Posted On 17/01/2012 By In Opinión, Teología With 1536 Views

Martin Luther King Jr. Una memoria entre Praga y San Juan

Luis N. Rivera Pagán[1]
“The Bible is… an incendiary device:
who knows what we’d make of it,
if we ever got our hands on it?”
The Handmaid’s Tale
Margaret Atwood

A William Fred Santiago, en gratitud por sus muchos aportes

Praga, abril de 1968

El jueves 4 de abril de 1968 me encontraba en Praga, ciudad capital de la entonces Checoslovaquia, en calidad de delegado latinoamericano de la Federación Mundial Cristiana de Estudiantes a una asamblea de la Conferencia Cristiana por la Paz (CCP). El objetivo principal de esa entidad era forjar alianzas entre iglesias cristianas de Occidente y del Este socialista en la ardua y compleja tarea de evitar un conflicto bélico, potencialmente catastrófico, entre los dos grandes ejes geopolíticos armados hasta los dientes con armas nucleares, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), encabezada por los Estados Unidos, y el Pacto de Varsovia, dirigido por la Unión Soviética.

Ese, al menos, era el objetivo primordial de los jerarcas eclesiásticos de Europa y América del Norte allí presentes – metropolitanos ortodoxos, obispos protestantes y cardenales católicos – con la memoria todavía fresca y lacerada por dos guerras mundiales que habían devastado buena parte del continente europeo. Quienes veníamos de sectores del planeta menos poderosos y prepotentes (América Latina, África y Asia) teníamos otros intereses, denunciar el traslado de las sangrientas confrontaciones militares al Tercer Mundo (Indochina en primer plano) y proseguir los proyectos de descolonización que ponían fin al dominio imperial de buena parte de los países del Sur. Nos animaban urgencias de movimientos de liberación y descolonización. No siempre nuestras voces recibían la misma atención que la de los jerarcas de las naciones noratlánticas, pero eso no nos amilanaba un ápice.

A la sazón proseguía estudios doctorales en la Universidad de Yale y mi viaje a Checoslovaquia era el primero que hacía a la Europa socialista. Providencialmente parecía hallarme en el lugar indicado y en el momento histórico preciso. El mundo entero contemplaba la “primavera de Praga”, la fascinante posibilidad de transformar desde adentro el “socialismo realmente existente”. Dos eran las metas principales del movimiento para renovar el socialismo checo: 1) humanizar el áspero régimen comunista, permitiendo florecer el reprimido debate social y el diálogo plural; 2) erradicar todo vestigio de dependencia colonial en relación a Moscú.

Las aspiraciones populares parecían conjugar bien con la hermosa primavera que recién dejaba atrás, libre de toda nostalgia, al gélido invierno. Los estudiantes checos publicaban periódicos recién ideados, libres por vez primera de la censura y el control del estado,[2] a la vez que distribuían simbólicas y hermosas flores. Me sentía entusiasmado al ser testigo de un proceso que parecía inevitablemente destinado a cristalizar la tan ansiada utopía: un socialismo democrático, popular, no autoritario. Eran tiempos de ilusiones y esperanzas.

Jamás había presenciado debates y diálogos tan abiertos, intensos y audaces. Se leía y citaba con entusiasmo a Franz Fanon, Herbert Marcuse, Ernst Bloch, Bertolt Brecht y el Che Guevara. Todo ello combinado con una aguda crítica al imperialismo occidental en todas sus expresiones, sobre todo la devastación con que las fuerzas militares estadounidenses intentaban atajar el proceso de liberación y unificación nacional en Vietnam. “Se realista, aspira a lo imposible”, una frase atribuida a Marcuse, era el lema preferido de nuestra generación.

En Praga vimos y oímos por televisión, esa primera semana de abril de 1968, el discurso del Presidente Johnson renunciando a la nominación demócrata a la presidencia y convocando a negociaciones paz para concluir el abismo letal insondable de la guerra en Indochina. Festejamos alegremente lo que parecía ser la victoria inminente del Frente de Liberación Nacional de Vietnam (en realidad habría que esperar siete años adicionales; no sería sino hasta la primavera de 1975 que Saigón sería liberada por las tropas vietnamitas). Las resonancias de ese optimismo utópico pronto se sentirían muy sonoramente en las calles de París y México.

