Jorge Zijlstra Arduín

Posted On 10/10/2011 By In Biblia, Opinión With 21979 Views

«El Espíritu alienta la esperanza» (Romanos 8:18-27)

 

Hoy quiero compartir con ustedes unas palabras sobre la esperanza, esa condición del ánimo, del corazón y del espíritu que nos permite ir adelante, aún incluso, en medio de las dificultades.  La esperanza es lo que permite creer en la vida, aún cuando la muerte impera. Jorge Zijlstra ArduínEsperanza es poder mantener la certeza de la alegría, aún cuando la lagrima está rodando. Esperanza es saber que hay un mañana, aún cuando hoy parece que va a terminar el mundo. Esperanza es motivo para seguir, es razón para luchar, es fe para soñar. Esperanza es certeza y es seguridad, es confianza en que Dios tiene un futuro mejor por delante, aún cuando el presente intente negar todo futuro mejor.

Hace poco tiempo leí una noticia impactante en ALC relacionada a la iglesia que estoy seguro que tiene que ver con lo que es la esperanza. La historia refiere que Brasil, como gran parte de los países de América Latina, vivió en la década del 60-70 y 80 una brutal dictadura durante la cual la vida fue de muchas maneras violada y la seguridad de las personas mutilada, así como su esperanza y esto desde las instituciones del estado. El artículo reseña que en aquel difícil momento de la historia en que

“trabajadores de las iglesias brasileñas y abogados disidentes hallaron una laguna jurídica en el sistema legal que les permitió recabar pruebas de atrocidades y otros abusos cometidos por el régimen militar.

Durante seis años, subrepticiamente, fotocopiaron documentos vitales en los que se constaban los crímenes del Gobierno contra el pueblo brasileño” (ALC noticias) los trasladaron a instalaciones de iglesias y de cristianos comprometidos y poco a poco los fueron sacando del país para asegurar que si en aquel momento no había resguardo a la vida ni justicia, en un futuro la situación habría de cambiar.

Esta pasada semana, luego de unos 25 a 30 años, el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), entregó a los fiscales brasileños tres cajas de archivos con las pruebas depositadas en el CMI sobre este doloroso aspecto de la historia brasileña durante el régimen militar que ocupó el poder entre 1964 y 1985.

¡Esto es esperanza! Esperanza es trabajar por la vida, es esperar un futuro mejor, aún cuando impera la muerte y nada indica algo distinto al horror. Esperanza es luchar por un futuro digno y pleno, aún cuando lo que vemos alrededor son oscuros nubarrones. Esperanza es confiar en que, a fin de cuentas, siempre volverá a brillar la luz del sol.

Esperanza es saber esperar, pero activamente y comprometido con los esfuerzos de aquellos y aquellas que luchan por un mundo diferente convencidos en que la luz de la justicia será una realidad y que lo que Dios nos ha prometido se cumplirá. Esa es la fe del sufrido pueblo de Dios en Colombia, es la fe que mueve a los migrantes, a las personas discriminadas, a los violentados y las violentadas, las personas perseguidas y oprimidas pero cuyos brazos se mantienen alzados en esperanza y lucha. Esta es en fin la fuerza que mueve a los y las pobres con espíritu que son los destinatarios preferenciales de las bienaventuranzas de Jesús.

Así es que tener esperanza, es cosa seria.  Quizás no debiéramos decir “tener” esperanza, para no creer que es algo que se puede comprar, o acaparar, o poseer. Porque, más bien, la esperanza es la que nos posee a nosotros, es la que nos cautiva, nos mueve y nos permite creer y luchar por realidades hoy tan lejanas. Sin dudas, estar en la esperanza, sentir y vivir la esperanza, es vital para el hombre y la mujer de fe.

El sabio popular entendió perfectamente el rol y la importancia de la esperanza en la vida humana y cómo la esperanza debe ir unida a los sueños y a la luz,  como dice Sábato en “Informe sobre ciegos”. Con la sabiduría que nace de vivir y apreciar la vida y la historia en cada calle y en cada paso alguien escribió en una pared su saber:  “Un hombre no envejece cuando se le arruga la piel sino cuando se arrugan sus sueños y sus esperanzas”.

Interesante constatación: si se arrugan los sueños y las esperanzas… se va la vida y se marchita todo. Sin esperanza, sin certezas sobre un mañana que traerá algo mejor, no es posible vivir, amar, comprometerse y trascender.

Me preguntaba mientras preparaba esta reflexión ¿Cuán fornida o cuán débil es la esperanza que nos habita y anima? Porque, a la verdad, esperanzas hay de distintos tipos, de diversos quilates, de diferentes colores y de múltiples resistencias y calidades. Hay esperanzas con minúsculas y con MAYÚSCULAS. Hay esperanzas duraderas y las hay efímeras. Hay esperanzas que duran lo que dura un cuento y otras que son eternas, están las que se frustran y también está La que no falla (Rom. 5).

En la vida del pueblo de la fe hemos visto que hay muchas circunstancias que atentan contra la esperanza. La muerte, el dolor, las injusticias, la opresión, frustraciones, desengaños… muchas cosas pueden empujarnos a la desesperanza.

