Posted On 21/11/2013 By In Ética, Opinión With 1483 Views

Por un mundo sin muro

Aquí tenemos otra medida perversa e inhumana: El Ministerio del Interior reintroduce las cuchillas en la verja de Melilla. Desde que el pasado 31 de octubre leí esta noticia no he dejado de pensar en ello. Al parecer, la presión migratoria sobre Melilla y en menor medida sobre Ceuta, ha incitado a Interior a tomar unas medidas disuasoria que el anterior presidente José Luís Rodríguez Zapatero se comprometió a quitar en 2006 después de haber ordenado su colocación un año antes. Debido a los profundos cortes, infecciones e incluso algunas muertes que provocaron en los subsaharianos que trataban de entrar en la ciudad autónoma escalando la verja, y a las protestas de ONGs españolas e internacionales, en 2007 las lesivas cuchillas tuvieron que ser eliminadas. Ahora, seis años después, la Delegación del Gobierno del PP anuncia el inicio de las obras en la frontera: en el plazo aproximado de un mes se habrá aplicado de nuevo el mismo procedimiento infame, salvaje y xenófobo de la reintroducción de cuchillas en el perímetro de Ceuta y Melilla. ¡Vergonzoso! Usar esas concertinas o cuchillas, para semejante fin es de una crueldad que no tiene nombre. Una auténtica salvajada propia de seres sin escrúpulos, sin empatía y sin muestra alguna de amor al prójimo. Como española me avergüenza formar parte de una nación que es capaz de usar estas técnicas maquiavélicas para hacer sufrir a otros seres humanos.

Si actualmente es del todo ilegal la cacería (o defender la propiedad privada y el ganado) con métodos dolorosos como cepos o trampas tenazas ¿cómo es posible que se utilicen con seres humanos métodos igualmente dolorosos como son las cuchillas camufladas? ¿Qué medidas serán las siguientes? ¿Vallas de alto voltaje? ¿Francotiradores? Con qué estupor nos contemplarán las futuras generaciones cuando miren hacia atrás.

Las organizaciones con responsabilidades de control de fronteras han de ejercer sus funciones, me diréis. De acuerdo. Pero deberían de ejercerla con plena garantía de los derechos humanos. Si la causa de los flujos migratorios es el hambre y la desesperación por tener una vida mínimamente digna en el país de origen ¿no es de lógica que busquen otra salida? ¿No es eso lo que a través de la historia se ha venido haciendo en todos los países y continentes de este planeta? En sus intentos por lograr una vida mejor no sólo se ven enfrentados a éste primer mundo despiadado sino a las mafias que se dedican a organizar los viajes clandestinos y que trafican con sus deseos y sueños cobrándoles abusivas sumas de dinero y sometiéndolos a transportes que comportan un riesgo enorme. Y me pregunto: ¿es la solución a éste drama la doble verja que rodea Melilla, la alambrada encubriendo cuchillas o la posterior devolución a los países de los que huyen  despavoridos de las hambrunas y demás calamidades? ¿Creen los políticos que elevando la verja y camuflando cuchillas se acaba con el problema? ¡Qué ilusos! Invierten unos 30 millones de euros politica.elpais.com  en la instalación y elevación de la verja de tres a seis metros, más lo que inviertan ahora con la reintroducción de las cuchillas, y según el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, en 2014 la política de cooperación al desarrollo volverá a sufrir un nuevo recorte por la crisis. ¿Tiene lógica? ¿Es que no entienden que mientras persista el subdesarrollo extremo y la enorme brecha entre los países ricos y los países pobres, estas personas seguirán arriesgando sus vidas a cambio de una posibilidad, entre miles, de poder cambiar su situación?

El pasado 3 de octubre nos impactó profundamente el terrible naufragio de Lampedusa. Un barco con unas quinientas personas procedentes de Eritrea y Somalia  que naufragó ante la costa de la isla italiana. Entre muertos y desaparecidos, unas trescientas cincuenta personas. Lo más terrible y denigrante es que algunos barcos de pescadores oyeron gritos de auxilio y los ignoraron por miedo a ser castigados por la actual legislación italiana aprobada en 2008. El viernes por la tarde, solemnemente, el primer ministro de Italia, Enrico Letta, anunciaba que todos los fallecidos en el naufragio tendrán derecho a “funerales de Estado” y recibirían la nacionalidad Italia. Y justo, a la misma hora, la fiscalía de Agrigento (Sicilia) acusaba a los 114 adultos rescatados de un delito de inmigración clandestina, que pude ser castigado con una multa de hasta 5.000 euros y la expulsión del país. ¡Es inaudito! ¿Puede existe mayor hipocresía? ¡Dios, qué  falta de coherencia y de lógica! Qué vergüenza de la Europa que deja morir en el mar a los que huyen de la guerra o el hambre. Este hecho me confirma sin lugar a dudas, que vivimos en un mundo de inconscientes; en un mundo desmedido de necios y mentecatos

El problema de la inmigración que hoy es inevitable y que en un futuro próximo no hará sino crecer, no podemos ni debemos verlo cruzados de brazos. Tenemos que hacer oír nuestra voz de denuncia ante tantas injusticias como se están cometiendo; actuar activamente para que nuestro país y la Unión Europea no aflojen su política de cooperación al desarrollo ni su política integral hacia África; seguir promoviendo la integración y plena ciudadanía de los recién llegados, y reclamar la recuperación del derecho a la asistencia sanitaria a toda persona, con independencia de su situación administrativa. No podemos ni debemos permitir que mueran personas por falta de asistencia médica como ha sido el caso de Piotr Piskozub, un ciudadano polaco que tenía solo 23 años y que falleció víctima de una situación de no acceso a sus derechos humanos cuando hacía cola para recibir el almuerzo en un albergue de Sevilla. Piort había pasado la noche en el Servicio de Urgencias con una importante dolencia, y no se le dejó ingresado. Varias horas después Piotr fallecía aquejado de una neumonía, según reveló la autopsia. El cuerpo de Piotr pesaba 30 kilos al morir. ¿Cómo es posible que en una sociedad llamada democrática en sólo dos años se deteriorase tanto la salud de éste joven? ¿Dónde estaba la protección y el soporte de la administración pública? Piotr vino a éste país en busca de una vida mejor y se encontró con la muerte. Una muerte política, una muerte que se podía haber evitado. En principio los periódicos no le ponen nombre, es un “indigente”. Y este término nos descarga de responsabilidad y pasamos página. Si esta sociedad se mide en cómo trata a sus más desfavorecidos, me pregunto: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo?

Promovamos el derecho de las personas a la libre movilidad como establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y levantemos nuestras voces por un mundo compartido, sin muro. Un mundo digno para la humanidad.

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