Posted On 07/04/2011 By In Biblia, Teología With 2888 Views

Inspiración, Revelación y Palabra de Dios

Uno de los temas más inquietantes de la fe es el concerniente a la Revelación, como cuerpo de doctrina en las religiones monoteístas. La iniciativa siempre se atribuye a Dios, que es quien se revela a los hombres; revelación que, normalmente, se manifiesta por medio de la Palabra y a través de la Historia; también en la Creación (“los cielos cuentan la gloria de Dios”). Por otra parte, desde el punto de vista cristiano, los acontecimientos que marcan la historia se producen según un plan dirigido con vistas a un objetivo determinado: la instauración del Reino de Dios en la tierra.

La Revelación dice a la Palabra y mantiene una dependencia directa con la Inspiración. Pero, al menos en el Antiguo Testamento, la revelación jamás depende de una forma directa de la palabra escrita. Sí al contrario, es decir, la palabra escrita hace referencia a la revelación, como un hecho en proceso permanente. En el Nuevo Testamento la revelación es el acontecimiento central, mediante el cual Dios se da a conocer a los hombres en plenitud. Este acontecimiento se centra en la encarnación, Jesús hecho carne; la Palabra encarnada. Luego vendrá la Palabra escrita.

Ahora bien, a Dios no se le puede enjaular ni en la Creación, ni en el Templo, ni en un libro determinado. Dios, que revela a los hombres aquello que están en condiciones y en disposición de entender, sobrepasa los límites que el hombre puede abarcar. Y los seres humanos perciben la parte de revelación que tienen capacidad de asimilar. La historia de la Revelación nos muestra que esa percepción es siempre limitada y acumulativa; es limitada porque se produce en la medida en que los receptores avanzan en su búsqueda; y es acumulativa, porque las nuevas generaciones pueden avanzar en el conocimiento a partir de los avances llevados a cabo por sus predecesores.

Llegados a este punto, la pregunta clave es ¿entonces, cómo se revela Dios? Los judíos tienen la Torah (el Pentateuco) como soporte de la revelación divina; el resto de los libros del Antiguo Testamento (“los Profetas” y “los Escritos”), cubren una función de apoyo espiritual importante, pero no alcanzan el nivel que se concede a la Torah. Para los musulmanes la respuesta es muy simple: Dios dictó a Mohama (La Meca, c. el 26 de abril de 570/571-Medina, 8 de junio de 632) cada una de las 114 suras (capítulos) del Corán con sus correspondientes aleyas (versículos), y Mohama las copió literalmente y así se transmiten de generación a generación, en lengua árabe únicamente, lengua en la que fuera escrito el Corán, con el pleno convencimiento de que esa, y únicamente esa, es la Revelación de Dios, todo lo que los hombres tienen que conocer, ni más ni menos.

Y para los cristianos, ¿cuál es la fuente o las fuentes de la Revelación? Volvemos a las reflexiones que encabezan este escrito, en las que ya hemos dejado enmarcada la respuesta. Curiosamente ni Moisés, que puso todo su empeño en saciar su curiosidad, alcanzó otra respuesta a la hora de investigar acerca de Dios que aquél “Soy el que soy”, que es tanto como transmitir la idea de que nadie puede saber acerca de la realidad de Dios otra cosa que no sea su propia existencia: lo demás es misterio al que no podemos acceder en su plenitud, pero si parcialmente y, aún más, progresivamente; y en eso consiste la revelación. Dios se muestra a sí mismo en la forma y alcance que lo estima conveniente y el hombre accede a esa revelación en la medida que le es posible.

Por otra parte, la revelación, en su dimensión de palabra escrita, tiene una dependencia directa de la inspiración. Inspirar, según el María Moliner, tiene, entre otros, dos sentidos básicos: 1) Introducir aire en los pulmones; y 2) hacer surgir en alguien ideas nuevas. En lo que atañe a las Escrituras, que es el depósito de la revelación divina puesto a nuestro alcance; por medio de la fe se nos dice que Dios ha “introducido/inspirado” las Escrituras, pero no se nos aclara exactamente cómo, a no ser que en su proceso interviene el Espíritu Santo.

En el caso de Las Tablas de Ley, soporte de la fe judía y, posteriormente cristiana, a las que hay que unir el resto de mandamientos que recoge el relato de Éxodo, Dios se sirve de Moisés como intermediario[1]. Aquellos 40 días en el Monte Sinaí fueron fructíferos; en ellos quedó diseñada la estructura jurídica y social de Israel. ¿Quién escribió las Tablas del Pacto, Dios mismo o Moisés como amanuense de Dios? Ambas opciones parecen posibles según diferentes partes del relato de Éxodo. En cualquier caso, la fe del pueblo toma cuerpo y acepta la intermediación de Moisés y asume como revelación divina el contenido del relato de Moisés, si bien por nuestra parte renunciamos al antropomorfismo atribuido a Dios. A partir de ahí, la revelación que Moisés les transmite sirve de soporte para establecer el Pacto o Alianza entre Dios y el pueblo escogido. Por medio de esta alianza se produce una especie de adopción mediante la cual se ligan los intereses de ambas partes, cuya garantía y estabilidad se encuentra en el cumplimento del Decálogo. Pero es preciso remarcar un aspecto importante que conviene no pasar por alto: Dios establece la alianza con el pueblo, en el plano colectivo, no con cada individuo de ese pueblo. La revelación tiene eficacia porque el pueblo la acepta y la asimila. ¿Y cuál fue el objeto principal de esa alianza, de ese pacto entre Dios e Israel? Sencillamente, servir de correa de transmisión al mundo entero, enseñar el Dios único y universal a todos los hombres. Israel no es un receptor privilegiado de un bien exclusivo, sino instrumento de bendición para la humanidad, en la medida en que cumpla o haya cumplido esa función.