No estábamos, hay que confesarlo, preparados para las respuestas violentas de quienes se negaban a compartir sus presunciones de dominio y hegemonía. Pronto llegaría el verano, con las calles de Tlatelolco salpicadas de sangre de jóvenes y estudiantes rebeldes[3] y la seductora y hechicera Praga invadida por los tanques soviéticos. En América Latina, oligarcas y fuerzas armadas, asesorados por eminencias grises imperiales, Henry Kissinger en primera fila, se preparaban para silenciar las múltiples voces de protesta y esperanzas solidarias. En las sombras de sus cuarteles castrenses, los Pinochet y los Videla se aprestaban a clausurar violentamente muchas ilusiones primaverales.

Pero tales desenlaces nefastos estaban muy lejos de mi mente aquella mañana de abril de 1968, cuando tomé un taxi, junto a otros estudiantes extranjeros, que nos conduciría del seminario teológico Juan Huss, donde pernoctábamos, a la asamblea de la CCP. Nunca olvidaré el lacónico e inesperado anuncio con que el taciturno taxista checo nos recibió, en un magullado inglés: “Asesinaron a Martin Luther King.” No dijo más. Quedamos atónitos, anhelando que tal lapidaria afirmación fuese una invención trasnochada, fruto de una francachela nocturna excesiva en embriagadoras cervezas.

Pero al llegar a la asamblea, se desvanecieron las dudas. Las actividades programadas se habían cancelado y todos los delegados nos reunimos en una amplia sala para escuchar al más eminente teólogo reformado checo de su generación, Josef Hromádka. Hromádka había fundado la CCP en 1958, como un organismo ecuménico dedicado a promover la paz, sobre todo entre las potencias nucleares. Al verlo recordé su muy sonado debate con John Foster Dulles al fundarse el Consejo Mundial de Iglesias en 1948. Dulles, importante laico calvinista y futuro secretario de estado en el gobierno del Presidente Eisenhower, veía al movimiento ecuménico como un baluarte eclesiástico en la disputa contra el bloque comunista. Hromádka, por el contrario, propiciaba el diálogo entre el cristianismo y el marxismo, las iglesias y los partidos comunistas, que conduciría, era su esperanza, a un mayor entendimiento mutuo y a un relajamiento de tensiones y hostilidades.[4]

Ante una audiencia sobrecogida y en absoluto silencio, Hromádka hizo una elocuente elegía de su amigo personal, colega en el ministerio eclesiástico protestante y compañero en la lucha por la paz entre los pueblos. Habló de como Martin Luther King Jr. había encarnado, en su difícil vida y en trágico martirio, las evocaciones de paz y sacrificio inscritas en los profetas y los evangelios bíblicos. Fue una espléndida e inolvidable endecha que aspiraba a enfrentar a sus oyentes, a partir de las vicisitudes de la existencia del gran predicador afroamericano y premio nobel de la Paz, con los desafíos y dilemas implícitos en la lucha por la paz. (No podía yo saber en esos instantes que Hromádka estaba inserto en un crucial debate intenso, el cual eventualmente perdería, por lograr que la poderosa Iglesia Ortodoxa Rusa interpretase de forma positiva las incipientes transformaciones del socialismo checo).

No era King el primer mártir del insurrecto pueblo afroamericano, hastiado de siglos de esclavitud, discrimen y segregación. Tres años antes, Malcolm X, la carismática contrafigura de Martin Luther King, había sido asesinado, justo en el momento en que su fe islámica, tras su sonada peregrinación a la Meca, parecía girar hacia una actitud integracionista no muy lejana a la encarnada por el predicador bautista negro.[5] Pero este nuevo homicidio, acontecido en medio de turbulentos conflictos en Memphis, Tennessee, presagiaba la precariedad y fragilidad de nuestras ilusiones primaverales. No iba a ser fácil dejar atrás las tragedias históricas causadas por la avaricia, la violencia y las ansias de poder y dominio que han maculado perennemente la historia humana.

