Posted On 10/09/2010 By In Biblia, Opinión With 1074 Views

Renovar toda la creación

*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010. 

Uno de los temas que con más urgencia se plantean muchas iglesias evangélicas en Latinoamérica y el Caribe hoy es la relación con la creación Dios. Por muy largo tiempo el énfasis era la salvación personal (que claramente tiene su lugar en nuestra vida cristiana), pero se le daba un claro tinte “espiritualista”, escapista, e individualista, muchas veces desarraigado del contexto histórico y social donde ejercían su ministerio esas iglesias.

Ya a partir de los años 80 se comenzó a dar un giro importante en algunos círculos evangélicos en lo que usualmente se denominó la “misión integral del evangelio”. El esfuerzo-loable bajo toda consideración-consistía en promover una evangelización pertinente y un compromiso social más evidente de parte de las iglesias. El concepto “contextualización del evangelio”, mayormente ligado  a las discusiones en ámbitos ecuménicos, comenzó también a influir en el lenguaje de las iglesias evangélicas. Se comenzaron a escuchar mensajes, estudios bíblicos; congresos y conferencias continentales, donde la temática predominante giraba alrededor de estas cuestiones más ligadas a la ética social.  El camino recorrido es impresionante y alentador. Pero debemos continuar.

Entonces, cabría preguntarse, ¿cómo avanzar en este nuevo tema relacionado con el cuidado de la creación desde la perspectiva de la fe? ¿Cómo relacionar la ecología con la espiritualidad evangélica? ¿Cuál es nuestra comprensión sobre el futuro de la creación y nuestra responsabilidad en ello? Para ayudar en esa reflexión me permito explorar algunas cuestiones bíblico-teológicas y plantear algunos desafíos éticos que debemos asumir desde nuestro compromiso  cristiano.

En la revelación bíblica todo comienza y termina en una relación dinámica y coherente entre la creación y la redención. Dese Génesis 1 hasta Apocalipsis 22, Dios es creador, redentor, sustentador y liberador. Sus actos portentosos lo confirman. Toda la creación es una expresión evidente de su amor y compromiso. El pueblo creyente confiesa creer en Dios y creerle a Dios. Desde allí es que se le reconoce como creador y redentor. Una sólida doctrina de la salvación va integrando todas esas dimensiones en una sola historia que desde la creación, pasando por la encarnación del Verbo (Juan 1, Colosenses 1)) hasta la consumación de los tiempos, va perfilando la presencia de un Dios gracioso, atento, cercano, preocupado y ocupado por el destino de toda su creación. Toda la creación está en Dios y Dios en toda su creación. Por eso Dios vio que su creación “era buena”, desde una concepción ética y estética de su obra creadora. La creación es una obra concebida con propósito y sentido. El Espíritu Santo es fuente de vida, aliento, soplo, movimiento, presencia guiadora y sustentadora, desde esa economía divina que en su propia relación dinámica en la Trinidad, nos modela un ejemplo para nuestras propias relaciones humanas. ¡Y nos convida a celebrar a vida en toda su plenitud!

La humanidad ocupó un lugar privilegiado en ese proceso creador. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos dio libre albedrío y nos otorgó el privilegio de “señorear” sobre la creación (Salmo 8.6-8) A causa de la desobediencia, la rebeldía y por nuestro pecado, perdimos aquella bendición original. La soberanía que tuvimos se transformó en tiranía e idolatría. Sin embargo, Dios ha seguido insistiendo en su invitación para que, corrigiendo nuestros caminos torcidos y acciones erradas, volvamos a su pacto de gracia: ¡Dios siempre ha estado ahí esperándonos pacientemente!