Sin embargo, no podemos permitirnos ese lujo, no podemos perder la esperanza porque la esperanza nacida en nosotros por Dios es el motor de nuestra vida y la fortaleza para nuestras vidas.

La fe en Dios nos permite sentir la esperanza y saber que hay un mañana, porque Él mismo lo promete, porque Él mismo afirma su construcción y porque Él mismo lo asegura.

Vemos el presente y sabemos que hay dificultades, pero junto a Pablo y a una gran nube de testigos podemos también afirmar que en nada se asemeja el dolor del presente, con la gloria del futuro. Lanzamos este grito de fe en un mundo en crisis, porque nos cautiva, nos habita y nos motiva el Espíritu que genera la esperanza.

Sin embargo es importante resaltar que tener esperanza no es dejar de atender la realidad. Pablo mira la realidad de su tiempo y constata que es una realidad marcada por tantos dolores y sufrimientos. Sin embargo, no empero la realidad tremenda del mundo circundante, su motor no es la derrota y el sentido de que no hay cambio posible sino todo lo contrario. Pablo afirma la realidad de una fe que le motiva al compromiso porque se basa en la seguridad que las aflicciones del tiempo presente en nada se comparan con la gloria que habrá de revelarse en nosotros y por nosotros en la acción que Dios quiere realizar por medio de aquellos y aquellas que no claudican al esfuerzo ni a la esperanza de un mundo nuevo.

Fíjense qué interesante, mientras vemos que la realidad circundante es poco menos que catastrófica, el espíritu de la fe nos hace confiar en que  los gemidos de la humanidad toda llegan a los oídos de Dios por su Espíritu y que así como en el pasado el Señor oye los gemidos del pueblo y ve la esclavitud, la opresión y la gran angustia del pueblo y ha de liberarlos (Éxodo 2 y 3).

El apóstol describe las dificultades del tiempo presente como las dificultades de un mundo esclavizado, pero que anhela la liberación que se manifestará plenamente no solo por la obra de Dios sino especialmente por medio de la manifestación de nosotros, los hijos e hijas del Señor.  Quizás por eso Aristóteles decía “la esperanza es el sueño del hombre despierto.”, porque solo despiertos a la realidad y a Dios podemos enfrentar el presente y el futuro con esperanza.

Un inspirado Juan Damián, escribió un tango para cantar en la iglesia y lo tituló “Nuestra Esperanza” y allí dice:

“Los que esperan somos pueblo,

es la Iglesia que camina tras la tierra prometida,

caravana de los pobres que confían,

que se ganan la lucha cada día.”

“¿Pobres confiando que se gana la lucha cada día?” Si, es así, “se gana la lucha cada día” porque “la esperanza no defrauda” (Romanos 5:2-3) y menos aún al humilde, porque en Cristo está la victoria.

Así las cosas termino dando mi contestación a la pregunta del principio (“¿cómo estamos, hermanos, de esperanzas?”) mi respuesta es: con la esperanza firme en el Señor, porque su Espíritu Nos ha alentado a creer, a confiar y a comprometernos con el Señor, y a estar siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que nos mueve, nos conmueve y nos moviliza.

Termino recordando, (volviendo a pasar por el corazón), el llamado “primer tango evangélico” el cual fue escrito por el apreciado obispo Federico Pagura bajo el título “Tenemos Esperanza”.

En mi país natal, Argentina, cantamos este tango en la iglesia sin olvidar que fue escrito en una época desesperante en donde fue necesario, como tantas veces, levantar el estandarte de la esperanza. A eso nos llama Jesús y a eso nos moviliza su Espíritu.  El tango nos ayuda a expresar la esperanza que nos habita y dice así:

Porque El entró en el mundo y en la historia;

porque El quebró el silencio y la agonía;

porque llenó la tierra de su gloria;

porque fue luz en nuestra noche fría.

Porque nació en un pesebre oscuro;

porque vivió sembrando amor y vida;

porque partió los corazones duros

y levantó las almas abatidas.

Por eso es que hoy tenemos esperanza;

por eso es que hoy luchamos con porfía;

por eso es que hoy miramos con confianza,

el porvenir en esta tierra mía.

Porque atacó a ambiciosos mercaderes

y denunció maldad e hipocresía;

porque exaltó a los niños, las mujeres

y rechazó a los que de orgullo ardían.

Porque El cargó la cruz de nuestras penas

y saboreó la hiel de nuestros males;

porque aceptó sufrir nuestra condena,

y así morir por todos los mortales.

Porque una aurora vio su gran victoria

sobre la muerte, el miedo, las mentiras;

ya nada puede detener su historia,

ni de su Reino eterno la venida

Por eso es que hoy tenemos esperanza;

por eso es que hoy luchamos con porfía;

por eso es que hoy miramos con confianza,

el porvenir en esta tierra mía.

Que nuestra esperanza y nuestra fortaleza sean en el Señor, hoy,  siempre y en toda circunstancia.

Que así sea.

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