El panegírico de Hromádka en honor al martirizado predicador afroamericano trajo a mi memoria dos visitas de King a Puerto Rico. La primera fue en febrero de 1962, la segunda en agosto de 1965. Ambas, es lo que deseo recalcar en este breve recordatorio, constituyeron momentos importantes, aunque descuidados por los historiadores, en la formación del pensamiento y la práctica social de King.[6]

Una voz que asalta el cielo

Lo primero que llamaba la atención en King era su voz, vigorosa y sonora, formada y cultivada en las tradiciones litúrgicas y homiléticas de las iglesias negras norteamericanas. King encarnaba las mejores tradiciones rebeldes de las iglesias afroamericanas. El momento de mayor segregación en Estados Unidos, han afirmado con razón estudiosos de la vida social norteamericana, ocurre los domingos por la mañana, al interior de las iglesias protestantes norteamericanas. Los blancos adoran entre blancos y los negros entre negros. Históricamente, las iglesias negras han constituido el refugio de los cuerpos cansados y los espíritus atribulados de la comunidad afroamericana.[7]

En sus iglesias, libres de la panóptica supervisión de los amos blancos, los afroamericanos han cristalizado en angustiada pero esperanzada himnología sus dolores e ilusiones de libertad. Es lo primero que llama la atención al entrar a una iglesia negra norteamericana: la cadencia de sus himnos, entonados colectivamente con voces que intentan asaltar al cielo, al compás de cuerpos corales que danzan con ritmos peculiares, vestigios de espiritualidades africanas reprimidas.[8] Son cánticos que cultivan una voz vigorosa y firme, que obstinadamente se niega a acatar los misteriosos silencios de Dios.[9] “We Shall Overcome”, el gran himno del movimiento por los derechos civiles, tiene un largo y prestigioso linaje en la música de las iglesias negras del Sur estadounidense. De ahí la impresionante voz profunda, que parece surgir de las capas más subterráneas y profundas del dolor humano, que frecuentemente caracteriza al canto litúrgico afroamericano y, por extensión, a los líderes eclesiásticos negros estadounidenses.[10] King se había criado al son de los “spirituals”, cantados de manera tal que ni el Dios más apático pudiese evadirlos.

Pero King era además un predicador e hijo de predicador. La tradición homilética afroamericana es una mezcla peculiar e inimitable de templo y teatro. Exige del predicador una enorme capacidad de modular en diversos tonos su voz, a fin de incorporar mediante las cadencias de su oratoria a toda la audiencia en un drama cósmico de contrición y redención. King era un predicador educado, con un doctorado en teología de la Universidad de Boston. Pero sus sermones y discursos se nutrían del dramatismo y la teatralidad rítmica de la oratoria religiosa afroamericana. Ello requería el adiestramiento cuidadoso y disciplinado de la voz, que podía sobrecoger, seducir, persuadir o intimidar, dependiendo del contexto.[11] Su famoso discurso de 1963, “Tengo un sueño”, es una muestra, en un ambiente no eclesiástico, de la fortaleza de su voz.

Nunca olvidaré esa voz, resonando por todos los ámbitos de la capilla del Seminario Evangélico de Puerto Rico. No era una voz que solicitaba, sino exigía igualdad y justicia, no reclamaba atención magnánima, más bien demandaba el cumplimiento de la equidad y la rectitud ciudadana prometidas, de acuerdo a la visión de King, en los documentos fundamentales religiosos y seculares de la nación.

Cada predicador negro, de generación en generación, parecía un nuevo Moisés anunciando al pueblo esclavo en Egipto la inminencia de su emancipación. Paradójicamente, la segregación en iglesias negras, expresión máxima del racismo blanco norteamericano que ni en los lugares y momentos sagrados toleraba la presencia perturbadora de la raza menospreciada, permitía a los negros escudriñar con una mirada de velada rebeldía y esperanza los textos clásicos de la liberación y el éxodo de la comunidad hebrea esclavizada y oprimida en Egipto. Aquella afirmación de fe, que anualmente el pueblo israelita declamaba en la fiesta de las cosechas – “Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre.

 Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios” (Deuteronomio 26: 6s) – se proclamaba en esas iglesias afroamericanas, pero marcada por insinuaciones más contemporáneas y cercanas.

