Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. (Mt 28,19 RVR60)
El día 7 de los corrientes, según se lee en la revista Protestante Digital, el CEM (Consejo Evangélico de la Comunidad de Madrid), reunido en asamblea extraordinaria, hacía dos declaraciones en relación con la identidad cristiana y evangélica que creía necesarias. Y las formulaba desde el punto de vista más ortodoxo, más conservador, se podría decir, con todas las connotaciones, positivas o negativas, que tales calificativos pudieran implicar. La segunda trata acerca del orden moral, más concretamente de la ética sexual cristiana; y la primera, que es aquélla que nos ha llamado a compartir esta reflexión, entra en el terreno doctrinal, y si afinamos un poco más, diremos que es una declaración trinitaria. Las palabras literales, tal como las ha difundido esa publicación digital, son las siguientes:
Somos trinitarios en cuanto considerar la Trinidad como verdad central sobre la naturaleza de Dios, un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por ello, aceptamos plenamente el bautismo realizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Lo que ha motivado tal toma de posición ha sido, al parecer, la realidad de ciertas congregaciones postulantes a la membresía del CEM, pero que no profesan creencia alguna en la Trinidad y que bautizan únicamente en el nombre de Jesús, como, según se dice, hacían también algunas asambleas cristianas de los primeros tiempos (Hch 2,38; 8,37[1]; 10,48; 19,5). Y es que, según se constata, el unitarismo, vale decir, la negación de la doctrina trinitaria, es hoy por hoy una realidad en bastantes denominaciones evangélicas procedentes del continente americano, que se hace palpable también en nuestro suelo.
Ni que decir tiene que esta publicación del CEM ha suscitado ya en las redes sociales comentarios de todo tipo y sus discusiones correspondientes, con tomas de posición (algunas más radicales que otras) y críticas de todos los colores. Todo ello, que en principio es positivo —emitir críticas sobre algo que ha sido publicado implica, por lo menos, dos factores: primero, que se ha leído; segundo, que se muestra cierta capacidad de comprensión de lo tratado—, nos ha obligado a replantearnos el porqué de nuestra aceptación personal de esta doctrina, o mejor, de este dogma de fe trinitario que profesamos, no sólo por adhesión intelectual a nuestra denominación, sino por convicción personal. Porque ni el trinitarismo ni el unitarismo son simples “modas teológicas pasajeras”, como se podría pensar. El primero tiene a su favor una larga serie de declaraciones ortodoxas, desde las primeras formulaciones, allá por los siglos finales de la Antigüedad, hasta las confesiones de fe reformadas y otras más recientes[2]. Y el segundo, reconozcámoslo sin rubores, se cimenta en algo tan simple como la constatación de que la Biblia no contiene jamás declaración alguna a favor del dogma trinitario tal cual[3], además de en la propia razón humana: si creemos en un solo Dios, pues ha de ser un Dios único. Eso es lo que significa ser monoteísta, y el cristianismo, al igual que el judaísmo y el islam, es una religión monoteísta.
Puesto que nos vienen a la mente, cómo no, recuerdos de nuestra época de joven seminarista, cuando estudiábamos con atención (y con ese deseo tan humano de obtener buenas calificaciones) las disputas trinitarias en la Antigüedad cristiana, con sus declaraciones conciliares cruzadas y entrecruzadas, sus Orígenes de Alejandría, sus Arrios, sus Eusebios, sus Pablos de Samosata y sus Atanasios, sus herejes y sus defensores de la fe, sus discusiones adopcionistas, modalistas, patripasianas, monofisitas, monotelitas y pneumatómacas, sus omoûsios y sus omoiûsios, sus acusaciones de diteísmo y triteísmo, sus personas y sus uniones hipostáticas, preferimos, sinceramente, no entrar de nuevo en esos terrenos. No porque los consideremos negativos, sino porque su complicación conceptual en nada nos ayuda a definir por qué hoy estamos convencidos de la verdad del dogma trinitario. Ni siquiera nos posicionamos a favor o en contra del controvertido término persona[4], que tanto ha dado que hablar, o de la solución propuesta en su día por Karl Barth (Seinweise o “modo de ser”[5]), sin duda muy acertada. Nuestra reflexión va por otros derroteros.
