Posted On 02/09/2022 By In Biblia, portada With 411 Views

La desconcertante lectura del Antiguo Testamento | Pedro Álamo

En el Antiguo Testamento hay textos maravillosos en los que se ensalza el amor al prójimo, la misericordia, la justicia social, la solidaridad… Pero, al mismo tiempo, aparecen otros que promueven la crueldad, la venganza, la violencia, la guerra… Y todos ellos tienen que ver con la visión que tenían los autores bíblicos de Dios.

Además, con el Dios del Antiguo Testamento no caben medias tintas, ya que el “ángel de la muerte” ronda muy cerca. Por ejemplo, nos cuenta el libro de Números que un hombre recogía leña en día de reposo y fue descubierto por otros israelitas que lo trajeron delante de Moisés y Aarón; es puesto en la cárcel hasta que Dios hablase, y habló: “Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo toda la congregación” dijo Dios a Moisés (Núm 15.35). Después de leer esto, solo puedo respirar hondo e intentar no cerrar la Biblia y salir corriendo aterrado.

En otra ocasión los israelitas entran en guerra con Madián por mandato de Jehová y mataron a todo varón (Núm 31). Llevaron a las mujeres, a los niños, a los animales y todo el resto del botín delante de Moisés. Y nos dice el texto que se enojó Moisés contra los capitanes del ejército por haber dejado con vida a las mujeres (vs.14-15) y manda matar a todos los niños varones y a las mujeres que habían conocido varón (vs.17-18). Al leer esto me quedo sin palabras y necesito tiempo para recuperar mi estabilidad mental.

Como contraste, el Dios que se nos da a conocer en Jesús de Nazaret tiene muy poco que ver con todo esto. Entonces, me surgen varias preguntas. ¿Acaso se ha equivocado la cristiandad uniendo el Antiguo y el Nuevo Testamento para configurar lo que conocemos como Biblia? ¿Qué tiene que ver el Dios de Israel con el que se revela en Jesús de Nazaret? ¿Cómo acercarnos al Antiguo Testamento y hacer una lectura adecuada para nuestros días y que sea relevante?

Desde mi punto de vista no podemos leer el Antiguo Testamento a partir del Nuevo, sería un error hermenéutico de grandes proporciones. Pero intentaré ir un poco más allá. Si leo el Antiguo Testamento desde la mentalidad occidental en pleno siglo XXI, resulta aterrador. Si lo leo desde un acercamiento tradicional, silenciaré voces discordantes. Si lo leo desde una perspectiva histórico-crítica, terminaré diseccionando su contenido, prescindiré de la mayor parte del texto como no auténtico y generaré más dudas que respuestas. Si lo leo desde posiciones fundamentalistas, terminaremos por reconstruir la Inquisición para perseguir al hereje. Además, no es lo mismo leer el Antiguo Testamento como un judío que como un cristiano. Ni tampoco es lo mismo leerlo como un cristiano del siglo I que como uno del siglo XXI. Por ello, la lectura del Antiguo Testamento genera un conflicto teológico significativo porque no disponemos de las claves para acercarnos al significado del texto, y no hay atisbos de una solución satisfactoria en el día de hoy.

El sitz im leben (situación vital) en el que se escribió el texto ha de ser tenido en cuenta para descubrir lo que el autor quiso decir ya que cada uno estaba condicionado por sus circunstancias y por la experiencia que tenía de Dios. Por eso, podemos encontrar propuestas diversas del Dios que se manifiesta en la historia. Es un Dios guerrero, pero también es misericordioso. Es un Dios vengativo, pero también el que ama de una forma extraordinaria. Es un Dios justiciero, pero también el que se preocupa por los huérfanos, las viudas y los extranjeros. El Antiguo Testamento está plagado de semejantes contrastes, es una de las características de la retórica judía. Y, como dato curioso, también observamos contrastes parecidos en el Nuevo Testamento: Dios perdona, pero no se perdona la blasfemia contra el Espíritu Santo (es un contrasentido); la salvación es por fe para Pablo, pero lo es por obras para Santiago…