King en Puerto Rico, febrero de 1962

En febrero de 1962 el capítulo puertorriqueño del Fellowship of Reconciliation (FOR) invitó a King dar varias charlas en el recinto de San Germán de la Universidad Interamericana. El FOR es una organización fundada en los inicios de la primera guerra mundial como expresión de la corriente pacifista de algunas iglesias cristianas.[12] Durante casi un siglo se ha dedicado con tesón y a pesar de todos los pesares a promover procesos de entendimiento y reconciliación para resolver agudos conflictos internacionales. Una somera ojeada al sanguinario y belicoso siglo veinte basta para medir los exiguos resultados de tal pacifismo, pero la FOR sigue tozudamente su obra como si de ella dependiese el destino de la humanidad. Su capítulo puertorriqueño había protestado contra la imposición del servicio militar obligatorio a los jóvenes de la Isla y fue de los primeros en denunciar las actividades bélicas estadounidenses en Vietnam. Desde los inicios del reto frontal dirigido por King al sistema de segregación social racial entronizado por la legalidad sureña, recibió el apoyo constante de la FOR.[13]

Las conferencias de King en Puerto Rico se centraron sobre la no-violencia como la estrategia adecuada para lidiar con la arraigada tradición racista en los Estados Unidos. Como era habitual en él, King fundamentó esa resistencia civil pacífica, primero, en su manera de entender el evangelio cristiano y, segundo, en la tradición, que tanto valoraba, de León Tolstoi y Mahatma Gandhi. Defendió la desobediencia civil como instrumento para apelar a la conciencia civil sobre las injusticias registradas en ciertos códigos legales y la necesidad de abrogar las leyes discriminatorias. Además, otro tema fundamental en su concepción ética, recalcó la apertura constante a la posibilidad de la reconciliación. Ya iba cristalizando en su espíritu el famoso discurso de 1963 y su sueño de solidaridad social que superase para siempre los discrímenes raciales.

Su pensamiento giraba alrededor de dos ejes principales: las escrituras sagradas judeocristianas y los documentos fundantes de su nación. Como ministro y teólogo cristiano, sus charlas resonaban con referencias bíblicas. King citaba continuamente desafiantes textos de profetas y de los evangelios. Algunos procedían del caudal profético de denuncia social ante la injusticia[14] como aquél de Jeremías, quien a un monarca explotador le dice en nombre del Dios todopoderoso: “Juzgar la causa del pobre y del indigente… 
¿No es eso conocerme? Pero tú no tienes ojos ni corazón más que para tus ganancias… para practicar la opresión y la violencia” (Jeremías 22: 16-17) o la filípica airada de otro profeta, Isaías, que con vigor exclamó ante los gobernantes de su país, “¡Ay de los que promulgan decretos inicuos y redactan prescripciones onerosas,
 para impedir que se haga justicia a los débiles 
y privar de su derecho a los pobres de mi pueblo… ¿Qué harán ustedes el día del castigo,
 cuando llegue de lejos la tormenta?
 ¿Hacia quién huirán en busca de auxilio 
y dónde depositarán sus riquezas?” (Isaías 10: 1-3). Otras referencias bíblicas aludían al ideal del amor universal, pacífico y reconciliador, promulgado por Jesús en el sermón del monte narrado en el quinto capítulo del evangelio según Mateo (el cual impresionó tanto a Tolstoi que concluye su novela Resurrección citándolo).

Uno de sus textos bíblicos predilectos, que citó en varios de sus más famosos discursos, proviene de Isaías – “Todo valle sea alzado y bájese todo monte y collado! ¡Que lo torcido se enderece y lo áspero se allane! Entonces se manifestará la gloria de Dios y toda carne juntamente la verá” (Isaías 40: 4s). En la palabra de sucesivas generaciones de predicadores negros, ese texto connotaba veladas insinuaciones subversivas, de humillación de los poderosos y exaltación de los menospreciados. La insinuación era obligatoriamente sutil y disimulada, en un lenguaje ambiguo entendible únicamente por quienes sufrían las injusticias de la esclavitud o el racismo pero no por los siempre recelosos oídos blancos.[15] En los discursos y sermones de King, paradójicamente, la utopía de la equidad social se despojaba de todo disimulo pero a la vez se enlazaba con el llamado evangélico a la hermandad universal del amor.

Por otro lado, King se refugiaba, para ampliar el horizonte social secular de sus reclamos, en los documentos fundantes de los Estados Unidos – la declaración de independencia y la constitución. El objetivo era crear un puente entre los reclamos éticos de la tradición judeocristiana y la teórica igualdad jurídica de todos los ciudadanos. Intentaba así forjar cierta desafiante armonía entre dos lealtades diversas, lo cual, empero, no alcanzaba a ocultar ni eliminar las tensiones a flor de piel entre los reclamos de un nacionalismo a ultranza y un cristianismo receloso de la mundanalidad política patriotera.

