Posted On 17/02/2021 By In Opinión, portada With 587 Views

Dostoievsky: la leyenda del gran Inquisidor | David Galcerá

Se cumplen 200 años del nacimiento de Fiodor Dostoievsky (1821-1881).  La personalidad y la biografía de este escritor darían para muchas páginas, pero algunos detalles sí merecen ser destacados, aunque ya sabidos para quien conozca mínimamente a este ruso singular. Dostoievsky estuvo a punto de ser fusilado, por pertenecer en su juventud a un grupo de socialistas utópicos: el grupo de Petrashevsky, que seguía las ideas de Fourier. Tras serle conmutada la pena por la prisión, camino de Siberia recibió un Nuevo Testamento de manos de un grupo de mujeres que iban a ver a sus maridos, también prisioneros por pertenecer al grupo revolucionario de los decembristas que tuvo su auge en la Rusia de los años 20. Desde entonces, en las grandes novelas del escritor ruso los temas importantes de la existencia humana son vistos desde el prisma de su fe cristiana, pero una fe que piensa y problematiza todo aquello que atañe a lo que Berdaiev decía que era el verdadero “asunto” en la obra de Dostoievsky: el ser humano.

Uno de los relatos más célebres es “El gran Inquisidor”, de su última gran novela Los hermanos Karamazov. Aunque se trata de una novela que esperaba una segunda parte, su eco en la filosofía y pensamiento posterior tiene difícil comparación con cualquier otra novela de su tiempo. En buena medida, el asesinato de un padre malvado, lo cual también sufrió el escritor,  hilvana la obra. Pero, junto a ello, como contraste e inversión, emerge un tema mayor: la ausencia en el horizonte de sentido de la modernidad del Padre bondadoso y creador. En la obra surge el famoso dilema planteado por uno de los protagonistas, Ivan Karamazov: “Si Dios ha muerto, ¿está todo permitido?” Nadie como Dostoievsky analizó y diagnóstico la tan nombrada “muerte de Dios”. Sólo Nietzsche puede compararse al escritor ruso en este aspecto. Pero mientras éste celebró aquella como un camino al superhombre, el primero vio que el rechazo del Dios que se hizo hombre sólo puede dar lugar al hombre que se hace Dios a sí mismo, cumpliendo así la vieja aspiración que provocó la expulsión del paraíso. El relato al que nos referimos, y que forma parte de esta obra, consiste en un poema, un sueño, al estilo de las antiguas representaciones religiosas y didácticas en que aparecían personajes como santos, la virgen y Dios mismo. Lo cuenta Ivan en el desarrollo de una conversación con Aliosha, su hermano religioso, sobre si la victoria final sobre el mal en el mundo, el nuevo paraíso, puede justificar que para ello se produzcan otros males. Pero la conversación toma un matiz nuevo  al centrarse no en cómo Dios repara el mal, sino en los intentos humanos de mitigarlo.

Aunque no suele subrayarse -y, sin embargo, a mi juicio, éste es un dato fundamental para entender la narración- el contexto del relato es el de la tardanza del regreso del Mesías. Pablo, en 1 Corintios 7, en el famoso texto que tanto influyó en la interpretación weberiana del protestantismo, exhorta a vivir “como si no” estuviéramos ligados a las cosas del momento, al kairós presente, ante la inminencia del regreso de  Cristo.  El problema es que en este ínterin los hombres parece que necesiten ver nuevos milagros para ver afianzada su fe. Jesús vuelve a la tierra como una concesión a los hombres, para que puedan seguir creyendo. Y, cómo en los evangelios, hace milagros y da vida a una niñita que había fallecido. Y lo hace en la Sevilla del siglo XVI, en la época de la Inquisición. Allí un gran inquisidor,  nonagenario, que está realizando autos de fe, decide apresar a Cristo. Él ha vuelto, haciendo milagros ocasionales, pero eso  no es suficiente. El gran inquisidor dice que lo que quiere la gente son los milagros, el misterio y la autoridad de forma constante y permanente.

Si, como muchos teólogos destacan, las respuestas de Jesús a las tentaciones del Diablo en el desierto definen el carácter de su misión, para el inquisidor el error está en las respuestas que dio el Hijo de Dios, en no aceptar las propuestas satánicas. De manera especial, el inquisidor se detiene en la primera tentación y afirma que la gente prefiere la seguridad material antes que la libertad que da Dios. La mayoría de personas, como sostenía Erich Fromm, haciéndose eco también del escritor ruso, tiene “miedo a la libertad”. Según el inquisidor, la libertad es una pesada carga que los hombres no pueden soportar, y que por ello están dispuestos a aceptar someterse al poder, a los ídolos que les liberen del peso de la libertad y de la consecuente responsabilidad que conlleva. Los hombres se arrodillan a los pies de quienes les quitan todo ese fardo. Es más, en realidad puede que un día los hombres comprendan que lo único que ha hecho el poder es hacer lo que podrían haber hecho por sí mismos, como repartirse el pan entre ellos en lugar de que lo gestione el poder. Pero entonces admirarán esa capacidad, ese poder, y ante él se sentirán débiles y le adorarán.

