Posted On 22/10/2014 By In América Latina y el Caribe, Libros, Opinión, Política With 2160 Views

Repensar la presencia indígena evangélica en Chenalhó, Chiapas

A propósito del libro “De Acteal al Ejido Puebla. La disputa por la resistencia india en San Pedro Chenalhó”

Durante cinco años he venido compartiendo con mi amigo César Avendaño Amador algunas reflexiones en torno a la presencia evangélica en México; en algunas tesis hemos coincidido, y en otras no. No obstante, entiendo que de esas charlas, las coincidencias en algunos encuentros académicos y su propia agenda como investigador, se vinculó profundamente con la revisión de algunas de las versiones que la prensa y la opinión pública nacionales ofrecieron sobre los actores evangélicos involucrados en la matanza ocurrida el 22 de diciembre de 1997 en el poblado de Acteal.

La más popular indica que esa noche, un grupo de indígenas tzotziles autollamados “Las Abejas“, organización maya-tzotzil, autónoma de todo partido, con una ideología de autogobierno basada en el pacifismo, los derechos humanos y la Teología de la Liberación, se encontraba orando en el interior de una pequeña iglesia en la localidad de Acteal, municipio de Chenalhó, Chiapas, cuando un grupo no identificado asesinó a sangre fría a 45 personas, siendo en su mayoría niños, niñas y mujeres embarazadas.

La masacre fue terrible e inhumana. Las versiones que difundieron los principales diarios del momento, expresaron que esos actos fueron perpetrados por grupos de paramilitares que intentaban incitar a las bases del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) a enfrentamientos armados. Entre los culpados y señalados de cometer los asesinatos de Acteal, se encontraron a 31 evangélicos presbiterianos, 6 bautistas, 1 pentecostés, 32 católicos tradicionalistas y 15 católicos diocesanos de los 85 acusados, los cuales fueron encarcelados con sentencias que van de los 35 a los 40 años.

Ante los medios, la masacre de Acteal fue definida como una Guerra de Baja Intensidad (GBI) que el gobierno del entonces presidente de México Ernesto Zedillo Ponce de León, el ejército federal y grupos paramilitares, emprendieron contra las comunidades indígenas para desarticular el movimiento zapatista.

Tomando como referencia esos hechos, César comenzó un trabajo hemerográfico y posteriormente de campo, que le llevó primero a contactar con familiares de los presos por el caso Acteal y acompañarlos de cerca durante el proceso jurídico, lo que le obligó a viajar constantemente de la ciudad de México a Chiapas. Lo que en esos momentos le inquieto, fueron los testimonios de cómo se vieron involucrados los presos en los hechos y cuáles eran las pruebas que los culpaban. Y mientras investigaba, recabó información de personas que vivieron de cerca los acontecimientos. Éstas le facilitaron actas de asambleas comunitarias, reconstruyó la historia del Partido Cardenista en Chenalhó y en el Municipio, no pocos accedieron a brindarle su testimonio y experiencia. La información recuperada mayormente ha sido marginada por otras voces; fue así como conoció, entre otros, a Manuel Anzaldo, a quien un respetado periodista del diario mexicano La Jornada, calificó de paramilitar y asesor de los asesinos de Acteal[1]; lo mismo que a Estela Luna Pérez quien perdió familiares en la masacre, a tres de sus hermanos y a su anciano padre durante 14 años porque los mantuvieron encarcelados y a conocer a Adelina Vázquez Pérez, esposa del preso con mayor condena; ambas son mujeres que nunca dejaron de creer que sus familiares eran inocentes.

Entre sus investigaciones, Avendaño entró en contacto con activistas tzotziles de la organización “Las Abejas” como Mariano Luna Ruíz, Agustín Vázquez, así como con exzapatistas, entre los que se incluyen el primer secretario del Municipio Autónomo de Polhó; Pablo Vázquez y milicianos como Manuel Gutiérrez, este último hermano de Antonio Gutiérrez, uno de los expresos acusados de la masacre.