Volviendo al Antiguo Testamento, quisiera dar un paso más en nuestro acercamiento al texto desde un punto de vista hermenéutico. Tal como he mencionado, hay que tener en cuenta el sitz im leben de los autores, pero eso no es suficiente porque el que lee el texto también tiene un sitz im leben. Todos cargamos con un bagaje, una “mochila” a la espalda que incorpora nuestras vivencias, ideas, formación, educación, cultura…, y que configuran nuestra personalidad. Por eso, a los lectores occidentales nos provoca rechazo un Dios que es capaz de las crueldades que se revelan en el Antiguo Testamento, porque nuestra situación vital es totalmente distinta de la que tuvieron los autores bíblicos. De ahí que para interpretar y comprender el Antiguo Testamento sea necesario que nuestro sitz in leben no “contamine” el mensaje del autor y su experiencia de Dios, porque es muy sencillo que el lector del siglo XXI imponga ideas al texto. Esto entraña una dificultad enorme porque tanto los que escriben como los que leen parten de situaciones vitales distintas y, en muchos casos, contrapuestas.

Ilustremos esta idea con un ejemplo. Deuteronomio 28 habla de las consecuencias de la obediencia y de la desobediencia, un tema central en la Toráh que recorre, además, todo el Antiguo Testamento. Ahora bien, el lector del siglo XXI, leerá ese texto de forma distinta si vive instalado en la opulencia o si es víctima de la pobreza. Su sitz im leben condicionará su comprensión del texto. Pero para complicar un poco más esta idea, permítaseme citar el Salmo 73 donde se dice abiertamente que los impíos son prosperados (es el sitz im leben del autor, Asaf), contradiciendo así Deuteronomio 28. Son los “caprichos” del Antiguo Testamento, con visiones contrapuestas, abiertas, sin resolver, por lo que no hay absolutos ni universales, sino más bien experiencias particulares, quizás relativas.

Por tanto, vemos en la Escritura distintas comprensiones del mismo Dios, diferentes propuestas de la intervención de ese Dios en la historia. A los occidentales nos produce cierta desazón porque queremos “tener control” sobre lo que leemos, deseamos encontrar una solución satisfactoria, una coherencia, una línea de continuidad razonable, y eso ha llevado casi a “domesticar” el Antiguo Testamento y la hermenéutica. Sin embargo, la visión que nos presenta el texto sobre Dios es variopinta, plural y, a veces, contradictoria; todo queda abierto y, por ello, hay tantos planteamientos y propuestas teológicas dispares. Un fundamentalista usa la Escritura para defender una tesis y un liberal puede acercarse a los mismos textos para proponer otra totalmente distinta; lo mismo haría un teólogo de la liberación.

Mark Coleridge, sugiere que lo que es característico y peculiar en la Biblia es su “carácter polifónico” (citado en Walter Brueggemann, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé”. Salamanca: Sígueme, 2015, Kindle pos. 2446) y añade que “La Biblia insiste en un relato común, pero uno que incluye diversas voces”, para terminar diciendo: “La Biblia no es fácil de leer”. Esta propuesta me parece de una lucidez extraordinaria porque permite tener una percepción abierta, y la propia Biblia no se escandaliza de dejar cuestiones sin resolver; sencillamente registra la experiencia plural en el devenir de la historia y en el conocimiento de Dios con distintas voces dentro del mismo relato.

Leer el Antiguo Testamento desde nuestra mentalidad occidental puede causar desazón, pero leerlo desde una visión polifónica nos acercará a un escenario distinto, abierto y enriquecedor, lo que nos muestra que Dios es inabarcable e ilimitado mientras que nuestra comprensión de la realidad está sujeta a la finitud. Quizás con estas premisas, la lectura del Antiguo Testamento pueda resultar un poco menos desconcertante.

 

Pedro Alamo

Septiembre 2022

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