En lo que a los “libros sagrados” de los judíos se refiere, es decir, el conjunto de la Torah, los Profetas y los Escritos, que la tradición cristiana denominaría como Antiguo Testamento, cabe formularse una pregunta: ¿Quién y cómo llegó a determinase el Canon de los libros que deberían considerarse inspirados, puesto que, además de los 39 que recoge el Antiguo Testamento, existían otros que fueron denominados deuterocanónicos o apócrifos? En primer lugar debemos aclarar que las comunidades cristianas se limitaron a aceptar lo que los propios judíos acordaron en un concilio de rabinos celebrado en la ciudad de Jamnia en el año 90 de nuestra era, más o menos cuando se escribía el Evangelio de Juan. Entre los judíos anteriores a la destrucción del Templo, no existía un canon bíblico establecido, por lo que no solamente circulaban como libros aceptados los escritos en hebreo hasta la época del profeta Esdras, sino otros que fueron escritos en lengua griega en la diáspora, especialmente en la floreciente comunidad de Alejandría. El Concilio de Jamnia no reconoció otros libros que los 39 que conocemos como canónicos, excluyendo los de la diáspora. No obstante, en la llamada Septuaginta, es decir, la versión traducida al griego en Alejandría entre los años 300 y 200 adC, se admite que fueron incluidos como inspirados libros que más tarde serían excluidos por los rabinos de Jerusalén, pero que circularon libremente por las comunidades judías fuera del control de los fariseos jerosolimitanos[2]. Pero aún no hemos respondido a la pregunta de cómo se produce la inspiración o, mejor dicho, cómo y quién determina la inspiración para considerar que determinados libros son sagrados. Por parte de los judíos, con la discrepancia que ya hemos señalado, atribuyen la fuente de autoridad o bien a un grupo de líderes religiosos, o bien a las propias comunidades de judíos, o bien a ambas fuentes conjuntamente y, en consecuencia, les adjudican la condición de sagrados. En lo que a los cristianos se refiere, que heredan esa discrepancia en torno al origen de los libros (en lengua hebrea o escritos en la diáspora en el koiné griego), circulan todos ellos entre las comunidades latinas y orientales, afianzándose pronto la versión de la Septuaginta entre las comunidades griegas y con mayor reticencia en las latinas, atribuyéndoles su condición de inspirados o pseudoinspirados en su caso, según la tradición eclesial, hasta que la Reforma excluye formalmente los apócrifos[3] y el Concilio de Trento, por su parte, los admite como parte del Canon. Añadamos a esto que muchos de esos libros, como ocurrirá posteriormente con otros del Nuevo Testamento, no sabemos a ciencia cierta por quién o quiénes fueron escritos.

Si nos trasladamos al Nuevo Testamento, en el que se refleja la culminación de ese proceso, el camino seguido es diferente. La revelación central no se lleva a cabo mediante una teofanía propiamente dicho, como en el Sinaí. Ahora Dios se revela mediante un acontecimiento inusual: se hace Palabra y toma forma humana; “el Verbo [la Palabra], fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Así lo explica el Evangelio de Juan unos 90/100 años después de que se produjera el hecho. Y en torno a la Palabra viva surge una comunidad de creyentes que va extendiéndose rápidamente por el mundo conocido de entonces. Una comunidad que necesita alimentarse de la Palabra y que, cuando su imagen se va difuminando con el paso del tiempo, va siendo recordada y afianzada por los dichos y escritos de quienes fueron sus testigos y de los testigos de los testigos, hasta ir formándose un conjunto de escritos que fueron tomando cuerpo en medio de la comunidad de creyentes y que, mediante la inspiración del Espíritu Santo, son seleccionados por la propia comunidad como reflejo y exponente de la Palabra de Dios, es decir, Jesucristo. En ese proceso la comunidad fue desechando algunos de los escritos que durante tiempo circularon como parte de lo que más adelante sería denominado Nuevo Testamento. La fe del pueblo, no la de ningún individuo en particular, asumió con el tiempo que esos libros y no otros, eran inspirados por Dios para edificación de su Iglesia.

¿Qué significa todo esto? Sencillamente, que Dios, que es el Señor de la Historia y de la Iglesia, que controla y administra no solamente el contenido sino la transmisión de la revelación, se ha servido de las comunidades de creyentes en su conjunto y no de creyentes de forma aislada -sean judíos o cristianos- para imprimir el marchamo de inspiración a aquellos libros que en su omnisciencia ha considerado necesarios para apuntar hacia el objeto central de la revelación, es decir, Jesucristo, que es el caso de los escritos del Antiguo Testamento, u orientar la mirada hacia ese mismo objeto, Palabra de Dios, que es la misión que tienen los libros del Nuevo Testamento.

Marzo de 2011.

 


[1] Renunciamos en este contexto a entrar en temas relacionados con la crítica histórica del texto bíblico, no por considerarlos faltos de interés, sino porque no hacen al caso en este escrito.

[2] La verdad es que no consta un listado fidedigno de los libros que fueron incluidos en la Septuaginta, además de la Torah (Pentateuco) propiamente dicho.

[3] En su traducción de la Biblia al alemán, Martín Lutero incluyó los libros apócrifos pero, al igual que Jerónimo, no los consideró iguales en autoridad que las Escrituras y estableció que no debían ser utilizados para definir la doctrina cristiana.