Esas charlas de King pasaron bastante desapercibidas por la prensa puertorriqueña, pero son significativas para calibrar su desarrollo personal ya que presagiaron el inicio de un cambio en la conciencia social del líder integracionista afroamericano. Mientras lograba victorias importantes en el desmantelamiento del segregacionismo social sureño legalmente validado y era apoyado por la administración del Presidente Kennedy, King, lenta y gradualmente, dirigía su atención al contexto internacional de los conflictos entre movimientos de liberación anticolonial y la represión imperial. El momento no podía ser más pertinente ni arriesgado: ocurría justo cuando el gobierno de Kennedy comenzaba a diseñar una política anti-insurreccional, bajo la peculiar teoría de la “caída de los dominós”, que conduciría fatalmente a la catástrofe de Vietnam.[16]

En sus conferencias de 1962 se vislumbraba ya la disposición de King a asumir posturas críticas contra la inclinación de naciones como la suya a resolver militarmente difíciles conflictos políticos internacionales. Al buen observador, o más bien oidor atento, no podían escapársele los despuntes en el pensamiento de King de una censura radical a la militarización de la política exterior norteamericana. Quienes se sorprendieron pocos años después al King desarrollar con vigor y madurez conceptual esa crítica, evidentemente no habían prestado atención a las señales que la presagiaban. Algunas de ellas comenzaron a mostrarse en Puerto Rico.

El teólogo cubano-americano Justo L. González, a la sazón profesor del Seminario Evangélico de Puerto Rico, fue traductor de esas charlas y ha escrito un hermoso ensayo sobre esa experiencia en el cual afirma lo siguiente: “… el sueño [de King] era mucho más vasto que lo que yo había imaginado y su lucha mucho mayor que lo reconocido por la prensa. El sueño no versaba únicamente sobre la muy merecida vindicación del esclavizado pueblo africano norteamericano. El sueño era también sobre la liberación de todos los pueblos esclavizados y oprimidos en cualquier lugar del mundo… El sueño era sobre justicia, justicia para todos, justicia que se funda sobre el amor y abraza la paz.”[17]

King en Puerto Rico, agosto de 1965

La segunda visita de King a Puerto Rico tuvo lugar en agosto de 1965.[18] Se celebraba en San Juan la séptima asamblea de la convención mundial de las Iglesias de Cristo (Discípulos de Cristo).[19] Fue invitado a predicar en uno de los actos finales del evento, un culto mayor el sábado 15 de agosto, en uno de los estadios deportivos principales del país.[20] Gracias a su reconocimiento, en 1964, con el premio nobel de la paz se había convertido en una figura de reconocimiento internacional. En esos momentos iniciaba una campaña, cónsona con el llamado “evangelio social” del protestantismo liberal norteamericano, dirigida a aliviar la creciente disparidad entre ricos y pobres en los Estados Unidos. King se había convencido que el cumplimiento de su sueño de una nación igualitaria y solidaria exigía superar, además de la segregación racial, la fragmentación social entre quienes disfrutan de todo tipo de abundancia y quienes a duras penas se esfuerzan por sobrevivir.[21]

Su lucha por la integración racial se convertía en una más ardua y compleja: superar las enormes desigualdades socioeconómicas que marcan las distancias al interior de la ciudadanía. No se le ocultaban a King las frecuentes coincidencias entre quienes padecen ambos discrímenes, el racial y el económico, pero era también evidente su deseo de crear alianzas multiétnicas en la aspiración de un orden social de mayor equidad y solidaridad. Tampoco se le escapaba el malestar que ese giro provocaba en ciertas capas dirigentes de su nación. Una cosa, pensaban éstas, es el esfuerzo integracionista, otra es una agitación que fácilmente podía confundirse con la temida lucha de clases preconizada por marxistas. King no era ingenuo; víctima de diversos atentados a su vida y encarcelado en varias ocasiones, conocía muy bien los repudios violentos que en ciertos corazones provocaban sus palabras y acciones. Ese fue el Martin Luther King Jr., inclaudicable ante el peligro, que predicó, con su acostumbrado vigor profético, ante un estadio sanjuanero el sábado 14 de agosto de 1965.

