Posted On 18/07/2014 By In Opinión With 2255 Views

Jesús y el sábado

El precepto del descanso sabático tiene por objetivo en el Antiguo Testamento que el ser humano, sin distinción de clases, libre o esclavo, judío o no, pueda participar en el descanso del Dios Creador (Éxodo 20, 8-11). No es un precepto para someterlo sino un don, una bendición (Génesis 2, 3; Éxodo 20, 8-11). Con el descanso, el hombre se asemeja a Dios, liberándose del trabajo y mostrando su señorío sobre la creación. El sábado es, pues, anticipo y promesa de libertad, signo de una liberación plena. Según los textos de la Ley, el descanso sabático ha sido instituido para impedir que el ser humano sea alienado por el trabajo incesante y, al mismo tiempo, para poner freno a la explotación de los más débiles, esclavos, extranjeros, y hasta animales (Deuteronomio 5, 12-15).

La observancia del sábado recuerda a los creyentes la preocupación de un Dios protector de la libertad humana, que no quiere que nadie se vea privado de ese privilegio, ni olvide su condición de imagen suya. Por eso, el precepto va dirigido también al dueño o patrón respecto a sus esclavos (Éxodo 20, 8-11), recordándole que también los judíos han sido esclavos en Egipto.

Sin embargo, lo que originariamente era muestra de liberación, los escribas y fariseos lo han convertido en una esclavitud. Según su doctrina, Dios ha creado el sábado antes que a la humanidad, y el descanso del sábado se celebraba en primer lugar en el Cielo; se ha llegado así a hacer del sábado un absoluto, una realidad preexistente a lo humano y ajena a él, a la que tiene que someterse sin intentar explicarla. Ya no está en función de su trabajo y de su reposo, de su libertad y de su fiesta; es una entidad misteriosa, existente por sí misma, en cierto modo independiente del creyente.

Este tipo de observancia sabática es, en realidad, el signo del rechazo a la libertad que Dios propone: No trabajes, ni hagas trabajar, para que tú y los tuyos podáis sentiros libres de las ataduras diarias, libres para encontraros en intimidad conmigo, libres para compartir vuestra libertad con vuestro prójimo. Sin embargo, a veces, al creyente le aterra no saber qué tiene que hacer. Prefiere abdicar de su libertad a ser responsable de lo que decide hacer. Necesita que le marquen los límites, bien definidos, para estar seguro de que se encuentra entre ellos. Si no traspasa la delgada línea roja, marcada por los que supuestamente entienden más que él, estará a salvo. Es el miedo a la libertad. Pero esta actitud hace al creyente presa fácil, víctima de aquellos que sí están dispuestos a encerrarlo entre las cuatro paredes (o líneas rojas) de su propia experiencia religiosa. Son aquellos cuyo abecedario se reduce a cuatro letras: O, B, D, C. Cuando les hacemos caso, por fuerte que pueda sonar, sacrificamos la libertad en aras de la irresponsabilidad.

Estos límites que, lejos de lo que se pueda pensar, fueron dados —y por lo tanto son un don, no una exigencia— al principio por Dios a los creyentes para su propia protección, pueden ser convertidos en instrumentos de su encarcelación.

Recuerdo que, cuando yo era muy pequeño, durante el verano mis padres me preparaban una minúscula piscina de plástico en un pequeño balcón de apenas 2m2 de superficie. Vivíamos en la última planta de un edificio de quince pisos de altura. Allí pasaba largas horas jugando a hacer nadar a muñecos, y viendo cómo flotaban pequeños barcos de plástico. Tanto tiempo pasaba, que una vez miré mis manos arrugadas por el agua y grité espantado a mi madre: “¡Mamá, me he hecho viejo!”. Las vistas eran espectaculares, pero el balcón tenía una barandilla llena de barrotes de hierro que no me dejaban disfrutar del paisaje como yo quería. Así que un día, con mucho esfuerzo, metí la cabeza entre los barrotes y descubrí el mundo a 45 metros de altura. Era maravilloso, espectacular. Allá abajo la gente era tan pequeña como mis muñecos. El problema llegó cuando intenté volver a mi mundo de 2m2. No podía. Por más que forcejeaba, mis orejas no pasaban. Llamé a mi madre, pero ella tampoco era capaz de sacarme de allí. Estaba realmente aterrado. ¿Tendrían que cortarme las orejas? Llegó mi padre, pero él tampoco pudo hacer nada por liberarme. Los barrotes de protección se habían convertido en mi cárcel. Era como si la distancia entre ellos se hubiera acortado. Si no renunciaba a mis orejas, ¿tendría que pasar allí toda mi vida? Así que mi padre fue a buscar a un vecino que trabajaba en una herrería, con la intención de cortar uno de los barrotes que me apresaban. Para cuando llegaron los dos, yo ya había sacado la cabeza, aún no sé cómo.