Uno de los temas más inquietantes de la fe es el concerniente a la Revelación, como cuerpo de doctrina en las religiones monoteístas. La iniciativa siempre se atribuye a Dios, que es quien se revela a los hombres; revelación que, normalmente, se manifiesta por medio de la Palabra y a través de la Historia; también en la Creación (“los cielos cuentan la gloria de Dios”). Por otra parte, desde el punto de vista cristiano, los acontecimientos que marcan la historia se producen según un plan dirigido con vistas a un objetivo determinado: la instauración del Reino de Dios en la tierra.

La Revelación dice a la Palabra y mantiene una dependencia directa con la Inspiración. Pero, al menos en el Antiguo Testamento, la revelación jamás depende de una forma directa de la palabra escrita. Sí al contrario, es decir, la palabra escrita hace referencia a la revelación, como un hecho en proceso permanente. En el Nuevo Testamento la revelación es el acontecimiento central, mediante el cual Dios se da a conocer a los hombres en plenitud. Este acontecimiento se centra en la encarnación, Jesús hecho carne; la Palabra encarnada. Luego vendrá la Palabra escrita.

Ahora bien, a Dios no se le puede enjaular ni en la Creación, ni en el Templo, ni en un libro determinado. Dios, que revela a los hombres aquello que están en condiciones y en disposición de entender, sobrepasa los límites que el hombre puede abarcar. Y los seres humanos perciben la parte de revelación que tienen capacidad de asimilar. La historia de la Revelación nos muestra que esa percepción es siempre limitada y acumulativa; es limitada porque se produce en la medida en que los receptores avanzan en su búsqueda; y es acumulativa, porque las nuevas generaciones pueden avanzar en el conocimiento a partir de los avances llevados a cabo por sus predecesores.

Llegados a este punto, la pregunta clave es ¿entonces, cómo se revela Dios? Los judíos tienen la Torah (el Pentateuco) como soporte de la revelación divina; el resto de los libros del Antiguo Testamento (“los Profetas” y “los Escritos”), cubren una función de apoyo espiritual importante, pero no alcanzan el nivel que se concede a la Torah. Para los musulmanes la respuesta es muy simple: Dios dictó a Mohama (La Meca, c. el 26 de abril de 570/571-Medina, 8 de junio de 632) cada una de las 114 suras (capítulos) del Corán con sus correspondientes aleyas (versículos), y Mohama las copió literalmente y así se transmiten de generación a generación, en lengua árabe únicamente, lengua en la que fuera escrito el Corán, con el pleno convencimiento de que esa, y únicamente esa, es la Revelación de Dios, todo lo que los hombres tienen que conocer, ni más ni menos.

Y para los cristianos, ¿cuál es la fuente o las fuentes de la Revelación? Volvemos a las reflexiones que encabezan este escrito, en las que ya hemos dejado enmarcada la respuesta. Curiosamente ni Moisés, que puso todo su empeño en saciar su curiosidad, alcanzó otra respuesta a la hora de investigar acerca de Dios que aquél “Soy el que soy”, que es tanto como transmitir la idea de que nadie puede saber acerca de la realidad de Dios otra cosa que no sea su propia existencia: lo demás es misterio al que no podemos acceder en su plenitud, pero si parcialmente y, aún más, progresivamente; y en eso consiste la revelación. Dios se muestra a sí mismo en la forma y alcance que lo estima conveniente y el hombre accede a esa revelación en la medida que le es posible.

Por otra parte, la revelación, en su dimensión de palabra escrita, tiene una dependencia directa de la inspiración. Inspirar, según el María Moliner, tiene, entre otros, dos sentidos básicos: 1) Introducir aire en los pulmones; y 2) hacer surgir en alguien ideas nuevas. En lo que atañe a las Escrituras, que es el depósito de la revelación divina puesto a nuestro alcance; por medio de la fe se nos dice que Dios ha “introducido/inspirado” las Escrituras, pero no se nos aclara exactamente cómo, a no ser que en su proceso interviene el Espíritu Santo.

En el caso de Las Tablas de Ley, soporte de la fe judía y, posteriormente cristiana, a las que hay que unir el resto de mandamientos que recoge el relato de Éxodo, Dios se sirve de Moisés como intermediario[1]. Aquellos 40 días en el Monte Sinaí fueron fructíferos; en ellos quedó diseñada la estructura jurídica y social de Israel. ¿Quién escribió las Tablas del Pacto, Dios mismo o Moisés como amanuense de Dios? Ambas opciones parecen posibles según diferentes partes del relato de Éxodo. En cualquier caso, la fe del pueblo toma cuerpo y acepta la intermediación de Moisés y asume como revelación divina el contenido del relato de Moisés, si bien por nuestra parte renunciamos al antropomorfismo atribuido a Dios. A partir de ahí, la revelación que Moisés les transmite sirve de soporte para establecer el Pacto o Alianza entre Dios y el pueblo escogido. Por medio de esta alianza se produce una especie de adopción mediante la cual se ligan los intereses de ambas partes, cuya garantía y estabilidad se encuentra en el cumplimento del Decálogo. Pero es preciso remarcar un aspecto importante que conviene no pasar por alto: Dios establece la alianza con el pueblo, en el plano colectivo, no con cada individuo de ese pueblo. La revelación tiene eficacia porque el pueblo la acepta y la asimila. ¿Y cuál fue el objeto principal de esa alianza, de ese pacto entre Dios e Israel? Sencillamente, servir de correa de transmisión al mundo entero, enseñar el Dios único y universal a todos los hombres. Israel no es un receptor privilegiado de un bien exclusivo, sino instrumento de bendición para la humanidad, en la medida en que cumpla o haya cumplido esa función.

