dígase lo que se quiera, no podrá ser jamás mitigado—, al mismo tiempo que por su recurso al perdón divino para la religiosa delincuente. No han faltado comentarios a esta declaración que la señalan como una simple muestra de cortesía, de educación, de savoir-vivre ante los medios de comunicación, y que hacen hincapié en el odio mal disimulado que contiene. Sea como fuere, ha quedado consignada para siempre, de tal manera que cualquiera puede leerla y sacar sus propias conclusiones.

No pretendemos, ni mucho menos, emitir un juicio contra esta madre perjudicada, ni siquiera pontificar acerca de la necesidad del perdón genuino a los que nos ofenden como una evidencia palpable de nuestra adhesión a la doctrina de Cristo. Entendemos que, dada la situación que ésta y otras madres y sus entornos familiares han vivido, viven y vivirán, su declaración es mucho más elevada que otras que hemos escuchado en diversas ocasiones a raíz de actos delictivos. No nos corresponde juzgarla, sino solidarizarnos con ella, con su dolor como madre y como persona, y encomendarla a la misericordia de Dios.

Pero tampoco nos proponemos con nuestra reflexión invocar todos los anatemas habidos y por haber contra la ciudadana María Gómez Valbuena, ni siquiera contra la religiosa Sor María. Que sea Dios quien la juzgue realmente y quien emita sobre ella el veredicto correspondiente, que será el único realmente justo y comedido. Es Dios quien pone en orden su propia casa, finalmente. Los seres humanos, cristianos incluidos, tenemos tendencia a que “se nos vaya la mano”, o bien por un lado o bien por el otro.

Lo único que deseamos compartir con nuestros amables lectores en esta reflexión es el estupor que nos causó en su momento el conocimiento de que una religiosa de vocación y profesión —o al menos como tal se la había presentado— se prestara a la perpetración de crímenes de esta envergadura. Porque privar a un bebé del cariño de su madre y de su familia natural para darlo en adopción a otra gente, así, porque sí, porque esa otra gente tiene una economía familiar más próspera o porque pertenece a cierto estamento ideológico o político dominante, recibe la calificación de crimen en nuestra lengua castellana, simple y llanamente. Y ese crimen aún se agudiza cuando se acompaña de una mentira cruel a la madre y a la familia del recién nacido haciéndoles creer que el bebé ha muerto; y llega a tener implicaciones legales y jurídicas desde el momento en que se han de falsificar datos oficiales e incluso remedar supuestas inhumaciones para tapar el asunto. Y si vamos tirando de la cuerda, aún hallaremos más detalles escabrosos cuyo conocimiento sólo contribuirá a un mayor desencanto y una repulsa más radical todavía frente a hechos semejantes y a quienes se implican en ellos, religiosos o laicos.

Lo peor de todo es que estos robos de bebés no constituyen la única muestra de delitos contra la humanidad perpetrados por religiosos de profesión, de todas las religiones que existen y han existido en la historia, y dentro del ámbito cristiano de todas las denominaciones e iglesias que se han conocido y se conocen.

¿Nos basta con afirmar que se trata de falsos religiosos, de personas sin vocación, de creyentes fingidos? ¿Nos quedamos tranquilos con decir que son simples hipócritas que se acogen a un hábito o a un nombramiento o designación de una instancia más alta únicamente para comer, como un medio de vida más? Personalmente, no. Lo decimos con el corazón en la mano: no dudamos de la vocación real de estas personas, de su fe auténtica como creyentes, de su sinceridad a la hora de profesar en una orden determinada o de ejercer el ministerio sagrado en una iglesia particular. Ni siquiera dudamos de sus más que probables problemas de conciencia cuando se enfrentan por primera vez a una situación contraria a sus principios, claramente delictiva, con la que acaban consintiendo a partir de un complicado proceso de autoconvencimiento en aras de una ideología pretendidamente superior y que al final se les vuelve en contra. Los mecanismos que mueven la mente humana no son fáciles de discernir, ni mucho menos de comprender, y no todos los religiosos tienen —¿tenemos?— madera de héroes ni de mártires.

María Gómez Valbuena, o Sor María, si se prefiere, no estuvo a la altura de su prístina profesión como religiosa católica. De hecho, con su penosa actuación, no sólo ya en los robos de bebés, sino al rehusar hacer las declaraciones correspondientes ante la justicia, traicionó en realidad a su orden, a su iglesia, a su sociedad, a su país y al conjunto del género humano, es decir, a su Dios y Señor; Dios, y nunca lo olvidemos, es terriblemente solidario con el dolor de nuestra especie. El nombre de Sor María se ha convertido para muchas familias españolas y para todos los que hayan escuchado, visto o leído, las noticias referentes a su situación, en el prototipo del monstruo amoral amparado bajo el manto de la religión; en un enemigo público cuya memoria quedará manchada para siempre y que, sin que por ello debamos extrañarnos, con toda seguridad aparecerá algún día en libros de historia que recojan anécdotas y noticias de la España de comienzos del siglo XXI, de la misma manera que hoy leemos cosas parecidas de otros personajes que vivieron en siglos pretéritos.

Sinceramente, no deseamos un infierno eterno para la mujer y ciudadana María Gómez Valbuena, ni siquiera para la religiosa Sor María. Si bien humanamente hablando se nos hace difícil pensar en que sus crímenes puedan tener perdón, y tal vez hubiéramos preferido por ello verla humillada en una cárcel para lo que le quedaba de vida, lo cierto es que no nos gustaría saberla condenada para toda la eternidad. Esperamos, como decía aquella madre, que Dios la pueda perdonar, a ella y a todos los que aun siendo cristianos profesos y religiosos de profesión caen en la trampa de perpetrar delitos en aras de no se sabe qué bien superior.

Finalmente, sólo a Dios le corresponde juzgar, y como apuntábamos más arriba, ya es tiempo de que su juicio comience en su propia casa.             

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