Ya lo hemos dicho antes. Lo repetimos sin ánimo de ofender: las Sagradas Escrituras no enuncian jamás el dogma trinitario tal como se recoge en credos, confesiones de fe o catecismos. No constituía, desde luego, una preocupación para los apóstoles y los autores del Nuevo Testamento. De hecho, alguien ha dicho, y probablemente con gran tino, que autores como Marcos en su Evangelio o Pablo en sus epístolas darían la impresión de un claro adopcionismo en lo que toca a la relación de Dios con Jesús. Sólo el Evangelio de Juan rompería esa tendencia de la Iglesia antigua al presentar una clara teología del Verbo, una teología encarnacional. Y en lo referente al Espíritu Santo, pues todavía es mayor la oscuridad. El Jesús de Juan aún dirá en un conocido pasaje Yo y el Padre uno somos (Jn 10,30[6]), pero el Paráclito, que no hablará por su propia cuenta (Jn 16,13), es alguien que procede del Padre (15,26), sin más[7], y de quien en ningún pasaje se predica una igualdad absoluta con el Padre y el Hijo. La polémica está servida, desde luego, pues tan sólo el versículo de Mateo con que encabezamos esta reflexión, y algún que otro texto doxológico perdido del estilo de 2Co 13,14, parecen equiparar a Dios Padre, Cristo y el Espíritu Santo.
Ante la realidad de tan escaso material y tan disperso, tan poco concreto, que nos permitiera formular un dogma trinitario bien anclado, y la declaración lapidaria de Dt 6,4-5, el famoso Shemá del judaísmo, aceptado sin discusión alguna por el propio Jesús (Mt 22,37; Mc 12,29-30; Lc 10,27), se entiende perfectamente el unitarismo. Es más, la fe cristiana habría de ser unitaria. Sería lo propio. Pero no puede serlo.
En primer lugar, el razonamiento que entiende a Dios como un ser único en el que cualquier división interna o diferenciación personal en su naturaleza y esencia constituya un contrasentido, es correcto desde el punto de vista humano; más concretamente, desde el punto de vista humano occidental, es decir, con un pensamiento modelado por la filosofía y la lógica griegas, por el aristotelismo del motor que mueve sin ser movido, y que, dígase lo que se quiera, está en la base de religiones como el judaísmo y el islam[8]. Ese Dios estrictamente único se adapta bien a las categorías mentales del hombre racional, es decir, de aquél que ha llegado a cierto desarrollo en la evolución del pensamiento religioso. Es un Dios, en definitiva, diametralmente opuesto a todo lo absurdo y contradictorio, y por lo tanto, una perfecta imago hominis rationalis. Digámoslo claro: un Dios a quien podemos hacer entrar en un paradigma previo y lógico conforme a nuestros patrones de razonamiento (“si Dios es uno, pues no puede ser dos ni tres, y basta”), no es en realidad el Dios trascendente revelado en las páginas de la Biblia, y muy especialmente en el Nuevo Testamento. Sí puede ser, y de hecho lo es, el Dios del judaísmo, esa divinidad que, aun siendo creadora y señora, aparece atada a la propia Torah, y que, según algunos pasajes talmúdicos, la estudia con esmero. Y también puede ser el Dios del islam, otro peculiar “dios del libro”, que aun siendo el Grande y el Misericordioso, sólo es capaz de moverse y actuar conforme a unos patrones muy estrechos previamente trazados. El Dios que únicamente se muestra como absolutamente único en su naturaleza y esencia, tiene todos los atributos que leemos en los manuales de teología dogmática (eternidad, infinitud, omnipotencia, omnisapiencia, etc.), pero carece de una dimensión fundamental: su misterio, su total y absoluta otredad, es decir, aquello que lo hace diametralmente distinto de cuanto los seres humanos podamos imaginar o concebir sobre él. Es decir, de esa trascendencia que nos obliga a reconocer que ni sabemos ni podemos saber nada acerca de él, y que todo cuanto afirmamos sobre su ser o su actuación es pura entelequia, puro flatus vocis, aunque lo revistamos de altisonantes términos griegos o latinos.