En estos tiempos aciagos y confusos Dios nos invita una vez más a una apertura hacia lo nuevo. El salmista lo afirmó con una profunda convicción teológica y poética: “Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.” (Salmo 104.30). Con renovada visión se nos incita a soñar en los nuevos horizontes donde “esperamos  según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. (2 Pedro 3.13). Dios está forjando un mundo nuevo en medio de la caducidad de este mundo viejo y decadente en que vivimos. ¡Tenemos que creer en lo nuevo, aunque todavía no lo veamos plenamente. Las semillas de esperanza están regadas por toda la tierra aguardando el momento propicio, en el terreno fértil!

¿A qué nos invita Dios? A renovarnos en espíritu, mente, cuerpo. Recuperar nuevos fuerzas. No, al pesimismo, la apatía, el fatalismo, el terror y la indiferencia. Sí, a la convicción de que nuestros sueños no han de morir. Un sí rotundo a la esperanza que ya tenemos en Cristo, aunque nos rodeen signos de desesperación.

¿Seremos agentes de transformación? Asumiremos nuestra responsabilidad en compasión y cuidado por la creación. El cuidado de la creación es más que mera preservación, es la recuperación de la “dignidad de la tierra” (Leonardo Boff). Somos parte de un gran proyecto integrador de todo lo creado. Es desde esa misma convicción que recuperaremos el sentido de lo sagrado, como acertadamente señalaba el teólogo alemán Rudolf Otto.

Muchos expertos en las ciencias sociales afirman que ya estamos en el nuevo paradigma de la era ecológica. Hay una transición desde el paradigma tecnológico que ha predominado en las décadas recientes. Esa perspectiva reitera la necesidad de una nueva conversión que incluya, lo planetario, la compasión por la tierra, nuestro lugar cotidiano en lo social, lo comunitario y lo cultural. Esta casa que habita la humanidad es para compartirla y disfrutarla, no para explotarla y destruirla. Para asumir un compromiso ecuménico las iglesias deben considerarse parte del proyecto de Dios, en un horizonte de esperanza hacia una nueva tierra, una nueva humanidad, una nueva creación, en ese nuevo mundo habitado que Dios quiere.

Frente a la crisis ecológica global debemos trabajar hacia una integración de todos los agentes de la creación para crear lo que Leonardo Boff llama “una inmensa comunidad cósmica” Se impone una ética de compasión cósmica donde el dolor y la alegría nos identifiquen con el cosmos. Como bien lo advertía el apóstol Pablo en Romanos 8, la creación toda gime y aguarda su liberación. El espíritu creador habita en los corazones y también en el corazón del mundo. Por eso el evangelio de Juan decía con gran convicción: “Porque de tal manera amó Dios al mundo [cosmos], que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna [abundante, plena].” (Juan 3.16)

Ser agentes reconciliadores, en la construcción de la paz y la búsqueda de la justicia, es nuestra suprema vocación como iglesia en esta hora. Afirmaremos con renovada convicción aquella palabra llena de esperanza del vidente de Patmos: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas.” (Apocalipsis 21 5ª).

Hermanas y hermanos, que Dios nos renueve con toda la creación, enviándonos de nuevo su Espíritu Santo. Esa debería ser nuestra incesante oración en esta hora. Que así sea.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010. 

Uno de los temas que con más urgencia se plantean muchas iglesias evangélicas en Latinoamérica y el Caribe hoy es la relación con la creación Dios. Por muy largo tiempo el énfasis era la salvación personal (que claramente tiene su lugar en nuestra vida cristiana), pero se le daba un claro tinte “espiritualista”, escapista, e individualista, muchas veces desarraigado del contexto histórico y social donde ejercían su ministerio esas iglesias.

Ya a partir de los años 80 se comenzó a dar un giro importante en algunos círculos evangélicos en lo que usualmente se denominó la “misión integral del evangelio”. El esfuerzo-loable bajo toda consideración-consistía en promover una evangelización pertinente y un compromiso social más evidente de parte de las iglesias. El concepto “contextualización del evangelio”, mayormente ligado  a las discusiones en ámbitos ecuménicos, comenzó también a influir en el lenguaje de las iglesias evangélicas. Se comenzaron a escuchar mensajes, estudios bíblicos; congresos y conferencias continentales, donde la temática predominante giraba alrededor de estas cuestiones más ligadas a la ética social.  El camino recorrido es impresionante y alentador. Pero debemos continuar.

