Posted On 07/12/2021 By In Ética, Opinión, portada With 2074 Views

La sanción disciplinaria al pastor bautista Ed René Kivitz, de Brasil. Entre la sorpresa y la vergüenza | Harold Segura

El pasado 30 de noviembre, la Orden de Pastores Bautistas de la Convención Bautista del Estado de Sao Paulo, separó de su colectividad al pastor Ed René Kivitz, de la Igreja Batista de Água Branca, de Sao Paulo, una pujante iglesia de más de 10.000 congregantes, de la que ha sido pastor por más de 30 años. [Aquí se puede ver su respuesta a la sanción]

Ed René es mi amigo personal, además de colega. Lo admiro y aprecio desde hace varios años por su comprometido ministerio pastoral de varias décadas, por su pensamiento bíblico contextualizado, su teología apegada a los más caros principios evangélicos, su calidez humana y su amistad abierta y sincera. En los últimos años hemos trabajado juntos, él como miembro del Consejo Directivo de Visión Mundial en Brasil y yo como funcionario de la misma organización cristiana en su oficina de América Latina y el Caribe. He tenido el honor de estar en su iglesia, de compartir con él varios eventos como conferencistas, de apoyar diferentes causas sociales a favor de la niñez más vulnerable de su país y trabajar en iniciativas comunes a nuestra vocación pastoral, social y teológica.

Por todo esto, como es comprensible, he recibido con desconcierto la noticia de su desvinculación. La Orden de Pastores aplicó una sanción disciplinaria porque, según esta organización, el pastor Kivitz ha faltado a los principios éticos de la organización al predicar un sermón, el 5 de octubre del 2020, en el que afirmó que la Biblia debe ser actualizada para nuestros tiempos y que, cuando eso no se hace, la Escrituras resultan insuficientes para afrontar tantos y nuevos problemas que nos presenta el mundo de hoy.

Él explicó de manera amplia y paciente a qué se refería con que la Biblia debe ser actualizada. Puso el ejemplo de Deuteronomio 22:13-29 donde se enseña qué hacer cuando se cometen pecados de impureza sexual. Según la ley del Antiguo Testamento, si un esposo descubría que su esposa no era virgen cuando se casaron, el ofendido podía llevarla “a la puerta de la casa de su padre, y allí los hombres de la ciudad la matarán a pedradas, porque ha cometido un delito vergonzoso en Israel: ha sido promiscua mientras vivía en la casa de sus padres”. De esa pavorosa manera “limpiarás esa maldad que hay en medio de ti” (Dt.22:21). El mismo texto también señala qué hacer cuando se incurre en adulterio. En este caso: “tanto él como la mujer deben morir. De ese modo limpiarás a Israel de semejante maldad” (Dt.22:22).

Son muchos los textos bíblicos que demuestran la necesidad, lógica, por cierto, de una interpretación contextualizada (actualizada) que haga una diferencia entre lo que dijo el texto (en ese ayer lejano) y lo que ese mismo texto puede significar hoy. Si no hacemos ese puente interpretativo (hermenéutico), como enseñó Ed René, podríamos terminar legitimando, como en efecto sucede en muchos sectores fundamentalistas, la esclavitud, el machismo, el patriarcalismo, la discriminación racial y otros tantos males sociales y culturales.

El sermón duró 50 minutos, pero el escandalo se produjo cuando habló de la contextualización de la Biblia (lo que no demoró más de 8 minutos) y, sobre todo, cuando dijo que “si queremos ser cartas vivas para un nuevo mundo…vamos a necesitar actualizar las Escrituras y vamos a tener que hacer esa actualización para tener el coraje de enfrentar los pecados de género”. Esta última línea ha sido la principal piedra de escándalo.

[Aquí se puede ver el sermón competo]

Dijo muchas otras cosas de profundo valor pastoral, pero nada de eso fue tenido en cuenta si no esto de los “pecados de género” y las implicaciones que tiene para la pastoral de las personas homosexuales (LGBTQ+). Fue un error imperdonable, para quienes ahora lo refutan, que Ed René se hubiera atrevido a decir desde su púlpito lo que muchos hemos debido decir tiempo atrás desde los nuestros y más allá de ellos.  ¡Imperdonable tener el valor de predicar acerca de la justicia y de la dignidad humana como ejes centrales del Evangelio de Jesús!