En segundo lugar, las Escrituras del Nuevo Testamento se hacen eco de ciertas contradicciones bien patentes, de ciertos flagrantes contrasentidos cuando se refieren directamente a Dios, o a Jesús, o incluso al Espíritu Santo, que nos obligan a replantearnos de continuo la realidad de lo Divino, aunque siempre tengamos la frustrante sensación de que nos quedamos donde estábamos, sin avanzar nada. Porque el Nuevo Testamento no se limita a mostrarnos a un Dios que, por fidelidad a una alianza antiquísima, viene a nuestro encuentro en una zarza ardiente o nos habla a través de unos siervos escogidos que hoy son y mañana ya no están; lo realmente sorprendente es que el Dios neotestamentario habla y actúa a través de un hombre muy concreto, Jesús de Nazaret, por medio del cual lleva a su culminación la Historia de la Salvación de nuestra especie, y con quien mantiene una relación que trasciende con mucho la que podía haber mantenido en el pasado con Abraham, Moisés, David, Elías o cualquiera de los profetas. Y este Jesús de Nazaret, que por sus orígenes y su extracción social se muestra como cien por cien humano, y se comporta como tal, tiene ciertos “ramalazos” que lo catapultan a otra dimensión: sin tocar para nada el Cuarto Evangelio, por aquello de la teología encarnacional antes mencionada, en los Evangelios Sinópticos encontramos ciertas declaraciones sorprendentes en las que Jesús habla como Dios (Oísteis que fue dicho… pero yo os digo, Mt 5,21-22.27-28), actúa como Dios (Tus pecados te son perdonados, Lc 5,20), y experimenta ciertos fenómenos paranormales en los que se evidencia una naturaleza no humana (la transfiguración o el bautismo), el mayor de los cuales será su propia resurrección, seguida de su ascensión y exaltación. Y este mismo Jesús, en quien sus discípulos reconocen al único capaz de traer la redención a la humanidad (Hch 4,12) y al que llaman Señor y cuya segunda venida esperan (Ap 22,20), enviará el Espíritu, que, si en un principio pareciera un poder desatado e impersonal (el viento recio de Hch 2,2-3), al más puro estilo de las tradiciones veterotestamentarias (cf. Jue 14,6.19), luego el testimonio apostólico lo presentará como una entidad personal y activa en la obra de la salvación de los hombres (Ro 8,26-27).
Lo dicho: demasiadas contradicciones. El Nuevo Testamento no presenta las cosas, en lo referente al tema de la naturaleza divina, con la lógica y el raciocinio que nos gustaría, con los que nos sentiríamos mentalmente cómodos. Lo que hace es confrontarnos de continuo ante un misterio insoluble, ponernos delante de unas realidades que nunca define, que nunca explica, que simplemente se limita a señalar como un desafío permanente a nuestra capacidad de comprensión y un llamado a la humildad.
No tendría sentido hoy, desde luego, condenar a los unitarios de nuestros días estigmatizándolos como herejes diabólicos o arrojándolos de las iglesias, como sucedió en la Antigüedad en las tristemente célebres disputas arrianas. Probablemente, no hay guerra más absurda (ni más cruel y más dañina) que la guerra declarada por motivos religiosos. En nuestra opinión, los antiguos arrianos y cuantos a lo largo de los siglos se han declarado unitarios (como los socinianos de los días de la Reforma) hasta la hodierna UUA (Unitarian Universalist Association of Congregations), han cometido un error: han querido comprender realmente la naturaleza divina aplicando un modelo mental humano (¿y qué otro podrían aplicar?). En una palabra, han caído en un extremo propio de creyentes que desean aprehender a Dios, pero encerrándolo o limitándolo a una dimensión muy terrestre. Personalmente, seguimos creyendo, y creyendo firmemente, en el dogma trinitario, en un Dios que siendo uno solo y único, como dice el Shemá del Deuteronomio, encierra en sí el gran misterio de su pluralidad al que tímidamente apunta la fórmula bautismal mateana. Y sobre todo, el gran misterio de su contradicción intrínseca: por amor a mí y a toda mi gran familia humana, se hizo hombre.
[1] Con sus problemas textuales de todos bien sabidos.
[2] Sirva como botón de muestra el primero de los llamados Treinta y nueve artículos de la Iglesia Anglicana, donde leemos: “Sólo hay un Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo, miembros o pasiones; con un poder, sabiduría y bondad infinitas; el Hacedor y Preservador de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Y en unión con esta divinidad hay tres Personas de una sola sustancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.
[3] El famoso comma johannicum (1Jn 5,7) no es hoy admitido como texto original ni siquiera por los más ultraconservadores. Que no se diga que la formación y la cultura no dan sus frutos.
