Posted On 17/04/2008 By In Opinión, Pintura With 1074 Views

Una historia de crucificados (y crucificadas)

No conocía al artista Gregory Eanes que plasmó en el lienzo tamaña pintura, pero al ver su obra entré en comunión con él y, a través de su obra, con el Crucificado.

Doble corona de espinas. Crispación en unas manos taladradas por clavos que buscan refugio, a través de la carne, en una madera convertida en patíbulo. Rostro cabizbajo, descompuesto y dolorido. Cuerpo derretido cual cera al calor de un candil nada inocente. En resumen, nos enfrentamos a la historia humana, nuestra historia.

Una historia regida por “los príncipes de este mundo” (1 Cor. 1:28), adictos a crucificar a los inocentes que se rebelan contra su despotismo. Unos crucificados que suplen, en ocasiones sin saberlo, lo que falta a la tortura del Crucificado (Col. 1:24) . Lo que falta para que experimentemos el alumbramiento de un mundo nuevo.

Mientras tanto, mientras no llega ese otro mundo posible, debemos mantener una comunión fraterna, y por ello solidaria (Mat. 25), con los que la barbarie humana, nuestra barbarie, sigue coronando sus frentes de un dolor innecesario y cruel.

Mientras tanto seguiremos “sin belleza” (Is. 53:2) que nos haga atrayentes. Pero no todo está perdido, la resurrección está a la vuelta de la esquina (Apo. 20:6).

Sobran las palabras… faltan los hechos.

Ignacio Simal Camps
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