Otra de las actividades de King en esa ocasión comenzó a marcar una decisiva ruptura con las autoridades políticas de su país, la cual inflamaría el encono y la hostilidad de los sectores más nacionalistas de los Estados Unidos y culminaría, desde la perspectiva del 4 de abril de 1968, en su martirio. Me refiero a una charla que dictó, en ese agosto de 1965, en el Seminario Evangélico de Puerto Rico. Esa plática fue una de las primeras ocasiones en que King comenzó a tejer una crítica honda y radical a las acciones militares norteamericanas en Vietnam, cuando todavía la mayor parte del pueblo estadounidense las apoyaba.

Para la mayoría de quienes estuvimos presentes esa mañana en la capilla del Seminario Evangélico las palabras del predicador afroamericano fueron una sorpresa. Esperábamos que hablase sobre la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos, de las hondas desigualdades socioeconómicas al interior de su nación y de la desobediencia civil como estrategia de resistencia y lucha. El tema crucial, sin embargo, fue otro: Vietnam. Esbozó argumentos críticos que madurarían posteriormente en su famoso discurso del 4 de abril de 1967 en la Iglesia Riverside de Nueva York (en mi opinión, su discurso/sermón de mayor profundidad y alcance). A saber: en la guerra de Vietnam los Estados Unidos se aliaban con los sectores más represivos y reaccionarios de esa nación asiática, sus acciones militares infligían un gran daño a la población civil vietnamita, laceraban el prestigio norteamericano y conllevaban un sacrificio humano considerable precisamente de los sectores sociales estadounidenses que preocupaban prioritariamente a King, negros y pobres.

Cuestionado y disputado fuertemente en la sesión de preguntas y respuestas, King respondió con mucho ánimo, revelando, al menos para el oyente alerta, que en el agudo conflicto vietnamita, sus simpatías se inclinaban a la lucha de ese pueblo por su reunificación nacional y liberación de todo dominio imperial foráneo.[22] Ya no había vuelta atrás. El gran predicador afroamericano se convertiría en uno de los portavoces de la resistencia de diversos sectores de la nación norteamericana a las acciones militares de su nación en Vietnam. Y uno de los primeros lugares donde se asomó públicamente esa postura crítica fue en agosto de 1965, en San Juan de Puerto Rico.

De ahí en adelante no habría tregua. En su último sermón dominical, predicado el domingo previo a su asesinato en la prestigiosa Catedral Nacional de la Iglesia Episcopal en Washington, D. C., santuario predilecto de presidentes, senadores y congresistas, afirmó tajantemente sobre la guerra de su nación en Vietnam: “Estoy convencido de que es una de las guerras más injustas en la historia del mundo.”[23]

Después de la derrota de los Estados Unidos en Vietnam, en la primavera de 1975, proliferaron las auto-críticas publicadas a posteriori por algunos de los arquitectos de la trágica intervención militar norteamericana en Indochina y sus falaces legitimaciones ideológicas. Prominente en este renglón de contrición fuera de tiempo es el libro de Robert S. McNamara, In Retrospect: The Tragedy and Lessons of Vietnam.[24] Sin embargo, la apología de McNamara, como la de muchos de sus colegas, tiene que ver más bien con las aflicciones estadounidenses en la infortunada guerra de Vietnam, dejando a un lado las víctimas principales de ese conflicto: los vietnamitas. Es notable la diferencia con King quien, primero en agosto de 1965, en la capilla del Seminario Evangélico de Puerto Rico, y luego en su famoso discurso del 4 de abril de 1967, en la iglesia neoyorquina de Riverside, prestó especial atención a los inmensos daños que la devastación militar norteamericana causaba al pueblo vietnamita. Insistió en ambos contextos en su responsabilidad, como ministro cristiano, como ser humano y como persona galardonada por el premio nobel de la paz, de procurar el bienestar de los más débiles y vulnerables, en este caso, los hombres y mujeres de una pobre y pequeña nación que aspiraba a su independencia y unidad.[25]

King hizo claro que no podía mantener silencio ante las devastadoras acciones militares de su propia nación, la principal potencia militar de su época, contra el pueblo vietnamita. Es significativo notar que en sus discursos y sermones sobre Vietnam, entre 1965 y 1968, hace afirmaciones sobre su deber ético como ministro cristiano que pronto serían claves para la futura teología latinoamericana de liberación: ser la voz de los débiles, los humildes, los pobres, los discriminados, las víctimas de la injusticia, los que no tienen voz (“voiceless”), y ello no por decisión propia sino por opción preferencial divina.[26]