Entonces, cabría preguntarse, ¿cómo avanzar en este nuevo tema relacionado con el cuidado de la creación desde la perspectiva de la fe? ¿Cómo relacionar la ecología con la espiritualidad evangélica? ¿Cuál es nuestra comprensión sobre el futuro de la creación y nuestra responsabilidad en ello? Para ayudar en esa reflexión me permito explorar algunas cuestiones bíblico-teológicas y plantear algunos desafíos éticos que debemos asumir desde nuestro compromiso  cristiano.

En la revelación bíblica todo comienza y termina en una relación dinámica y coherente entre la creación y la redención. Dese Génesis 1 hasta Apocalipsis 22, Dios es creador, redentor, sustentador y liberador. Sus actos portentosos lo confirman. Toda la creación es una expresión evidente de su amor y compromiso. El pueblo creyente confiesa creer en Dios y creerle a Dios. Desde allí es que se le reconoce como creador y redentor. Una sólida doctrina de la salvación va integrando todas esas dimensiones en una sola historia que desde la creación, pasando por la encarnación del Verbo (Juan 1, Colosenses 1)) hasta la consumación de los tiempos, va perfilando la presencia de un Dios gracioso, atento, cercano, preocupado y ocupado por el destino de toda su creación. Toda la creación está en Dios y Dios en toda su creación. Por eso Dios vio que su creación “era buena”, desde una concepción ética y estética de su obra creadora. La creación es una obra concebida con propósito y sentido. El Espíritu Santo es fuente de vida, aliento, soplo, movimiento, presencia guiadora y sustentadora, desde esa economía divina que en su propia relación dinámica en la Trinidad, nos modela un ejemplo para nuestras propias relaciones humanas. ¡Y nos convida a celebrar a vida en toda su plenitud!

La humanidad ocupó un lugar privilegiado en ese proceso creador. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos dio libre albedrío y nos otorgó el privilegio de “señorear” sobre la creación (Salmo 8.6-8) A causa de la desobediencia, la rebeldía y por nuestro pecado, perdimos aquella bendición original. La soberanía que tuvimos se transformó en tiranía e idolatría. Sin embargo, Dios ha seguido insistiendo en su invitación para que, corrigiendo nuestros caminos torcidos y acciones erradas, volvamos a su pacto de gracia: ¡Dios siempre ha estado ahí esperándonos pacientemente!

En estos tiempos aciagos y confusos Dios nos invita una vez más a una apertura hacia lo nuevo. El salmista lo afirmó con una profunda convicción teológica y poética: “Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.” (Salmo 104.30). Con renovada visión se nos incita a soñar en los nuevos horizontes donde “esperamos  según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. (2 Pedro 3.13). Dios está forjando un mundo nuevo en medio de la caducidad de este mundo viejo y decadente en que vivimos. ¡Tenemos que creer en lo nuevo, aunque todavía no lo veamos plenamente. Las semillas de esperanza están regadas por toda la tierra aguardando el momento propicio, en el terreno fértil!

¿A qué nos invita Dios? A renovarnos en espíritu, mente, cuerpo. Recuperar nuevos fuerzas. No, al pesimismo, la apatía, el fatalismo, el terror y la indiferencia. Sí, a la convicción de que nuestros sueños no han de morir. Un sí rotundo a la esperanza que ya tenemos en Cristo, aunque nos rodeen signos de desesperación.

¿Seremos agentes de transformación? Asumiremos nuestra responsabilidad en compasión y cuidado por la creación. El cuidado de la creación es más que mera preservación, es la recuperación de la “dignidad de la tierra” (Leonardo Boff). Somos parte de un gran proyecto integrador de todo lo creado. Es desde esa misma convicción que recuperaremos el sentido de lo sagrado, como acertadamente señalaba el teólogo alemán Rudolf Otto.