En lo que a los “libros sagrados” de los judíos se refiere, es decir, el conjunto de la Torah, los Profetas y los Escritos, que la tradición cristiana denominaría como Antiguo Testamento, cabe formularse una pregunta: ¿Quién y cómo llegó a determinase el Canon de los libros que deberían considerarse inspirados, puesto que, además de los 39 que recoge el Antiguo Testamento, existían otros que fueron denominados deuterocanónicos o apócrifos? En primer lugar debemos aclarar que las comunidades cristianas se limitaron a aceptar lo que los propios judíos acordaron en un concilio de rabinos celebrado en la ciudad de Jamnia en el año 90 de nuestra era, más o menos cuando se escribía el Evangelio de Juan. Entre los judíos anteriores a la destrucción del Templo, no existía un canon bíblico establecido, por lo que no solamente circulaban como libros aceptados los escritos en hebreo hasta la época del profeta Esdras, sino otros que fueron escritos en lengua griega en la diáspora, especialmente en la floreciente comunidad de Alejandría. El Concilio de Jamnia no reconoció otros libros que los 39 que conocemos como canónicos, excluyendo los de la diáspora. No obstante, en la llamada Septuaginta, es decir, la versión traducida al griego en Alejandría entre los años 300 y 200 adC, se admite que fueron incluidos como inspirados libros que más tarde serían excluidos por los rabinos de Jerusalén, pero que circularon libremente por las comunidades judías fuera del control de los fariseos jerosolimitanos[2]. Pero aún no hemos respondido a la pregunta de cómo se produce la inspiración o, mejor dicho, cómo y quién determina la inspiración para considerar que determinados libros son sagrados. Por parte de los judíos, con la discrepancia que ya hemos señalado, atribuyen la fuente de autoridad o bien a un grupo de líderes religiosos, o bien a las propias comunidades de judíos, o bien a ambas fuentes conjuntamente y, en consecuencia, les adjudican la condición de sagrados. En lo que a los cristianos se refiere, que heredan esa discrepancia en torno al origen de los libros (en lengua hebrea o escritos en la diáspora en el koiné griego), circulan todos ellos entre las comunidades latinas y orientales, afianzándose pronto la versión de la Septuaginta entre las comunidades griegas y con mayor reticencia en las latinas, atribuyéndoles su condición de inspirados o pseudoinspirados en su caso, según la tradición eclesial, hasta que la Reforma excluye formalmente los apócrifos[3] y el Concilio de Trento, por su parte, los admite como parte del Canon. Añadamos a esto que muchos de esos libros, como ocurrirá posteriormente con otros del Nuevo Testamento, no sabemos a ciencia cierta por quién o quiénes fueron escritos.

Si nos trasladamos al Nuevo Testamento, en el que se refleja la culminación de ese proceso, el camino seguido es diferente. La revelación central no se lleva a cabo mediante una teofanía propiamente dicho, como en el Sinaí. Ahora Dios se revela mediante un acontecimiento inusual: se hace Palabra y toma forma humana; “el Verbo [la Palabra], fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Así lo explica el Evangelio de Juan unos 90/100 años después de que se produjera el hecho. Y en torno a la Palabra viva surge una comunidad de creyentes que va extendiéndose rápidamente por el mundo conocido de entonces. Una comunidad que necesita alimentarse de la Palabra y que, cuando su imagen se va difuminando con el paso del tiempo, va siendo recordada y afianzada por los dichos y escritos de quienes fueron sus testigos y de los testigos de los testigos, hasta ir formándose un conjunto de escritos que fueron tomando cuerpo en medio de la comunidad de creyentes y que, mediante la inspiración del Espíritu Santo, son seleccionados por la propia comunidad como reflejo y exponente de la Palabra de Dios, es decir, Jesucristo. En ese proceso la comunidad fue desechando algunos de los escritos que durante tiempo circularon como parte de lo que más adelante sería denominado Nuevo Testamento. La fe del pueblo, no la de ningún individuo en particular, asumió con el tiempo que esos libros y no otros, eran inspirados por Dios para edificación de su Iglesia.

¿Qué significa todo esto? Sencillamente, que Dios, que es el Señor de la Historia y de la Iglesia, que controla y administra no solamente el contenido sino la transmisión de la revelación, se ha servido de las comunidades de creyentes en su conjunto y no de creyentes de forma aislada -sean judíos o cristianos- para imprimir el marchamo de inspiración a aquellos libros que en su omnisciencia ha considerado necesarios para apuntar hacia el objeto central de la revelación, es decir, Jesucristo, que es el caso de los escritos del Antiguo Testamento, u orientar la mirada hacia ese mismo objeto, Palabra de Dios, que es la misión que tienen los libros del Nuevo Testamento.

Marzo de 2011.

 


[1] Renunciamos en este contexto a entrar en temas relacionados con la crítica histórica del texto bíblico, no por considerarlos faltos de interés, sino porque no hacen al caso en este escrito.

[2] La verdad es que no consta un listado fidedigno de los libros que fueron incluidos en la Septuaginta, además de la Torah (Pentateuco) propiamente dicho.

[3] En su traducción de la Biblia al alemán, Martín Lutero incluyó los libros apócrifos pero, al igual que Jerónimo, no los consideró iguales en autoridad que las Escrituras y estableció que no debían ser utilizados para definir la doctrina cristiana.