[4] “Tres Personas distintas y un solo Dios Verdadero”, que nos enseñaron en el catecismo nacional (sic) cuando éramos niños.
[5] El genial teólogo suizo entendía que esta definición no daba pie a tantas controversias, y tenía, sin duda, toda la razón.
[6] Hen esmén, o como traduce la Vulgata, unum sumus, o sea, no una misma persona, sino una misma cosa. ¡Y ahora entiéndalo quien pueda!
[7] La famosa cuestión del Filioque, que, pese a los siglos transcurridos, sigue dividiendo más de lo que pensamos la cristiandad ortodoxa oriental de la cristiandad católica y protestante occidental.
[8] Mal que les pese a muchos, el judaísmo alcanzó su forma definitiva a comienzos de la era cristiana, vale decir, en un mundo profundamente helenizado y con claras categorías mentales de tipo griego. La religión judía de las tradiciones talmúdicas no es la misma que profesaban los hebreos de la Biblia, sino una derivación muy posterior. Y el islam, por su lado, se gesta en la mente de alguien que, pese a ser árabe y semita, vivía en continuo contacto con cristianos y judíos profundamente helenizados, de quienes tomó sus líneas fundamentales de pensamiento.

En mi opinión la SantísimaTrinidad nos dice que existen tres elementos esenciales de la fe, El Padre es Díos único y verdadero, el hijo es Jesucristo, el primero entre todos los hijos de Díos, que somos todos, el tercero es El espíritu Sagrado que mora en cada uno de nosotros y que viene directamente de Díos, lo que nos hace sus hijos.
No es una Uno que representa Tres sino más bien Tres que forman un Conjunto Sagrado que no debemos contemplar como algo externo y ajeno a nosotros sino como un hecho misterioso y maravilloso del que somos parte. Incluso aunque no creamos en ello.
Espero no haber ofendido ninguna sensibilidad religiosa, pues no es mi intención en absoluto.
Lo anterior no deja de ser reflexión subjetiva …
Soy católico y quisiera opinar.
La cuestión de un Dios a la vez uno y trino se planteó en la Iglesia desde comienzos del siglo III. Al principio se estudió a la luz de la economía de la salvación. Pero la confesión de los tres nombres divinos no podía menos de plantear la cuestión del número en Dios. En el siglo IV la divinidad del Hijo y la del Espíritu Santo estuvieron en el centro de la preocupación. Inevitablemente esta doble afirmación, formalizada ya en un lenguaje preciso, suscitaba la atención sobre la Trinidad en cuanto tal.
¿Cómo podía la Iglesia primitiva (aclaro que en ese momento sólo existía una sola Iglesia) seguir profesando el monoteísmo, afirmando al mismo tiempo la perfecta divinidad del Hijo y del Espíritu Santo?
El siglo IV además dio lugar a ciertos debates durante los cuales se escrutó especulativamente la naturaleza de la distinción trinitaria. Esta reflexión era un paso previo necesario para la elaboración de una fórmula trinitaria, indispensable a su vez para lograr la unanimidad en la confesión de la fe.
Esta fórmula es bien conocida: afirma que hay tres personas distintas en una sola naturaleza divina. Esta expresión es la del vocabulario latino en el que se desarrolló después Tertuliano pero en su simplicidad aparente no deja sospechar el difícil trabajo de su elaboración conceptual en Oriente, en donde el término de persona ( prosopon) se juzgaba insuficiente por sí solo para dar cuenta de la distinción real de los tres nombres divinos y tenía que ser apoyado por el de HIPOSTASIS, o acto concreto de subsistir en la única sustancia. Así pues, la formula griega de tres hipóstasis o personas en una sola sustancia o naturaleza.
Pero la historia del dogma de la Trinidad no se detiene allí. Va a surgir un nuevo conflicto entre Oriente y Occidente a propósito de la procesión del Espíritu Santo. Este conflicto interesa a la comprensión de todo el juego complejo de las relaciones de origen en la Trinidad. Queda simbolizado en la fórmula latina: “que procede del Padre Y DEL HIJO (FILIOQUE)”, añadida en occidente al texto del Símbolo de Nicea-Constantinopla y rechazada siempre en Oriente.