Muchos expertos en las ciencias sociales afirman que ya estamos en el nuevo paradigma de la era ecológica. Hay una transición desde el paradigma tecnológico que ha predominado en las décadas recientes. Esa perspectiva reitera la necesidad de una nueva conversión que incluya, lo planetario, la compasión por la tierra, nuestro lugar cotidiano en lo social, lo comunitario y lo cultural. Esta casa que habita la humanidad es para compartirla y disfrutarla, no para explotarla y destruirla. Para asumir un compromiso ecuménico las iglesias deben considerarse parte del proyecto de Dios, en un horizonte de esperanza hacia una nueva tierra, una nueva humanidad, una nueva creación, en ese nuevo mundo habitado que Dios quiere.

Frente a la crisis ecológica global debemos trabajar hacia una integración de todos los agentes de la creación para crear lo que Leonardo Boff llama “una inmensa comunidad cósmica” Se impone una ética de compasión cósmica donde el dolor y la alegría nos identifiquen con el cosmos. Como bien lo advertía el apóstol Pablo en Romanos 8, la creación toda gime y aguarda su liberación. El espíritu creador habita en los corazones y también en el corazón del mundo. Por eso el evangelio de Juan decía con gran convicción: “Porque de tal manera amó Dios al mundo [cosmos], que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna [abundante, plena].” (Juan 3.16)

 

 Ser agentes reconciliadores, en la construcción de la paz y la búsqueda de la justicia, es nuestra suprema vocación como iglesia en esta hora. Afirmaremos con renovada convicción aquella palabra llena de esperanza del vidente de Patmos: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas.” (Apocalipsis 21 5ª).

Hermanas y hermanos, que Dios nos renueve con toda la creación, enviándonos de nuevo su Espíritu Santo. Esa debería ser nuestra incesante oración en esta hora. Que así sea.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010. 

Uno de los temas que con más urgencia se plantean muchas iglesias evangélicas en Latinoamérica y el Caribe hoy es la relación con la creación Dios. Por muy largo tiempo el énfasis era la salvación personal (que claramente tiene su lugar en nuestra vida cristiana), pero se le daba un claro tinte “espiritualista”, escapista, e individualista, muchas veces desarraigado del contexto histórico y social donde ejercían su ministerio esas iglesias.

Ya a partir de los años 80 se comenzó a dar un giro importante en algunos círculos evangélicos en lo que usualmente se denominó la “misión integral del evangelio”. El esfuerzo-loable bajo toda consideración-consistía en promover una evangelización pertinente y un compromiso social más evidente de parte de las iglesias. El concepto “contextualización del evangelio”, mayormente ligado  a las discusiones en ámbitos ecuménicos, comenzó también a influir en el lenguaje de las iglesias evangélicas. Se comenzaron a escuchar mensajes, estudios bíblicos; congresos y conferencias continentales, donde la temática predominante giraba alrededor de estas cuestiones más ligadas a la ética social.  El camino recorrido es impresionante y alentador. Pero debemos continuar.

Entonces, cabría preguntarse, ¿cómo avanzar en este nuevo tema relacionado con el cuidado de la creación desde la perspectiva de la fe? ¿Cómo relacionar la ecología con la espiritualidad evangélica? ¿Cuál es nuestra comprensión sobre el futuro de la creación y nuestra responsabilidad en ello? Para ayudar en esa reflexión me permito explorar algunas cuestiones bíblico-teológicas y plantear algunos desafíos éticos que debemos asumir desde nuestro compromiso  cristiano.

