Posted On 07/11/2014 By In Opinión With 1312 Views

Opinión: Otro “muro” es posible

Mar­tes 5 de agos­to de 2014, 8:00 a.m.: Lec­tu­ra del libro de los Sal­mos, lo hago desde el he­breo, len­ta­men­te, rít­mi­ca­men­te. Leo las gra­fías he­brai­cas con pla­cer, son como niños re­cién le­van­ta­dos por la ma­ña­na, un poco desarra­pa­das y tí­mi­das que ca­mi­nan tam­ba­lean­tes

Leo desde el he­breo para re­cor­dar­me a mí mismo cuán apa­sio­nan­te es esa len­gua, para re­cor­dar­me que mi co­ra­zón ha sa­bi­do cons­truir el único muro justo y jus­ti­fi­ca­ble del mundo: el muro que di­vi­de y dis­cier­ne entre la mal­dad del fa­na­tis­mo de unos pocos y la fas­ci­nan­te be­lle­za de la fe buena y sen­ci­lla de mu­chos. Ese muro que se eleva rec­ti­lí­neo (no es curvo ni si­nuo­so) y que sabe se­pa­rar sin asomo de duda entre una bomba, un tan­que y un mor­te­ro, y el shemá, un talit y un kippa. Alto y ri­gu­ro­so muro, como un cor­ta­pi­sas, que pone freno a las vagas ge­ne­ra­li­za­cio­nes, ese muro que de­mues­tra que no todos quie­ren lan­zar bom­bas, ni todos desean la muer­te del otro, que nos de­mues­tra que no todos son te­rro­ris­tas ni todos tie­nen sed de ven­gan­za.

Tomo un sorbo de café es­ti­lo árabe, que es el mejor. Ob­ser­vo la pe­que­ña al­fom­bra para salat que con­ser­vo. Y vuel­vo a ad­mi­rar a tan­tos mi­llo­nes de per­so­nas que se arro­di­llan cinco veces al día para orar con la fren­te en el suelo, sím­bo­lo de hu­mil­de en­tre­ga.

Es en­ton­ces cuando me doy cuen­ta que las bom­bas y los odios aje­nos no han men­gua­do mi amor y res­pe­to por ellos, por nadie. Que me emo­cio­na igual el niño judío que corre hacia su padre, bra­zos ex­ten­di­dos y di­cien­do “abba, abba”, o gira su cara y llama a su madre “imma, imma”, o la pe­que­ña niña pa­les­ti­na que son­ríe con su ca­be­za de­li­ca­da­men­te cu­bier­ta y que salta de ale­gría al ver lle­gar a su “baba, baba” y a su “ummi, ummi”. Y se me es­ca­pa una son­ri­sa al vol­ver a cons­ta­tar la her­man­dad de esas pa­la­bras, su so­no­ra fa­mi­lia­ri­dad, su se­mí­ti­ca ge­né­ti­ca in­di­so­lu­ble, in­se­pa­ra­ble, eter­na­men­te com­par­ti­da y que los em­pa­ren­ta, aun­que a veces sus pa­dres no lo quie­ran. Son fa­mi­lia.

Mar­tes 5 de agos­to de 2014, 8:30 a.m.: Leo las no­ti­cias. Se re­ti­ran las tro­pas is­rae­líes de Gaza, nadie gana, nadie pier­de. Todos pier­den, nadie gana. Pero son­río ante el atisbo de una nueva opor­tu­ni­dad. En­ton­ces re­co­rro, como tan­tas veces, las pá­gi­nas de Amos Oz, como quien re­gre­sa a una ciu­dad donde ha vi­vi­do ex­pe­rien­cias inol­vi­da­bles. Trans­cri­bo:

“Los pa­les­ti­nos están en Pa­les­ti­na por­que ésta es la pa­tria, la única pa­tria de los pa­les­ti­nos. Los ju­díos is­rae­líes están en Is­rael por­que no hay otro país en el mundo al que, como pue­blo, como na­ción, pue­dan lla­mar hogar.
Los pa­les­ti­nos han in­ten­ta­do, a re­ga­ña­dien­tes, vivir en otros paí­ses. Fue­ron re­cha­za­dos, a veces in­clu­so hu­mi­lla­dos y per­se­gui­dos. Se les hizo tomar con­cien­cia de su “pa­les­ti­ni­dad”; no fue­ron acep­ta­dos como li­ba­ne­ses, ni como si­rios, ni como egip­cios, ni como ira­quíes. Tu­vie­ron que apren­der con du­re­za que son pa­les­ti­nos y que Pa­les­ti­na es el único país al que pue­den afe­rrar­se.
Cu­rio­sa­men­te, los ju­díos han te­ni­do una ex­pe­rien­cia his­tó­ri­ca un tanto pa­ra­le­la. Fue­ron ex­pul­sa­dos a pa­ta­das de Eu­ro­pa […] Los pa­les­ti­nos quie­ren la tie­rra que lla­man Pa­les­ti­na. Tie­nen ra­zo­nes muy po­de­ro­sas para que­rer­la. Los ju­díos is­rae­líes quie­ren exac­ta­men­te la misma tie­rra por exac­ta­men­te las mis­mas ra­zo­nes.
Se re­quie­re lle­gar a un acuer­do, a un com­pro­mi­so do­lo­ro­so. Y la ex­pre­sión “lle­gar a un acuer­do” tiene una repu­tación ne­fas­ta en la so­cie­dad eu­ro­pea. Es­pe­cial­men­te entre los jó­ve­nes idea­lis­tas, que si­guen con­si­de­ran­do que lle­gar a un acuer­do es falta de co­ra­je. No en mi vo­ca­bu­la­rio. Para mí, la ex­pre­sión “lle­gar a un acuer­do” sig­ni­fi­ca vida. Y lo con­tra­rio de lle­gar a un acuer­do no es idea­lis­mo ni de­vo­ción. Lo con­tra­rio es fa­na­tis­mo y muer­te.
Se re­quie­re lle­gar a un acuer­do, a un com­pro­mi­so, no lle­gar a una ca­pi­tu­la­ción. Lo que sig­ni­fi­ca que los pa­les­ti­nos jamás de­be­rán arro­di­llar­se. Ni tam­po­co los ju­díos.” (Amós Oz, Con­tra el Fa­na­tis­mo, Edi­to­rial Si­rue­la).

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