aborto

Posted On 25/02/2014 By In Opinión With 2077 Views

¿Y qué sobre el aborto?

El actual debate en relación al aborto parece en no pocas ocasiones un intercambio de argumentos que tratan de dos temas diferentes. En un lado se sitúan aquellos que sostienen que es un derecho de la mujer, que ellas son las únicas que tienen la primera y la última palabra en este asunto; en el lado opuesto están los que hablan de que realmente todo se centra en el hecho de poner fin o no a una vida humana. Para los primeros se trata de la libertad de decidir de la mujer sobre su cuerpo, para los segundos que lo que se gesta en el vientre es alguien distinto a ella. El debate es intenso y duro.

La práctica abortiva legalizada no es de lejos un «logro» de nuestros tiempos, no es en este sentido un avance de la sociedad. En la cultura clásica el mismo era un derecho que no se discutía y la diferencia con el presente estriba en quién tiene la libertad de decisión.

En la cultura pagana en la que se desarrolló y expandió el cristianismo el aborto estaba totalmente aceptado, tanto que se esgrimían razones a su favor. Se defendía como algo conveniente en determinados casos y no se alegaba en su contra argumentos morales. Su práctica era algo considerado de lo más natural.

Si nos vamos a los forjadores de la cultura occidental tenemos que tanto Platón como Aristóteles se habían pronunciado en este sentido. Por ejemplo Aristóteles en su obra Política sostenía:

“Para  distinguir  los  hijos  que  es  preciso  abandonar  de  los  que  hay  que  educar,  convendrá  que  la  ley prohíba que se cuide en manera alguna a los que nazcan deformes; y en cuanto al número de hijos, si las costumbres resisten el abandono completo, y si algunos matrimonios se hacen fecundos traspasando los límites formalmente impuestos a la población, será preciso provocar el aborto antes de que el embrión haya recibido la sensibilidad y la vida. El carácter criminal o inocente de este hecho depende absolutamente sólo de esta circunstancia relativa a la vida y a la sensibilidad.” [[1]]

 

En el Impero Romano los hombres tenían el derecho, sobre su mujer o amante, de obligarlas a abortar. También era algo habitual el infanticidio especialmente cuando el bebé que nacía era niña. No podía saberse el sexo del pequeño con anterioridad al parto así que en el mismo momento en el cual nacía o bien se le daba muerte o bien se lo abandonaba para que pereciera a la intemperie o pasto de cualquier perro o animal salvaje. Otra causa de infanticidio, como Aristóteles apuntaba en la cita de más arriba, era que el bebé tuviera alguna deformidad física.

Desde el mismo inicio del cristianismo éste se enfrentó a la práctica del aborto y del infanticidio. Esta posición del cristianismo frente a tales hechos no podía ser de otra forma. Tenían muy claro que lo que se gestaba en el vientre de la mujer era un ser humano y no digamos ya de los niños recién nacidos. Como seres humanos eran una creación divina y por tanto la vida pasaba a ser sagrada.

Esta cosmovisión arrancaba desde las mismas páginas del Antiguo Testamento y por lo tanto era una parte esencial del judaísmo. El mismo relato de la creación hacía de la capacidad de traer descendencia de la primera pareja el resultado de la voluntad expresa de Dios, de su bendición sobre  ellos.

En los relatos patriarcales llama la atención algo de una enorme relevancia a este respecto y es que la esterilidad estaba considerada como una maldición divina. A pesar de lo equivocada que era esta creencia la mujer que no podía concebir era presa de una gran amargura. Frente a ella la que había tenido muchos hijos era considerada dichosa.

Unas de la bendiciones que Dios pronunció para con Israel fue “Bendito el fruto de tu vientre…” (Deuteronomio 28:3a) y el Salmo 127:3 lo expresaba de esta forma: “Son los hijos herencia que da el Señor, son los descendientes una recompensa.”

De una gran claridad es Éxodo 23:25b-26: “Yo mantendré alejadas de ti las enfermedades, y en tu país ninguna mujer abortará o será estéril; te concederé vivir largos años.”

Ante esta perspectiva se entiende que para un israelita el acabar con la vida de un no nato fuera algo impensable, es más, era una afrenta contra Dios y su buena mano.

En la terrible época de degeneración moral y social en la que le tocó vivir al profeta Oseas éste clamaba a Dios por su justicia. El sufrimiento por el que pasaba este vocero de Dios era de una enorme intensidad viendo la prostitución espiritual de Israel. En un momento dado clamó a Dios para que castigara a  su pueblo por tanto mal: “Dales, Señor… ¿Qué les darás? Dales un vientre que aborte y unos pechos que no den leche.” [[2]]

El aborto era de esta forma considerado como un castigo divino del nivel más severo y es así que el profeta lo pide.