Conoció de cerca al Comité de Familiares de los Presos Inocentes por el Caso Acteal, el cual recurrió a varias instancias tanto evangélicas como jurídicas en busca de ayuda para liberar a sus familiares presos. Este Comité realizó su trabajo con independencia de los abogados del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) que optaron por abandonar el caso cuando dejó de ser botín mediático. Desde el año 2009, el Comité se autoorganizó para buscar con sus propios medios la libertad de sus presos. En México se les recibió con un silencio social y el nulo acompañamiento y solidaridad de las autoridades evangélicas presbiterianas; a cambio recibió el apoyo solidario de un pequeño grupo de pastores y laicos.

El Comité ofreció de manera pública y abierta un texto a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en el que ofrecen su versión de los hechos, publicado en el año 2012.[2] El 10 de abril de 2013, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) concedió a un grupo de presbiterianos su libertad, bajo la figura jurídica de “reconocimiento de inocencia”, con lo que el máximo órgano de justica reconocía que las pruebas que los responsabilizaban de homicidio, lesiones calificadas y portación de armas de fuego sin licencia, eran ilícitas.[3]

Este falló indignó nuevamente a la organización de “Las Abejas”,[4] a la prensa nacional militante; a organizaciones de la sociedad civil afines a la izquierda indigenista liberacionista, lo mismo que a la sociedad mexicana y simpatizantes del zapatismo. No era posible que esos evangélicos “paramilitares”, como se les nombró, estuvieran libres…

En un reportaje para CNN México, Ángeles Mariscal, dio voz a algunos de los liberados para saber qué les esperaba a partir de ese momento. Jacinto Arias Cruz, quien fuera presidente municipal de Chenalhó cuando sucedió la masacre, expresó que se sentía desterrado de la comunidad de Acteal, porque la comunidad tenía muy arraigada la idea de que él era culpable, aunque jurídicamente se haya demostrado su inocencia. De la misma forma lo expresó el entonces secretario de Gobierno de Chiapas, Noé Castañón León: “Era muy riesgoso su regreso a Chenalhó (municipio donde se ubica Acteal). Porque una cosa era la exoneración legal que les otorgó la Corte, y otra la percepción social sobre su inocencia”.[5]

En ese mismo reportaje el Sr. Castañón explicó que para evitar hechos violentos entre miembros de la comunidad, las autoridades y los liberados firmaron en 2009 un acuerdo para evitar que los indígenas exonerados regresaran a Chenalhó y a sus comunidades de origen. “El gobierno les otorgaría tierras de cultivo, una casa y proyectos productivos, inicialmente en comodato (figura que establece que pueden hacer uso de los recursos, pero no tienen la pertenencia legal de ellos) por un periodo de cinco años, al término del cual los bienes pasarían a ser de su propiedad”. [6]

Tal resolución es interesante porque sí para el gobierno implicó dar un “apoyo” a estos exencarcelados para reinsertarse a la sociedad (pero no reconstruir el tejido social), para los afectados se trata de una táctica que se enmarcaba en la Guerra de Baja Intensidad (GBI) que el Estado Mexicano ha implantado desde 1994 en territorios zapatistas. Para ellos, la GBI consiste en organizar y armar a sectores de la población civil a fin de desplazar a las poblaciones que dieran apoyo a los zapatistas; lo mismo que promover proyectos productivos, ayudas de desarrollo y créditos.

Esto quiere decir que los presbiterianos absueltos por la Ley no han dejado de ser, ante la opinión pública, los culpables de la matanza de Acteal. Recientemente fueron acusados públicamente de volver a tácticas de discordia vinculadas a sus “antecedentes paramilitares”.[7] El 7 de abril del 2013, tres días antes de la liberación de quince presos presbiterianos, católicos tradicionalistas, católicos romanos de la diócesis de San Cristóbal de las Casas y evangélicos del Ejido Puebla de San Pedro Chenalhó se disputaron un templo.

