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Posted on 22/10/2014 by Máximo García Ruiz  in  Opinión

Sobre la increíble historia de la intolerancia

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Una vez más volvemos sobre el inmortal poema del pastor protestante alemán Martin Niëmoler:

         Primero vinieron a buscar a los comunistas,
         Pero no dije nada porque yo no era comunista.
         Luego vinieron a por los judíos,
         Y no dije nada porque yo no era judío.
         Luego vinieron a por los sindicalistas,
         Y no dije nada porque yo no era sindicalista.
         Luego vinieron a por los católicos,
         Y no dije nada porque yo era protestante.
         Luego vinieron a por mí,
         Pero para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Yo no soy ni comunista, ni judío, ni sindicalista, ni católico. Tampoco soy homosexual. Soy, como Niëmoler, protestante. Pero, por encima de cualquier otra cosa, me identifico como persona, dispuesto a renunciar a cualquier otro apellido que pretenda desvincularme del colectivo de personas con las que me cruzo por la calle, comparto plaza en el autobús, coincido en el super haciendo la compra o me congrego los domingos.

A lo largo de mi vida he sido, o he trabajado en muy diversos oficios: administrativo, pastor bautista, profesor, jefe de personal de una gran empresa, asesor de empresas, escritor y, por no hacer esta referencia excesivamente prolija,  he estado al frente de algunas entidades religiosas, entre otras, como secretario ejecutivo y presidente del Consejo Evangélico de Madrid (CEM) durante un buen número de años, a título absolutamente honorífico, en lo que a salarios se refiere.

Hecha esta necesaria presentación para saber en que terreno nos movemos, quiero dejar constancia de mi total repudio a que entidades como el CEM, un organismo de configuración no eclesial sino administrativa, creado para representar y gestionar ante la Administración al amplio espectro de las iglesias protestantes, haya derivado su gestión hacia derroteros en los que jamás pensé que pudiera caer.

Hablamos de una entidad que fue promovida por la federación que aglutina a todo el protestantismo español, en su base original formada por iglesias históricas, como la IERE, la IEE, la UEBE, las Asambleas de Hermanos y otras que se habían ido añadiendo con el paso del tiempo, mostrando de esa forma su pluralidad y vocación integradora; un organismo que tuvo el arrojo de afrontar una crisis interna por reiterar su identidad abierta, admitiendo en su seno a las iglesias adventistas, cuando los radicales de siempre se oponían frontalmente (incluso a costa de sufrir la baja de alguno de ellos); un cuerpo federativo que no ha mostrado reparo en admitir como miembros con pleno derecho a congregaciones fronterizas identificadas con exorcismos y prácticas eclesiales extremas, muy distantes de la ortodoxia histórica protestante; un cuerpo no eclesial, repetimos, sino administrativo y de gestión, que en el único congreso que ha celebrado tuvo la sensibilidad de unir en su lema, con clara intencionalidad integradora, los términos evangélico y protestante, para que nadie se sintiera excluido.

Pues bien, esta entidad, organismo, federación o ente representativo de iglesias, que no iglesia, ha invadido la esfera de las iglesias que la integran para definir, como si de un concilio se tratara, aspectos de fe y práctica, con la no confesada intencionalidad de expulsar de su seno a quienes no se identifican con la ortodoxia radical y sectaria de algunos de sus dirigentes que, a juzgar por lo acordado, deben ser mayoría.  En este caso su campo de batalla se ha centrado en la doctrina de la Trinidad (tema que a los padres de la Iglesia les costó algunos siglos definir) y con las iglesias que asumiendo el mandato evangélico de no hacer acepción de personas, admiten con pleno derecho en sus congregaciones a quienes se manifiestan como homosexuales. “¿Quién soy yo para juzgarlos?”, respondió el papa Francisco a un grupo de periodistas que le pusieron en el aprieto de hacer juicio sobre los gays. Pero los ultraortodoxos evangélicos que se avergüenzan de ser conocidos como protestantes, sí se sienten capaces de hacerlo, aunque sea en ámbitos impropios.

Las iglesias, cada una de ellas, están en su derecho de elaborar la doctrina y las prácticas inclusivas o excluyentes que consideren oportunas y que afecten a su propia congregación, denominación o confesión religiosa, pero una federación como es el CEM no tiene ningún derecho a hacerlo, al margen de la opinión que sobre el tema pudiera tener el papa Francisco o el que esto escribe. Hoy lo hacen en torno a un tema de gran enjundia teológica o sobre un asunto de moral que, como su propia raíz indica, mor- moris, es, o puede ser, algo cambiante; mañana lo harán por la forma en la que se practica el bautismo y si ha de ser de infantes o de adultos, o como se administra y qué sentido tiene la santa cena, o a causa de la forma en que se gestiona una iglesia, o por no aceptar o aceptar determinadas formas de bautismo del Espíritu Santo, o por ser o dejar de ser de orientación carismática, etcétera, etcétera.

Siempre podemos decir: no pasa nada. Yo estoy en una iglesia ortodoxa, que no se sale de los cauces conservadores. Yo estoy seguro. Pero lo único seguro es que, ante el silencio de quienes deberían elevar un grito de rabia y rebelarse contra los fanatismos excluyentes, ninguno de nosotros estamos realmente seguros.

