Posted On 19/10/2010 By In Teología With 1805 Views

Religión y liberación. Perspectivas (3)

La religión como constructora de utopías

Si consideramos que la utilización y manipulación de los textos bíblicos justifican, mediante el dios victimario, las políticas que generan pobreza y destrucción, también enfatizamos que las religiones, como portavoces cada una de sus propios textos sagrados, puede aportar elementos que sirvan para optar por la vida y que, mediante nuevas hermenéuticas, denuncien los abusos y pregonen la dignidad humana como el pináculo desde donde se emitan juicios de valor. Todo esto sin importar la religión, pues ante esta situación, la lucha en común es a favor de los valores del Reino de Dios, como la justicia, la paz y la dignidad, ante lo cual el diálogo ecuménico e interreligioso se vuelve sumamente necesario.

Para los pensadores de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, uno de los debates que implicaba la modernidad era la secularización de la cultura. Ante esta paradoja que concebía al mundo secularizado, la modernidad proponía la desaparición de las religiones por su poco significado en un mundo que ya tenía la mayoría de edad. Inclusive, algunos teólogos del lado protestante se radicalizaron tomando posturas críticas acerca de su labor. Gente como Paul Tillich, Rudolf Bultmann y Dietritch Bonhoeffer, marcaron una nueva manera de hacer teología a la luz de la crítica moderna.[1]

En nuestro contexto actual, habrá que preguntarnos si este paradigma es válido. Es decir, si las religiones están dejando de contribuir a ser una alternativa por un mundo más humano. El capitalismo, con su principal política económica de neoliberalismo, ha generado la desesperanza por recuperar un sentido de humanidad; la intolerancia, la degradación del hombre, el abuso del poder y la riqueza de unos cuantos a costa de muchos otros hace que se busquen diferentes alternativas para llevar este mundo hacia un futuro más esperanzador, a la construcción de un mundo más digno. La pregunta central que podemos plantear, es: ¿de qué sirven las religiones hoy en día? Como lo hemos visto, principalmente la religión judeocristiana de occidente, han justificado el uso de los textos bíblicos con la finalidad de aprobar una política de fe en la utopía a costa de victimas. Con el auge del positivismo en el siglo XIX, la religión era considerada como:

[…] un obstáculo para la emancipación intelectual humana (las ciencias) en función de la racionalidad nueva, o como un factor de atraso para la emancipación social, por ser factor de integración de un orden burgués o servir como base de protesta ilusoria por que está limitada a preocupaciones poshistóricas y, finalmente, como un freno para la emancipación psicológica.[2]

En su tiempo, las religiones serían incapaces de responder a las necesidades del mundo moderno. Ha pesar de ésta critica hacia la religión, para François Houtart han contribuido al elaborar críticas a la modernidad, auque muchas veces con una actitud conservadora. Sin embargo, las posturas del mundo occidental no han cambiado, ya que se sigue viendo “un universo secularizado como realidad fundamental del mundo moderno; osea, la marginalización de la religión”.[3] De la misma manera, la llamada postmodernidad ha visto a la sociedad y a la religión como algo que declina constantemente y que no tiene equilibrio, puesto que se trata solamente de cuentos y creencias vanas.[4]

No obstante, la llamada racionalidad de un mundo secular y capaz de desechar cualquier superstición religiosa, se pone en crisis a partir de la primera, la segunda guerra mundial, y la guerra fría,[5] lo que trajo la reivindicación de las religiones y la dinamización de otras, tal es el caso de los pentecostalismos en América Latina, las religiones afroamericanas en las islas del Caribe, el retorno a las religiones prehispánicas y las religiones orientales (islamismo, budismo, etc.) que están cobrando fuerza en el mundo occidental, generando todo un campo abierto de opciones religiosas y reivindicaciones a partir de movimientos ecuménicos e interreligiosos que intentan generar utopías necesarias para la realización de un mundo más humano. En este sentido los individuos están resistiendo mediante la adhesión a un grupo religioso y se conciben como sujetos de decisión.