En la revelación bíblica todo comienza y termina en una relación dinámica y coherente entre la creación y la redención. Dese Génesis 1 hasta Apocalipsis 22, Dios es creador, redentor, sustentador y liberador. Sus actos portentosos lo confirman. Toda la creación es una expresión evidente de su amor y compromiso. El pueblo creyente confiesa creer en Dios y creerle a Dios. Desde allí es que se le reconoce como creador y redentor. Una sólida doctrina de la salvación va integrando todas esas dimensiones en una sola historia que desde la creación, pasando por la encarnación del Verbo (Juan 1, Colosenses 1)) hasta la consumación de los tiempos, va perfilando la presencia de un Dios gracioso, atento, cercano, preocupado y ocupado por el destino de toda su creación. Toda la creación está en Dios y Dios en toda su creación. Por eso Dios vio que su creación “era buena”, desde una concepción ética y estética de su obra creadora. La creación es una obra concebida con propósito y sentido. El Espíritu Santo es fuente de vida, aliento, soplo, movimiento, presencia guiadora y sustentadora, desde esa economía divina que en su propia relación dinámica en la Trinidad, nos modela un ejemplo para nuestras propias relaciones humanas. ¡Y nos convida a celebrar a vida en toda su plenitud!

La humanidad ocupó un lugar privilegiado en ese proceso creador. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos dio libre albedrío y nos otorgó el privilegio de “señorear” sobre la creación (Salmo 8.6-8) A causa de la desobediencia, la rebeldía y por nuestro pecado, perdimos aquella bendición original. La soberanía que tuvimos se transformó en tiranía e idolatría. Sin embargo, Dios ha seguido insistiendo en su invitación para que, corrigiendo nuestros caminos torcidos y acciones erradas, volvamos a su pacto de gracia: ¡Dios siempre ha estado ahí esperándonos pacientemente!

En estos tiempos aciagos y confusos Dios nos invita una vez más a una apertura hacia lo nuevo. El salmista lo afirmó con una profunda convicción teológica y poética: “Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.” (Salmo 104.30). Con renovada visión se nos incita a soñar en los nuevos horizontes donde “esperamos  según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. (2 Pedro 3.13). Dios está forjando un mundo nuevo en medio de la caducidad de este mundo viejo y decadente en que vivimos. ¡Tenemos que creer en lo nuevo, aunque todavía no lo veamos plenamente. Las semillas de esperanza están regadas por toda la tierra aguardando el momento propicio, en el terreno fértil!

¿A qué nos invita Dios? A renovarnos en espíritu, mente, cuerpo. Recuperar nuevos fuerzas. No, al pesimismo, la apatía, el fatalismo, el terror y la indiferencia. Sí, a la convicción de que nuestros sueños no han de morir. Un sí rotundo a la esperanza que ya tenemos en Cristo, aunque nos rodeen signos de desesperación.

¿Seremos agentes de transformación? Asumiremos nuestra responsabilidad en compasión y cuidado por la creación. El cuidado de la creación es más que mera preservación, es la recuperación de la “dignidad de la tierra” (Leonardo Boff). Somos parte de un gran proyecto integrador de todo lo creado. Es desde esa misma convicción que recuperaremos el sentido de lo sagrado, como acertadamente señalaba el teólogo alemán Rudolf Otto.

Muchos expertos en las ciencias sociales afirman que ya estamos en el nuevo paradigma de la era ecológica. Hay una transición desde el paradigma tecnológico que ha predominado en las décadas recientes. Esa perspectiva reitera la necesidad de una nueva conversión que incluya, lo planetario, la compasión por la tierra, nuestro lugar cotidiano en lo social, lo comunitario y lo cultural. Esta casa que habita la humanidad es para compartirla y disfrutarla, no para explotarla y destruirla. Para asumir un compromiso ecuménico las iglesias deben considerarse parte del proyecto de Dios, en un horizonte de esperanza hacia una nueva tierra, una nueva humanidad, una nueva creación, en ese nuevo mundo habitado que Dios quiere.

