Del estudio de la primera generación de cristianos se infiere el significativo papel de los llamados profetas o predicadores itinerantes que, habiendo conocido a Jesús o a sus discípulos, extendieron, desde Galilea, el recuerdo de la vida, muerte y resurrección del Maestro de Nazaret a futuros discípulos, en este caso sedentarios, de las pequeñas poblaciones de Palestina. Fue una transmisión oral que, con el paso del tiempo y las primeras compilaciones escritas de los dichos y hechos de Jesús, contribuyó a la emergencia de las primeras iglesias domésticas.
Jesús María Nieto Ibáñez, Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Valladolid describe este momento decisivo del proceso formativo de las primeras comunidades destacando el papel de aquellos creyentes: «la enorme difusión geográfica del cristianismo no se debió tanto a la labor de misioneros profesionales, como ocurrió con Pablo y con Bernabé… sino al testimonio de muchos cristianos anónimos, que viajaban por diversas zonas y llevaban su fe de un lugar a otro, en muchos casos de forma personal y espontánea»[1].
En ausencia de una estructura homogeneizadora, estos predicadores itinerantes enfatizaron sus experiencias y recuerdos personales y no tanto un corpus preestablecido, por lo que los primeros grupos de creyentes se constituyeron en torno a unos énfasis no siempre coincidentes. Si a ello añadimos variables geográficas, étnicas y culturales no nos sorprende la pluralidad, en el pensamiento y en la acción, de los primeros grupos cristianos que iban constituyéndose en torno a la memoria de Jesús y al sentido de su vida y de su muerte.
Como expresa el teólogo Juan José Tamayo: «El cristianismo empieza con el evangelio de Jesús de Nazaret y el anuncio de la llegada del reino de Dios, no con los dogmas de la Iglesia»[2]. Mas, lo que inicialmente fue experiencia personal, memoria…, progresivamente, va adquiriendo forma conceptual. Aparecen algunas confesiones de fe o credos. Los más antiguos son anteriores a la redacción de los escritos canónicos del Nuevo Testamento. Forman parte de lo que se conoce como la tradición de Jesús durante los años a los que estamos haciendo referencia. Algunos de ellos están recogidos por el apóstol Pablo en sus cartas.
Contribución esencial del Concilio de Nicea (325), del que este año se conmemora el 1700 aniversario, fue la redacción del llamado Credo, con la finalidad de definir las doctrinas nucleares de la fe a partir de las cuales las diversas comunidades pudiesen reconocerse como iglesias hermanas, más allá de las diferencias derivadas de sus orígenes, influencias y contexto.
De manera gradual, con el transcurso de los siglos, la experiencia de quienes vivieron, en primera persona o de manera muy cercana en el tiempo, el acontecimiento que representó Jesús de Nazaret, va transformándose en conceptos doctrinales, filosóficos, dogmáticos y teológicos que se distancian de las vivencias, ciertamente irrepetibles, de quienes compartieron espacio y tiempo con el Maestro de Nazaret. El dinamismo de la vida fue suplantado por la rigidez de las declaraciones con pretensión de universalidad y de continuidad temporal. Es por ello que, situándonos en nuestro aquí y ahora, las enseñanzas tradicionales de las iglesias son percibidas por la generación de la inteligencia artificial como descontextualizadas. El propio Credo de Nicea, al que hemos aludido, está impregnado de resonancias de la filosofía griega, de la que nos separan, no solo diecisiete siglos sino también toda una cosmovisión.
Otra consideración, no menor, es el hecho que, en demasiadas confesiones cristianas, las expresiones doctrinales suelen tener un mayor peso que las consideraciones de naturaleza ética; hecho que desvirtúa el mensaje original de amor, de empatía, de respeto, de inclusión, de solidaridad, de fraternidad, de justicia, de paz… Tanto es así que, en nombre de la ortodoxia o, tomando la expresión del libro de Judas acerca de: «la fe que ha sido una vez dada a los santos»[3] (como expresión de algo inamovible, atemporal, perpetuo…) no se han respetado las diferencias (del orden que fueren), se han excluido personas de la comunidad, se ha tildado de heterodoxo el pensamiento libre a fin de controlar las conciencias, se han prohibido libros…; por no hablar de aberraciones históricas como las guerras de religión, la muerte de Miguel Servet en la calvinista Ginebra o la Inquisición contra judíos, protestantes…
Muchos hemos sido educados en este entramado religioso de naturaleza conceptual, alejado del mensaje de Jesús y de la verdadera espiritualidad. Algunos han quedado tan anclados en este andamiaje que, difícilmente, pueden sustraerse a su impronta. Se requiere un esfuerzo de deconstrucción para transitar de los conceptos e imágenes de Dios (impregnados de expresiones míticas, categorías filosóficas y proyecciones antropomórficas), a la reconstrucción del mensaje dirigido a la vida, a la realización personal, al realismo de la existencia que propugnaba Jesús de Nazaret. Sin esta mudanza, el abismo entre una sociedad laica y secularizada y las iglesias será cada vez mayor y quizá insalvable.
Recuperemos a Tamayo: «El movimiento de Jesús no se caracterizó por aceptar una doctrina abstracta o un código de moral rígido y represivo, sino por el seguimiento de Jesús y el anuncio del reino con hechos y palabras»[4]. De ello se concluye que las siguientes son exigencias imperiosas para no ampliar la brecha entre la iglesia y la sociedad:
-la transición teológica, desde los postulados de la premodernidad al mundo moderno surgido tras la Ilustración.
-la contextualización de las enseñanzas tradicionales a nuestro siglo (papel de la mujer, cuestiones de género, temas bioéticos, crisis ecológica, ecumenismo, diálogo interreligioso…).
-la recuperación de la experiencia personal no estandarizada.
-el cultivo de la dimensión de la espiritualidad y el compromiso ético.
Nunca es tarde para iniciar el camino que, desde las ideas, conceptos, excesos dogmáticos que, con demasiada frecuencia, establecen marcos conceptuales restrictivos, puede conducirnos a una espiritualidad más personal, libre y abierta.
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[1] Nieto Ibáñez, J. M. (2019). Historia antigua del cristianismo. Ediciones Síntesis.
[2] Tamayo, J. J. (2025). Cristianismo radical. Editorial Trotta.
[3] Jud. 3
[4] Tamayo, J. J. (2025). Cristianismo radical. Editorial Trotta.