Una historia de los dogmas tiene como primera finalidad exponer la elaboración doctrinal de los mismos, no puede dispensarse sin embargo de responder a ciertas cuestiones sobre la actualidad de los temas que trata. Con el FILIOQUE estamos en presencia de un punto conflictivo que sigue figurando en el fichero de las disensiones entre las iglesias ortodoxas y las Iglesias de Occidente. ¿Es posible en la actualidad establecer unas bases dogmáticas?
La cuestión irritante del FILOQUE ha sido objeto de numerosas reflexiones entre los teólogos modernos y contemporáneos desde finales del siglo XIX con las célebres tesis del historiador ruso B. Bolotov y las reflexiones abiertas de S. Bulgakov. Algunos estudios han tenido incluso a radicalizar la cuestión, como la expresión opuesta de la tendencia “personalista” de la teología griega a la tendencia “esencialista” de la teología latina. Por otra parte, algunos latinos han replicado a este reproche griego.
El tema es hoy objeto de varios diálogos. Los debates están marcados por una mayor serenidad. Se tiene conciencia de que esta diferencia doctrinal no ha impedido la unidad de las iglesias en la fe durante siglos. Conviene ante todo distinguir entre el “meollo” dogmático de los THEOLOGOUMENA griegos y latinos, que tienden a explicar el “cómo” de la procesión del Espíritu Santo. Éstas no se contradicen formalmente, pero, dada la diferencia de su problemática, tampoco coinciden por completo. Estas dos tradiciones deben comprenderse como complementarias. Si cada parte interroga a su propia tradición con humildad y a la otra tradición con benevolencia, podría traducirse un enriquecimiento mutuo y fecundo. Se ha llegado a una convicción común a varios puntos. Por ejemplo, se reconoce el principio de la correspondencia entra la “economía” y la “teología”, aunque no se ponga en obra por ambas partes del mismo modo.
Se vislumbran unas cuantas pistas de concordia. Existe ya un acuerdo en reconocer el FILOQUE en el plano de la misión del Espíritu Santo en la economía de la salvación, ya que el Espíritu es enviado por el Padre y el Hijo. Por otra parte, los ortodoxos confiesan que “en la irradiación eterna de la divinidad AD EXTRA, haya una “difusión” de esta divinidad del padre por el Hijo en el Espíritu Santo.
Con la esperanza de volver a la comunión entre oriente y Occidente, muchos teólogos occidentales proponen la siguiente forma para lograr un acuerdo que supondría un clima de caridad entre el pueblo de las Iglesias y no solamente entre las personas comprometidas en esta reconciliación. Las Iglesias de Occidente renunciarían al añadido del FILIOQUE en la profesión litúrgica del Símbolo de Constantinopla, en un gesto ecuménico de caridad y humildad, que reconocería un error histórico, percibido en Oriente como un pecado contra el amor y la unidad, y constituiría una invitación fraternal de la comunión. Pero una iniciativa tan importante no podría ser unilateral. Exigiría que las iglesias ortodoxas no la comprendieran como la confesión del carácter herético del FILIOQUE; para ello reconocerían que esta supresión no significa, como dice B. “ IPSO FACTO una negación por parte de los católicos del contenido dogmático del FILIOQUE que ellos consideran tradicional”.
Se les invitaría a reconocer la legitimidad del FILIOQUE en el interior de la fe cristiana, tal como lo comprende e interpreta de forma ya clarificada el Occidente. Cada tradición podría mantener su lenguaje, renunciando solamente a los enunciados exclusivos, surgidos de polémicas antiguas. El acuerdo de los santos bastaría para justificar estas posiciones: porque Oriente jamás consideró a San Agustín como un hereje, siendo así que fue él el primero en formalizar el FILIOQUE.
El teólogo A. De Halleux se refiere en este punto a Máximo el Confesor (que respetaba el FILIOQUE) y al papa León III: “Estos dos ejemplos convergentes no han perdido nada de su actualidad, ya que indican quizás el único camino para un acuerdo honorable: la Iglesia Católica podrá restaurar el símbolo y reconocer la verdad fundamental del monopatrismo, mientras que la Iglesia Ortodoxa podrá reconocer la autenticidad del FILIOQUE”.
Este acuerdo se vería facilitado por el hecho de que, en los diálogos teológicos actuales, los occidentales no intentan ya reducir la doctrina oriental al FILIOQUE, como ocurría en el pasado, sino más bien recoger la significación propia de sus fórmulas, a fin de proponer una doctrina que respete lo más posible sus exigencias.
