Posted On 08/05/2013 By In Teología With 5126 Views

“Something is Rotten in the State of Denmark”

…la verdadera forma de adorarlo (Romanos 12, 1. NTV)

“Algo huele mal en Dinamarca”, decía el príncipe Hamlet a su amigo y confidente Horacio en el acto primero de la inmortal tragedia shakesperiana que lleva su nombre. Y la lectura del resto de la obra nos evidencia que así es en efecto. Quienes conocen esta magistral pieza de la literatura, no ya inglesa, sino universal, pueden certificarlo. Muere el noble y generoso príncipe Hamlet, muere su amada Ofelia, muere el rastrero cortesano Polonio, muere el rey asesino, adúltero, incestuoso y usurpador… Como se suele decir popularmente, “muere hasta el apuntador”. Pero no pretendemos con esta reflexión hacer un repaso del contenido de esta obra de arte, ni siquiera de la situación actual del reino de Dinamarca, sea cual fuere. Simplemente queremos llamar la atención a algo que también huele mal, realmente mal, a podrido (el significado más literal del adjetivo inglés rotten), pero en la Iglesia actual, o por circunscribirlo un poco más, en nuestras iglesias evangélicas de hoy, tanto las de nuestro país como las de otras tierras. Algo que, de no ponerse el remedio adecuado, acabará con ellas —hay quienes advierten que lo está haciendo ya de forma imperceptible para muchos, pero no por ello menos insidiosa y efectiva—, y que es tan frecuente y tan consuetudinario como el culto dominical.

¿Qué significado real tiene el culto del domingo en la vida de la Iglesia en tanto que comunidad de creyentes? O dicho de otra manera, “¿para qué sirve?”, ¿cuál es su verdadera razón de ser?

En primer lugar, el culto dominical es un recuerdo permanente del hecho capital que ha supuesto el zénit de la Historia de la Salvación, es decir, la Resurrección de Cristo. Desde el primer momento, la Iglesia entendió la necesidad de los creyentes de rememorar aquel acontecimiento que, aun siendo a-histórico (algunos incluso lo designan como meta-histórico), hizo sin embargo dar un giro de 180º a la historia universal y abrió para siempre la Era de la Gracia, la Era de la Salvación, la Dispensación de la Plenitud del Propósito Divino para nuestra especie humana caída. De ahí que los servicios cúlticos cristianos no puedan entenderse ni como continuación de los sabáticos sinagogales propios de los judíos, ni siquiera como una especie de sublimación o quintaesencia de los rituales levíticos del antiguo Templo de Jerusalén y su particular calendario litúrgico. El culto cristiano representa algo completamente diferente, un punto y aparte, un “borrón y cuenta nueva”. Por decirlo de manera contundente y con una expresión muy bíblica: un nuevo comienzo. Pretender, por tanto, que la adoración tributada en nuestras iglesias no sea sino un eslabón más de una cadena que se retrotraiga a los tiempos de los antiguos profetas hebreos, del mismo Moisés o de los patriarcas (¡incluso los antediluvianos!), significa desconocer el sentido que los escritos neotestamentarios le atribuyen. Peor todavía, implica despojarlo de su verdadero significado en el conjunto de la Historia de la Salvación.

En segundo lugar, y como consecuencia lógica, el culto dominical constituye el momento específico en el que la comunidad de los creyentes se encuentra como tal con el Señor Resucitado. La presencia de Jesús es permanente en la vida de la Iglesia y de cada uno de sus componentes, vale decir, no se ciñe a un día o unas horas determinadas: nuestro Salvador nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia de forma totalmente personal y mantiene con cada uno de nosotros una particular vinculación estrictamente privada, pero ello no obsta para que protagonice una especialísima manifestación comunitaria en el culto. La noción neotestamentaria de la Iglesia, que es por definición paulina “el cuerpo de Cristo”, y donde cada creyente somos miembros unos de otros, no es compatible con el individualismo exagerado que hoy impregna el mundo evangélico y que reduce el cristianismo a una “experiencia puramente personal con Dios” que llega a alcanzar en algunos casos tintes claramente patológicos. El creyente no puede ser una isla en sentido absoluto ni puede tampoco centrar en sí mismo la noción de iglesia en exclusiva. En el lenguaje del Nuevo Testamento no tiene cabida la expresión “yo soy la Iglesia” que en ocasiones se escucha entre algunos creyentes y que nos recuerda de continuo aquello de l’état c’est moi, que decía el Rey Sol Luis XIV de Francia. De ahí que el Señor Resucitado se haga presente en la comunidad reunida para adorarle, en el conjunto de sus hijos que se congregan en un momento muy concreto de la semana como su especial tesoro.

