Posted On 29/06/2021 By In Opinión, portada With 299 Views

Catando a Dios… | Ramón A. Pinto Díaz

Catando a Dios…

«Gustad, y ved que es bueno Jehová;
Dichoso el hombre que confía en él»

David estaba acorralado, agotadas todas las estrategias de escape, era prisionero de su propio país, amenazado de muerte por Saúl junto a toda su familia. Como cualquiera de nosotros en una situación así, estaba en un momento de recurrir al “ultimo recurso”.

Y aplicando la lógica «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» cruzó hacia la tierra de los enemigos filisteos, hacia el rey Aquis, pensando que lo recibiría bien por ser un “enemigo” de Saúl.

Nunca estuvo tan equivocado, los consejeros de Aquis, le recordaron al rey que David era el verdugo de Goliat y el azote de los filisteos; por lo que era una amenaza que debía ser eliminada; de la olla hirviendo había caído sobre las brasas.

¿A quién no le ha pasado?  Cuando creemos que tenemos la solución a los problemas; nos damos cuenta de que la nuestra solución es peor que el problema, incluso puede volverse nuestra perdición.

Podríamos pensar que David como buen guerrero, sacaría su espada (quitada a Goliat) y se abriría paso matando a diestra y siniestra… Pero la Biblia nos relata algo muy distinto: «(David) Babeando sobre su barba como un loco, recorría las calles de Gat haciendo marcas con sus uñas en paredes y muros»…Se había vuelto un loco, un payaso loco «Jalál».

No vayamos a creer que pasarse por loco fue un acto de fe. En lo absoluto. El acto de fe fue la deliberada conciencia que tuvo David de las consecuencias graves que esta locura podría traerle. David optó por la humillación, la vergüenza y la ruina a todo su prestigio de gran guerrero. De ser temido y considerado una amenaza letal para los filisteos, a ser ahora objeto de burla y vergüenza para todos quienes lo consideraban su líder. Algo que para cualquier líder de la antigüedad como de hoy, es sinónimo de ruina absoluta. Hundió su barco, un  «suicidio» de imagen ante todos los que le admiraban.

En los tiempos de David, a los locos se les mataban, se les volvía esclavos o entretenimiento de la corte real. Vemos en Sansón un claro ejemplo del destino de los caudillos caídos en desgracia. David se expuso a una vergüenza similar, pero contra todo pronostico el resultado fue distinto, fue expulsado de Gat.

Su corazón está lleno de gratitud y gozo, y canaliza ese mar de sentimientos que le embargan en un hermoso poema que hoy conocemos como el salmo nº34:

«Gustad, y ved que es bueno Jehová…»

«Gustad» en su original «táam», significa saborear, como si se tratara de una comida exquisita o la cata de un excelente vino. Es experimentar mediante el sentido del gusto, sensaciones compleja, intensas y expresivas de un modo singular como seres humanos; es apreciar las características gustativas que posee un alimento, una bebida, una delicia.

No hay invitación más intima, vivencial y comunicativa que degustar algo: una exquisita repostería, un chocolate,  o una bebida compleja inundará nuestra boca, estremecerá nuestro cuerpo y evocará gratos recuerdos a nuestra mente. Es más que un sentido del cuerpo humano, es un generador de experiencias.

David como el gran poeta que fue, eligió adecuadamente las palabras que describirían experiencia que había tenido con Dios, colmada de intensidad,  profundidad e intimidad.

Es un buen momento para pensar sobre cómo describiríamos nuestra relación con Dios.

Generalmente la describimos como espiritual, religiosa; los más osados la describirán como amigable, fraternal e incluso emotiva. Pero pocos la describirían con características más íntimas.