Uno de los temas más inquietantes de la fe es el concerniente a la Revelación, como cuerpo de doctrina en las religiones monoteístas. La iniciativa siempre se atribuye a Dios, que es quien se revela a los hombres; revelación que, normalmente, se manifiesta por medio de la Palabra y a través de la Historia; también en la Creación (“los cielos cuentan la gloria de Dios”). Por otra parte, desde el punto de vista cristiano, los acontecimientos que marcan la historia se producen según un plan dirigido con vistas a un objetivo determinado: la instauración del Reino de Dios en la tierra.

La Revelación dice a la Palabra y mantiene una dependencia directa con la Inspiración. Pero, al menos en el Antiguo Testamento, la revelación jamás depende de una forma directa de la palabra escrita. Sí al contrario, es decir, la palabra escrita hace referencia a la revelación, como un hecho en proceso permanente. En el Nuevo Testamento la revelación es el acontecimiento central, mediante el cual Dios se da a conocer a los hombres en plenitud. Este acontecimiento se centra en la encarnación, Jesús hecho carne; la Palabra encarnada. Luego vendrá la Palabra escrita.

Ahora bien, a Dios no se le puede enjaular ni en la Creación, ni en el Templo, ni en un libro determinado. Dios, que revela a los hombres aquello que están en condiciones y en disposición de entender, sobrepasa los límites que el hombre puede abarcar. Y los seres humanos perciben la parte de revelación que tienen capacidad de asimilar. La historia de la Revelación nos muestra que esa percepción es siempre limitada y acumulativa; es limitada porque se produce en la medida en que los receptores avanzan en su búsqueda; y es acumulativa, porque las nuevas generaciones pueden avanzar en el conocimiento a partir de los avances llevados a cabo por sus predecesores.

Llegados a este punto, la pregunta clave es ¿entonces, cómo se revela Dios? Los judíos tienen la Torah (el Pentateuco) como soporte de la revelación divina; el resto de los libros del Antiguo Testamento (“los Profetas” y “los Escritos”), cubren una función de apoyo espiritual importante, pero no alcanzan el nivel que se concede a la Torah. Para los musulmanes la respuesta es muy simple: Dios dictó a Mohama (La Meca, c. el 26 de abril de 570/571-Medina, 8 de junio de 632) cada una de las 114 suras (capítulos) del Corán con sus correspondientes aleyas (versículos), y Mohama las copió literalmente y así se transmiten de generación a generación, en lengua árabe únicamente, lengua en la que fuera escrito el Corán, con el pleno convencimiento de que esa, y únicamente esa, es la Revelación de Dios, todo lo que los hombres tienen que conocer, ni más ni menos.

Y para los cristianos, ¿cuál es la fuente o las fuentes de la Revelación? Volvemos a las reflexiones que encabezan este escrito, en las que ya hemos dejado enmarcada la respuesta. Curiosamente ni Moisés, que puso todo su empeño en saciar su curiosidad, alcanzó otra respuesta a la hora de investigar acerca de Dios que aquél “Soy el que soy”, que es tanto como transmitir la idea de que nadie puede saber acerca de la realidad de Dios otra cosa que no sea su propia existencia: lo demás es misterio al que no podemos acceder en su plenitud, pero si parcialmente y, aún más, progresivamente; y en eso consiste la revelación. Dios se muestra a sí mismo en la forma y alcance que lo estima conveniente y el hombre accede a esa revelación en la medida que le es posible.

Por otra parte, la revelación, en su dimensión de palabra escrita, tiene una dependencia directa de la inspiración. Inspirar, según el María Moliner, tiene, entre otros, dos sentidos básicos: 1) Introducir aire en los pulmones; y 2) hacer surgir en alguien ideas nuevas. En lo que atañe a las Escrituras, que es el depósito de la revelación divina puesto a nuestro alcance; por medio de la fe se nos dice que Dios ha “introducido/inspirado” las Escrituras, pero no se nos aclara exactamente cómo, a no ser que en su proceso interviene el Espíritu Santo.

En el caso de Las Tablas de Ley, soporte de la fe judía y, posteriormente cristiana, a las que hay que unir el resto de mandamientos que recoge el relato de Éxodo, Dios se sirve de Moisés como intermediario[1]. Aquellos 40 días en el Monte Sinaí fueron fructíferos; en ellos quedó diseñada la estructura jurídica y social de Israel. ¿Quién escribió las Tablas del Pacto, Dios mismo o Moisés como amanuense de Dios? Ambas opciones parecen posibles según diferentes partes del relato de Éxodo. En cualquier caso, la fe del pueblo toma cuerpo y acepta la intermediación de Moisés y asume como revelación divina el contenido del relato de Moisés, si bien por nuestra parte renunciamos al antropomorfismo atribuido a Dios. A partir de ahí, la revelación que Moisés les transmite sirve de soporte para establecer el Pacto o Alianza entre Dios y el pueblo escogido. Por medio de esta alianza se produce una especie de adopción mediante la cual se ligan los intereses de ambas partes, cuya garantía y estabilidad se encuentra en el cumplimento del Decálogo. Pero es preciso remarcar un aspecto importante que conviene no pasar por alto: Dios establece la alianza con el pueblo, en el plano colectivo, no con cada individuo de ese pueblo. La revelación tiene eficacia porque el pueblo la acepta y la asimila. ¿Y cuál fue el objeto principal de esa alianza, de ese pacto entre Dios e Israel? Sencillamente, servir de correa de transmisión al mundo entero, enseñar el Dios único y universal a todos los hombres. Israel no es un receptor privilegiado de un bien exclusivo, sino instrumento de bendición para la humanidad, en la medida en que cumpla o haya cumplido esa función.

