Posted On 20/01/2022 By In portada, Teología With 485 Views

Pablo Richard, un biblista para el desahogo, en una América Latina de ahogos opresores | Harold Segura

Pablo Richard, un biblista para el desahogo, en una América Latina de ahogos opresores.

 MEMORIA AFECTIVA[1]

Harold Segura
San José, 24 de septiembre de 2021

 

“La amistad es una religión sin Dios, sin Juicio Final y sin diablo.
Una religión no ajena al amor, a un amor donde se proscriben la guerra y el odio,
donde es posible el silencio.”
Tahar Ben Jelloun

 

“Como el hierro se afila con hierro,
así un amigo se afila con su amigo”
Proverbios 27:17

 

Una de las grandes satisfacciones que me ha concedido la vida al venir a vivir a Costa Rica, hace 21 años, es conocer más de cerca a personas que había conocido a la distancia, ya fuera leyendo sus textos o escuchándolas como ponentes en encuentros internacionales. Ese fue el caso de Pablo Richard y de Juan Stam, entre otros. A Pablo lo había conocido a través de varios de los textos que le había publicado, por allá entre las décadas del 70 y 80, el Departamento Ecuménico de Investigaciones, DEI, desde el capítulo Nuestra lucha en contra de los ídolos. Teología bíblica, publicado al inicio del libro La lucha de los dioses, que salió a la luz en 1980, pasando por Raíces de la teología latinoamericana, editado por Pablo en 1987, hasta La fuerza espiritual de la Iglesia de los pobres, publicado también en 1987, con un fino prólogo de Leonardo Boff.

Estos libros los adquiría yo en Cali, Colombia, mi ciudad, siendo un novel pastor evangélico y estudiante del Seminario Teológico Bautista Internacional. Los vendían en una pequeña librería clandestina administrada por un grupo de religiosas en un barrio al sur de la ciudad. Clandestina, porque era esa la manera de protegerse de las posibles persecuciones que, por aquellos años de crudo conflicto social en Colombia, sorprendían a todos los grupos, religiosos o no, que propagaban supuestas ideas subversivas. Allí, en la clandestinidad, conocí los textos de Pablo Richard. Me encontré con párrafos como este:

En un mundo oprimido la evangelización debe enfrentarse fundamentalmente con la idolatría y no con el ateísmo. El mundo opresor es hoy día un mundo de fetiches, de ídolos, de sacerdotes y teólogos. El capitalismo moderno es un sistema cada día más religioso y piadoso. La alta producción científica y técnica va acompañada de una producción aún mayor de dioses, cultos, templos, símbolos religiosos y teologías.[2]

Páginas que leía con avidez, como tomando agua fresca que saciaba mi necesidad de encontrar nuevos caminos para mi trabajo pastoral y mi formación teológica en ese contexto de muertes, desapariciones e injusticias crueles. Con Pablo, así como con Juan Stam y otros pensadores y pensadoras, me fui abriendo camino, pensando y sintiendo (senti-pensando, como enseñaría Orlando Fals Borda) que el Evangelio era más que lo que había vivido, lo que me estaban enseñando y lo que estaba haciendo. Esta teología era más que teoría; era parte de lo que necesitaba para responder a la situación acuciante de la Colombia de esos años aciagos.

Tiempo después, y siguiendo con mi labor pastoral y mi formación teológica, leí en su comentario al libro del Apocalipsis, esta advertencia:

El odio y la violencia que aparecen en ciertos textos del Apocalipsis expresan situaciones límite de extrema opresión y angustia que vive la comunidad. El Apocalipsis reproduce estos sentimientos para provocar en sus oyentes una catarsis (desahogo y purificación) y trasformar así su odio en conciencia.[3]

En esa pasión por el Apocalipsis, Pablo, al igual que Juan Stam, encontraban un terreno de interés común, aunque difirieran en sus acercamientos hermenéuticos y algunos de sus planteamientos políticos. Pero, en fin, ambos hicieron eso que se dice en el Prólogo citado: teológica terapéutica, con la que hacemos catarsis; teología para el desahogo y la prurificación. De allí el título que le he puesto a esta memoria afectiva: Pablo Richard, un biblista para el desahogo, en una América Latina de ahogos opresores.

Pero, bueno, mencioné antes mi llegada a Costa Rica, en el 2000. En mis primeros días visité al DEI, saludé a Pablo y lo invité para que nos acompañara en los momentos de meditación bíblica en la organización para la cual había venido a trabajar, World Vision International. A Juan Stam ya lo había saludado en las mismas oficinas de nuestra organización porque era amigo de la casa y lo era desde hacía años.