Frente a la crisis ecológica global debemos trabajar hacia una integración de todos los agentes de la creación para crear lo que Leonardo Boff llama “una inmensa comunidad cósmica” Se impone una ética de compasión cósmica donde el dolor y la alegría nos identifiquen con el cosmos. Como bien lo advertía el apóstol Pablo en Romanos 8, la creación toda gime y aguarda su liberación. El espíritu creador habita en los corazones y también en el corazón del mundo. Por eso el evangelio de Juan decía con gran convicción: “Porque de tal manera amó Dios al mundo [cosmos], que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna [abundante, plena].” (Juan 3.16)

 

 Ser agentes reconciliadores, en la construcción de la paz y la búsqueda de la justicia, es nuestra suprema vocación como iglesia en esta hora. Afirmaremos con renovada convicción aquella palabra llena de esperanza del vidente de Patmos: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas.” (Apocalipsis 21 5ª).

Hermanas y hermanos, que Dios nos renueve con toda la creación, enviándonos de nuevo su Espíritu Santo. Esa debería ser nuestra incesante oración en esta hora. Que así sea.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010. 

Uno de los temas que con más urgencia se plantean muchas iglesias evangélicas en Latinoamérica y el Caribe hoy es la relación con la creación Dios. Por muy largo tiempo el énfasis era la salvación personal (que claramente tiene su lugar en nuestra vida cristiana), pero se le daba un claro tinte “espiritualista”, escapista, e individualista, muchas veces desarraigado del contexto histórico y social donde ejercían su ministerio esas iglesias.

Ya a partir de los años 80 se comenzó a dar un giro importante en algunos círculos evangélicos en lo que usualmente se denominó la “misión integral del evangelio”. El esfuerzo-loable bajo toda consideración-consistía en promover una evangelización pertinente y un compromiso social más evidente de parte de las iglesias. El concepto “contextualización del evangelio”, mayormente ligado  a las discusiones en ámbitos ecuménicos, comenzó también a influir en el lenguaje de las iglesias evangélicas. Se comenzaron a escuchar mensajes, estudios bíblicos; congresos y conferencias continentales, donde la temática predominante giraba alrededor de estas cuestiones más ligadas a la ética social.  El camino recorrido es impresionante y alentador. Pero debemos continuar.

Entonces, cabría preguntarse, ¿cómo avanzar en este nuevo tema relacionado con el cuidado de la creación desde la perspectiva de la fe? ¿Cómo relacionar la ecología con la espiritualidad evangélica? ¿Cuál es nuestra comprensión sobre el futuro de la creación y nuestra responsabilidad en ello? Para ayudar en esa reflexión me permito explorar algunas cuestiones bíblico-teológicas y plantear algunos desafíos éticos que debemos asumir desde nuestro compromiso  cristiano.

En la revelación bíblica todo comienza y termina en una relación dinámica y coherente entre la creación y la redención. Dese Génesis 1 hasta Apocalipsis 22, Dios es creador, redentor, sustentador y liberador. Sus actos portentosos lo confirman. Toda la creación es una expresión evidente de su amor y compromiso. El pueblo creyente confiesa creer en Dios y creerle a Dios. Desde allí es que se le reconoce como creador y redentor. Una sólida doctrina de la salvación va integrando todas esas dimensiones en una sola historia que desde la creación, pasando por la encarnación del Verbo (Juan 1, Colosenses 1)) hasta la consumación de los tiempos, va perfilando la presencia de un Dios gracioso, atento, cercano, preocupado y ocupado por el destino de toda su creación. Toda la creación está en Dios y Dios en toda su creación. Por eso Dios vio que su creación “era buena”, desde una concepción ética y estética de su obra creadora. La creación es una obra concebida con propósito y sentido. El Espíritu Santo es fuente de vida, aliento, soplo, movimiento, presencia guiadora y sustentadora, desde esa economía divina que en su propia relación dinámica en la Trinidad, nos modela un ejemplo para nuestras propias relaciones humanas. ¡Y nos convida a celebrar a vida en toda su plenitud!