En lo que a los “libros sagrados” de los judíos se refiere, es decir, el conjunto de la Torah, los Profetas y los Escritos, que la tradición cristiana denominaría como Antiguo Testamento, cabe formularse una pregunta: ¿Quién y cómo llegó a determinase el Canon de los libros que deberían considerarse inspirados, puesto que, además de los 39 que recoge el Antiguo Testamento, existían otros que fueron denominados deuterocanónicos o apócrifos? En primer lugar debemos aclarar que las comunidades cristianas se limitaron a aceptar lo que los propios judíos acordaron en un concilio de rabinos celebrado en la ciudad de Jamnia en el año 90 de nuestra era, más o menos cuando se escribía el Evangelio de Juan. Entre los judíos anteriores a la destrucción del Templo, no existía un canon bíblico establecido, por lo que no solamente circulaban como libros aceptados los escritos en hebreo hasta la época del profeta Esdras, sino otros que fueron escritos en lengua griega en la diáspora, especialmente en la floreciente comunidad de Alejandría. El Concilio de Jamnia no reconoció otros libros que los 39 que conocemos como canónicos, excluyendo los de la diáspora. No obstante, en la llamada Septuaginta, es decir, la versión traducida al griego en Alejandría entre los años 300 y 200 adC, se admite que fueron incluidos como inspirados libros que más tarde serían excluidos por los rabinos de Jerusalén, pero que circularon libremente por las comunidades judías fuera del control de los fariseos jerosolimitanos[2]. Pero aún no hemos respondido a la pregunta de cómo se produce la inspiración o, mejor dicho, cómo y quién determina la inspiración para considerar que determinados libros son sagrados. Por parte de los judíos, con la discrepancia que ya hemos señalado, atribuyen la fuente de autoridad o bien a un grupo de líderes religiosos, o bien a las propias comunidades de judíos, o bien a ambas fuentes conjuntamente y, en consecuencia, les adjudican la condición de sagrados. En lo que a los cristianos se refiere, que heredan esa discrepancia en torno al origen de los libros (en lengua hebrea o escritos en la diáspora en el koiné griego), circulan todos ellos entre las comunidades latinas y orientales, afianzándose pronto la versión de la Septuaginta entre las comunidades griegas y con mayor reticencia en las latinas, atribuyéndoles su condición de inspirados o pseudoinspirados en su caso, según la tradición eclesial, hasta que la Reforma excluye formalmente los apócrifos[3] y el Concilio de Trento, por su parte, los admite como parte del Canon. Añadamos a esto que muchos de esos libros, como ocurrirá posteriormente con otros del Nuevo Testamento, no sabemos a ciencia cierta por quién o quiénes fueron escritos.

Si nos trasladamos al Nuevo Testamento, en el que se refleja la culminación de ese proceso, el camino seguido es diferente. La revelación central no se lleva a cabo mediante una teofanía propiamente dicho, como en el Sinaí. Ahora Dios se revela mediante un acontecimiento inusual: se hace Palabra y toma forma humana; “el Verbo [la Palabra], fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Así lo explica el Evangelio de Juan unos 90/100 años después de que se produjera el hecho. Y en torno a la Palabra viva surge una comunidad de creyentes que va extendiéndose rápidamente por el mundo conocido de entonces. Una comunidad que necesita alimentarse de la Palabra y que, cuando su imagen se va difuminando con el paso del tiempo, va siendo recordada y afianzada por los dichos y escritos de quienes fueron sus testigos y de los testigos de los testigos, hasta ir formándose un conjunto de escritos que fueron tomando cuerpo en medio de la comunidad de creyentes y que, mediante la inspiración del Espíritu Santo, son seleccionados por la propia comunidad como reflejo y exponente de la Palabra de Dios, es decir, Jesucristo. En ese proceso la comunidad fue desechando algunos de los escritos que durante tiempo circularon como parte de lo que más adelante sería denominado Nuevo Testamento. La fe del pueblo, no la de ningún individuo en particular, asumió con el tiempo que esos libros y no otros, eran inspirados por Dios para edificación de su Iglesia.

¿Qué significa todo esto? Sencillamente, que Dios, que es el Señor de la Historia y de la Iglesia, que controla y administra no solamente el contenido sino la transmisión de la revelación, se ha servido de las comunidades de creyentes en su conjunto y no de creyentes de forma aislada -sean judíos o cristianos- para imprimir el marchamo de inspiración a aquellos libros que en su omnisciencia ha considerado necesarios para apuntar hacia el objeto central de la revelación, es decir, Jesucristo, que es el caso de los escritos del Antiguo Testamento, u orientar la mirada hacia ese mismo objeto, Palabra de Dios, que es la misión que tienen los libros del Nuevo Testamento.

Marzo de 2011.

 


[1] Renunciamos en este contexto a entrar en temas relacionados con la crítica histórica del texto bíblico, no por considerarlos faltos de interés, sino porque no hacen al caso en este escrito.

[2] La verdad es que no consta un listado fidedigno de los libros que fueron incluidos en la Septuaginta, además de la Torah (Pentateuco) propiamente dicho.

[3] En su traducción de la Biblia al alemán, Martín Lutero incluyó los libros apócrifos pero, al igual que Jerónimo, no los consideró iguales en autoridad que las Escrituras y estableció que no debían ser utilizados para definir la doctrina cristiana.