A veces recuerdo esta historia y pienso en la utilidad protectora de la leyes de Dios, que nos impiden precipitarnos al vacío. Pero pienso también en que, a veces, parece que estrechemos tanto la distancia entre los barrotes que nos quedamos atrapados, encarcelados como niños pequeños entre aquello que había sido creado para protegernos. Es mejor un cristal blindado que los barrotes de hierro. Protege igual, pero deja disfrutar el paisaje. Y es menos peligroso para las orejas. Si en la experiencia espiritual no hay un alto grado de libertad, el creyente se acostumbra a depender de lo que otros le digan que puede o no puede hacer. Se convierte en un niño irresponsable, para el que las normas no serán sino algo acatado por obligación, que no lo hace feliz, pero que le proporciona un cierto sentimiento de seguridad.

En el fondo, hay oculto un inconfesable mecanismo de evasión: “A mí que me digan lo que tengo que hacer, y yo lo haré…”. Uno se somete incondicionalmente a lo que otros le dictan, y así se libera de la pesada carga de la responsabilidad individual, que no está dispuesto a asumir: “Esto puedes hacer y esto otro no. Esto debes hacer y esto otro no”. Y así se desembaraza del insoportable peso de la libertad: asumir las consecuencias de las decisiones propias. Evita la tediosa labor de informarse y de formarse. Prefiere que se lo den todo hecho, masticado. Es la cultura del “Aprenda paracaidismo en tres sesiones”. Pero lo cierto es que no se puede aprender paracaidismo en tres sesiones. Aquello puede ser tan peligroso para la salud espiritual como esto para la integridad física.

Para los letrados, la observancia del sábado compendia todas las obligaciones de la Ley: es el mandamiento supremo. Quien lo observa fielmente tiene cumplida la Ley entera. Es más, afirman que su observancia tiene más peso que la de todos los demás mandamientos juntos.

En consecuencia, el precepto del descanso sabático, en vez de permitir y expresar la vida, la inhibe; en lugar de ser medio para evitar la alienación se convierte en su instrumento. De expresión de libertad pasa a serlo de sometimiento. Sin embargo, todo el ministerio público de Jesús está marcado por su lucha implacable contra este uso del sábado, y por su férrea determinación a devolverle su sentido liberador (Mateo 12, 1-14).

La doctrina de los escribas ha determinado con exactitud qué clase de acciones y trabajos deben omitirse incondicionalmente en el día de sábado. Jesús rasga esta tupida —¿estúpida?— red de la casuística: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Marcos 2, 27). Mientras los rabinos sólo permiten excepcionalmente que, en caso de peligro extremo de muerte, se prescinda del precepto del sábado para salvar una vida humana, Jesús da un giro completo a la orientación del pensamiento: ya no ocupan el primer puesto las exigencias de la ley, sino que se da al ser humano y su suerte mucho más valor que al precepto del sábado. O, mejor dicho, se vuelve a dotar al sábado de su sentido original y más profundo.

Nunca debió el creyente olvidar quién estaba primero para Dios. En realidad, aquí en la tierra, el ser humano sin sábado puede encontrar algún sentido, pero el sábado sin ser humano no. De ahí su servidumbre. ¿De qué sirve un sábado impoluto para un hombre muerto? (Marcos 3, 4). Si duda, el sábado es un don del Creador, por lo que continúa vigente para quien quiera aceptarlo como muestra de su cuidado y preocupación por los creyentes. Pero sólo llega a su máxima expresión cuando es vehículo del amor que pueden profesarse los seres humanos entre sí.

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