De una gran sensibilidad y belleza son los relatos que el evangelista Lucas realizó de los embarazos de Isabel y de María. Así, en un  momento dado, María decide visitar a su pariente Isabel que estaba embarazada de Juan el Bautista. Al entrar en su casa y “al oír Isabel el saludo de María, el niño que llevaba en su vientre saltó de alegría. Isabel quedó llena del Espíritu Santo”. [[3]]

Era un niño, un ser humano el que saltó de alegría en el vientre de Isabel. La ciencia ha demostrado cómo la criatura en el seno de su madre puede sentir los estados anímicos por los que ella pasa.

El pensar una mujer judía en la posibilidad de abortar hubiera sido una aberración. Métodos para ello ya existían y el mismo se practicaba en el mundo pagano pero la fe israelita no consideró jamás que la mujer tuviera el derecho de matar a su hijo no nacido. Era un regalo de Dios y por ello le estaba, al igual  que su esposo, profundamente agradecida.

Los profetas, quienes eran la conciencia moral del pueblo israelita, creían firmemente que Dios los había llamado ya desde el vientre de su madre. [[4]]  Parecida idea la encontramos  en otros escritos como el libro de Job o el de Salmos [[5]] y un eco perfecto en las palabras de Pablo en Gálatas 1:15.

Esta fue la misma creencia de Jesús, de sus discípulos y de la iglesia primitiva. Es del todo imposible poner en labios del Galileo algo así como una declaración a favor del aborto. Su mensaje fue acerca de la vida, del Dios que la traía. Su ministerio se centró en los más débiles, en los más indefensos y menospreciados. No hay nadie más débil e indefenso que la criatura en el seno de su madre.

Pero ¿pensó la iglesia post-apostólica de forma distinta? ¿Tal vez con el tiempo abandonó esta visión y se abrazó a la indiferencia? ¿Existen testimonios en un sentido u otro?

Realicemos un recorrido por los primeros siglos seleccionando citas a este respecto ya que las mismas son abundantes. En ocasiones haré un muy breve comentario cuando lo que se diga sea algo especialmente destacable.

En el siglo II se escribió la Epístola de Bernabé. Allí en 19:5 se dice: “No matarás a tu hijo en el seno de la madre ni, una vez nacido, le quitarás la vida.”

Un  poco más adelante, en 20:2, cuando el escritor de esta epístola pasa a describir el camino de los malvados menciona, entre otras tantas cosas, que: “… no sufren con el atribulado, prontos a la maledicencia, desconocedores de Aquel que los creó, matadores de sus hijos por el aborto, destructores de la obra de Dios, que echan de sí al necesitado…”.

En este mismo siglo tenemos el Apocalipsis de Pedro, la Didaché o la Doctrina de los doce apóstoles y la Súplica a favor de los cristianos del apologista Atenágoras. En estos escritos se dice respectivamente:

“Muy cerca de allí vi otro lugar angosto, donde iban a parar el desagüe y la hediondez de los que allí sufrían tormento, y se formaba allí como un lago. Y allí había mujeres sentadas, sumergidas en aquel albañal hasta la garganta; y frente a ellas, sentados y llorando, muchos niños que habían nacido antes de tiempo; y de ellos salían unos rayos como de fuego que herían los ojos de las mujeres; éstas eran las que habían concebido fuera del matrimonio y se habían procurado aborto.”[[6]]

De esta forma se presentaban varios de los tormentos en la condenación que padecían las mujeres que habían abortado. Por supuesto todos estos textos no son canónicos, no pueden considerarse en ningún sentido como inspirados.

“No matarás, y no cometerás adulterio, no serás corruptor de muchachos y no fornicarás, no robarás, no tendrás tratos con magia, ni harás hechicerías, ni matarás a un niño con un aborto, ni matarás al recién nacido, no codiciarás los bienes de tu prójimo.” [[7]]

“Nosotros afirmamos que las que intentan el aborto cometen un homicidio y tendrán que dar cuenta a Dios…”. [[8]]

A finales del siglo II Tertuliano en su tratado llamado El testimonio del alma también hablaba a este respecto y si pasamos al siglo III el testimonio cristiano que nos ha llegado seguía en la misma línea.