Uno de los temas más inquietantes de la fe es el concerniente a la Revelación, como cuerpo de doctrina en las religiones monoteístas. La iniciativa siempre se atribuye a Dios, que es quien se revela a los hombres; revelación que, normalmente, se manifiesta por medio de la Palabra y a través de la Historia; también en la Creación (“los cielos cuentan la gloria de Dios”). Por otra parte, desde el punto de vista cristiano, los acontecimientos que marcan la historia se producen según un plan dirigido con vistas a un objetivo determinado: la instauración del Reino de Dios en la tierra.

La Revelación dice a la Palabra y mantiene una dependencia directa con la Inspiración. Pero, al menos en el Antiguo Testamento, la revelación jamás depende de una forma directa de la palabra escrita. Sí al contrario, es decir, la palabra escrita hace referencia a la revelación, como un hecho en proceso permanente. En el Nuevo Testamento la revelación es el acontecimiento central, mediante el cual Dios se da a conocer a los hombres en plenitud. Este acontecimiento se centra en la encarnación, Jesús hecho carne; la Palabra encarnada. Luego vendrá la Palabra escrita.

Ahora bien, a Dios no se le puede enjaular ni en la Creación, ni en el Templo, ni en un libro determinado. Dios, que revela a los hombres aquello que están en condiciones y en disposición de entender, sobrepasa los límites que el hombre puede abarcar. Y los seres humanos perciben la parte de revelación que tienen capacidad de asimilar. La historia de la Revelación nos muestra que esa percepción es siempre limitada y acumulativa; es limitada porque se produce en la medida en que los receptores avanzan en su búsqueda; y es acumulativa, porque las nuevas generaciones pueden avanzar en el conocimiento a partir de los avances llevados a cabo por sus predecesores.

Llegados a este punto, la pregunta clave es ¿entonces, cómo se revela Dios? Los judíos tienen la Torah (el Pentateuco) como soporte de la revelación divina; el resto de los libros del Antiguo Testamento (“los Profetas” y “los Escritos”), cubren una función de apoyo espiritual importante, pero no alcanzan el nivel que se concede a la Torah. Para los musulmanes la respuesta es muy simple: Dios dictó a Mohama (La Meca, c. el 26 de abril de 570/571-Medina, 8 de junio de 632) cada una de las 114 suras (capítulos) del Corán con sus correspondientes aleyas (versículos), y Mohama las copió literalmente y así se transmiten de generación a generación, en lengua árabe únicamente, lengua en la que fuera escrito el Corán, con el pleno convencimiento de que esa, y únicamente esa, es la Revelación de Dios, todo lo que los hombres tienen que conocer, ni más ni menos.

Y para los cristianos, ¿cuál es la fuente o las fuentes de la Revelación? Volvemos a las reflexiones que encabezan este escrito, en las que ya hemos dejado enmarcada la respuesta. Curiosamente ni Moisés, que puso todo su empeño en saciar su curiosidad, alcanzó otra respuesta a la hora de investigar acerca de Dios que aquél “Soy el que soy”, que es tanto como transmitir la idea de que nadie puede saber acerca de la realidad de Dios otra cosa que no sea su propia existencia: lo demás es misterio al que no podemos acceder en su plenitud, pero si parcialmente y, aún más, progresivamente; y en eso consiste la revelación. Dios se muestra a sí mismo en la forma y alcance que lo estima conveniente y el hombre accede a esa revelación en la medida que le es posible.

Por otra parte, la revelación, en su dimensión de palabra escrita, tiene una dependencia directa de la inspiración. Inspirar, según el María Moliner, tiene, entre otros, dos sentidos básicos: 1) Introducir aire en los pulmones; y 2) hacer surgir en alguien ideas nuevas. En lo que atañe a las Escrituras, que es el depósito de la revelación divina puesto a nuestro alcance; por medio de la fe se nos dice que Dios ha “introducido/inspirado” las Escrituras, pero no se nos aclara exactamente cómo, a no ser que en su proceso interviene el Espíritu Santo.

En el caso de Las Tablas de Ley, soporte de la fe judía y, posteriormente cristiana, a las que hay que unir el resto de mandamientos que recoge el relato de Éxodo, Dios se sirve de Moisés como intermediario[1]. Aquellos 40 días en el Monte Sinaí fueron fructíferos; en ellos quedó diseñada la estructura jurídica y social de Israel. ¿Quién escribió las Tablas del Pacto, Dios mismo o Moisés como amanuense de Dios? Ambas opciones parecen posibles según diferentes partes del relato de Éxodo. En cualquier caso, la fe del pueblo toma cuerpo y acepta la intermediación de Moisés y asume como revelación divina el contenido del relato de Moisés, si bien por nuestra parte renunciamos al antropomorfismo atribuido a Dios. A partir de ahí, la revelación que Moisés les transmite sirve de soporte para establecer el Pacto o Alianza entre Dios y el pueblo escogido. Por medio de esta alianza se produce una especie de adopción mediante la cual se ligan los intereses de ambas partes, cuya garantía y estabilidad se encuentra en el cumplimento del Decálogo. Pero es preciso remarcar un aspecto importante que conviene no pasar por alto: Dios establece la alianza con el pueblo, en el plano colectivo, no con cada individuo de ese pueblo. La revelación tiene eficacia porque el pueblo la acepta y la asimila. ¿Y cuál fue el objeto principal de esa alianza, de ese pacto entre Dios e Israel? Sencillamente, servir de correa de transmisión al mundo entero, enseñar el Dios único y universal a todos los hombres. Israel no es un receptor privilegiado de un bien exclusivo, sino instrumento de bendición para la humanidad, en la medida en que cumpla o haya cumplido esa función.

