Posted On 24/12/2012 By In Biblia, Teología With 2462 Views

Metáfora de poderes: El niño y el rey

Lectura desde otra lógica del poder

 

«La teología es una reflexión sobre la fe,

y la fe lo que tiene que hacer es movilizar a las personas

 para cambiar»

Gustavo Gutiérrez

 

“Jesús nació en Belén un pueblo de Judea, durante el reinado de Herodes. Por entonces llegaron a Jerusalén, procedentes de Oriente, unos sabios, que preguntaban:

— ¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Nosotros hemos visto aparecer su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo. El rey Herodes se inquietó mucho cuando llegó esto a sus oídos, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén. Así que ordenó que se reunieran los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley para averiguar por medio de ellos dónde había de nacer el Mesías. Ellos le dieron esta respuesta:

— En Belén de Judá, porque así lo escribió el profeta:

Tú, Belén, en el territorio de Judá, no eres en modo alguno la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel.

 Entonces Herodes hizo llamar en secreto a los sabios para que le informaran con exactitud sobre el tiempo en que habían visto la estrella. Luego los envió a Belén diciéndoles:

— Vayan allá y averigüen cuanto les sea posible acerca de ese niño. Y cuando lo hayan encontrado, háganmelo saber para que también yo vaya a adorarlo.

 Los sabios, después de oír al rey, emprendieron de nuevo la marcha, y la estrella que habían visto en Oriente los guío hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño.  Al ver la estrella, se llenaron de alegría.  Entraron entonces en la casa, vieron al niño con su madre María y, cayendo de rodillas, lo adoraron. Sacaron luego los tesoros que llevaban consigo y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Y advertidos por un sueño para que no volvieran a donde estaba Herodes, regresaron a su país por otro camino” Mt 2,1-12.

Quien declare que el evangelio no es político, es probable que no haya prestado atención a los diversos pasajes y encuentros que se registran las páginas del Nuevo Testamento. Desde el devolver al César lo que es del César (su reconocimiento como el excelso y único dios) y el devolver a Dios lo que le corresponde, hasta el no poder servir a dos señores. De neutralidad poco sabe Jesús de Nazaret, pues no conoce mucho de negociación donde todos ganan una parte; cuando está en juego la opción de los poderes de la vida o de la muerte, el evangelio del reino ya ha elegido su camino sin ningún chance de negociación, y no se trata solo del evangelio, sino del testimonio mismo de la ley (Dt 30,15-20; Jn 10,10).

Inocente relato con olor de recién nacido

Ahora nos encontramos ante uno de esos inocentes relatos de la infancia que nos retrata Mateo, más que una dulce historia llena del olor a recién nacido, estamos ante una pieza literaria contestaría al sistema, que desde una relectura de los sucesos de liberación del pueblo de Israel en Egipto, ahora parece actualizarse en nuevos escenarios; ya no tenemos al faraón, pero tenemos a Herodes, no tenemos a Moisés, pero tenemos a Jesús.

El relato teológico del capítulo dos del evangelio de Mateo ubica el nacimiento de Jesús “en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes”. Sabios de Oriente aparecen preguntando por el niño en términos sumamente subversivos: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Pregunta por un rey para adorar en el reino de Herodes. Sorprendente es el efecto sicológico que está pregunta generó cuando llegó a los oídos de Herodes, quien “comenzó a temblar” y no solo él, sino “toda Jerusalén”. ¿Un niño que pone a temblar a un rey? ¿Qué clase de humor es este?

Intereses vemos, corazones no sabemos

Un aparente interés  lleva al rey Herodes a diversas indagaciones, consulta a sumos sacerdotes y letrados sobre el lugar del nacimiento y después llama a los sabios “en secreto” para alentarlos  a encontrar al niño y “cuando lo encuentren avísenme, para que yo también vaya a adorarle”. El rey se ha convertido en adorador, y no de sí mismo, sino del niño, ¿será que ya se está convirtiendo? Tengamos fe hermanos.

Dios guío a los sabios para encontraron al niño, y después de cumplir su objetivo de adoración, fueron advertidos a través  de sueños  que “no volvieran a cada de Herodes”. Si este es un sueño de parte de Dios, tendríamos que decir que Dios juega a las escondidas o tiene sus mentirillas por allí. Si el sueño viene de parte del diablo, entonces éste no es tan malo como nos han dicho, ya que ha protegido la vida del tierno infante.

¿Teologización humorística del poder?

Pero bien, de qué se trata el relato: ¿Es una pugna de poder o un lúdico episodio de dos poderes? Es posible una teologización humorística del poder, ¿quién ha dicho que Dios solo actúa con la seriedad que los adultos ponemos a las cosas sagradas? Un pequeño recién nacido que perturba la paz de un rey, y lo hace temblar al igual que toda la ciudad, ¡de cuando acá suceden estás paradojas! Más interesante aún, éste rey que se vuelve un aparente adorador tratando de engañar a los sabios, termina burlado por los mismos que él pretendía engañar, ¿quién dijo que la teología bíblica no tiene espíritu de humor?, conste que he dicho humor (todo un arte) no de risa.

