Posted On 12/11/2021 By In Opinión, portada With 150 Views

El que esté libre de pecado supremacista tire la piedra del odio el primero | Jaume Triginé

El término supremacismo no figura todavía recogido en el Diccionario de la Real Academia Española. Pero no tardará. La realidad social siempre va por delante de su reconocimiento institucional, que tarde o temprano termina por reconocerla. Esta expresión alude a aquella corriente de pensamiento que cree en la superioridad de aquello a lo que se aplica: el hombre con respecto a la mujer; el color blanco de la piel frente a la de color; una determinada posición social, cultural o económica; una religión con respecto a otras formas de entender y expresar la espiritualidad…

Sin duda, en el fondo de tal actitud, es fácil identificar la falta de respeto por las diferencias y la incapacidad de reconocer el elemento de igualdad que las engloba. Cierto que existen los géneros, no todos tenemos el mismo color de piel, no hablamos el mismo idioma, no tenemos los mismos dígitos en la cuenta corriente, tenemos convicciones diversas, practicamos diferentes religiones…; pero todos somos personas con una unidad de origen. Como apuntaba el filósofo Raimon Panikkar: «Hay invariables humanas, pero no hay universales culturales».

Es propio de nuestra condición reconocernos diferentes los unos de los otros, cuando nos consideramos desde el plano de la particularidad; pero, simultáneamente, los universales nos igualan. Cuando se desdibuja esta segunda realidad y no tenemos en cuenta la radical igualdad entre los seres humanos, la atención se desplaza a la diferencia y a la potencial consideración de la superioridad de unos sobre otros.

El ámbito de la religiosidad no está exento de actitudes supremacistas. Razones culturales y una ausencia de hermenéutica frente a los textos sagrados, evidenciada por una comprensión literal de los mismos, inducen, en demasiadas comunidades cristianas, a un trato discriminativo y de inferioridad de la mujer. El goteo de informaciones sobre maltrato físico y psicológico por parte de líderes de iglesias e instituciones cristianas sobre sus mujeres, probablemente sea tan sólo la punta del iceberg que esconde terribles realidades que nunca serán conocidas.

No deja de ser una actitud de preponderancia el sentimiento de superioridad de una determinada tradición religiosa con respecto a otras, basado en causas históricas y sociológicas, como puede ser su implementación mayoritaria, negando el pan y la sal de su existencia a las minoritarias. En ocasiones son razones teológicas, que devienen en un supremacismo moral, al considerarse depositarias de una sana doctrina y, por ende, poseedoras de “la única verdad revelada”, juzgando negativamente a quienes viven su fe de modo diferente, según los dictados de su conciencia y su particular forma de entender las cosas.

Arnau Oliveres, responsable de programas de la Asociación Unesco para el Diálogo Interreligioso, nos recuerda: «Será de tendencia supremacista todo aquel acto que ponga el foco en lo diferente […] el supremacista es un fanático de la diferencia». Blanco – negro, hombre – mujer, conservador – liberal, católico – protestante… son dicotomías que, cuando una persona asume su posicionamiento desde una óptica de superioridad, considerando inferior a quien se halla en el polo opuesto, dan lugar, en demasiadas ocasiones, a los discursos del odio que, como señalan las Naciones Unidas, incluyen «cualquier forma de comunicación de palabra, por escrito o a través del comportamiento, que sea un ataque o utilice lenguaje peyorativo o discriminatorio en relación con una persona o un grupo sobre la base de quiénes son o, en otras palabras, en razón de su religión, origen étnico, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otro factor de identidad».

Lamentablemente, como señala Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, «no se trata de un fenómeno aislado, ni de las estridencias de cuatro individuos al margen de la sociedad». Constatamos con estupor, su crecimiento, traducido en votos, en las sucesivas contiendas electorales en las viejas democracias occidentales.

Habitualmente asociamos el término a situaciones que suelen ocupar las cabeceras de los periódicos. Son los casos extremos de un continuum. Pero las conductas supremacistas presentan matices e intensidades plurales. Quizá todos, en algún momento, hemos desarrollado tal modo de actuación sin llegar a ser noticia. Seguramente hemos tratado como inferiores a otros o hemos sido excesivamente intransigentes. La “baja intensidad” de una conducta no niega una potencialidad de actuación bajo determinadas circunstancias, sino que la pone en evidencia.

No toda la violencia de género doméstica termina en la comisaria. Pero las actitudes y las consiguientes conductas (verbales, comportamentales…)  que tratan a la mujer como inferior son formas sutiles de supremacismo. El trato discriminatorio o vejatorio en la casa o en el mundo de la empresa, como puede ser una retribución inferior por un idéntico trabajo, no deja de ser otra sutileza que esconde el abuso. Que decir de la distancia psicológica o sentimiento de superioridad con que miramos o nos relacionamos con el inmigrante, el sin papeles, el vagabundo… Algo análogo podríamos mencionar del lenguaje sexista, racista y, en general, despectivo hacia determinados colectivos,

Por mucho que busquemos justificaciones en la literalidad de los textos bíblicos, en la tradición, en los concilios, en las confesiones de fe…; impedir a la mujer ejercer funciones de liderazgo; negarle el ejercicio de otros ministerios en las iglesias, reducirla al silencio (que es una forma de invisibilidad) es ejercer un predominio masculino por mucho que se disfrace de sacralidad.

Un paso definitivo para erradicar este cáncer tiene que ver con nuestra autoimagen. Debemos borrar de nuestra mente todo sentimiento de superioridad derivado de la comparación con los demás. Sumamente práctico es el consejo del apóstol Pablo, reflejado en la carta remitida a los cristianos de Roma: «que (nadie) no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura (moderación)» (Rm 12,3 RV60). No se trata de negar las diferencias, sino de hallar el común denominador de ellas para evitar cualquier atisbo de preeminencia.

Jaume Triginé

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