Posted On 10/09/2021 By In Ética, Opinión, portada, Teología With 632 Views

Dietrich Bonhoeffer: La vocación cristiana en tiempos críticos | David Galcerà

Lutero, ante el requerimiento del Papa a retractarse de sus tesis, dijo: “Aquí estoy”. Muchos años más tarde, Dietrich Bonhoeffer, en su escrito de 1942, titulado “Prólogo. Después de diez años”, haciéndose eco de estas famosas palabras dice: “¿quién se mantiene firme?” Se pregunta dónde está el responsable, “cuya vida no desea ser sino una respuesta a la pregunta y a la llamada de Dios”. Y en su obra más querida, la inacabada Ética, Bonhoeffer desarrolla la búsqueda a la respuesta a la pregunta por la vocación y la responsabilidad de los cristianos en el mundo durante la  negra noche del nazismo. Siguiendo la etimología, la ética tiene que ver con cómo habitar el mundo; en definitiva: en cómo vivir. Por ello, la ética no es algo estático, sino que tiene en cuenta el tiempo y el espacio en donde se vive, tiene que ver con el venir a la llamada de quienes sufren. El modelo mismo es Jesucristo. Pues, para Bonhoeffer, Dios no es un Dios estático, el “Dios que está ahí”, sino que en Jesucristo Dios es el “Dios que viene” y habita en el mundo.

Sin duda, en esta obra el teólogo muerto por el nazismo elabora algunas de las reflexiones más honestas que un teólogo haya podido plantearse en un momento histórico único. Para entender el sentido de las reflexiones de Bonhoeffer sobre la vocación y la responsabilidad, conviene situarlo en diálogo con la obra del sociólogo alemán Max Weber, a quien Bonhoeffer tiene en mente en la Ética. En su obra El espíritu protestante y el espíritu del capitalismo, Weber analizaba el recorrido del concepto de “vocación” cristiana desde Lutero hasta el puritanismo. El reformador, al traducir el término Klesis (“llamada”, “vocación”) del Nuevo Testamento (en concreto de 1ª Corintios 7) como el alemán Beruf, término que tanto puede significar “vocación” como “profesión”, abrió el camino a que la Klesis no sólo fuera entendida como la llamada a la salvación, sino también como la llamada a permanecer en el estado en que uno estaba cuando fue salvo. Esto para Weber se consuma en el puritanismo al relacionar la “llamada efectiva”, la vocación particular de cada uno (que viene después de la respuesta a la “vocación general” a la salvación), con el trabajo cotidiano como forma de redimir el mundo. El resultado fue que se acabó llegando a un “ascetismo intramundano” al renunciar al disfrute del mundo por la dedicación al trabajo. Si bien Lutero salió del convento (y ahí podemos cifrar simbólicamente el nacimiento del protestantismo), a la postre fue el mundo mismo el que se acabó convirtiendo en un gran monasterio.

En una obra posterior, en El político y el científico, Max Weber hablaba de la vocación del político en el  mundo secular de su tiempo, pues era aquel el que debía dirigir el  mundo en detrimento del religioso. El sociólogo contrapone  la “ética de la responsabilidad”, que ha de adecuar los medios a los fines realistas de la política, a la “ética de las convicciones”. En el contexto de la Gran Guerra, el sociólogo alemán critica a quienes todavía pensaban que se podía gobernar con el Sermón de la montaña o tomar una actitud pacifista en los conflictos políticos y bélicos de su tiempo. Weber es crítico con ellos porque, en base a la ética de la convicción, no se inmiscuyen en los hechos del tiempo y no miran por las posibles consecuencias de su actitud, dejándolas en todo caso en las manos de Dios. En cambio, el político ha de ser responsable y mirar por los efectos de sus acciones.