La humanidad ocupó un lugar privilegiado en ese proceso creador. Dios nos hizo a su imagen y semejanza, nos dio libre albedrío y nos otorgó el privilegio de “señorear” sobre la creación (Salmo 8.6-8) A causa de la desobediencia, la rebeldía y por nuestro pecado, perdimos aquella bendición original. La soberanía que tuvimos se transformó en tiranía e idolatría. Sin embargo, Dios ha seguido insistiendo en su invitación para que, corrigiendo nuestros caminos torcidos y acciones erradas, volvamos a su pacto de gracia: ¡Dios siempre ha estado ahí esperándonos pacientemente!

En estos tiempos aciagos y confusos Dios nos invita una vez más a una apertura hacia lo nuevo. El salmista lo afirmó con una profunda convicción teológica y poética: “Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.” (Salmo 104.30). Con renovada visión se nos incita a soñar en los nuevos horizontes donde “esperamos  según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. (2 Pedro 3.13). Dios está forjando un mundo nuevo en medio de la caducidad de este mundo viejo y decadente en que vivimos. ¡Tenemos que creer en lo nuevo, aunque todavía no lo veamos plenamente. Las semillas de esperanza están regadas por toda la tierra aguardando el momento propicio, en el terreno fértil!

¿A qué nos invita Dios? A renovarnos en espíritu, mente, cuerpo. Recuperar nuevos fuerzas. No, al pesimismo, la apatía, el fatalismo, el terror y la indiferencia. Sí, a la convicción de que nuestros sueños no han de morir. Un sí rotundo a la esperanza que ya tenemos en Cristo, aunque nos rodeen signos de desesperación.

¿Seremos agentes de transformación? Asumiremos nuestra responsabilidad en compasión y cuidado por la creación. El cuidado de la creación es más que mera preservación, es la recuperación de la “dignidad de la tierra” (Leonardo Boff). Somos parte de un gran proyecto integrador de todo lo creado. Es desde esa misma convicción que recuperaremos el sentido de lo sagrado, como acertadamente señalaba el teólogo alemán Rudolf Otto.

Muchos expertos en las ciencias sociales afirman que ya estamos en el nuevo paradigma de la era ecológica. Hay una transición desde el paradigma tecnológico que ha predominado en las décadas recientes. Esa perspectiva reitera la necesidad de una nueva conversión que incluya, lo planetario, la compasión por la tierra, nuestro lugar cotidiano en lo social, lo comunitario y lo cultural. Esta casa que habita la humanidad es para compartirla y disfrutarla, no para explotarla y destruirla. Para asumir un compromiso ecuménico las iglesias deben considerarse parte del proyecto de Dios, en un horizonte de esperanza hacia una nueva tierra, una nueva humanidad, una nueva creación, en ese nuevo mundo habitado que Dios quiere.

Frente a la crisis ecológica global debemos trabajar hacia una integración de todos los agentes de la creación para crear lo que Leonardo Boff llama “una inmensa comunidad cósmica” Se impone una ética de compasión cósmica donde el dolor y la alegría nos identifiquen con el cosmos. Como bien lo advertía el apóstol Pablo en Romanos 8, la creación toda gime y aguarda su liberación. El espíritu creador habita en los corazones y también en el corazón del mundo. Por eso el evangelio de Juan decía con gran convicción: “Porque de tal manera amó Dios al mundo [cosmos], que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna [abundante, plena].” (Juan 3.16)

 Ser agentes reconciliadores, en la construcción de la paz y la búsqueda de la justicia, es nuestra suprema vocación como iglesia en esta hora. Afirmaremos con renovada convicción aquella palabra llena de esperanza del vidente de Patmos: “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas.” (Apocalipsis 21 5ª).

Hermanas y hermanos, que Dios nos renueve con toda la creación, enviándonos de nuevo su Espíritu Santo. Esa debería ser nuestra incesante oración en esta hora. Que así sea.



*Resumen de los estudios bíblicos presentados en la Asamblea Anual del Consejo Pastoral Nacional de la Unión Pentecostal Venezolana, La Piedad, Lara, 26-29 de agosto 2010.


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