Minucio Félix en su tratado llamado Octavio decía: “Hay mujeres que, al beber preparados médicos, aniquilan la fuente del futuro hombre en su mismo interior, cometiendo así parricidio antes de que nazca. Y esas cosas, ciertamente, proceden de las enseñanzas de vuestros dioses.”[[9]]

El aborto es una práctica pagana dirá Minucio Félix pero algo condenado por el cristianismo.

Hipólito de Roma en su Refutación de todas las herejías hará la primera mención que tenemos sobre cristianas que habían abortado. La contundencia de lo que escribe es tremenda:

“De lo cual resultó que mujeres reputadas como buenas cristianas empezaron a recurrir a drogas para producir la esterilidad y a ceñirse el cuerpo a fin de expulsar el fruto de su concepción. No querían tener un hijo de un esclavo o de un hombre de clase despreciable, a causa de su familia o del exceso de sus riquezas. ¡Ved, pues, en qué impiedad ha caído ese hombre desaforado, aconsejando a la vez el adulterio y el homicidio!”[[10]]

Pasando al siguiente siglo, el IV, la unanimidad de pensamiento en este asunto jamás se pierde. Obras como Constituciones Apostólicas o escritores como Basilio el Grande, Juan Crisóstomo, Gregorio de Nisa o Jerónimo se opondrán al aborto. Especialmente destacable es lo que dirá Juan Crisóstomo:

“Porque en banquetes de esa clase tenéis malos deseos e impurezas, quedando las esposas en descrédito y las prostitutas en honor entre vosotros. Por tanto os exhorto a que huyáis de la fornicación y de la madre de ella, la embriaguez. ¿Por qué sembrar donde la cosecha es imposible, o más bien aunque coseches te acarrea gran vergüenza el fruto? Porque aunque nazca un hijo te deshonra y contiene la injusticia hecha al haber nacido en ilegitimidad y bajeza… ¿Dónde hay tantos esfuerzos para abortar? ¿Dónde hay asesinato antes del nacimiento? Pues incluso la prostituta ya no sigue siendo mera prostituta, sino que la haces una asesina también. Ves cómo la embriaguez lleva a la prostitución, la prostitución al adulterio y el adulterio al asesinato, o, más bien, algo peor que el asesinato. Pues no tengo nombre para darle, ya que no elimina lo que nace, sino que impide que nazca.”[[11]]

En el canon 21 del Concilio de Ancira celebrado en el año 314 se escribió:

“A las mujeres que concibieron como consecuencia de su adulterio y luego abortaron, y se dedican a preparar venenos que inducen el aborto, según una regla previa se les prohíbe comulgar de los Santos Misterios hasta la muerte –- y esta decisión se cumple hasta ahora en las iglesias. No obstante buscando una alternativa más condescendiente, hemos decidido que pasen diez años en arrepentimiento, según las etapas establecidas.”

Entrando ya en el siglo V San Agustín hablará en varias ocasiones de este tema. Así por ejemplo en La Ciudad de Dios argumentará:

“Si  los  abortos  no  pertenecen  a  la  resurrección,  perteneciendo  al  número  de  los  muertos. Responderé con el favor de Dios estas objeciones, que, según he referido, me las opone la parte  contraria.  En  lo  respectivo  a  los  partos  abortivos  que  habiendo  tenido  vida  en  el vientre murieron allí, así como no me atrevo afirmar que hayan de resucitar, tampoco me atrevo a negarlo, aunque no advierto motivo para que no les pertenezca la resurrección de los  muertos  porque  o  no  todos  los  muertos  han  de  resucitar,  o,  habrá  algunas  almas  que estén  eternamente  sin  cuerpos,  como  son  las  que,  aunque  en  el  vientre  de  su  madre,  sin embargo efectivamente tuvieron cuerpos, o, si todas las almas han de recobrar los cuerpos que tuvieron dondequiera que, viviendo o muriendo, los dejaron, no hallo causa para poder decir que no pertenezcan a la resurrección de los muertos cualesquiera muertos, aunque hayan fallecido en el vientre de sus madres. Cualquiera opinión que se establezca en orden a éstos lo que dijésemos de los niños ya nacidos se debe entender también de ellos, si han de resucitar.”[[12]]

En esta discusión sobre si los abortivos resucitarían o no Agustín mantiene que ellos también tienen alma por lo que entonces deberán resucitar. Es decir, son también seres humanos plenos.