En lo que a los “libros sagrados” de los judíos se refiere, es decir, el conjunto de la Torah, los Profetas y los Escritos, que la tradición cristiana denominaría como Antiguo Testamento, cabe formularse una pregunta: ¿Quién y cómo llegó a determinase el Canon de los libros que deberían considerarse inspirados, puesto que, además de los 39 que recoge el Antiguo Testamento, existían otros que fueron denominados deuterocanónicos o apócrifos? En primer lugar debemos aclarar que las comunidades cristianas se limitaron a aceptar lo que los propios judíos acordaron en un concilio de rabinos celebrado en la ciudad de Jamnia en el año 90 de nuestra era, más o menos cuando se escribía el Evangelio de Juan. Entre los judíos anteriores a la destrucción del Templo, no existía un canon bíblico establecido, por lo que no solamente circulaban como libros aceptados los escritos en hebreo hasta la época del profeta Esdras, sino otros que fueron escritos en lengua griega en la diáspora, especialmente en la floreciente comunidad de Alejandría. El Concilio de Jamnia no reconoció otros libros que los 39 que conocemos como canónicos, excluyendo los de la diáspora. No obstante, en la llamada Septuaginta, es decir, la versión traducida al griego en Alejandría entre los años 300 y 200 adC, se admite que fueron incluidos como inspirados libros que más tarde serían excluidos por los rabinos de Jerusalén, pero que circularon libremente por las comunidades judías fuera del control de los fariseos jerosolimitanos[2]. Pero aún no hemos respondido a la pregunta de cómo se produce la inspiración o, mejor dicho, cómo y quién determina la inspiración para considerar que determinados libros son sagrados. Por parte de los judíos, con la discrepancia que ya hemos señalado, atribuyen la fuente de autoridad o bien a un grupo de líderes religiosos, o bien a las propias comunidades de judíos, o bien a ambas fuentes conjuntamente y, en consecuencia, les adjudican la condición de sagrados. En lo que a los cristianos se refiere, que heredan esa discrepancia en torno al origen de los libros (en lengua hebrea o escritos en la diáspora en el koiné griego), circulan todos ellos entre las comunidades latinas y orientales, afianzándose pronto la versión de la Septuaginta entre las comunidades griegas y con mayor reticencia en las latinas, atribuyéndoles su condición de inspirados o pseudoinspirados en su caso, según la tradición eclesial, hasta que la Reforma excluye formalmente los apócrifos[3] y el Concilio de Trento, por su parte, los admite como parte del Canon. Añadamos a esto que muchos de esos libros, como ocurrirá posteriormente con otros del Nuevo Testamento, no sabemos a ciencia cierta por quién o quiénes fueron escritos.

Si nos trasladamos al Nuevo Testamento, en el que se refleja la culminación de ese proceso, el camino seguido es diferente. La revelación central no se lleva a cabo mediante una teofanía propiamente dicho, como en el Sinaí. Ahora Dios se revela mediante un acontecimiento inusual: se hace Palabra y toma forma humana; “el Verbo [la Palabra], fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Así lo explica el Evangelio de Juan unos 90/100 años después de que se produjera el hecho. Y en torno a la Palabra viva surge una comunidad de creyentes que va extendiéndose rápidamente por el mundo conocido de entonces. Una comunidad que necesita alimentarse de la Palabra y que, cuando su imagen se va difuminando con el paso del tiempo, va siendo recordada y afianzada por los dichos y escritos de quienes fueron sus testigos y de los testigos de los testigos, hasta ir formándose un conjunto de escritos que fueron tomando cuerpo en medio de la comunidad de creyentes y que, mediante la inspiración del Espíritu Santo, son seleccionados por la propia comunidad como reflejo y exponente de la Palabra de Dios, es decir, Jesucristo. En ese proceso la comunidad fue desechando algunos de los escritos que durante tiempo circularon como parte de lo que más adelante sería denominado Nuevo Testamento. La fe del pueblo, no la de ningún individuo en particular, asumió con el tiempo que esos libros y no otros, eran inspirados por Dios para edificación de su Iglesia.

¿Qué significa todo esto? Sencillamente, que Dios, que es el Señor de la Historia y de la Iglesia, que controla y administra no solamente el contenido sino la transmisión de la revelación, se ha servido de las comunidades de creyentes en su conjunto y no de creyentes de forma aislada -sean judíos o cristianos- para imprimir el marchamo de inspiración a aquellos libros que en su omnisciencia ha considerado necesarios para apuntar hacia el objeto central de la revelación, es decir, Jesucristo, que es el caso de los escritos del Antiguo Testamento, u orientar la mirada hacia ese mismo objeto, Palabra de Dios, que es la misión que tienen los libros del Nuevo Testamento.

Marzo de 2011.

 


[1] Renunciamos en este contexto a entrar en temas relacionados con la crítica histórica del texto bíblico, no por considerarlos faltos de interés, sino porque no hacen al caso en este escrito.

[2] La verdad es que no consta un listado fidedigno de los libros que fueron incluidos en la Septuaginta, además de la Torah (Pentateuco) propiamente dicho.

[3] En su traducción de la Biblia al alemán, Martín Lutero incluyó los libros apócrifos pero, al igual que Jerónimo, no los consideró iguales en autoridad que las Escrituras y estableció que no debían ser utilizados para definir la doctrina cristiana.

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