Máximo García Ruiz

3 comentarios

  1. Separar conceptos siempre ayuda a clarificar argumentos, qué duda cabe. En el caso que nos ocupa, Vd. don Máximo, aparta, con buen juicio, la gestión administrativa de la cuestión denominacional.
    La Comisión de Defensa Evangélica nacía décadas atrás para aquello primero, para defender materias puramente administrativas de las entidades protestantes y evangélicas ante el Estado español. Y en aquel parto, en ningún momento, los interlocutores implicados se detuvieron a calibrar acerca de si unos, la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE), eran de tendencia viejo-católica y anglicana, si otros, la Iglesia Evangélica Española (IEE), eran de tendencia luterana y calvinista, y tampoco si aún otros, la Unión Evangélica Bautista Española (UEBE), eran de tendencia evangélica y bautista.
    Si en aquellos tiempos hubiese primado el interés denominacional, la Comisión de Defensa Evangélica hubiera apiñado sólo a la IERE y a la IEE y no a la UEBE; puesto que los primeros representaban al protestantismo histórico de las Iglesias del siglo XVI, mientras que los otros personificaban a las Iglesias de la Reforma Radical, todas ellas surgidas a partir del siglo XVII.
    Y esto quedaba reflejado incluso en el tema de la preferencia por la nomenclatura: mientras los primeros siempre se habían autodenominado ‘protestantes’, sin ningún rubor, los otros, por el contrario, siempre habían rechazado este plural y siempre habían escogido optar por el término ‘evangélico’.
    La disyuntiva planteada era, además, lógica, porque quedaban aún muchos más elementos por considerar. Así, en el protestantismo histórico aparecería durante el siglo XIX la teología ‘liberal’ y sus secuelas: la teología dialéctica, la existencial, la hermenéutica, etc., etc. En cambio, en el ámbito de la Reforma Radical surgirían, entre los siglos XIX y XX, los movimientos ‘evangelicals’, absolutamente contrarios a la profusión teológica contemporánea de los ‘protestantes’. Estos movimientos ‘evangelicals’ eran tan virulentos contra el liberalismo teológico protestante que, incluso, en las propias Iglesias del protestantismo histórico se producían, por su causa, escisiones dramáticas en todo el mundo –recordemos, por ejemplo, los casos de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa y de la Iglesia Ortodoxa Anglicana en los EEUU.
    Está claro que en España todo esto se obvió en pro de presentar un frente común ante un Estado confesionalmente católico.
    Como Vd. don Máximo, bien dice, poco a poco fueron añadiéndose muchas más denominaciones -todas ellas ya netamente ‘evangélicas’, a la propia Comisión de Defensa y, luego, con posterioridad, a la ya constituida Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREdE), en la que, como puede comprobarse por la nomenclatura adoptada, podía preverse dónde iba a recaer el ejercicio del poder dentro de la misma –no, desde luego, en el sector protestante.
    De este modo, vemos que la FEREdE ha venido a congregar, aparte de Iglesias de tipo histórico: la IERE y la IEE, todas aquellas que bien siendo de tipo histórico o de tipo radical han ido adoptando el ‘evangelicalismo’ como bandera: menonitas, episcopalianos, presbiterianos, congregacionalistas, bautistas, metodistas, darbystas, irvinguistas, restauracionistas, pentecostalistas y adventistas. Cabría resaltar, no obstante, los recientes casos de los unitarios, de los ‘Testigos de Jehová’ y de los mormones, cuyas solicitudes –en caso de existir, han sido rechazadas en beneficio de la ‘pureza evangélica’.
    Así, pues, dado que la FEREdE es hoy por hoy una Federación consolidada –más aún, si cabe, tras la firma de los acuerdos de cooperación del Estado con la misma y tras su posterior desarrollo reglamentario, la lucha por afianzar el poder directivo del Ente – inicialmente conseguido por los ‘evangélicos’, no se haría esperar. Es por ello, por lo que hoy en día el sector ‘evangélico’ ha pasado a ser mayoría en todos los órganos institucionales y territoriales de la FEREdE, frente a un sector ‘protestante’ depauperado.
    Dado que, asimismo, la FEREdE ha adoptado como estructura territorial propia el mapa territorial español descentralizado de las autonomías, no era descabellado pensar que si las tensiones acumuladas durante años entre ‘evangélicos’ y ‘protestantes’ no iban a estallar en el mismo centro de la organización, entonces que fuese en alguna de las organizaciones territoriales de la misma donde saltase la chispa. Y así ha sido.
    El incidente del Consejo Evangélico de Madrid (CEM) no es anecdótico, es sintomático. Debe quedar claro que si no hubiese ocurrido en la Comunidad de Madrid, el ‘escándalo’ habría sobrevenido en cualquier otra región o nacionalidad española. En esto, prima más la ideología que la territorialidad –en realidad, el territorio poco o nada aporta a la cuestión que nos ocupa.
    Y la cuestión que nos ocupa no es otra que el intento de los ‘evangélicos’ de ‘sacudirse de encima’, de una vez por todas, al protestantismo decadente que aún –aunque sea ínfimo, queda en la organización.
    Ante este atropello, es posible que, como dice uno de los comentaristas de su artículo, fuese una sabia decisión optar por crear una nueva Federación de Iglesias, una Federación en la que las Iglesias del protestantismo no se encontrasen ‘atadas de pies y manos’ por los fundamentalistas evangélicos.
    Así las cosas, nada mejor para los ‘protestantes’ que su implicación en la constitución de una nueva estructura religioso-administrativa en la que estuviesen representadas todas aquellas Iglesias cuya teología se incardina ‘de verdad’ en la realidad total del ser humano.
    Dicha organización, por lo tanto, reuniría en España a las Iglesias de la Comunión Anglicana (la IERE y la diócesis de Europa de la Iglesia de Inglaterra); así como también, estaría abierta a las parroquias de la Iglesia Viejo-Católica. Asimismo, ampararía tanto a la Iglesia Luterana -ya presidencial, ya episcopal, de los países germanos y escandinavos, respectivamente, como a la Iglesia Reformada (la propia IEE y las Iglesias de los Países Bajos). Finalmente, la creación de una organización religioso-administrativa de estas características supondría una estupenda oportunidad para impulsar un inestimable avance del ecumenismo cristiano en nuestro país, si al mismo tiempo se abriese las puertas a la realidad de la migración de la Europa del Este en España, acogiendo en el seno de la nueva Entidad a las Iglesias Ortodoxas (Griega, Rumana, Búlgara y Rusa).
    Pensemos en la idoneidad del proyecto. Esta nueva Federación de Iglesias no sólo no sería más eficiente y eficaz en su diálogo con el Estado, por una parte, y con la Iglesia Católica, por otra, sino que, además, sería la Federación de Iglesias Ortodoxas y Católicas no-Romanas que contaría con mayor número de fieles cristianos en nuestra nación, aparte de los propios católicos. Sí, es cierto; pues, en contra de la opinión de algunos ‘evangélicos’ –que opinan que los protestantes históricos españoles no llenarían un autobús de pasajeros, esta Federación contabilizaría alrededor de 1.000.000. de creyentes; dado que, aparte de los feligreses españoles, habría que sumar el conjunto de fieles extranjeros residentes en España -británicos, germanos, escandinavos, griegos, búlgaros, rumanos y eslavos, totalidad que ya de por sí es abrumadora.
    Por último, quisiera comentarle don Máximo que, desde hace ya muchos años, existe un sector minoritario de la UEBE –todavía desperdigado, que avanza inexorablemente hacia el protestantismo desde el evangelicalismo. Quisiera pensar que Vd. don Máximo se encuadra en el mismo. No estaría de más que tanto Vd. como tantos otros bautistas –actualmente apartados y defenestrados por sus mismas congregaciones, reconsiderasen sus convicciones y juntos conviniesen en integrarse en este nuevo modelo de entendimiento cristiano en España.
    Un saludo.