Solemos emplazar a Dios en el plano intelectual, y a veces en lo emocional. Pero distamos mucho de asociarla con características más comprometedoras, de intimidad e intensidad. Miramos, oímos y hasta palpamos a Dios, pero no gustamos de El… no lo saboreamos…

David prosigue, y nos dice que Dios es bueno «tob», pero no se trata de bondad o benignidad, sino de lo placentero, agradable, es decir,  «lo delicioso». Nuestro poeta guerrero no se limita a invitarnos a saborear a Dios como el mejor de los manjares, sino que nos anticipa, que desde ya la experiencia será deliciosa, que nos seducirá como a Jeremias «20:7; Me sedujiste, oh Jehová» que nos atraerá hacía El. (Oseas 2:14) «yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón».

David está embriagado en gozo, y se asegura de transmitir la intensidad de su experiencia. Y para ser entendido por todos recurre a descripciones que cualquier ser humano entenderá; todos hemos saboreado algo delicioso, se nos ha hecho agua la boca, sabemos lo que es una placentera experiencia gustativa. Algo delicioso es un lenguaje universal.

«Dichoso el hombre que confía en él»

Pero nuestro poeta refuerza la centralidad de su mensaje, y para ello recurre a un paralelismo poético. David nos trasmite que la deliciosa experiencia de saborear a Dios es más amplia, y tiene su complemento en el sentimiento de cobijo.

La palabra confía «kjasá», nos habla de «refugio», y hombre «guéber» señala a un  «hombre fuerte, guerrero».

El sentimiento que aflora cuando nos sentimos cobijados, es una agradable sensación de bienestar y confort. David nos dice que es lo que siente el rudo guerrero, el hombre fuerte, cuando busca en Dios el refugio y la protección. Una sensación muy diferente a lo que vive el guerrero que ha visto su prestigio arruinado. David desborda en gozo,  gratitud y alabanza, pues en el momento más crucial de su vida, se refugió en Dios, y la experiencia fue como una explosión de sabores y sensaciones.

La dicha era contagiosa, una fe que conmovió a otros.

Saliendo de Gat se refugió en una cueva en Adulam, y mientras esperaba a su familia y reflexionaba acerca de la experiencia vivida, se corrió la voz de que había vuelto. También se corrió la voz de la salvación que Dios había hecho con él. Lo que llamó la atención a peculiares hombres a dirigirse hacia la cueva, volviéndose un punto natural de encuentro para «todos los que tenían deudas, amarguras y vidas con temas pendientes, haciendo a David su líder.». (1ero Sam 22:2)

Aquel que renunció a todo su prestigio guerrero, ahora era líder de cientos. Quien se había lanzado en un acto de fe a lo que la Providencia de Dios aguardaba para él, había sido recibido en Sus brazos y cobijado en protección divina. Ese loco patético ahora inspiraba a un ejercito de hombres restaurados, que confiaban que también había una nueva oportunidad para ellos.

A vivencias extremas y desbordantes, solo la actuación de un Dios intenso e intimo nos permite sobrellevar las cargas y el cansancio de nuestro peregrinaje. Confiamos, nos refugiamos, descansamos en El. Saboreamos su presencia.

David nos testifica, y nos invita a una relación más profunda e íntima con Dios. Fusiona las ideas de lo «delicioso» y el «refugio acogedor»; llevándonos a una visión mayor de lo que es experimentar a Dios. Integrando a nuestra comprensión lógica y racional de Dios, la dimensión de las emociones y el carácter místico de nuestro acercamiento a El.

Nuestros miedos y los errores pasados de la Iglesia nos han hecho mirar con distancia al Dios que se comunica mediante las amplias variedades de expresión de lo espiritual y sensitivo. Preferimos confinarlo a nuestra racionalidad, es más seguro, nos genera una mayor sensación de control sobre Dios. Tristemente, esto nos impide vivir la espiritualidad con plenitud, y solo vemos como hacia la Luna, una de sus caras.

Arriesguémonos a disfrutar a Dios en lo cotidiano, más allá de la razón…

David nos anticipa…será una experiencia deliciosa.

 

 

Ramón A. Pinto Díaz

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