Posted On 17/06/2013 By In Opinión With 1897 Views

Manos a la obra

Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. (San Mateo 28, 19 RVR60)

Lo confesamos sin ambages. Hemos estado tentados de titular esta reflexión, en la misma línea que seguíamos las semanas anteriores, haciendo referencia de nuevo a lo que se considera “políticamente incorrecto”. Lo que nos ha retenido es el hecho de que en esta ocasión el asunto que deseamos compartir, no es que parezca “políticamente incorrecto” en medio de una sociedad descreída y anticristiana —lo que no tendría nada de extraño ni de anómalo—, sino que lo sea prácticamente en algunos medios cristianos contemporáneos. Por decirlo de forma clara, hemos decidido cambiar de título por un sentimiento profundo de preocupación y, ¿por qué negarlo?, de tristeza.

Resulta trágica la comprobación de cómo se llega a deformar la semántica del idioma también entre los creyentes, de manera que conceptos otrora positivos y que definían la actuación más genuina de la Iglesia, hoy se perciben en algunos círculos como altamente negativos. Uno de los ejemplos más evidentes lo constituye el término evangelismo, crudo anglicismo en realidad, no recogido en los mejores diccionarios al uso de nuestra lengua, pero aceptado en nuestros medios protestantes como sinónimo de evangelización, vale decir, el hecho de difundir por todo el mundo las buenas nuevas de Jesús de Nazaret. Aunque nos parezca increíble, comprobamos in situ que son demasiados los creyentes actuales (¡incluso ministros de la Palabra!) que lo consideran prácticamente sinónimo de proselitismo, definido como el acto de intentar convencer a una persona de unirse a una causa. El rasgo negativo que connota este segundo vocablo —la pretensión o tentativa de influir de forma efectiva en las decisiones de alguien— hace que se lo asimile de forma natural a las sectas religiosas (algunas de ellas de supuesta inspiración cristiana) o a cualquier ideología agresiva en su captación de adeptos, sin olvidar, cómo no, a ciertas facciones o partidos políticos. Cabría preguntarse cómo es posible semejante confusión, o quizás mejor, qué ideario de fondo sostiene y alienta la falsa especie de que difundir el Evangelio es hacer proselitismo, o sea, una tarea que en nuestra cultura contemporánea se entiende como despreciable.

No nos proponemos con esta reflexión, ni mucho menos, analizar las razones que han podido llevar a algunos creyentes evangélicos de nuestros días a equivocar el contenido de estos étimos y amalgamarlo de la manera tan lamentable que hemos indicado. Lo que deseamos, simplemente, es manifestar alto y claro que la Iglesia tiene en este mundo una misión fundamental que es la propagación del mensaje restaurador de Cristo y el discipulado de las naciones. Dicho de otra manera, Jesús nuestro Señor nos ha puesto aquí para que los demás sepan de él y de su doctrina específica, en una palabra, para que les sean abiertas de par en par las puertas de la redención. Nadie debe llevarse a engaño en este asunto. Las palabras pronunciadas por el apóstol Pedro y recogidas en Hechos 4, 12: en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en quien podamos ser salvos, siguen teniendo en nuestros días la misma vigencia y el mismo vigor que cuando fueron emitidas o cuando fueron puestas por escrito. La Iglesia no puede, salvo que se traicione a sí misma, dejar de proclamar el Evangelio del Señor Resucitado, es decir, dejar de evangelizar.

Dicho lo cual, añadimos un par de apreciaciones que creemos necesarias.

Cada creyente en primer lugar, entendido de forma individual, está llamado a ser un testigo de Jesucristo. Pero no hablamos de creyentes teóricos, hipotéticos o virtuales. Cuando decimos “cada creyente”, queremos dar a entender “tú y yo”. Así de simple. Y no nos referimos únicamente a que nuestro estilo de vida, nuestro comportamiento moral o nuestra solidaridad con los demás han de reflejar o proyectar en nuestras personas el carácter de Jesús. Todo ello, que es altamente positivo y sin duda recomendable, no obvia el hecho de que además de “ver”, los otros han de “escuchar” de nuestros labios acerca de Cristo de manera que sepan quién es él y por qué vino a este mundo. La salvación de la humanidad no deviene un hecho real a través del modelo o del ejemplo de nuestra vida cristiana, sino por medio de la aceptación tácita y expresa de la persona y la obra de Cristo. No somos nosotros, sino él, el punto focal adonde han de dirigirse los componentes de nuestra especie. No es porque sí que el propio Jesús afirmara ser él en exclusiva el camino, la verdad y la vida. Han sido legión a lo largo de la historia los creyentes que, sin necesidad de pronunciar grandes discursos ni dirigir estudios bíblicos, sin organizar grandes campañas evangelísticas ni invertir miles de euros en materiales propagandísticos, han compartido con otros la idea de que sólo en Cristo es posible la vida eterna y sólo en él estriba nuestra esperanza, cada vez que han tenido la oportunidad de hacerlo. Gracias a Dios que aún siguen existiendo personas así en medios cristianos.

Y el conjunto de los creyentes en segundo lugar, unido en asamblea solemne para la adoración a Dios, pues la Iglesia no es otra cosa ni tiene como tal otra razón de ser, está llamado también a testificar acerca de Cristo de forma conjunta. Es cierto que no siempre las distintas capillas disponen de grandes medios para llevar adelante esta labor. Pero ninguna congregación, por humilde que fuere, debiera angustiarse en exceso por cómo obedecer al mandato de Cristo de proclamar y discipular al mundo. Olvidémonos de las grandes campañas mediáticas estilo made in USA de algunos evangelistas profesionales —que demasiadas ocasiones, por desgracia, son más profesionales que evangelistas en realidad—. Toda congregación o parroquia, desde las más grandes hasta las más pequeñas, tienen en su mano una oportunidad dorada cada semana por lo menos de extender el Evangelio. Los servicios de culto no han sido concebidos como clases de teología, ni siquiera de Biblia stricto sensu. Los estudios acerca de la Palabra de Dios, que nunca debieran faltar en la vida de los cristianos, tienen su lugar apropiado, ciertamente en el templo o fuera de él, según los casos, pero no durante el culto de adoración. El servicio dominical es una ocasión única para evangelizar, pues todo él ha de estar orientado al cumplimiento de las palabras de Jesús mencionadas en el encabezamiento de esta reflexión. Y no nos referimos exclusivamente al momento consagrado a la predicación o exposición de la Palabra. Las oraciones, los cánticos, la celebración sacramental, toda la liturgia —cuando está debida e inteligentemente organizada— apunta al Señor Resucitado que nos invita de manera indefectible a acercarnos y acogernos a él. Incluso en aquellas denominaciones que, debido a su historia o tradiciones específicas, blasonan de carecer de liturgia propiamente dicha —si bien suelen ser mucho más litúrgicas de lo que ellas mismas piensan—, la ordenación del culto puede y debe ser un momento idóneo para la evangelización, pues es en él donde más se ha de proclamar el Nombre y el amor redentor de Cristo.

No, no hay razón válida alguna para que en el día de hoy algunos creyentes se opongan a la evangelización y la confundan con un puro y simple proselitismo religioso. No hay justificación alguna para sustituir el cumplimiento del más que claro mandato de Jesús por otro tipo de actividades, por muy buenas o útiles que se muestren, y que no son sino meros complementos de la función principal de la Iglesia.

El mundo ha de recibir a Cristo como su Señor a fin de ser salvo. Esto no tiene vuelta de hoja posible.

¡Manos a la obra!

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*Crédito para la ilustración

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