La suerte estaba echada. El profeta decidió el sendero tortuoso y peligroso a seguir. Y en buena medida, como tantas veces sucede en los laberínticos quehaceres humanos, la a veces áspera discusión que sostuvo sobre Vietnam, esa mañana de agosto de 1965 en el Seminario Evangélico de Puerto Rico, fortaleció su ánimo y disposición a recorrer la azarosa senda de la denuncia profética profunda y radical. Esa determinación lo condujo fatalmente al 4 de abril de 1968, cuando el intenso odio acumulado en el alma de racistas y nacionalistas estadounidenses lo inmoló en el altar del martirio. Ese fue el día en que la primavera de Praga comenzó a marchitarse en el corazón y la mente de quien escribe este sentido memorial y homenaje a un predicador, digno sucesor de Isaías y Jeremías, seguidor, como tantas veces afirmó, de aquel Jesús de Nazaret, quien también en su tiempo y lugar sufrió las amargas consecuencias de sus convicciones, palabras y acciones.[27]

Y, sin embargo, su sueño perdura aún…

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[1] Luis N. Rivera Pagán es profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Autor de varios libros, entre ellos, Evangelización y violencia: La conquista de América (1992), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999) y Teología y cultura en América Latina (2009). Una versión previa de este ensayo se publicó en La Torre (Revista de la Universidad de Puerto Rico), Tercera Época, Año 14, Núm. 53-54, julio – diciembre 2009, 393-408 y, a manera de epílogo, en el libro de William Fred Santiago, Venceremos: Recobro de Martin Luther King, Jr. (San Juan, Puerto Rico: Concilio de Iglesias de Puerto Rico, 2011), 164-181.

[2] José Luis González escribió una sátira deliciosa sobre sus experiencias como corresponsal de prensa en la Praga comunista, titulada “Historia con irlandeses,” en su libro Caricias del tigre (México, DF: Mortiz, 1985), 7-105.

[3] Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco (México, DF: Biblioteca Era, 2003).

[4] Las ponencias de Dulles y Hromádka pueden leerse en Man’s Disorder and God’s Design: The Amsterdam Assembly Series, IV: The Church and the International Disorder, (New York: Harper & Brothers, 1948), 73-142.

[5] Todavía el mejor texto para evaluar las convergencias y divergencias entre Malcolm X y Martin Luther King Jr. es la brillante obra del arquitecto de la teología negra de liberación James H. Cone, Martin & Malcolm & America: A Dream or a Nightmare (Maryknoll, NY: Orbis Books, 1991).

[6] Para el estudio de King es importante la publicación en progreso de sus papeles y escritos, tarea que lleva a cabo el Martin Luther King, Jr., Research & Education Institute, en Stanford, California. Hasta ahora se han publicado seis volúmenes, por la editorial de la Universidad de California, bajo el título general de The Papers of Martin Luther King, Jr., a saber: Vol. I, Called to Serve, January 1929-June 1951 (1992); Vol. II: Rediscovering Precious Values, July 1951-November 1955 (1994); Vol. III, Birth of a New Age, December 1955–December 1956 (1997); Vol. IV, Symbol of the Movement, January 1957–December 1958 (2000); Vol. V, Threshold of a New Decade, January 1959-December 1960 (2005); Vol. VI, Advocate of the Social Gospel, September 1948-March 1963 (2007). La biografía más detallada e históricamente contextualizada es la obra en tres volúmenes de Taylor Branch, Parting the Waters: America in the King Years, 1954-63 (New York: Simon and Schuster, 1988); Pillar of Fire: America in the King Years, 1963-65 (New York: Simon & Schuster, 1998); y, At Canaan’s Edge: America in the King Years, 1965-68 (New York: Simon & Schuster, 2006).

[7] Véase Albert Raboteau, Slave Religion: The “Invisible Institution” in the Antebellum South (Oxford: Oxford University Press, 1978) y A Fire in the Bones: Reflections on African-American Religious History (Boston: Beacon Press, 1995).

[8] James H. Cone, The Spirituals and the Blues: An Interpretation (New York: Seabury Press, 1972).