Habló también de leer la Biblia con nuevos lentes para, entonces, denunciar con voz profética a quienes abusan de los niños y niñas y quienes maltratan a las mujeres. Dijo más, mucho más, pero nada de eso ha contado tanto como su atrevimiento de proponer que también las personas homosexuales merecen ser tratadas con justicia y dignidad. ¡Claro que lo merecen, en lugar de nuestras consabidas diatribas condenatorias y excluyentes! Habló de enfrentar los asuntos de la homosexualidad y de hacerlo, como también creo yo, con actitud compasiva, pastoral y humana.

Dijo que la Biblia es “un libro que necesita ser releído, resignificado, para que los principios de vida que contiene este libro, y que contiene esta revelación, salten de estas páginas, promoviendo la liberación, la justicia y las relaciones amorosas en nuestro mundo”. Lo dijo con la elocuencia, la contundencia, la sólida argumentación, pero también con la pasión que le conocemos.

Con la nota disciplinaria de la semana pasada, Ed René no ha perdido tanto como la misma Orden de Pastores Bautistas de la Convención Bautista del Estado de Sao Paulo. Somos los evangélicos quienes más perdemos al tratar nuestras diferencias ideológicas (entre ellas las teológicas) con disposiciones sancionatorias. Perdemos, porque así demostramos nuestra incapacidad para el diálogo y para convivir con las diferencias y enriquecernos por medio de ellas. Tratando de defender las sanas doctrinas, incurrimos en falsas ortodoxias que nos enclaustran en nuestro mundo privado de creencias anacrónicas.

Desde mi convicción de evangélico bautista saludo a Ed René con solidaridad y admiración. Esos 8 minutos iluminados de su sermón han servido para revelar, no tanto lo que piensa él, sino lo que piensan las mayorías evangélicas del Continente y, en este caso muy particular, el liderazgo bautista de la Convención Bautista del Estado de Sao Paulo, organización en la que tengo amigos y colegas de muchos años y por quienes tengo aprecio, aunque hoy, me produzcan mucho rubor. Es un castigo que nos autocastiga.

Las conocidas polarizaciones políticas de nuestros países están atrapando a nuestras iglesias y denominaciones (la intolerancia se hace doctrina). Lo que pasa afuera, en la plaza pública, se está reflejando adentro, en nuestros organismos eclesiales. Pasa en Brasil y en otros países de nuestra Región. El fanatismo ideológico se traduce en incomprensiones teológicas y, en esa avalancha de manías intransigentes, el Evangelio de Jesús se diluye; se queda sin fuerza cultural para ser una alternativa de trasformaciones sociales contraculturales.

Hoy, mientras escribía esta nota de solidaridad, he vuelto a ver una postal que me regaló Ed René con su firma hace un poco más de dos años, cuando visité su iglesia. Es una fotografía de Martin Luther King, pastor bautista y uno de los referentes de vida para él. He recordado una de sus alocuciones cuando se encontraba en uno de los momentos más críticos de su lucha contra la segregación de las personas negras por causa del color de su piel. Dijo entonces: “Cualquier religión que se preocupe por los hombres y deje de preocuparse por las condiciones sociales que corrompen y las condiciones económicas que paralizan el alma, es una religión inactiva, falta de sangre.”[1]  Ed René, tu admirado Luther King tenía razón: debemos hacer el esfuerzo para que nuestra fe esté activa y nutrida de viva sangre. Para lograrlo, sigue preocupándote por la gente y por sus condiciones sociales. Sigamos actualizando la Biblia para que el mensaje de Jesús irrumpa en medio de las corrupciones y condiciones que paralizan el alma. ¡No cejes en ese empeño!


[1] Martin Luther King, La fuerza de amar, Aymá Editora, Barcelona, 1965, p.102.

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