Posted On 25/03/2012 By In Biblia With 1460 Views

Pasión por Jesús

Hay dos clases de actividades que desarrollamos en la vida, las obligatorias y las voluntarias. Las obligatorias tienen que ver con el trabajo, la familia, las responsabilidades que asumimos en la vida…, y son universales. Las voluntarias tienen que ver con el ocio, las diversiones, los hobbies, con todo aquello que nos apasiona…, y dependen de cada uno y de sus circunstancias.

Normalmente dedicamos tiempo, empeño y esfuerzo a aquello que nos entusiasma, que nos produce placer y lo hacemos con alegría. Por ejemplo, ir a un concierto de nuestro cantante favorito, participar en un acontecimiento deportivo, estar en una fiesta… Todo esto despierta pasiones y tiene mucho que ver con nuestras reacciones emocionales, lo que incluye ciertas activaciones fisiológicas (ritmo cardíaco, respiración, presión sanguínea, hormonas…) y cambios en la expresión corporal.

El seguimiento de Jesús está a caballo entre las “actividades” obligatorias y voluntarias. Por un lado es voluntario (lo hacemos porque queremos), pero es obligatorio (porque ejercemos responsabilidad). Por ejemplo, socorremos al prójimo voluntariamente pero, también, obligados por nuestra responsabilidad. Amar al enemigo, desde el punto de vista humano, no es obligatorio; en todo caso, sería voluntario. Como discípulos de Jesús, amamos al enemigo voluntaria y obligatoriamente. Aunque parezca una discusión sin importancia, es trascendente porque tenemos que definir aquello que nos produce pasión, aquello que afecta a lo más profundo de nuestro interior, aquello que nos deja encandilados e intentar responder a la pregunta de si Jesús y su causa nos apasionan. Podemos creer en Dios y no estar apasionados; pero más tarde o más temprano, caeremos en una apatía o pasividad que nos empujará a cuestionar incluso nuestra propia fe o la existencia de Dios o pensaremos si merece la pena los sacrificios que hacemos por la obra del Señor, si debemos seguir aportando nuestra ofrenda a la iglesia…

Hoy levantan pasiones muchas cosas, la tecnología, la moda, los deportes, la música…, pero ¿y Jesús de Nazaret? Cuando leemos la Escritura, ¿qué sensaciones tenemos? ¿Afecta a nuestro interior? ¿Provoca reacciones emocionales? ¿Sentimos algo? La fe se puede vivir racionalmente, esto puede ser muy profundo, pero aburrido; y se puede vivir la fe emocionalmente, lo que puede ser exultante, pero superficial. Desde mi punto de vista, la fe en Dios y el seguimiento de Jesús de Nazaret nos impulsa hacia una vivencia racional y emocional, sin que prime ninguna de las dos. Entendiendo a Jesús, me emociono y emocionándome, conozco a Jesús. Cuando leo el evangelio, no solamente pienso sino que, también, siento.

Me llama la atención la experiencia del pueblo de Dios cuando es convocado para leer la ley (Nehemías 8). Se nos dice ahí que leyeron la Escritura desde el alba hasta el mediodía y los levitas la hacían entender. La reacción emocional que hubo fue extraordinaria, “todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley” (Neh 8.9). Después de leer la ley se fueron a celebrar fiesta y se alegraron grandemente; el texto añade: “porque habían entendido las palabras que les habían enseñado” (Neh 8.12). Es importante ver la relación que este texto nos propone entre la parte racional y la emocional; oyeron la Escritura y lloraron; entendieron la ley y se alegraron.

Podríamos recordar, también, la experiencia de los que escucharon el mensaje de Pedro en Pentecostés (Hch 2.37-38), cómo se compungieron de corazón; su experiencia emocional fue muy intensa porque comprendieron quién era Jesús. El término “compungieron” (katenúgësan), primariamente, significaba “golpear o pinchar violentamente”.[1] La raíz de esta palabra viene de kata y nússö; este segundo término se usa en Juan 19.34 para referirse al hecho de abrir el costado de Jesús con una lanza; de ahí, pinchar violentamente.

La expresión idiomática “compungieron de corazón” se usa para hablar de un fuerte dolor que se siente en el corazón, estar muy angustiado, sentirse muy preocupado.[2]

El discípulo de Jesús escucha el evangelio, se esfuerza en entenderlo y, como consecuencia de ello, se apasiona con Jesús y con su llamado a servir a los demás. Podemos insensibilizarnos y acostumbrarnos al dolor y al sufrimiento porque estamos bombardeados constantemente por los medios de comunicación en nuestros días; pero al conocer a Jesús recuperamos el grado de sensibilidad y emoción que él mismo experimentó. Lloró ante la tumba de un amigo (Juan 11.35), tuvo compasión de las multitudes (Mat 9.36; 14.14: Mc 6.34), se indignó ante el abuso de poder de las autoridades judías (Mat 23.13,ss.), se estremeció ante el sufrimiento ajeno (Juan 11.33), se enardeció ante el mercadeo instalado en el templo (Mac 11.15,ss.; Juan 2.13,ss.), empatizó con una mujer (Juan 4.1,ss.), con un publicano (Luc 19.5)…

Al comprender el mensaje de Jesús, nos apasionaremos con él, y nuestro ánimo estará firme. Por eso, el seguimiento de Jesús no es solo un ejercicio intelectual sino, también, una experiencia profundamente emocional.

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[1] “Compungir”, por Vine, (Terrassa: Clie, 1986), I:284.

[2] “katanússomai”, Friberg Greek Lexicon, Bible Works 4.0.

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