El inquisidor ha comprendido el error de Jesús. El amor de Cristo le impulsa al salvador a querer dar libertad a los hombres; pero el inquisidor se siente movido a compasión ante la impotencia de los hombres para sobrellevar esa condición y por ello los libra de ella. La iglesia ha sabido interpretar mejor que Cristo su mensaje. De esta manera ha “atado y desatado”, ha corregido la labor de aquél. La iglesia, la religión oficial, acepta ese secreto, su mentira, y ella misma vive no en el “como si no” paulino, sino en el “como si no” hubiera de regresar Cristo. Es más, el inquisidor le pide a Jesús que los custodios del secreto no sean quitados de la tierra antes de tiempo, recordando las palabras de los demonios en los evangelios.

La crítica a la iglesia como institución pone explícitamente su ojo en la donación por Pipino de territorios a la iglesia en el siglo VIII, estando ahí in nuce lo que serán los Estados Pontificios. Pero la línea puede extenderse hacia más atrás, cuando Agustín, Eusebio u Orosio loaron el imperio romano por su preparación para la extensión del Evangelio, llegando así casi a identificar iglesia e imperio. Eran éstas formas de conseguir el bien y responder a la pregunta sobre el mal, de justificar así a Dios. Pero, como sucede a menudo, cuando queremos ver una teodicea, cuando queremos explicar los caminos de Dios, más que justificar a Dios acabamos legitimando la historia y el poder. Numerosas son las formas de querer identificar el reino de Dios en formas de poder religiosas y políticas de todo color. Y, por desgracia, son numerosos los que se sienten todavía impelidos a reconocer dichas manifestaciones como caminos de Dios. Algo que parece no tener fin ante la “tardanza” de la parusía.

Pero la crítica de Dostoievsky también va dirigida a la ciencia y a lo que se llamaba el “librepensamiento”, en tanto que consideraban que el hombre y sus actos eran simples productos de sus circunstancias, liberándolos así de cualquier responsabilidad ante el prójimo. Y, por supuesto, la crítica también tiene como objeto a los movimientos revolucionarios de su tiempo en los que Dostoievsky preveía la demanda del sacrificio del individuo por amor al bien universal. El novelista, como se ha recordado a menudo, anticipó los movimientos totalitarios del siglo XX. Sus líderes, como grandes inquisidores del siglo XX, no solo demandaban el sacrificio de sus sometidos, sino que se veían a  sí mismos como un instrumento del destino, de la Historia, etc.

Pero, como ha destacado la pensadora Simona Forti, en Dostoievsky no sólo hemos de ver el presagio del poder absoluto, como se  muestra sobre todo en su obra Los demonios, sino también el de la obediencia absoluta de las masas como aparece en ésta su última obra. De hecho, Jesús hace milagros en su regreso a Sevilla como una concesión. Pero, como afirma el gran inquisidor, eso no es suficiente. Los hombres se han acostumbrado tanto al poder, a la obediencia, que ellos mismos son los que colaboran en la entrega de Jesús a la inquisición. El gran inquisidor encierra a Cristo para poder quemarlo posteriormente, como si de un hereje más se tratara, a lo cual seguro que colaborarán los testigos de los nuevos milagros. Al final, sin embargo, el silencio y el beso de Jesús mueven al inquisidor a dejarlo ir. No le era necesario ya tal sacrificio ante las conciencias ya sometidas de sus conciudadanos. La expulsión del paraíso no nos hizo a todos dioses; los pocos son adorados, y los muchos adoran. Los totalitarismos del siglo XX no sólo se explican por las figuras carismáticas que subieron al poder, sino también por lo que Forti denomina los “demonios mediocres”: los que se conformaron o fueron pasivos y obedientes, los que tal vez por arribismo o indiferencia pavimentaron el camino para que surgieran los líderes que les guiaron, como mostraron los experimentos de psicología social de Milgram y Zimbardo.

Dostoievsky siguió fiel a los ideales de justicia y solidaridad que tenía desde su época revolucionaria, aunque con los años se fue volviendo más realista. Tenía claro que tenía que seguir viviendo “como si no” perteneciera a este mundo, en el sentido de que sólo hay esperanza si hay eternidad. El paraíso no puede construirse como una torre de Babel, con nuestras manos; sólo puede ser regalado cuando regrese Cristo. Y por ello, mientras tanto, en un mundo en el que se padece, lo único que esperaba el escritor ruso era ser digno de su sufrimiento. Como indica el epígrafe que enmarca el comienzo de Los hermanos Karamazov, y como reza también su epitafio: sólo el grano que cae a tierra y muere da mucho fruto. Se dice que al final de sus días el antiguo revolucionario pidió a su mujer que tomara el viejo Nuevo Testamento que le fue regalado y que conservó toda su vida, y que le leyera la parábola del hijo pródigo, preparándose así para ser acogido en la casa del Padre.

David Galcerà

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