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Posted on 09/05/2025 by Jaume Triginé  in  portada, Teología

Sufrimiento cruel e innecesario | Jaume Triginé

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«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá»[1] son palabras de Jesús; pero, como señala el teólogo Johann Baptist Metz[2], pocas veces se nos concede aquello que suplicamos, casi nunca encontramos lo que requerimos y las puertas a las que golpeamos no siempre se abren. Nos hallamos ante uno de los textos bíblicos más generadores de frustraciones, dudas y perplejidades por la ausencia de respuesta a las oraciones sinceras de muchos creyentes.

¿Cuál es el problema? En primer lugar, la sacralización de la Biblia que consiste en atribuirle un carácter sagrado (divinizarla, deificarla…). Es lo que ocurre cuando la elevamos al nivel de lo esencial, de lo invariable que solo corresponde a Dios, en cuanto expresión del Misterio que nos envuelve o Realidad última.

Esta deificación suele estar acompañada de su lectura literal, sin tener en cuenta su contexto ni la cuestión de los géneros literarios. Si se lee: «la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados»[3], se cree, sin la menor duda, que la súplica puede obrar la sanidad del enfermo sin considerar el pensamiento, del momento en que se escribieron estas palabras, sobre tales cuestiones.

A finales del siglo I, cuando fue escrito este texto, la enfermedad era considerada como un castigo divino al pecado. Un ejemplo lo hallamos en el evangelio de Juan cuando relata que: «Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron: Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?»[4]. Esta vinculación entre pecado y castigo formaba parte del imaginario de aquel momento histórico. La enfermedad se imputaba a los dioses y a estos había que rogar para lograr su erradicación.

Pero estamos en el siglo XXI. Hoy sabemos que el origen de la enfermedad está en la propia limitación del ser humano, en su proceso envejecimiento, en su deterioro biológico, en las infecciones víricas, en la metástasis de las células cancerígenas… Y su potencial curación está en manos de los conocimientos científicos alcanzados por el hombre.

Es doblemente dura la experiencia de tantos creyentes que, desde una fe sencilla, han constatado el silencio de Dios frente a la enfermedad de la persona amada, por la que han estado orando intensamente, y que finalmente ha muerto. De nada sirven los versículos descontextualizados ni las proclamas de los espirituales de turno acusando, cruelmente, de una fe insuficiente. ¡Cuánta insensibilidad!

Todo ello no hace otra cosa que aumentar el sufrimiento y las dudas acerca de la propia fe. Lamentablemente, nos hallamos ante una situación auspiciado por una hermenéutica más orientada a la doctrina que a la persona, más preocupada por justificar a Dios (como los amigos de Job) que acompañar al inocente en su dolor; aunque para ello se vea obligada a efectuar juegos de manos teológicos como aceptar cualquier infortunio de esta vida como voluntad divina (el Señor sabe todas las cosas) o como formando parte de un plan superior (el Señor sabrá el por qué).

Pero, ¿es posible hacer estas afirmaciones y quedarse tan tranquilos imputando a Dios los sufrimientos de este mundo? ¿De qué plan superior forman parte las víctimas inocentes de las guerras?, ¿y los subsaharianos que han dejado la vida al cruzar el Mediterráneo?, ¿y las mujeres afectadas por la violencia de género?, ¿y los niños nacidos con malformaciones?, ¿y la muerte de un hijo? Podríamos seguir, la lista es extensa.

Debemos desacralizar la Biblia y ubicarla en el plano de la contingencia. La Bibliolatría y sus interpretaciones literales son causa de demasiado sufrimiento, de dudas respecto a la fe o, en muchos casos, de su abandono. Una hermenéutica fundamentada en el método histórico-crítico permite acercarnos a una interpretación más fidedigna de los textos que las lecturas literales, las cuales, paradoxalmente, terminan por falsear el sentido original de los escritos.

El segundo problema son los falsos conceptos de la divinidad. Arrastramos la imagen de ser superior de naturaleza espiritual; no vinculado al espacio ni al tiempo; sin principio ni fin; eterno. Instalado en el cielo de las antiguas cosmologías (Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma). Creador y sustentador de todo lo existente (conocido o desconocido por el ser humano) que, mediante su providencia o en respuesta a las plegarias puede intervenir en este mundo para resolver aquellas cuestiones que nos sobrepasan, algunas de las cuales hemos podido crearlas nosotros mismos.

El pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer[5] acuñó la expresión tapa-agujeros para dar a entender esta idea de alguien al que acudir cuando nos enfrentamos a situaciones que nos desbordan. Esta imagen deriva en la conceptualización de un Dios arbitrario que nos genera un sinfín de preguntas: ¿Qué decir del silencio de Dios ante plegarias sinceras? ¿Por qué sus favores no alcanzan a todos? ¿Qué intervención puede esperar quien no ora? ¿No hace salir el sol sobre justos e injustos? ¿No decimos que Dios no hace acepción de personas?

Esta es una imagen de la divinidad que no tiene en cuenta el concepto teológico de la autonomía de las cosas creadas. El universo se expande por principios y constantes universales que nos son conocidas; nuestro planeta se rige por leyes físicas y químicas; el fenómeno humano obedece a factores biológicos, sociales y psicológicos. De todo ello se infiere que el objetivo de la plegaria no es que Dios sea funcional a nuestras necesidades, en el sentido de alterar las leyes naturales expuestas; sino hacernos sensibles a nosotros respecto a la cuestión por la que estamos orando.

Friedrich Nietzsche[6] nos recordó y proclamó que este dios de la premodernidad no existe. Es una proyección antropológica sobe el Misterio que nos envuelve, al que asociamos atributos compensatorios de nuestras carencias humanas. Pero el dolor, la perplejidad, el sufrimiento, la angustia, las limitaciones… continúan acompañando el devenir existencial de la persona y, por tal motivo, la queja, el lamento, el grito… continúan siendo una necesidad antropológica.

Cuanto antecede nos sitúa frente a una última consideración: ¿tiene hoy algún sentido la plegaria? Para responder a este interrogante, quizá tendremos que empezar a modificar las imágenes mentales de Dios propias de los siglos anteriores a la entrada del hombre en la modernidad. Pere Carreras, director y profesor de Teología en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Girona en la introducción del texto de Paul Tillich, Dinámica de la fe, escribía: «Dios no habita en un cielo imaginario, sino en la profundidad de la propia existencia y en su relación con todo lo creado. Dios es el fundamento y el sentido de todos los seres»[7]. Esta sustitución de los conceptos tradicionales de arriba, en el cielo o en las alturas por el de profundidad y fundamento permite intuir a Dios en el conjunto de la realidad, acercarlo a la vida, integrarlo en nuestra experiencia, sentir su cercanía. «Dios no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos»[8] pronunció Pablo en el Areópago de Atenas.

Este sentido más inmanente de la divinidad y algunos cambios en el lenguaje de la oración, nos permiten, como sugiere el teólogo Andrés Torres Queiruga, expresar a Dios nuestros sentimientos y necesidades como lo haríamos con una persona de nuestra confianza, reconociendo, como ya se ha señalado, la autonomía de la creación y desterrando la imagen de un Dios intervencionista. Escribe Torres Queiruga: «De entrada, este cambio puede resultar doloroso y difícil. Puede paralizarse el lenguaje y parecer que uno se queda sin oración: hábitos largamente cultivados quedan con las raíces al aire y sin sentido, al tiempo que faltan las palabras para decir otra cosa. Se puede llegar a la sensación de que ya ni siquiera tiene objeto acudir a Dios para nada. […] No hay nada que antes se expresaba como petición que no pueda expresarse ahora, y mejor, en su sentido exacto y correcto. Faltarán las fórmulas, pero se descubrirá cuánto tópico y rutina, cuánta frase huera e injusta pueblan nuestra oración. La imagen de Dios se hará más consciente e iremos educándonos en el respeto a su diferencia, en el sentimiento de su trascendencia»[9].

 Este doble movimiento de situar la Biblia en el plano histórico y cultural, empleando aquellas hermenéuticas que permitan la mejor interpretación del texto, más allá de una literalidad descontextualizada y, por otro lado, sustituir las imágenes de un Dios alejado e intervencionista, resultado de nuestras proyecciones antropomórficas, por la de su presencia y acompañamiento en todas las circunstancias de la vida, permite vivir la fe sin sufrimientos innecesarios y sin dudas ni violencia conceptual.

 

Jaume Triginé

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[1] Mt. 7,7

[2] Metz, J. B. (2007). Memoria passionis. Editorial Sal Terrae.

[3] Stg. 5,15

[4] Jn. 9,1-2

[5] Bonhoeffer, D. (2018). Resistencia y sumisión. Ediciones Sígueme.

[6] Nietzsche, F. (1983.) Així parlà Zaratustra. Edicions 62.

[7] Tillich, P. (2013). Dinàmica de la fe. Facultat de Teologia de Catalunya.

[8] Hch. 17,27b-28a

[9] Torres Queiruga, A. (2013). Alguien así es el Dios en quien yo creo. Editorial Trotta.

Jaume Triginé

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