Así, entre saludos ocasionales, visitas al DEI (siempre para comprar las novedades editoriales), citas en mi oficina, fue creciendo nuestra amistad. Una amistad sin compromisos. Nunca formamos parte de los mismos círculos institucionales. Ni yo era parte del DEI (ahora me honra ser parte de su Asamblea), ni él de World Vision; él sacerdote católico, yo pastor evangélico; el liberacionista consumado, yo “liberacionista en ciernes”. Sin compromisos, sin complicidades, ni obligaciones más allá que la del encuentro amistoso. Una especie de ecumenismo libre, sin las mediaciones de la institucionalidad ecuménica.

Nuestra relación se afianzó en mayo del 2017 cuando nos encontramos en la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, en Aparecida, Brasil. Él, como asesor externo de algunos obispos; y yo, como uno de los seis invitados (observadores) no católicos. Pablo, como parte del grupo Amerindia, llegaba a la puerta de la Basílica de Nuestra Señora Aparecida, muy puntual a las 4:00 de la tarde para recibir de algunos de los participantes las noticias de lo que había pasado en la Asamblea durante el día. Allí le contaban lo que se había tratado y lo que se trataría el día siguiente. Él y su grupo, con esa información recibida, regresaban a su casa de trabajo y allá elaboraban los documentos para asesorar a algunos obispos. Recuerdo verlo conversar con el Cardenal Rodríguez Maradiaga, de Honduras, con el entonces obispo, hoy Cardenal, Álvaro Leonel Ramazzini, de Guatemala y con el Cardenal brasileño Cláudio Aury Affonso Hummes, entonces encargado de dirigir la Congregación para el Clero, de la curia romana.

Cuando me acerqué a Pablo le dije que cuál era su tarea, y me contó que se debían quedar, él y los demás integrantes del grupo de asesores, hasta muy entrada la madrugada, trabajando en esos documentos para el día siguiente. Y, cuando le pregunté si no había otra manera de tener esa información durante el día, me contestó que no. La conferencia tenía un reglamento muy estricto que no permitía sacar información hasta después de terminar las sesiones. Entonces yo le propuse que ensayáramos algo: que instalaran Skype en la computadora de Amerindia y que yo, en el momento de las ponencias, me conectaría en directo con ellos y, de esa manera, podrían escuchar en directo las ponencias principales.

Me miró desconcertado. Me preguntó que era Skype. En la tarde de ese mismo día fui a la casa donde se alojaban los asesores y les ayudé en la instalación. Al otro día se hizo el milagro. Pensé que de alguna forma era un favor que le hacía no sólo a Pablo y sus amigas y amigos, sino también a la calidad de la misma Conferencia. Travesuras que nos acercaron y que, pasados los años, al recordarlas lo hacíamos riéndonos.

En esa relación pasamos estos años. Entre algunos almuerzos en el DEI, desayunos en mi casa y conversaciones, sin importar el lugar donde nos encontráramos. ¡Ah!, y una cerveza alemana, en la Iglesia luterana de San Sebastián, aquí en Costa Rica, en el lanzamiento del libro La Locura de la Cruz. La Teología de Martín Lutero, de Martin Hofmann, en octubre de 2014, en la celebración de la Reforma protestante. Una cerveza artísticamente adornada con la imagen del reformador alemán.

Por esos mismos días me había contado que cuando estuvo como paciente por varios días en la Clínica Bíblica y le había gustado más que cuando había estado en la Clínica Católica. Le pregunté por qué. Me dijo que en la Bíblica había una mujer capellana que le leía la Biblia todos los días y oraba por él, mientras que, en la Católica, había pasado sin Biblia. Yo me reí mucho ese día. Le dije que, en mi caso, siendo evangélico, prefería la Católica, pero porque era más barata.

Otro tema de conversación, en este caso más extenso y repetido, era el de los movimientos históricos de Jesús. Pablo había publicado un libro sobre este tema el 2009 libro que terminé de leer ese mismo año en la versión del DEI.[4] Yo solo preguntaba algo breve y él, con amabilidad y mucho entusiasmo, se extendía en las respuestas mientras yo trataba de registrar todo lo que me iba diciendo. A veces tomaba notas. Creo que me explicaba los detalles de lo que había escrito y me complementaba con lo que no había alcanzado a escribir en el texto. Ese mismo libro se lo publicó, un año después (2010) la editorial DABAR, de México, con una redacción más fluida y algunos párrafos adicionales. En uno de nuestros encuentros me regaló un ejemplar y me escribió en la primera página: “Para Harold, amigo y hermano en un mismo camino, una sola fe y una esperanza” (3 de septiembre de 2012). Nota que conservo, como deben imaginar, con mucho afecto.