Impresionante será lo que diga también en este mismo siglo Vicente de Lérins en su obra Commonitorium:

“Que la religión de las almas imite el modo de desarrollarse los cuerpos, cuyos elementos, aunque con el paso de los años se desenvuelven y crecen, sin embargo permanecen siendo siempre ellos mismos. Hay gran diferencia entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad; no obstante, quienes ahora son viejos son los mismos que fueron adolescentes. El aspecto y el porte de un individuo cambiará, pero se tratará siempre de la misma naturaleza y de la misma persona. Los miembros de un lactante son pequeños y más grandes los de los jóvenes, y siguen siendo los mismos. Tantos miembros tienen los adultos cuantos tienen los niños; y si algo nuevo aparece en edad más madura, ya preexistía en el embrión; así, nada nuevo se manifiesta en el adulto que ya no se encontrase de forma latente en el niño.”[[13]]

Si avanzamos mucho más rápido en el tiempo, cristianos de la talla de Calvino, Bonhoeffer, Barth o Santa Teresa de Calcuta no dejaron lugar a dudas. Se trata de una unidad de pensamiento que surge desde la fe israelita más primitiva y llega hasta nuestros días.

La ciencia no ha hecho nada más que darle la razón al judaísmo primero y al cristianismo después. Desde el primer segundo de la unión de un espermatozoide y un óvulo es que se da la vida y ésta es de tipo humana. Inmediatamente tras la concepción es que el desarrollo celular se inicia y ya está determinado el sexo del nuevo ser y posee todo el código genético que será lo que dirija su posterior desarrollo, esto es el que sea más alto o más bajo, el que tenga el pelo rubio o moreno, por ejemplo. Posee toda la potencialidad de lo que será, sólo necesita tiempo.

Los que favorecen el aborto suelen usar la expresión “interrupción voluntaria del embarazo” lo que es un claro eufemismo, una frase bastante suave, higiénica y hasta elegante pero que es una clara manipulación  de la realidad. Esto se debe a que la expresión  sólo alude a un acto de la volición, a una decisión tomada pero no a sus consecuencias. Esta “interrupción voluntaria del embarazo” lo que provoca es el final de una vida y esta vida es humana. Vuelvo a repetir, son dos hechos  incontestables, es  vida y es humana.

Ahora sí que tenemos el cuadro completo, no escondemos nada y colocamos al lado de una decisión las repercusiones de la misma. Por tanto el aborto lo que hace es acabar, no solo interrumpir, con esa vida diferenciada y única en el vientre de la mujer. Sostener que esto es un derecho es algo enormemente serio ya que es mantener que alguien puede disponer de la vida de otro ser por el hecho de que se está desarrollando en su seno. Existen por tanto razones morales, teológicas, sociales y médicas para oponerse al aborto.

Defender el aborto libre no es progresismo sino una regresión, una vuelta a una época en donde la mujer era una pertenencia del marido o en donde se practicaba el infanticidio. Un tiempo en el cual una parte importante de la economía se sostenía sobre las espaldas de los esclavos y a las masas se las controlaba con pan y circo. Deberíamos hacer una seria reflexión en qué contexto social y moral se sitúa la moderna defensa del derecho a abortar.

Actualmente en los distintos países en los cuáles se puede abortar se sigue una ley de plazos que llegan hasta un máximo de seis meses como ocurre en Holanda. Lo pasmoso de la situación es que el bebé está formado en la semana 21 y con una más podría hasta sobrevivir fuera del vientre materno, algo indudable a los seis meses de gestación. Es un ser humano que puede ser observado por medio de monitores en el seno de su madre y que podría vivir fuera del mismo.

La cifra de abortos en España sólo en 2012 es desgarradora, 112.000, esto es uno de cada cinco embarazos. Además nueve de cada diez abortos se produjeron a petición de la mujer sin dar ninguna razón, sencillamente querían abortar. Las cifras también indican que más del 35% de las mujeres que abortaron ya lo habían hecho con anterioridad lo que significa que para la mayoría de este porcentaje se trata de una especie de método anticonceptivo más.

Sé que existen auténticos dramas cuando por ejemplo una mujer es violada o se produce un incesto pero hay salidas alternativas las cuales no llegan a la mujer por falta de voluntad de los políticos. Se debe proveer apoyo de tipo psicológico, médico y económico para que la mujer pueda llevar a término el embarazo y dar en adopción al bebé si así lo desea posteriormente. El aborto se mire por donde se mire es una tragedia de una enorme magnitud.

Un caso distinto es cuando la continuidad con el embarazo pone en peligro la vida de la madre. Esto es sencillo de comprender ya que si no se actúa tanto la madre como la criatura en su seno morirán. Por ello se ha de elegir a cuál de las dos se tiene que salvar algo que sólo pueden decidir la mujer y su pareja.