La versión católica diocesana afirmó que autoridades e indígenas evangélicas, de la colonia de Puebla, en el municipio de Chenalhó, allanaron el terreno de la ermita católica y amenazaron a la comunidad del pueblo creyente[8] con despojarlos de una parte del terreno en los próximos días. Los denunciantes fueron el catequista Francisco López Santis y los católicos Nicolás Arias Cruz y Juan Hernández López, quienes explicaron que los hechos ocurrieron el pasado lunes 29 de abril, aproximadamente a las 3 de la tarde, cuando un grupo de aproximadamente 140 personas, todas de filiación evangélica y con órdenes de la asamblea ejidal, rompieron la puerta de entrada al predio, propiedad de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas; pusieron sus medidas del terreno y aprovechando que había mujeres dentro del recinto, se burlaron de ellas.[9]

A partir de ese momento, se detonaron las versiones oficiales, que insistieron en que 17 familias católicas y bautistas fueron desplazadas del Ejido por autoridades evangélicas en complicidad con los expresos “paramilitares”.[10]

En De Acteal al Ejido Puebla. La disputa por la resistencia india en San Pedro Chenalhó, César Avendaño Amador y Manuel Anzaldo Meneses, ofrecen una lectura provocativa de los últimos acontecimientos en el Municipio pedrano. Recurren a algunos antecedentes de lo que fue la matanza de Acteal en 1997, pasando por la defensa que hicieron los familiares de los presos, el actual estado en el que se encuentran los exencarcelados junto a los que defendieron su causa, y las implicaciones que la sociedad interesada en lo que sucede en esa zona de los Altos de Chiapas, debe considerar al intentar hacer una lectura que al menos interrogue sobre la verificación de los supuestos interpretativos que utilizan las versiones oficialistas.

Es un texto a contracorriente, temerario, escandaloso, de no fácil lectura e incómodo, pero que obliga a repensar la presencia y la resistencia de la población indígena de Chenalhó que participa en diversas y frágiles militancias políticas, así como en adscripciones a los cultos evangélicos; o bien, que se reconocen como católicos tradicionalistas en el municipio de San Pedro Chenalhó; también obliga a reflexionar sobre el papel que han jugado los diversos actores colectivos, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil al crear ideas y representaciones de los evangélicos y católicos del lugar; y sobre todo, obliga al pueblo evangélico a confrontarse con su capacidad de discernimiento político-social.

Pensado desde años atrás, para dar cuenta de cómo se construyó la figura del evangélico paramilitar en 1996 y el modo en cómo se le relacionó con los sucesos de Acteal, la coyuntura de abril del 2013 se presentó como un momento de emergencia. Los autores de De Acteal al Ejido Puebla, expresan lo siguiente:

Durante los meses de junio a septiembre de 2013, se montó una campaña nacional e internacional en contra de los ejidatarios de Puebla, ejido perteneciente al municipio de San Pedro Chenalhó, Chiapas, donde también se encuentra la comunidad de Acteal. Los operadores de esa campaña fueron periodistas de izquierda y defensores de derechos humanos, que buscaron el descrédito social de estos campesinos mediante calificativos que los arrojan al campo de la contrainsurgencia, el paramilitarismo y la alianza perversa con el Estado mexicano, para –según afirman- sostener una Guerra de Baja Intensidad (GBI) contra el EZNL.[11]

Y una de las tesis centrales de este trabajo es la siguiente:

Como ocurrió en los años de 1996-1997 la guerra que sostienen [los campesinos del Ejido Puebla de San Pedro Chenalhó] es asimétrica, la diócesis [de San Cristóbal de las Casas, Chiapas] y el EZLN cuentan con universitarios-doctores y el ejido con indígenas, campesinos monobilingües y en su gran mayoría analfabetos, practicantes de algún credo protestante. Los indígenas cuentan sólo con su palabra y sus acuerdos de asamblea, mientras el zapatismo y la diócesis cuentan con un medio impreso, La Jornada, que opera como trasmisor ideológico haciendo eco en todo el país y en el extranjero de su propaganda político-ideológica. Pero esta guerra que implementan los poderes interesados se sostiene sobre la idea de un enemigo promotor del “mal” que se encarna en personajes indígenas del municipio, quienes son utilizados por los doctores de la diócesis para enfrentar a las comunidades, ni el indio presentado como víctima, ni el presentado como enemigo tienen garantía de vida, corren el mismo riesgo, potencialmente pueden ser eliminados si los convencen de que sus familiares y vecinos son sus enemigos.