Según Dietrich Bonhoeffer, aunque Lutero tal vez propició esa deriva comentada anteriormente, su pensamiento, más bien medieval, con una concepción inmovilista, estática de la sociedad, estaba alejado de ese afán por el trabajo, propio del puritanismo, según la versión de Weber. Para el padre de la Reforma, la vocación cristiana implicaba volver al mundo, seguir la llamada de Cristo sin abandonar las actividades mundanas. De ahí que la aceptación de la condición en que uno es llamado contiene la más radical protesta contra el mundo, porque la llamada de Cristo cambia la manera de entender ese estado. Para Bonhoeffer, la salida del monasterio, en su sentido originario, debe ser amor al mundo en sentido cristiano. La verdadera vocación es una llamada revolucionaria de amor a la tierra (y aquí resuena Nietzsche). Por ello, la salida de Lutero del claustro al mundo es el ataque más violento que se ha dirigido contra el mundo desde el cristianismo primitivo.

Para Bonhoeffer, la Reforma implica que el mundo y la iglesia son dos realidades separadas, pero que ambas han de estar sometidas a Cristo. Bonhoeffer sigue la tesis de Jellinek, Troeltsch y Weber, entre otros, al considerar que en la Revolución Americana y en los países anglosajones el problema no es tanto la distinción de los dos poderes, sino su confusión, ya que los fieles son los que creen que deben edificar el reino de Dios en el sentido también político. Esto es lo que, según Weber, vemos en los grupos calvinistas en general, y en el puritanismo en particular, en los siglos XVII y XVIII. Como ya había dicho Troeltsch, para Bonhoeffer eso lleva a que la iglesia se acabe disolviendo en el mundo una vez se ha avanzado en lo social y político y el papel de la religión queda en el ámbito privado, llegando así a consecuencias más allá de las intenciones originarias de esos grupos protestantes.

En cierto modo, esta actitud también se daba en la Alemania de aquellos tiempos. En su refugio interior, muchos cristianos de la época del nazismo se habían hecho ciegos a la realidad política que estaban viviendo, obedeciendo al Estado y manteniendo así una buena conciencia en el cumplimiento del deber de obediencia y de dedicación a su profesión. Para Bonhoeffer, esto es “pseudoluteranismo”, ya que traiciona la intención originaria de Lutero, pues niega el señorío de Cristo y consagra las vocaciones personales por encima de lo distintivamente cristiano. Bonhoeffer pone un ejemplo no inocente de lo que debería ser contrario a esa actitud conformista: la del médico que no sólo atiende al enfermo, sino que lucha contra las normas que van contra los objetivos nobles y humanitarios de la medicina. Es justamente lo contrario de lo que en aquellos momentos el nazismo pedía de los médicos, que se convirtieron en el brazo ejecutor de buena parte de las funestas medidas nazis contra seres humanos en obediencia al Estado. Es este un ejemplo de que no se trata de hacer cristianizar la sociedad, sino que desde el estado en que uno es llamado ser capaz de ser un denuncia y un obstáculo al mal en el mundo.

Para Bonhoeffer, la ética tiene que ver con el hombre. Ello lo trata en sus dos redacciones de “La historia y el bien” en la obra de la que estamos hablando. Así como Cristo se hizo “culpable” al hacerse hombre y compartir su destino, así parece entender Bonhoeffer que sólo cuando uno arriesga puede cumplir con el mandato de amor al prójimo. Esa es la única inocencia posible. Desde la acción comprometida y responsable, Bonhoeffer supera la crítica de Weber pero también el pacifismo ingenuo. La ética de la convicción y la de la responsabilidad van juntas, pero asumiendo que no se sabe cuál será el resultado de sus acciones, confiando eso sí, en Dios. Bonhoeffer entendió que el bien, en esas situaciones excepcionales en que vivió, sólo se podía alcanzar saliendo del refugio interior, manchando la conciencia al inmiscuirse en la lucha violenta contra Hitler. Su vocación pastoral derivó a entender que para detener el mal en el mundo había que formar parte del mal del mundo.

Las reflexiones éticas de Bonhoeffer, más allá del momento histórico que le tocó vivir, son siempre una interrogación sobre la responsabilidad y la vocación en el tiempo y el espacio en donde habitamos. Nos obliga también a analizar cuáles son nuestros refugios y nuestros monasterios. Nos demanda, en definitiva, ser seres éticos entendiendo que cómo vivir en el mundo no está escrito de una vez por todas, ya que los tiempos históricos demandan a veces un análisis dinámico y exigente con los  valores cristianos y con el compromiso con el mundo.

David Galcerà

David Galcerà

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