Posted On 29/10/2012 By In Opinión, Teología With 1519 Views

Un día para recordar

Escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí. (Juan 5, 39 BTX)

Los cambios de costumbres, en ocasiones muy drásticos, son evidentes en todas las sociedades contemporáneas, sin excluir la nuestra. Un ejemplo claro lo constituye el próximo 31 de octubre, que ha pasado, de ser la tradicional “noche de ánimas” previa al día de Todos los Santos —o Día de Difuntos, que tanto juego ha dado en la literatura universal, sin olvidar las célebres Leyendas becquerianas—, al controvertido Halloween, de recentísima importación. Sin entrar en disputas acerca de la conveniencia, o no, de su celebración, o su trasfondo pagano, nos proponemos más bien con esta breve reflexión traer a la memoria del pueblo evangélico la importancia de esta fecha tan señalada en el calendario protestante: el 31 de octubre es el Día de la Reforma, el aniversario de la mayor revolución de la historia del cristianismo, cuyas consecuencias han de seguir fundamentando y fortaleciendo las distintas denominaciones protestantes presentes en nuestro mundo.

El versículo del encabezado, de todos tan conocido, viene a resumir de manera magistral las dos ideas básicas que han sustentado el protestantismo, histórico y evangélico, desde el siglo XVI hasta hoy.

La primera hace referencia a las Escrituras. Escudriñáis las Escrituras, dice Jesús a los judíos. El pueblo de Israel de comienzos de nuestra Era consideraba los Escritos Sagrados legados por Moisés y los profetas como la esencia de su fe y la base de su propia entidad como nación santa. Sola Scriptura, la Biblia sola, será uno de los axiomas formulados por el reformador Martín Lutero, y que sigue estando presente en las confesiones de fe de tantas iglesias surgidas del tronco evangélico: la Biblia es la única Palabra de Dios, la fuente exclusiva de información acerca de todo lo que el Creador del Universo ha comunicado a los hombres, y la única regla de fe y práctica para la vida de los creyentes. En efecto, la Reforma ha devuelto la Biblia a las naciones; al traducirla a las lenguas de todos los pueblos y alentar su lectura y su estudio constante, ha colocado la Palabra de Dios al alcance de todo el mundo, y ello ha redundado en beneficio de quienes han hecho de ella su guía y su inspiración. Lo que cabría preguntarse es hasta qué punto es esto una realidad en los ambientes evangélicos actuales, al menos en el que conocemos más de cerca.

Venimos comprobando con cierta preocupación cómo de un tiempo a esta parte están ocupando los púlpitos de ciertas congregaciones —a veces de denominaciones enteras— ciertas figuras que pretenden vehicular como mensajes divinos supuestas “revelaciones” que afirman recibir de Dios, o incluso “sueños inspirados” en los cuales se les transmiten comunicaciones divinas, bien para el conjunto de los creyentes, bien para individuos muy concretos. De esta forma, su predicación y su instrucción a la Iglesia se transforma sencillamente en una relación de esos encuentros privilegiados que supuestamente mantienen con la Divinidad, salpicada en ocasiones con alguna que otra cita de las Escrituras, pero tan solo como corroboración de lo que, al parecer, Dios les ha comunicado de forma muy directa. ¡Y ay del miembro de cualquiera de esas congregaciones que ose rebatir lo que se ha dicho o manifestar disconformidad con la manera en que se ha presentado! Automáticamente se lo tilda de rebelde, satánico, impío y cualquier otra flor del mismo jardín, cuando no se le imponen sanciones mayores: ¿cómo se atreve a oponerse a lo que el mismo Dios ha revelado a su “siervo escogido”? Situaciones como esta no es necesario buscarlas en tierras lejanas o países del Tercer Mundo, donde la pobreza y la ignorancia endémicas parecen campo abonado para este tipo de fenómenos. Se encuentran aquí mismo, en nuestras propias ciudades, en congregaciones que tal vez conozcamos o con las que mantenemos cierto contacto.

Las Escrituras de que habla Jesús, esa Biblia a que se referían los reformadores protestantes del siglo XVI, han de ser la base exclusiva de nuestra predicación. Dios habla a través de su Palabra escrita. Por un misterioso designio de su Providencia, que no siempre podemos llegar a entender, ha decidido que todo cuanto necesitamos saber acerca de él, está ahí, en sus capítulos y versículos. No ha menester buscarlo en otro lugar. No hay nada acerca de él que proceda de otras fuentes. La Reforma tuvo que hacer frente en su momento a quienes, llevados de un celo enfermizo, pretendían hacerse pasar por “profetas”, “apóstoles” y “videntes” agraciados con revelaciones directas, los llamados “exaltados” (Schwärmer, en los escritos de Lutero), gentes que reclamaban la autoridad de vehicular mensajes divinos para la Iglesia y el mundo haciendo caso omiso de la propia Palabra. Los reformadores en su conjunto supieron actuar con prontitud; las congregaciones reformadas denegaron a aquellas personas cualquier tipo de autorización para enseñar o predicar. Estaba muy claro que Dios había hablado, y seguía haciéndolo, a través de su Palabra escrita, y era allí donde había que encontrar su voluntad.