Los campesinos evangélicos contra los que lucha la diócesis y que han sido calificados por esta institución como paramilitares, cotidianamente recomponen sus alianzas, son generosos entre ellos y con los católicos que la diócesis pretende utilizar en su contra.[12]

Como se puede apreciar, este texto contiene fuertes señalamientos al discurso y las prácticas políticas que la izquierda mexicana, en particular contra los simpatizantes del EZNL, que han centrado su confianza en la democracia, la tolerancia, los derechos humanos, la pluralidad y el multiculturalismo, con lo que han minado, dicen los autores, la capacidad negociadora que históricamente tenían las comunidades en Chenalhó.[13] Lo mismo que ofrecen un análisis sobre el papel del gobierno, de los católico-romanos, del poder mediático, y del mundo evangélico.[14]

No es un libro de corte histórico, sociológico o antropológico. Pero tampoco es un libro que carezca de rigor conceptual y de un proceso de reflexión de largo aliento. Recuerdo las veces que discutí sobre el tema con Avendaño, él argumentaba que las tesis que ofrecen Giorgio Agamben y Michael Focault para defender la idea de que nos enfrentamos hoy a una biopolítica que se ha reducido a la gestión de carne humana, es aplicable al municipio de Chenalhó, sobre todo si se atiende la condición de homo saccer a la que ha sido reducida esta población.

Entendido el biopoder como el mecanismo difuso de gestión de la vida a través de medios impersonales, prácticas administrativas y reglas a menudo no escritas, y que bajo la idea de ser mecanismos de control, se vuelven cada vez más democráticos impactando el cerebro y cuerpo de los ciudadanos.[15] En pocas palabras:

el poder se ejerce a través de máquinas que organizan directamente los derechos (sistemas de comunicación, redes de información, etc.) y los cuerpos (sistemas de beneficios sociales, actividades dirigidas) hacia un estado de alineación autónomo, partiendo del sentido de la vida y del deseo de creatividad.[16]

He tenido que aclararme la importancia que pudiera revestir un análisis sobre lo que ocurre en Chenalhó desde la biopolítica, pues confieso que el libro de Avendaño y Anzaldo ciertamente me sorprendió. Aunque se propone un análisis coyuntural, presentan una interpretación compleja de San Pedro Chenalhó que busca visibilizar la voz propia de los actores internos, miembros de la comunidad, tanto de aquellos que se dicen ser víctimas como de sus victimarios, y trata de entender cuáles han sido los efectos, discursos y representaciones de quiénes desde afuera, acompañan esas vidas. Por eso pensar en la paz, la reconciliación y la justicia  se torna complicado sí no hay un equilibrio de historias.

Los que intentamos pensar e interpretar las violencias del siglo XX desde una política de las memorias, como científicos sociales, estamos obligados a no neutralizar las memorias ni que se imponga una memoria hegemónica oficial, sino abrir la historia a otras experiencias que quizá sean divergentes, cargadas de subjetividades, pero no por ello anuladas; sí hacemos caso sólo a lo negativo, simplificamos las experiencias de vida de los actores sociales y les negamos la capacidad de reconstituirse como sujeto. Eso me hace pensar en el peligro de hablar de una historia única. Sobre este punto la escritora nigeriana Chimamada Ngozi Adichie, reflexiona:

Es imposible hablar sobre la historia única sin hablar del poder… Al igual que nuestros mundos económicos y políticos, las historias también se definen por cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias son contadas, en verdad depende del poder. El poder es la capacidad no sólo de contar la historia del otro, sino hacer que esa sea la historia definitiva. La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino incompletos. Hacen de una sola historia la única historia. La consecuencia de contar una sola historia, es que roba la dignidad de los pueblos, dificulta el reconocimiento de nuestra igualdad humana, enfatiza nuestras diferencias en vez de nuestras similitudes… Las historias importan, muchas historias importan. Las historias se han usado para calumniar y despojar, pero las historias también pueden dar el poder y humanizar. Las historias pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también reparar esa dignidad rota.

No cabe duda de que lo acontecido en Chenalhó en 1997 es un crimen de lesa humanidad que debe seguir siendo investigado como piden los expresos que fueron acusados de la masacre, el Comité de Familiares y Amigos de los Presos Inocentes por el Caso Acteal, “Las Abejas” y sectores de la sociedad civil; también es verdad que hasta el día de hoy la población del municipio pedrano se encuentra dividida y sin ofrecimiento de alguna solución, pero no debemos reducir la realidad a la grosera interpretación que afirma que se trata de un conflicto entre católicos diocesanos enfrentando a católicos tradicionalistas y evangélicos violentos. La realidad siempre resulta más compleja.