Al ser así, y en tercer y último lugar, el culto cristiano adquiere una peculiar dimensión de proclamación: el Señor que había sido crucificado ahora ha resucitado y vive y reina para siempre. De ahí que el Nuevo Testamento, como siglos después señalaría la Reforma, haga hincapié en la hoy por desgracia cada vez más olvidada vinculación entre la Palabra y el Sacramento, un lazo cuya ruptura empobrece lo uno y lo otro, y redunda en una disolución del culto y de la vida cristiana como tales. Los escritos apostólicos que constituyen hoy la segunda parte de la Biblia están impregnados de citas de las antiguas Escrituras veterotestamentarias leídas a la luz de los acontecimientos de la Pascua, por un lado, y por el otro se da testimonio de la constante fracción del pan (tecnicismo de la época para designar la Cena del Señor o Sagrada Comunión) en las reuniones cristianas. Ello apunta a una constante predicación sobre el Señor muerto y resucitado, sobre el propósito redentor eterno de Dios, y a una permanente actualización del mensaje de la tumba vacía como consuelo y esperanza para los creyentes, lo que constituyó precisamente la gran fuerza que impulsó a la Iglesia antigua a testificar acerca de Cristo a lo largo y a lo ancho del mundo entonces conocido. El Cristo muerto y resucitado está siempre con su Iglesia, como evidencian los emblemas del pan y el vino, y como ha de recordar de continuo un púlpito en el que Jesús de Nazaret es el tema central de exposición.

“Algo huele mal”, pero no en Dinamarca, como decía el imaginario príncipe Hamlet, sino en la Iglesia.

Algo huele mal, y así hemos de reconocerlo, cuando en tantas congregaciones evangélicas de nuestros días los mal llamados “períodos de alabanza”, demasiadas veces invadidos por “coritos” insulsos y de estilo cursi que desbancan una música y unos himnos de verdadera calidad y contenido evangélico, u otras modas espiritualistas de parecida índole, han desplazado por completo la predicación o la han reducido a su mínima expresión, casi a un mero trámite con el que se debe cumplir para salir del paso o para no quedar mal. El culto no tiene como finalidad la manifestación pública de nuestros sentimientos desbordados, por muy sinceros que pudieran ser, sino la escucha reverente del sentir de Dios para con nosotros.

Algo huele realmente mal, y no podemos negarlo, cuando la proclamación de la Palabra Viva del Dios Vivo revelado en el Cristo Resucitado se rebaja a un mero anecdotario de recuerdos personales más o menos distorsionados del predicador de turno —quien demasiadas veces carece de una formación mínima, para vergüenza de la Iglesia y del mismo Evangelio—, cuando no a un simple repertorio de chistes chuscos y grotescos mal disimulados con el nombre de “ilustraciones” o “recursos homiléticos”, o cuando se limita a ser una exhortación ¿moral? mal hecha con tonos exclusivamente condenatorios, por no mencionar las veces en que se sustituye por una exposición meramente doctrinal o de una supuesta ¿erudición? bíblica fuera de lugar. El culto no tiene como finalidad que la gente sea “más buena” (?), conozca mejor las doctrinas de su iglesia o sepa más sobre ciertos pasajes determinados de la Biblia, sino que aprenda quién es Cristo y qué ha hecho por todos nosotros.

Y algo huele en verdad a podrido cuando tantas iglesias y congregaciones evangélicas rechazan de plano la participación semanal en la Cena del Señor, instituida por el propio Jesucristo como un recordatorio permanente de su propia muerte expiatoria, y la relegan a una mera celebración puramente ocasional y prescindible (mensual en muchos casos, a veces bimensual o incluso trimestral, cuando no anual) con el argumento absurdo de que se hace así para no imitar o remedar el uso de otras iglesias históricas. El culto no tiene como finalidad ser una expresión de odios mal disimulados, rencores siempre latentes o una guerra permanente contra ciertas denominaciones o sistemas religiosos, por muy errados que estén en su doctrina y/o su praxis, sino proclamar la presencia del Señor Resucitado allí donde él quiere manifestarse, es decir, en su Palabra y en los sagrados emblemas de su cuerpo y su sangre entregados por nosotros.

Nos lo preguntamos muchas veces y con verdadera preocupación: ¿qué futuro tienen iglesias que, aunque se amparan en el nombre de evangélicas, de manera deliberada renuncian a esa herencia espiritual del Evangelio que tiene ya veinte siglos de historia y que ha conformado todo un mundo y un sistema de pensamiento bien cimentado en el mensaje del Nuevo Testamento?

Que Dios tenga misericordia del mundo evangélico actual. Estamos realmente necesitados de ella.

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