Posted On 08/07/2013 By In Teología With 1108 Views

La dimensión olvidada

E insufló en sus narices aliento de vida. Y el hombre llegó a ser alma viviente (Gn. 2, 7b. BTX)

Al reflexionar esta semana en el asunto que deseamos compartir hoy con nuestros amables lectores, nos ha venido a la mente aquel famoso dicho ciceroniano, siempre citado fuera de contexto, pero que se ha convertido en una de esas “muletillas culturales” de que tanto han gustado los eruditos de hace unas décadas. Nos referimos, cómo no, a la expresión O tempora! O mores!, que nuestros estudiantes de latín, diccionario en mano, suelen traducir literalmente como “¡Oh, tiempos! ¡Oh, costumbres!”, y que se emplea para lamentar cambios considerados perjudiciales.

No es para menos. La filosofía humanista que, lo queramos reconocer o no, impregna y hasta cierto punto modela el cristianismo actual, nos hace perder de vista, aunque sea de manera momentánea, ciertas realidades inherentes a nuestra religión revelada, a las que sustituye, mal que bien, por medio de sucedáneos en cuya elaboración no faltan teólogos y eruditos de profesión cristiana. Y como por desgracia el ser humano —y el creyente no es la excepción— tiende a regirse por la archiconocida “ley del péndulo”, las exageraciones y los desequilibrios inherentes a nuestra naturaleza abren la puerta a este tipo de bandazos o vaivenes doctrinales que no benefician realmente a nadie, pero perjudican al conjunto de la Iglesia.

Pongamos nuestra pica en Flandes: la persona humana tiene una doble naturaleza, material y espiritual, de manera que en ella se aúna lo mejor de dos dimensiones de la existencia. Y esto es así desde la misma creación del hombre tal como nos la presentan las Sagradas Escrituras en textos que recogen un largo proceso de reflexión sobre unas tradiciones y enseñanzas previas. Es innegable que los seres humanos ostentamos un organismo físico muy similar al de otras criaturas de nuestro mundo y que está diseñado para cumplir las mismas funciones biológicas que hallamos en las especies animales, especialmente las más desarrolladas. Pero por otro lado es también patente que existe en nosotros una realidad superior que, dígase lo que se quiera, va mucho más allá de la inteligencia o de las capacidades técnicas, y que no depende en exclusiva del desarrollo evolutivo de nuestro cerebro; una realidad que nos abre las puertas de la dimensión eternidad y que nos permite entrar en contacto con el Creador, por lo que incide de forma muy directa en esas otras áreas físicas, psíquicas y sociales que hemos ido desarrollando a lo largo de nuestra historia, pero que se encuentran también en otras especies, si bien en unos estadios mucho más elementales.

Es decir, que no sólo “tenemos” un cuerpo. También “tenemos” un alma o un espíritu que por su naturaleza sobrevive a la disolución del organismo físico. O, si preferimos expresarlo de otra manera, no sólo “somos” un cuerpo con un cerebro más o menos evolucionado, sino que también “somos” un alma o un espíritu que nos dan la clave de nuestra personalidad, de nuestro “yo”, en tanto que seres diseñados a imagen y semejanza del Creador.

¿Qué ha ocurrido para que hasta entre las filas cristianas este concepto resulte tan impopular en el día de hoy? ¿Cuál ha sido la razón de que incluso ciertos pensadores y teólogos cristianos rechacen casi con furia la idea de una entidad espiritual e inmortal en nosotros? Lo que decíamos antes: la malhadada “ley del péndulo”. Demasiados siglos haciendo hincapié únicamente en la realidad del alma —debido a la filosofía de Platón, dicen— y despreciando la dimensión física del ser humano hasta unos límites irracionales han generado un cristianismo tan “espiritual” que ha dado la espalda al hecho de que hemos sido creados para vivir en esta Tierra. Es cierto, lastimosamente cierto. Por ello, al ser conscientes de este error, no debiéramos caer en el otro. No podemos materializar —o quizás habría que decir mejor “animalizar”— tanto la realidad humana que despreciemos, o peor aún, neguemos abiertamente, su componente espiritual, de manera que demos la espalda al hecho de que hemos sido creados para estar en comunión permanente con la entidad supraterrena que es Dios. Si de aquella primera equivocación echamos la culpa al pobre Platón, ¿qué chivo expiatorio buscaremos ahora? ¿Marx? ¿Engels? ¿Nietzsche? ¿Schopenhauer? ¿Darwin? ¿Lenin? ¿Sartre? ¡Absurdo!

Sencillamente, la Iglesia cristiana no debe caer en la trampa de las corrientes de moda. No debió caer hace siglos en el espiritualismo; no somos ángeles. No debe caer hoy en el materialismo; no somos animales. Uno y otro resultan deshumanizadores, por no decir inhumanos. La Biblia nos indica con claridad nuestra doble naturaleza, pero no como un desgarramiento interno, no como una contradicción in se que nos amargue la existencia y nos haga sospechar que hay algún “clavo suelto”, alguna equivocación en la creación de Dios, como si no fuéramos más que el resultado de una anomalía en la cadena evolutiva de los mamíferos. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos muestran la realidad humana como la plasmación de un designio soberano del Altísimo que responde a un propósito incomprensible: la Encarnación del Hijo de Dios. El hombre en tanto que especie aparece en este mundo como culminación de un proceso creador que implica la manifestación suprema de la gloria divina en Cristo. El Verbo iba a hacerse hombre, así de simple.

Ni siquiera la caída podría alterar, ni mucho menos anular, esta realidad.

Sólo así se explica el anhelo de eternidad que existe en nuestros propios genes (en nuestro corazón, según el realmente delicioso vocabulario antiguo empleado por Ec. 3, 11) y la clara conciencia de los autores bíblicos de que ni siquiera la muerte física acaba con la persona humana, sino que, al contrario, se halla en una dimensión distinta de espera consciente de la resurrección. No se equivoca, pues, la Iglesia cuando proclama la gran verdad de que los fieles difuntos “están con el Señor”. No se trata de meras palabras de consuelo pronunciadas en los sepelios para alivio de los deudos, sino de la constatación patente de una enseñanza propia del cristianismo apostólico, según el testimonio escrito del Nuevo Testamento.

Por mucho que las corrientes de pensamiento de este mundo se empeñen en hacer de nosotros simples simios sin pelo que conducimos vehículos o utilizamos ordenadores, y por mucho que algunos estudiosos de las Escrituras se pierdan en elucubraciones lingüísticas y etimológicas sobre los vocablos hebreos y griegos que traducimos normalmente por “alma” y “espíritu”, negándoles cualquier significado original referente a las realidades espirituales —¿No se habrán dado cuenta de que NADIE habla ni escribe de forma etimológica en ningún lugar o época del mundo? ¡Y mira que ya lo había advertido en su día James Barr!—, la enseñanza de la Biblia está ahí para recordarnos el gran privilegio que tenemos de parte del Creador.

Como decíamos al principio, los seres humanos aunamos en nuestra naturaleza lo mejor de dos dimensiones de la existencia, la materia y el espíritu.

Bendito sea Dios por todo ello y acreciente así su gloria en nosotros.

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