Como una continuación de las inquietudes que me provocó el libro De Acteal al Ejido Puebla. La disputa por la resistencia india en San Pedro Chenalhó es un señalamiento que hacen los autores sobre cinco puntos relacionado a la práctica evangélica/protestante, pues van dibujando un debate que es necesario desarrollar: cómo desde una fe protestante mestiza se ha creado un discurso de ser protestante y que al intentar teorizar en contextos indígenas, se produce una incomprensión de las realidades diversas. Pero de ello hablaré en una segunda entrega.

[1] Hermann Bellinghausen, “El verdadero enigma de Acteal” en, La voz del pueblo, 18 de mayo de 2011. Disponible en: <http://lavozdelpueblo-ciin.blogspot.mx/2009/08/el-verdadero-enigma-de-acteal_21.html>

[2] César Avendaño Amador y Manuel Anzaldo Meneses, Deslindes para pensar Acteal. Comité de Familiares y Amigos de los Presos Inocentes por el Caso Acteal, México, Altres Costa-Amic Editores, 2012.

[3] “Ordena la Corte libertad inmediata de 15 detenidos por caso Acteal” en, Aristegui Noticias, 10 de abril del 2013. Disponible en: <http://aristeguinoticias.com/1004/mexico/ordena-la-corte-libertad-inmediata-de-15-detenidos-por-caso-acteal/>

[4] “Chiapas: denuncia de Las Abejas de Acteal del 22 de mayo 2013” en, Blog SIPAZ. Disponible en: <http://sipaz.wordpress.com/2013/05/27/chiapas-denuncia-de-las-abejas-de-acteal-del-22-de-mayo-2013/>

[5] Ángeles Mariscal, “Los indígenas liberados por el caso Acteal van de la cárcel al destierro” en, CNN México. Disponible en: <http://mexico.cnn.com/nacional/2013/04/12/los-indigenas-liberados-por-el-caso-acteal-van-de-la-carcel-al-destierro>

[6] Ángeles Mariscal, “Los indígenas liberados por el caso Acteal van de la cárcel al destierro” en, Op. Cit.

[7] “La excarcelación de paramilitares responsables de la matanza de Acteal provoca nuevos conflictos en Chenalhó, Chiapas”, 12 de abril de 2013.  Disponible en: <http://komanilel.org/2013/05/10/la-excarcelacion-de-paramilitares-responsables-de-la-matanza-de-acteal-provoca-nuevos-conflictos-en-chenalho-chiapas/>

[8] El concepto de pueblo creyente es muy usado entre organizaciones de la sociedad civil para referirse a los grupos religiosos vinculados a la Teología de la Liberación.

[9] “La excarcelación de paramilitares responsables de la matanza de Acteal provoca nuevos conflictos en Chenalhó, Chiapas”, Op. Cit.

[10] “17 familias indígenas de Chenalhó, Chiapas, regresan al campamento zapatista de Acteal; huyen del conflicto”, 7 de febrero de 2014. Disponible en: <http://www.sinembargo.mx/07-02-2014/897543>

[11] César Avendaño Amador y Manuel Anzaldo Meneses, “2. La propaganda anticampesina y antievangélica” en, De Acteal al Ejido Puebla. La disputa por la resistencia india en San Pedro Chenalhó, México, 2014, p. 29. Las cursivas son del original.

[12] Avendaño Amador y Anzaldo Meneses, “6. La historia contada desde octubre de 1996” en, De Acteal al Ejido Puebla, Op. Cit, p. 43-44.

[13] Avendaño Amador y Anzaldo Meneses, “11. Las aristas de esta guerra” en, De Acteal al Ejido Puebla, Op. Cit, p. 102.

[14] Ibídem.

[15] Enzo Traverso, “VI. Biopoder. Los usos historiográficos de Michael Foulcault y Giorgio Agamben” en, La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX, México, FCE, 2012, pp.217-219.

[16] Michel Hardt y Toni Negri, Empire, París, Exils, 2000, p. 48. Citado en Traverso, Op. Cit, p. 219.

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