Meta-formas de poderes

Es probable que  estemos ante un juego de poderes, o una especie de metáforas del poder. El poder manifestado en el niño, que su sola presencia genera conmoción. El niño no sabe de guerras ni ataques militares, no sabe de defensa ni de contra ataques; pero ¿qué poder hay en él para despertar tanta preocupación? Es un poder distinto, de otra naturaleza; el poder de la ternura, es poder para despertar humanidad, sensibilidad y esperanzas. El poder del niño está no en lo que el niño dice o hace de sí, sino en lo que genera en los demás; en unos, adoración; en otros, miedo, temor y amenaza. Pero ¿qué amenaza puede producir un niño? Solo amenaza para aquellos que rendidos al poder presienten un posible obstáculo a su posición.

El poder del niño se sustenta en el respaldo divino, es decir, el niño es dependiente, no sabe valerse por sí solo, entiende lo que es la necesidad de los demás y lo importante que son los otros en su vida. Su dependencia nace de una fe innata, auténtico don que no requiere intervención humana, es pura dádiva de Dios.

Por otro lado, el poder de Herodes refleja la neurosis propia de la dependencia en el poder: cuando algo atenta este poder, la vida entra en crisis, y se busca todos los mecanismos posibles para aferrarse al mismo. Es un poder que tiene la capacidad para desarrollar múltiples máscaras: de bondad, interés, protección y piedad. Es un poder sustentando en sí mismo, egocéntrico, capaz solo de ver por sus propios intereses. El poder de Herodes está fundamentado en el miedo y la debilidad, lo evidencia el uso que hace  de la violencia para imponerse, cuando al verse burlado por los magos “mandó a matar a todos los niños menores de dos años” (Mt 2,16).

Nuestras opciones en el juego de poder

Despertados ya del sueño en el siglo 21, podemos darnos cuenta que en la vida siguen manifestándose diversos poderes. El ejercicio del poder está presente en todas las esferas: la familia, el trabajo, la sociedad, las religiones, las relaciones, los vínculos con el mundo; en todas éstas realidades seguimos evidenciando el constante juego del poder; y por más desacuerdos que tengamos con los sistemas de poder, habitamos y vivimos en este sistema injusto y perverso muchas veces, pues quien no hecho uso o  abuso del poder, sea el primero en tirar la  piedra. Como padres, educadores, líderes religiosos, profesionales, ciudadanos, estamos en constante ejercicio de poder sobre los demás y nosotros mismos. El asunto no está en el poder en sí, sino en ¿cómo participamos de su juego? Participamos desde el poder de Herodes, sustentado en la autoridad que da el poder; o desde el poder del niño, quien desde su silencio y ternura dependía de Dios. Del poder del juego y el humor para saber esconderse y huir del poder violento. En el juego de saber correr o saber enfrentar.

Para experimentar otro poder

¡Llegó la Navidad decimos!, y éste acontecimiento nos habla de un poder distinto; del poder para rehusar a la violencia como estrategia de resultados, del poder para reconocer la necesidad que tenemos de los demás, que no existimos sin dependencia de los otros, nos necesitamos. Poder para saber tomar las cosas como sencillos juegos y no como enfermizas competencias de batallas, poder para jugar sin que haya vencedores y perdedores, sino por las puras ganas de jugar y de ser amigos. ¡Cuánto necesitamos del poder para volver a ser niños y niñas!, y así  construir un  mundo de juego y amistad como lo veo cada día en la relación de mis cuatro hijos e hijas.

¿Cuál es el mensaje de Navidad a la luz de este relato? En Navidad como en cualquier otro tiempo, siempre se manifiesta el juego de poderes, pero la Navidad tiene ese  talante utópico de permitirnos repensar y resignificar un nuevo mundo en una nueva historia: un nuevo ejercicio del poder, el poder que es digno de adoración, aquel que se ejercer desde el cuidado y el ejercicio del amor, el poder de la libertad. Consiste en el  poder para pensar en un Dios que hasta juega a las escondidas, pues Dios no puede ser diferente al anhelo y espíritu que ha puesto en nosotros, seres cuya vocación es el ejercicio del amor, la libertad y dar nombre a las cosas. Que la Navidad sea un genuino compromiso con nuevas formas de poder, aquellas que tienen la tenacidad para desacomodarse desde cualquiera que sea su posición y disponerse ante los demás “como quien sirve” (Lc 22,27).

Oración

“Dios de toda debilidad, tú que no usas el poder para imponer, sino para servirnos, que ejerces el poder para darte y respetar las decisiones humanas. Te rogamos por ese poder que construye la vida, que ama incondicionalmente y se da por los demás. Nuestro mundo y nuestra manera de entender las lógicas de la vida, requieren de otros caminos, otras formas de poder. Infúndenos del poder de los alto para ser actores y testigos de una nueva forma de convivencia y de relaciones más justas y equitativas,  expresadas por una nueva  capacidad de amarnos y construirnos desde la ternura de los infantes y la pureza de sus corazones”.

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