La interpretación del sentido teológico de las Sagradas Escrituras podrá ofrecer cuantas diferencias quieran algunos encontrar, pero el sentido teológico de la Tradición Apostólica no deja lugar a dudas al respecto: los cristianos creemos en la Santísima Trinidad porque así lo profesa la Fe de la Iglesia desde los primeros siglos. Iglesia, recordemos, que cuenta con el auxilio del Espíritu Santo desde el mismo inicio de su fundación en el día de Pentecostés.
Sírvanos para el presente tema el ‘Símbolo Apostólico’ como ejemplo.
Comienza el ‘Símbolo’ proclamando: ‘Creo en Dios, Padre todopoderoso …’; inmediatamente después afirma: ‘Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor …’; y más adelante sigue proclamando: ‘Creo en el Espíritu Santo …’.
La forma y manera como creemos este dogma de la Santísima Trinidad, también ha sido definida y establecida en los Concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa de los primeros siglos.
Así, pues, estamos tratando de nuestra Fe santa, milenaria, la Fe que aún hoy en día asume sinceramente el 90% del total de los cristianos que vivimos en el mundo, tanto católicos, ortodoxos y anglicanos, como luteranos e, incluso, calvinistas. Hablamos, pues, de la Fe de más de 2.000 millones de personas; Fe puesta en tela de juicio por ¿quienes? ¿Por los ‘unitaristas’? ¿Unitaristas, como los Testigos de Jehová? ¿Unitaristas, como los creyentes de la ‘Unitarian Universalist Association of Congregations’?
Perdónenme, pero los unitaristas, sean de la denominación que sean, tendrán todo el derecho del mundo a interpretar las Sagradas Escrituras a su gusto particular, pero todos ellos se encuentran por propia voluntad -nadie les ha obligado a ello, al margen de la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica.
El radicalismo religioso en estos asuntos no lleva más que al rechazo merecido. Los unitarios no solo tienen derecho a interpretar las sagradas escrituras, no a su gusto particular, una expresión grosera e inadecuada en mi opinión, sino que, además posiblemente vayan en el buen camino. Ninguna iglesia puede probar en ningún sentido posible que es única, y actualmente los concilios y sus consecuencias ya no impresionan a nadie. En estos momentos se busca en la fe un aspecto que ha faltado de la misma durante siglos, el sentido común. Aspecto esencial y el único que puede fortalecer de verdad una religión que aspira a no convertirse en una contradicción demasiado insuperable. Es posible realmente conciliar religión y sentido común, coherencia. Para ello sin embargo es necesario abandonar tesis insostenibles como la Trinidad. Tampoco sirven actualmente todo ese decálogo de sesudo análisis teológico judeo-greco – cristiano que trata de justificar de alguna manera los constantes disparates que ha cometido la Iglesia Católica con su propio dogma desde el Concilio de Nicea. Es más que evidente que la Iglesia, ante la necesidad de reforzar la imagen de Jesús entre los fieles consideró necesario desposeerlo de su cualidad humana y divinizarlo, consubstanciarlo con Díos. Fue una simple decisión de política religiosa, nada más.
Los unitarios no están al margen de nada, salvo de los fanatismos neuróticos y trasnochados de siempre. Si un Concilio decidiera que el frigorífico de su casa es sagrado usted lo adoraría porque claro está, la Iglesia Católica es Una, Santa, Católica y Apostólica. Sobre todo menos mal que es una.
Don Roberto:
Le reitero que los unitaristas, sean de la denominación que sean, tendrán todo el derecho del mundo a interpretar las Sagradas Escrituras a su gusto particular -si prefiere otra expresión, igual es más conveniente la de: ‘a su interés particular’, pero todos ellos se encuentran por propia voluntad al margen de la Iglesia -que es Una, Santa, Católica y Apostólica, sin que nadie les haya obligado a ello, repito, nadie.
Católico, por si no lo sabe, es aquel cristiano que asume el Símbolo Apostólico, el Credo Niceno-constantinopolitano y el Credo Atanasiano.
En cuanto al frigorífico, según qué circunstancias, puede llegar a ser un objeto muy, pero que muy preciado -no haría falta un Concilio para llegar a un acuerdo. Yo, de verdad, no lo minusvaloraría.
Un saludo.