hipocresía moral

Posted On 25/02/2014 By In Opinión With 3018 Views

Reflexiones sobre una triste hipocresía social

El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida. (Job 33, 4 RVR60)

No es de hoy ni de ayer, ni siquiera de antes de ayer. Llevamos semanas escuchando y leyendo acerca de una de las propuestas de ley más polémicas de la actual legislatura en España, que es la referente al aborto. Puesto que tal no es nuestro cometido, no vamos a entrar en el terreno de los juicios de corte político hacia (o contra) el ministro de turno que ha hecho la propuesta. Ni siquiera pretendemos adentrarnos en el asunto de la conveniencia o inconveniencia de una ley semejante en la actual coyuntura. Más bien deseamos fijar nuestra atención en otro punto muy concreto, que es las reacciones que se han provocado y han trascendido a los medios de comunicación. Básicamente son dos:

Por un lado, quienes se oponen de forma radical y sistemática a cualquier resquicio legal, por mínimo que éste fuere, para hacer del aborto un derecho.

Y por el otro, quienes de forma igualmente radical y también sistemática enarbolan el derecho al aborto como una bandera de las libertades sociales, y más concretamente, de las libertades femeninas, como bien se ha evidenciado en los curiosos “mini-escraches” —algunos dirán tal vez “maxi”— realizados contra el prelado Monseñor Antonio María Rouco Varela, con vuelos de ropa interior femenina incluidos.

Nos provoca una tristeza real este tipo de luchas en las que lo que menos importa, y lo decimos tal como lo pensamos, es en realidad el aborto en sí, puesto que más bien lo que está en juego es el deseo de poder e influencia sobre el conjunto de la sociedad. Un pulso por hacerse con el control de la calle, simple y llanamente.

Hipocresía pura y dura, dicho en lengua castellana.

Se nos antoja difícilmente creíble que una institución como la que representa Monseñor Antonio María Rouco Varela se autoerija en defensora a ultranza de las vidas de los nonatos cuando, por otro lado y al mismo tiempo, sus esferas más altas muestran todo el disgusto de que son capaces ante las presiones internacionales provocadas por la cuestión de los ya tristemente célebres sacerdotes pederastas, tema por demás escabroso en el que, de no ser por la difusión mediática que ha alcanzado en nuestros países occidentales, jamás habría recibido de esta institución la atención que merecía. Al contrario, le hubiera sido bastante fácil echar tierra sobre el asunto, trasladar a los pederastas de parroquia, incluso de diócesis, o si se terciaba hasta de país, y punto final, como se había hecho otras veces. Y eso por no mencionar otras “salidas de tono” de algún que otro representante de la misma institución en relación con ciertas cuestiones por demás escabrosas referentes a mujeres violadas en las últimas refriegas bélicas del continente africano. Digámoslo claro: quien se autointitula defensor de la vida humana desde su concepción en aras de una moral y una ética concretas, debiera ser coherente con su filosofía y mostrar esa moral y esa ética en todos los aspectos, pues la vida humana (¡la de todos y cada uno de los seres humanos que han vivido, viven o vivirán sobre el planeta tierra!) es sagrada, no sólo en su estadio prenatal, sino también a lo largo de todas sus etapas hasta el deceso. ¿O no?

Por otra parte, nos genera verdadera repulsión la actitud de esos colectivos que reivindican el derecho al aborto en base a declaraciones como las que hemos leído y escuchado recientemente, algunas verdaderamente soeces, según las cuales una mujer puede hacer con su cuerpo lo que bien le parezca, pues es exclusivamente de su propiedad. Que los cuerpos que poseemos, tanto hombres como mujeres, sean realmente nuestros, en el pleno sentido de la palabra, es difícil de creer. A medida que vamos adquiriendo conciencia de que formamos parte del gran colectivo humano, y nos percatamos de que nuestro organismo es el instrumento por excelencia por medio del cual nos relacionamos con los demás, entendemos que este cuerpo que empleamos cada día es nuestro, desde luego, pero no está tan claro que podamos hacer lo que queramos con él, máxime cuando nuestras acciones pueden dañar o perjudicar gravemente a otros. En cualquier caso, el nonato, aunque por ley natural se forme dentro del vientre materno, no forma parte del cuerpo de la madre; vale decir, es una entidad autónoma, una persona única, de manera que resulta difícilmente justificable decidir sobre su vida en términos como los empleados por estos grupos radicales. Si poder hacer uno (o una) lo que quiera con su propio cuerpo ya es en sí mismo un planteamiento harto discutible, cuánto más resultará en lo referente a otro cuerpo, a otra vida, a otra persona.

La vida no la generamos nosotros. Nos limitamos a transmitirla conforme a unos patrones biológicos que el Creador ha diseñado, y muy bien por cierto, y que se han ido perfilando a través de unos procesos que según algunos tienen unos cuantos millones de años. Y que la vida humana en concreto resulta de un elevadísimo valor a los ojos de Dios, incluso desde el momento de su gestación, lo evidencian esos archiconocidos pasajes bíblicos en los que se afirma que el Señor nos contempla cuando tan sólo somos embriones, u otros en los que leemos de manera que nadie pueda llevarse a engaño cómo él llama a sus siervos “desde el vientre de su madre”. No se puede jugar a ser Dios, por lo tanto, decidiendo sobre las vidas o la existencia de personas humanas por el simple hecho de que aún no hayan nacido, sin incurrir en una gravísima responsabilidad ética.

Sociedad hipócrita la nuestra, decíamos más arriba.

No podemos pensar de otra manera cuando observamos y escuchamos cómo quienes desean hacerse de nuevo con el control de las conciencias apelan a una antigua moral que no parecen conocer demasiado bien y que, desde luego, no se molestan mucho en evidenciar con mayor rotundidad; o cuando vemos cómo otros que no buscan sino el mismo fin pretenden establecer una nueva moral de cimientos más bien endebles. No tiene sentido hacer declaraciones lapidarias sobre el valor de la vida humana mientras se menosprecia la dignidad de las personas o se hacen distinciones humillantes entre miembros de nuestra especie por razones de sexo. Resulta absurdo protagonizar grandes alegatos contra la muerte de animales irracionales al mismo tiempo que se exige el derecho de decidir poner fin a la vida de un ser humano nonato que no puede defenderse alegando razones harto peligrosas y que recuerdan, quiérase o no, ciertas prácticas llevadas a cabo por sociedades militaristas y despersonalizadoras, antiguas y más recientes. Es un contrasentido clamar por la abolición de la pena capital para los criminales cuando se exige la impunidad para condenar a muerte a una persona humana que aún no ha visto la luz, pero sí ha sentido y ha percibido —porque no se trata simplemente de un “ser”, remedando las desafortunadas palabras de cierta figura pública— el rechazo de quien, se supone, debía recibirla con amor.

La moral cristiana auténtica no puede ser hipócrita, no puede jugar con determinados conceptos en aras de beneficios políticos o sociales, y por encima de todo, ha de ser una moral de proclamación de vida, jamás de muerte.

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