Asimismo las investigaciones de corte social han mostrado la importancia de las religiones en movimientos revolucionarios emanados de un verdadero compromiso debido a la similitud de su discurso, como ejemplo, las revoluciones de Nicaragua, El Salvador[6] y México donde el zapatismo encontró en los catequistas de la diócesis de San Cristóbal futuros líderes del movimiento. Junto con esto, el ecumenismo nos habla del papel que están tomando las religiones e Iglesias en su forma institucional, donde, desde espacios eclesiásticos se actúa en contra de la lógica del mercado.[7] De igual modo, los nuevos movimientos interreligiosos.[8] Estos movimientos han encontrado como su principal contrincante a los grupos conservadores quien defienden la idea de un dios jerárquico e intolerante, quienes también hacen una interpretación del discurso bíblico, pero desde una perspectiva dogmática al negar otras posibilidades de interpretación, causando retrocesos en políticas sociales.

Es por eso que para Houtart, las religiones con perspectiva liberadora pueden generar aportes que permitan generar una sociedad más humana; primero, como reconstructoras de la totalidad del universo; segundo, como una fuerza simbólica al ser expresión de la espiritualidad; y, tercero, como agentes en busca justicia. Por el primer caso entiende una simbiosis entre la humanidad y la naturaleza, donde la humanidad es vista como parte de la creación o, puesta sobre ella con la finalidad de administrarla. Con esto nos abre la visión de una ética ecológica que se enfrente a las políticas ambientales de contaminación, deforestación y privatización de los recursos naturales. En un segundo momento, no por ello resto de importancia, totalidad implica la unidad solidaria de todo el género humano:

[…] con sus consecuencias concretas en un individuo valorizado por su pertenencia social, en los géneros establecidos según un estatuto de igualdad material y cultural, y en la economía reintegrada como función de la comunidad y no como institución desvinculada del conjunto social, que imponiendo las leyes del mercado a toda vida colectiva de la humanidad.[9]

Esto es, la reintegración del hombre como un individuo diferente y en algunos casos contradictorio, pero complementario a la vez. Por otro lado, la funcionalidad de la sociedad de una manera comunitaria, también puede hacer aportaciones importantes; por ejemplo, en el caso de la unidad respecto a la naturaleza, Houtart menciona: “El precepto bíblico de dominar la tierra fue interpretado de diferentes manera, y frente a la irracionalidad del uso contemporáneo de los recursos naturales, esta perspectiva ha sido reinterpretada. La creación es vista ahora como un conjunto, y la humanidad como parte integral de la naturaleza.”[10]

El segundo eje que comenta Houtart se refiere a la fuerza del símbolo como expresión de la espiritualidad. Para él, implica que la espiritualidad no es la virtuosidad, como lo entendía Weber, sino: “sinónimo de vida, de sentido global de la existencia con compromiso, con praxis”.[11] Así, la espiritualidad es sentido, reflexión y práctica. El símbolo es entendido como un código con el cual “a través de la meditación del mito, del cuento, de la parábola, de la metáfora, del rito, de la fiesta, invita a la praxis”[12] El símbolo es entendido como el mensaje profundo más allá de la noción general de la idea, así:

[…] el sabbat en el judaísmo […] se trasforma en una  imposición legalista cuando en realidad se refiere a una liberación profunda de los seres humanos. Recordemos la noción de Dios en el Corán explicada por Yusef Seddik, quien subraya su dimensión maternal, opuesta a la representación de Dios como un señor que exige hasta la muerte a sus fieles. […] Veamos al pan y al vino consagrados, presentados por la institución como fruto de la transustanciación, noción filosófica complicada que implica la presencia real del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, cuando el pan y el vino llevan en si mismos un himno a la vida, vida material y espiritual, vida terrena y eterna, vida contra la muerte y contra todo lo que en el mundo contemporáneo se presenta como mortífero.”[13]

Redefinir el símbolo de la expresión concreta de las religiones es necesario para la construcción de alternativas y será el papel de las religiones que busquen fomentar procesos de liberación, debido a que:

No se trata del desarrollo de ideas abstractas o de la construcción de una mitología modernizada. La utopía no se puede pensar sin sus bases materiales, y en este sentido el Evangelio es muy materialista. No puede significar, por ende, la presentación de una espiritualidad desligada de lo real. Pero el mismo tiempo, no puede ser una definición puramente política de la utopía. La vinculación entre la historia y lo posthistórico pertenece a la tarea de las religiones.[14]

El tercer punto que menciona Houtart, es conjuntar las prácticas religiosas y sociales de liberación y encaminarlas hacia una sola búsqueda de justicia. Él propone que las religiones pueden significar mucho en la medida que contribuyan socialmente a favor de los desposeídos:

La humanidad del siglo XXI no podrá reconciliarse consigo misma son revindicar la justicia, y las religiones solamente tendrán un papel humanista si contribuyeran al restablecimiento del sentido de los símbolos, de la mística y de la praxis para crear las referencias y las motivaciones que ayuden a encontrar la trascendencia en el combate de los pobres por la vida. Ellos, los pobres, no necesitan ni de teología, ni de instituciones religiosas para descubrirlo. Mas bien la teología y las instituciones necesitan de los pobres para descubrirla.[15]

Como ejemplo de esto, nos encontramos a las Teologías de la Liberación en América Latina y en algunos grupos islámicos,[16] y, en general, donde las condiciones así lo ameriten para buscar la igualdad y la liberación. Así también, “las iniciativas o movimientos que se inscriben en esta perspectiva quieren dar una respuesta inmediata a situaciones de destrucción social y corresponde a necesidades reales”.[17]

Los tres ejemplos que propone Houtart, plantean la integración de la religión como propuestas en un diálogo que permitan generar nuevas alternativas al mercado global, que el capitalismo ha generado con sus desastrosas consecuencias. La liberación de las religiones permite forjar una ética de solidaridad con el individuo, con la comunidad, con el excluido y con el medio ambiente. Es necesario un diálogo donde las religiones no pregonen su verdad, sino, que trabajen solidariamente en busca de la dignidad humana como fin primordial de sus credos, y que más allá de sus dogmas redefinan el símbolo mediante una espiritualidad basada en valores trascendentes como la justicia, la paz y la igualdad. Para esto, hay que construir desde las propias tradiciones eclesiásticas los elementos necesarios. Con ello, las Iglesias serán  espacios alternativos y liberadores de diálogo y comunión. (Continuará…)


[1] Cfr. J. Sperna Weiland, La nueva teología protestante. Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1971.

[2] François Houtart, Mercado y religión, Costa Rica, DEI, 2001, p. 177.

[3] Ibid., p. 178.

[4] Idem.

[5] No olvidemos todas las dictaduras militares y la respuesta a esto, es decir los procesos de liberación en América Latina. Asimismo en estos movimientos, la militancia de actores religiosos fue importante.

[6] En el caso de El Salvador no podemos omitir la importancia de Monseñor Romero asesinado el 24 de marzo de 1980. Su memoria a unido en un espíritu ecuménico trabajos pastorales por medio de la Coordinación Ecuménica de la iglesia de los Pobres en el Salvador (CEIPES)

[7] Un ejemplo puede ser el Consejo Mundial de Iglesias, que reúne a distintas denominaciones de corte no católico y que ve con buenos ojos posturas en contra de los totalitarismos.

[8] En el caso de México encontramos a la Red Juvenil Interreligiosa, donde se empieza a trabajar desde una propuesta interreligiosa en búsqueda de nuevos modos en el quehacer teológico.

[9] François Hourtar, op. cit., p. 181-182.

[10] Ibid., p. 81.

[11] Ibid., p. 183.

[12] Idem.

[13] Ibid., p. 183-184.

[14] Ibid., 82-83.

[15] Ibid., p. 184.

[16] Cfr. V. Mohamed T. Bensaada, “Una aproximación sociohistórica a las teologías islámicas de la liberación” en François Houtart, Religiones: sus conceptos fundamentales, México, Siglo XXI, 2002, pp.90-133.

[17] François Houtart, op. cit., p. 74.

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