  2. El planteamiento es erróneo.Y lamento muy profundamente que este articulo esté firmado por un Pastor Bautista, denominación en general conservadora y profundamente apegada a la Biblia.
    No podemos convertir una Federación Evangélica en una torre de Babel. Si no, podremos aceptar rastafaris, unitarios, mormones, testigos de Jehová….¿dónde ponemos el límite?.
    Cualquier asociación tiene unos Estatutos, una declaración de fe, o algo similar. Si la IEE como Denominación desea ser una Iglesia inclusiva está en su derecho, pero quizás sería sabio que se planteara crear otra Federación, donde puedan entrar Iglesias y agrupaciones liberales.
    La CEM hace bien en plantear el tema, no en términos de libertad de expresión, sino en términos de ortodoxia bíblica. ¿Podemos dar lugar a la herejía y el abandono de la ética cristiana?. Este es el verdadero núcleo del asunto. Nadie, como en los tiempos del Pr.Niemoller, persigue a nadie. Pero si una Iglesia proclama públicamente su alejamiento de la verdad revelada en la Bilbia-el depósito de la fe- hay que aclarar que la aplastante mayoría de Iglesias no comparte esta postura.
    Le diré otra frase histórica:
    «Quién calla frente al mal participa de el»

  3. Es indudable que con el criterio del señor García la Biblia está pasada de moda o deberá reducirla a unas poquísimas páginas excluyendo todas aquellas que hablan del pecado en todas sus formas ya que amparados en una torcida interpretación de las Escrituras nadie resulta culpable de nada en base al amor de Dios. Parece que olvidamos que si bien es cierto que Dios ama al pecador, odia el pecado. Veo por lo tanto que el mensaje del Evangelio predicado por el señor García no es al arrepentimiento ya que todo el mal y el pecado no constituyen un motivo de reconvención espiritual para cambiar las vidas sino a persistir en ellas como opciones de vida no censuradas por Dios en su Palabra. Es indudable que tenemos Biblias distintas a las que usa el señor García que tan equivocadamente es comparado con Martin Niëmoler.

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