Somos hermanos en el mismo camino, frase que resumía su Credo ecuménico. A propósito del ecumenismo, en el 2017, cuando se cumplieron 500 años de la Reforma Protestante, la Asociación de Educación Teológica Hispana, AETH, me invitó para que, junto con el historiador evangélico Justo González, editáramos un libro titulado La Reforma en América Latina. Pasado, presente y futuro. En el proceso de edición, acordamos que Pablo escribiría el capítulo: Protestantismo y catolicismo en América Latina y el Caribe. Allí escribió estas líneas que quedaron como fiel testimonio de su espíritu ecuménico:

También podemos relacionar la obra profética de Martín Lutero en lo que se refiere a su traducción de la Biblia, con el movimiento bíblico hoy en el mundo católico, que busca “traducir” y “entregar”  la  Biblia  a las Comunidades Eclesiales de  Base. Es este ecumenismo donde la obra de Martín Lutero y el movimiento bíblico actual en América Latina se relacionan y se fortalecen. El caminar ecuménico del protestantismo ha tenido casi siempre un influjo positivo en las reformas al interior de la Iglesia Católica.

Dos días antes de su muerte, por esas cosas misteriosas de la vida, busqué mi teléfono y le dije a Marilú, mi esposa: voy a llamar a Pablo Richard. Hace un tiempo que no sé de él. Busqué en el WhatsApp y recordé que no lo tenía. Siempre hablábamos por llamada directa. Y me dije: lo buscaré comenzando la semana. Pero, el lunes, muy temprano, recibí la noticia de su muerte. Nos quedaron varias conversaciones pendientes sobre los temas que nos acompañaban en los encuentros de los últimos tiempos: su admirado Papa Francisco, sus años en Chile –su país– durante la dictadura de Augusto Pinochet, los estudios bíblicos que descalificaban al apóstol Pablo (y a la escuela paulina), los cristianismos originarios, los últimos escritos de su amigo Franz Hinkelammert, las homilías de Monseñor Romero, la lectura bíblica popular, el futuro de la fe y el pasado de la Iglesia; en fin, temas pendientes a la espera, como decía Ernesto Cardenal, de una cita infinita.

Antes de terminar estos recursos personales, citaré unas palabras de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, pronunciadas minutos antes de su asesinato, en el Hospitalito, el 24 de marzo de 1980. En su última homilía, dijo:

Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad de sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas que Dios creó pensando en el hombre.

Ya estás, Pablo en tu nueva morada, nosotros y nosotras, mientras tanto, seguimos aguardando una nueva tierra donde, como lo dijo san Romero, habite la justicia y cuya bienaventuranza sacie nuestros anhelos de paz.

El escritor del Apocalipsis, escribió: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13). Tú, Pablo, ya descansaste de tus muchas luchas y trabajos, y tus obras, siguen aquí, con nosotros y nosotras. Amén.

 

Este artículo fue anteriormente publicado en: SIWO, Volumen 15, Número 1, 2022, p. 3 – p. 8 DOI: https://doi.org/10.15359/siwo.15-1.1
Enlace directo en: https://www.revistas.una.ac.cr/index.php/siwo/article/view/siwo.15-1.1/24284


[1] Escrito para el programa de conmemoración convocado por la Universidad Nacional de Costa Rica el 24 de septiembre de 2021: En memoria de Pablo Richard Guzmán: memoria de un exiliado.

[2] Pablo Richard, Nuestra lucha es contra los ídolos. Teología bíblica, en: La lucha de los dioses. Los ídolos de la opresión y la búsqueda del Dios liberador, San José, DEI-Centro Antonio Valdivieso, 1980. P.9.

[3] Pablo Richard, Apocalipsis. Reconstrucción de la esperanza, San José, DEI (3ª. Ed.), 1994.

[4] Pablo Richard, Memoria del “movimiento histórico de Jesús”. desde los orígenes (año 30) hasta la crisis del Sacro Imperio Romano Cristiano (siglo IV y V), San José, DEI, 2009.

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