Un argumento recurrente a favor del aborto es el caso de las malformaciones. Es triste que alguien viva de esta forma por lo que, sostienen, es mejor acabar con ella antes de nacer. No sé si aquellos que mantienen esto se preguntan qué pensarán aquellas personas que son inválidas o padecen algún tipo de síndrome. Se les está diciendo a las claras que ojalá hubieran tenido la suerte de que sus madres hubieran acabado con ellas antes del alumbramiento. Tal es el caso de los síndrome de Down. Las cifras que nos llegan hablan de que el 80% o incluso el 90% de mujeres que conocen que la criatura que traen tiene esta alteración genética deciden abortar.  ¿Se ha levantado alguien de los que están a favor del aborto para protestar a causa del daño y el rechazo que están sufriendo estas personas? ¿Han convocado alguna manifestación en la que las pancartas digan que ellos también tienen derecho a vivir? No me extraña que Pablo Pineda, el primer universitario con síndrome de Down de Europa, en una entrevista reciente catalogue esta realidad como de genocidio. [[14]]

Pero es que además conozco a tres personas que están perfectamente y a cuyas madres les recomendaron, y en un caso hasta llegaron a tacharla de insensible e inhumana, que abortaran debido a malformaciones severas y en dos casos de incompatibilidad con la vida. Una de ellas es familiar mío y por cierto, está estudiando medicina…

Tristemente casi todo y casi todos parecen ir en una dirección, abortar. Ni siquiera existe una discriminación de casos extremos como los comentados, la violación o el incesto, que necesitan una especial atención y cuidado. En respuesta han surgido asociaciones de mujeres víctimas del aborto que dan la voz de alarma. Estas asociaciones están apuntando a un hecho que parece que nadie quiere admitir y son las muy graves consecuencias para salud mental que pueden aparecer en la mujer que ha abortado de forma voluntaria. En paralelo también están llegando informes de casos similares en hombres, las parejas de las mujeres que abortaron. Tanto unos como otros sienten un profundo dolor por el hijo que jamás tendrán como consecuencia de su decisión. Nadie les advirtió de la posibilidad de pasar por este amargo trance y de nuevo las mujeres vuelven a ser las víctimas de aquellos y aquellas que precisamente decían “liberarlas”. No pueden apartar de sus mentes el hecho de que acabaron con su propio hijo. Por si fuera poco el impacto emocional también es para los hijos de cierta edad de aquellas madres que en su momento decidieron abortar. La pregunta que les marca es ¿podría haber hecho mi madre lo mismo conmigo? ¿Por qué con mi hermano no nacido sí y conmigo no? La duda es terrible.

Dicho lo cual, estas mujeres que están pasando por este tipo de depresión llamada síndrome del post-aborto no deberían ser condenadas por nadie. Deben ser objeto del cuidado de todo su entorno y de ayuda profesional adecuada. Nadie que así se sienta está tan lejos de la gracia de Dios que ésta no pueda alcanzarla.

Juan Pablo II no pudo tener más sensibilidad en su Encíclica Evangelium Vitae para con las mujeres de fe católica:

“Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.”[[15]]  

Tristemente la cultura occidental sigue un proceso imparable de paganización, una regresión en aspectos morales esenciales. Es una cultura de grandes logros científicos, económicos y tecnológicos pero los está realizando en medio de un desierto moral. Con el aborto está sucediendo lo mismo ya que se diga lo que se diga nadie puede tener un derecho que lo haga estar por encima de una vida humana.

Tú creaste mis entrañas, en el seno de mi madre me tejiste.

Te alabo, pues me asombran tus portentos, son tus obras prodigiosas: lo sé bien.

Tú nada desconocías de mí, que fui creado en lo oculto, tejido en los abismos de la tierra.

Veían tus ojos cómo me formaba, en tu libro estaba todo escrito; estaban ya trazados mis días cuando aún no existía ni uno de ellos.

Salmo 139:13-16


[1]             Política, 14.

[2]             Oseas 9:14.

[3]             Lucas 1:41.

[4]             Ver por ejemplo Isaías 44:2 y Jeremías 1:5.

[5]             Job 10:8-12 y Salmo 139:13-16.

[6]             Apocalipsis de Pedro, 26.

[7]             Didaché, 2.2.

[8]             Súplica a favor de los cristianos, 35.6.

[9]             Octavio, 30.

[10]           Refutación de todas las herejías, 9:8.

[11]           Homilías sobre los Romanos, 24.

[12]           La Ciudad de Dios, XXII, 13.

[13]           Commonitorium, 23.

[15]           Carta Encíclica Evangelium Vitae, 99.

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