Posted On 17/09/2014 By In Biblia With 1381 Views

Enriquecer los rumbos de la constancia

  1. Con una percepción de Dios sana y fresca

¿Quién de todos ellos no sabe
que la mano del Señor lo hizo todo?
Él retiene la vida de los seres,
el aliento de todo ser humano. […]
Si él destruye, nadie reconstruye;
si aprisiona, no hay escapatoria; […]
Revela la hondura de las tinieblas,
saca a la luz las densas sombras;
levanta pueblos y los destruye,
ensancha naciones y las destierra…

(Job 12.9-10, 14, 22-23, La Palabra (Hispanoamérica)

Cuando se avanza por los caminos de la fe y se le dedican muchos de los mejores esfuerzos, con todo y que esto suene a una especie de apología de las obras, a sabiendas de que debemos movemos siempre en el horizonte de la gracia, y se voltea para mirar lo andado, tarde o temprano se llega a la conclusión de que los rumbos de la constancia deben ser enriquecidos con nuevas aportaciones y formas de interpretación de lo vivido en relación con Dios. Es él quien nos salió en el camino para conducir los pensamientos y acciones por los senderos que mejor le parecen. Es Él quien ha trazado una ruta que a veces nos parece borrosa o incomprensible, pero que inevitablemente deberemos transitar. Y así, en los vericuetos de ese caminar vamos delineando, también de manera insoslayable, los rostros de Dios que nos acompañan todo el tiempo.

Si aterrizamos estas percepciones en las diversas pistas bíblicas, tenemos bastante para escoger, desde la mirada apacible de un Dios capaz de exigir a Abraham la vida de su hijo tan deseado o de negociar con él por la vida de dos ciudades, hasta los reclamos de Jeremías o Jonás por las características extrañas de su llamado profético, pasando por la dura experiencia de Oseas y su desengaño amoroso, sin olvidar, por supuesto, los amargos momentos vividos por Moisés o David. O la terrible vivencia de las mujeres, cuyo destino escasas veces se apartaba de la sumisión, el abandono o el desprecio: prueba de ello son Agar, Dina, Tamar, Ana, la madre de Samuel y tantas otras. Si uno tuviera la posibilidad de pasarles revista o preguntarles, a la manera de Hebreos cap. 11, cuál fue la evaluación personal de los resultados de su constancia y fidelidad en la fe, o cómo se fue modificando su percepción de Dios con el paso del tiempo, seguramente obtendríamos conclusiones sorprendentes.

En esta ocasión, el modelo de práctica de la constancia es Job, el personaje antiguo que no cejaba en su intento de ser fiel a su Dios mediante un ritual persistente que no olvidaba ni a su hijos, por si acaso ellos/as habrían pecado (1.5). No cabe duda de que era un hombre constante y de que su percepción, en el momento que comenzó a experimentar el dolor se afianzaría o profundizaría, especialmente ante el alto grado de exigencia de que era objeto. Ante la respuesta insensible de sus amigos, Job se ve en la forzada necesidad de delinear otro rostro de Dios y de redefinirlo para sí mismo, acaso sin la agudeza con que se le hubiera planteado previamente. Al desmantelar las pretensiones de ellos de erigirse en juez suyo (12.1-2: “¡Desde luego, ustedes son de esa gente/ con la cual se agotará la sabiduría!/ Pero también yo soy inteligente,/ no me creo inferior a ustedes./ ¿Quién no sabe tales cosas?), también se le impone la tarea de revisar sus propias creencias y de valorar los alcances de su fe de un modo lo más coherente posible, sin ánimo de pontificar o establecer un conjunto doctrinal de creencias. Su horizonte es profundamente existencial e histórico. Se puede decir, sin temor, que es “un teólogo laico”.

Así, va a describir las acciones de Dios de un modo que no se había visto antes, esto es, mediante un corte transversal de la realidad que le va a permitir encontrarse con un rostro de Dios más sano, fresco y acorde con la situación que está viviendo. No queda exento de apreciar las paradojas de la vida y la forma en que el Creador se sitúa en medio de la historia para actuar: “13 Pues él posee sabiduría y poder,/ prudencia e inteligencia son suyas./ 14 Si él destruye, nadie reconstruye;/ si aprisiona, no hay escapatoria;/ 15 si retiene la lluvia, llega la sequía;
si la deja libre, se inunda la tierra”.

Un Dios así, presente en las contradicciones de la vida es, por así decirlo, más digerible y hasta tratable, pues no está encerrado en las paredes de la ortodoxia administrada por sus representantes. Aprender a encontrarse con un rostro así puede llevar toda la vida o quizá pueda hallarse a la vuelta de la esquina del sufrimiento o la felicidad como experiencias extremas. Todo está en su mano y él dosifica lo que sucede, dentro o fuera de los ámbitos religiosos o irreligiosos, políticos, sociales o cotidianos. Con Él podemos toparnos por todas partes: “16 Él dispone de fuerza y eficacia,/ suyos son el engañado y el que engaña;/ 17 hace ir descalzos a los consejeros,/ hace enloquecer a los magistrados;/ 18 deja a los reyes sin insignias,/ les ata una soga a la cintura;/ 19 hace ir descalzos a los sacerdotes,/ arruina a los que están bien situados”.