[9] According to Cornel West, “the spirituals… embody the creativity of courageous human beings who engaged the world of pain and trouble with faith, hope, spirit – and a kind of existential freedom even in slavery… The spirituals not only reveal the underside of America – in all of its stark nakedness; they also disclose the night side of the human condition – in all its terror and horror. But they do so through an unequivocal Christian lens. So we often leap to the religious consolation of the spirituals without lingering for long on sadness and melancholia.” Cornel West, “The Spirituals as lyrical poetry,” The Cornel West Reader (New York: Basic Civitas Books, 1999), 463s.

[10] Compárese, por ejemplo, la poderosa y vigorosa voz de Paul Robeson, cantando el “spiritual” clásico “No more auction block for me,” con la suave, casi dulce, entonación de ese mismo himno negro por Bob Dylan.

[11] James H. Harris, Preaching Liberation (Minneapolis: Fortress Press, 1995).

[12] Paul R. Dekar, Creating the Beloved Community: A Journey with the Fellowship of Reconciliation (Scottdale, PA: Herald Press, 2005).

[13] La edición de mayo de 1956 de Fellowship, la revista de FOR, tiene en la portada a King, cuando éste todavía era relativamente desconocido.

[14] Walter J. Houston, Contending for Justice: Ideologies and Theologies of Social Justice in the Old Testament (London: T & T Clark, 2006).

[15] Véase al respecto James C. Scott, Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance (New Haven: Yale University Press, 1985).

[16] Eugene Secunda and Terence P. Moran, Selling War to America: From the Spanish American War to the Global War on Terror (Westport, CO: Praeger Security International, 2007), chapter 5 (“The Domino Theory War – Vietnam”), 92-119.

[17] Justo L. González, “The Dream: A Future for the Present,” en I Have a Dream: Martin: Luther King Jr. and the Future of Multicultural America, edited by James Echols(Minneapolis: Fortress Press, 2004), 70 (mi traducción).

[18] Véase Luis N. Rivera Pagán, “Ágape y resistencia no-violenta en Martin Luther King, hijo”, Puerto Rico Evangélico, año 54, núm. 1323, agosto de 1965, 5-7.

[19] Esta iglesia, surgida en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo diecinueve, es una de las denominaciones protestantes más importantes en Puerto Rico. Sobre su historia en nuestro país pueden consultarse los siguientes libros: Joaquín Vargas, Los Discípulos de Cristo en Puerto Rico: albores, crecimiento y madurez de un peregrinar de fe, constancia y esperanza, 1899-1987 (San José, Costa Rica: Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1988) y Juan Figueroa & Luis F. Del Pilar, Los Discípulos de Cristo en Puerto Rico: nuestro perfil histórico (Bayamón, PR: Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Puerto Rico, 2008).

[20] No fue el único clérigo mundialmente eminente invitado a esa asamblea. También estuvo presente Martin Niemöller, distinguido líder de las iglesias protestantes alemanas y del movimiento ecuménico internacional.

[21] Ese fue tema destacado de su último sermón dominical, predicado el domingo 31 de marzo de 1968, “Remaining Awake Through a Great Revolution,” en A Testament of Hope: The Essential Writings and Speeches of Martin Luther King, Jr., edited by James M. Washington (San Francisco: Harper, 1986), 268-278.

[22] Aludo a esa discusión en mi libro Senderos teológicos: el pensamiento evangélico puertorriqueño (Río Piedras, Puerto Rico: Editorial La Reforma, 1989), 99.

[23] “Remaining Awake Through a Great Revolution,” 275.

[24] New York: Times Books, 1995.

[25] El discurso del 4 de abril de 1967 en la Iglesia de Riverside puede leerse en diversas ediciones de los escritos de King, entre ellas A Call to Conscience: The Landmark Speeches of Dr. Martin Luther King, Jr., edited by Clayborne Carson and Kris Shepard (New York: Warner Books, 2001), 139-164.

[26] A Call to Conscience, 145s.

[27] El puertorriqueño William Fred Santiago es autor una hermosa elegía en honor a King, en la que sutilmente evoca la analogía entre su vida y muerte y las de Jesús. William Fred Santiago, Un Cristo negro (San Juan: Talleres de Estudio Gráfico Universal, 1989). A William dedico estas líneas.

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