Las iglesias protestantes y evangélicas de hoy deben actuar de la misma forma, a fin de no perder el norte. La Biblia sigue vehiculándonos hoy la instrucción que Dios desea para su pueblo. Nadie se lleve a engaño. Nadie se deje engatusar por los cantos de sirena de soñadores y exaltados que pretenden hoy ser apóstoles o profetas con nuevas luces y nuevos mensajes que transmitir. Dios ha hablado. Dios sigue hablando porque las Escrituras, debido a los avances en los métodos de interpretación y al desarrollo de las disciplinas vinculadas con su estudio, nos muestran nuevas pinceladas sobre esa Palabra viva que transmiten. No es porque sí que cada año que transcurre aumentan las publicaciones de alta calidad sobre exégesis de los Sagrados Textos o acerca de temas bíblicos importantes para el hombre de hoy. Quien desee saber lo que Dios dice, ha de acudir a la Santa Biblia.

La segunda idea que transmite nuestro versículo es la sorprendente afirmación de Jesús, según la cual ellas [las Escrituras] dan testimonio de él. El Señor resucitado, en memorable conversación con dos discípulos que descendían de Jerusalén a Emaús (cfr. Lucas 24, 13-49), les mostró todo cuanto se afirmaba acerca de él en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. No es porque sí que la Reforma, desde Lutero hasta Juan de Valdés, desde Calvino hasta Casiodoro de Reyna o Cipriano de Valera, pasando por cualquier otro nombre destacado que aparezca en los manuales de historia de la Iglesia, hiciera hincapié en otro axioma que a veces tendemos a olvidar: Solus Christus, es decir, solo Cristo da sentido a toda la Escritura. Más aún, los archiconocidos Sola Fides y Sola Gratia (solo por la fe somos justificados y solo por gracia somos salvos) únicamente alcanzan su verdadero significado a la luz del Solus Christus. Interesante.

Durante mucho tiempo se ha difundido entre nuestros medios evangélicos la idea de que somos “el pueblo del Libro”, el Libro por antonomasia, el Libro con mayúscula, que es otro que la Biblia. No podemos estar de acuerdo con esta afirmación, como ya lo hemos expresado en otras ocasiones, en público y en privado. Llamarnos a nosotros mismos “el pueblo del Libro” puede resultar engañoso, ya que hay otros que se denominan de la misma manera y con motivos muy similares: los propios judíos ortodoxos, sin ir más lejos, cuya veneración por los escritos de la Sagrada Torah (el Pentateuco) es de todos conocida; y no hay que olvidar a los musulmanes, cuya presencia es cada día más patente en nuestra sociedad, que veneran su Corán, el libro sagrado, según ellos, bajado del cielo. Los cristianos evangélicos y protestantes no somos un pueblo de un libro, por importante que este sea. Somos el pueblo de una persona, de un individuo excepcional de quien nos confesamos discípulos y a quien proclamamos como Señor y Salvador, Dios hecho hombre, muerto y resucitado, que vive y reina para siempre.

Esto nos lleva a cuestionarnos también cómo leemos la Biblia, o qué leemos exactamente en ella. Los movimientos fundamentalistas originados en los Estados Unidos, y con amplias ramificaciones incluso en nuestro país, han vendido —¡y muy bien, por cierto!— la desagradabilísima imagen del típico predicador de película o de canal satélite, mal llamado revivalista, que con un ejemplar de las Sagradas Escrituras en la mano alzada a guisa de martillo lanza anatemas contra filosofías, teorías científicas, cambios sociales y políticos, mientras esgrime amenazas apocalípticas sobre un mundo al que considera diabólico y condenado de antemano a la destrucción eterna. Esas figuras grotescas, que a más de uno de nuestros conciudadanos causan la risa, en realidad debieran hacernos temblar; so capa de una religiosidad y un biblicismo extremos, van vehiculando ideologías políticas extremistas muy marcadas y una forma de pensar que no se diferencia en nada de la que ostentan las sectas más peligrosas, que suelen ser, además, negocios harto jugosos en ocasiones. La Biblia es su bandera, hasta su ídolo, pero están muy lejos de entender realmente su mensaje. Cristo ocupa muy escaso espacio en su predicación.

Las Escrituras nos han sido dadas como testimonio exclusivo de Cristo. No como catecismo o manual de teología dogmática. Ni siquiera como normativa moral para las congregaciones. Tampoco a guisa de “mapa profético”. Los cristianos protestantes y evangélicos no tenemos como misión difundir simplemente un libro o un corpus doctrinal mejor o peor elaborado, sino proclamar a aquel al que apuntan sus páginas. Nuestra lectura y nuestro estudio de la Biblia, personal o compartido, público o privado, resultará por completo vacío y carente de sentido si no es Cristo el tema central que lo impregne todo, el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Sola Scriptura y Solus Christus, enseñaron los reformadores. Y tenían razón, porque la Escritura da testimonio de Cristo.

Feliz Día de la Reforma.


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