También se sitúa en medio de las generaciones y no se deja atrapar por ellas no por sus tradiciones o ideologías, pues siempre va hacia adelante. La percepción de su frescura es nítida y consecuente, dado que su justicia deberá imponerse siempre: “20 retira la palabra a los confidentes,/ deja sin discreción a los ancianos;/ 21 llena de desprecio a los señores,/ afloja el cinturón de los robustos./ 22 Revela la hondura de las tinieblas,/ saca a la luz las densas sombras”.

Y nunca deja de actuar soberanamente, aun cuando en los diversos niveles de su actuación su gracia y su rectitud no pueden ocultarse: “23 levanta pueblos y los destruye,/ ensancha naciones y las destierra;/ 24 priva de su talento a los jefes,/ los guía por desiertos intransitables,/ 25 por donde caminan a tientas y a oscuras,/ tropezando lo mismo que borrachos”.

Una percepción similar a la de Gabriel Zaid:

Desfiladero

La majestad de ser abre el vuelo en tus alas,
Altiva luz del mundo, alta gloria cimera.
Abres, porque te place, el mediodía.
¡Infausta hora la que dejes olvidada!
Pues tú, Dios displicente, no estás hecho para el hombre.
Igual cierras el mundo que dejas ver tu hermosura.
Has enviado el soslayo, calamidad universal
que nos impide ser ¡y todavía te escondes!
Vuelas a tu albedrío, no hay quien te tenga en un puño.
¿Nos vas llamando, acaso, para mejor estrellarnos?
Guárdame Dios de ti, que yo de mis quimeras.
Agua mansa, buen Dios en jaula, ¡mal te conoce quien te compra!

  1. Con una entrega fiel

Por su causa soporto todas estás penalidades. Pero no me avergüenzo; sé en quién he puesto mi confianza y estoy seguro de que tiene poder para proteger hasta el día del juicio la enseñanza que me ha confiado. II Timoteo 1.12, La Palabra (Hispanoamérica)

Al volver a recurrir a las cartas pastorales, salta a la vista la manera en que la II Timoteo insiste en el tema de la entrega fiel a Jesucristo. El lenguaje sobre la entrega al Señor remite inevitablemente a la mística, puesto que la decisión espiritual y existencial de responder a la previa entrega de su parte con un acto similar conduce a una experiencia de comunión que rebasa las fórmulas establecidas. Casi podría decirse que la lectura mística es la lectura “obligada” de II Tim 1.6-13, dado que allí se advierte hasta dónde puede llegar el compromiso con la fe entendido como “entrega fiel” a la causa de Jesucristo.

El texto comienza con un imperativo: “haz memoria”. Una expresión similar (reforzada) se repetirá en 2,14. Estos imperativos de “hacer memoria, recordar” no tienen por objeto que “Timoteo” recuerde él estas cosas, sino que constituyen el núcleo fuerte de contenidos de la enseñanza y proclamación en la que se debe esforzar. Este evangelio (la alusión a 1,10-11 es clara) tiene un contenido: es la referencia a Jesús, el Cristo. La tradición a la que ha de ser fiel “Timoteo” no es una tradición por si, ni siquiera la tradición paulina, sino el mensaje que lo vincula con la resurrección de Cristo.[1]

Las primeras palabras insisten en la gratuidad del don recibido inesperadamente por parte de Dios y en la necesidad de tenerlo siempre presente: “Por eso, te recuerdo el deber de reavivar el don que Dios te otorgó cuando impuse mis manos sobre ti” (v. 6). La presencia del apóstol como mediador humano de esa gracia divina otorgada tampoco puede quedar de lado y expresa la calidad del discipulado practicado por ambos, como “padre” o guía espiritual y como seguidor constante que pudo llegar hasta lo que hoy conocemos como “ordenación”. ¿Cuándo Pablo consideró que Timoteo podía ser ordenado? No lo sabemos, sólo se aprecia que éste debía valorar permanentemente lo recibido.

La capacidad entregada por Dios a este creyente lo capacita para superar con “fortaleza, amor y dominio de nosotros mismos” (v. 7) los riesgos que seguramente debía enfrentar al cumplir las obligaciones de su “ministerio”. Por ello, Timoteo no debía avergonzarse “de dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero”, dado que, “al contrario, sostenido por la fuerza de Dios” debía sufrir juntamente con él “por la propagación del mensaje evangélico” (v. 8). El grado del compromiso adquirido debía alcanzar alturas no estoicas o de disposición al sufrimiento, sino más bien, de genuina comprensión de los alcances de la tarea que debía emprenderse en medio de los avatares y la oposición del mundo.

La referencia a Dios mismo, “quien nos ha salvado” y quien demanda “una vida consagrada a él” denuncia la inutilidad de las obras humanas y sitúa el llamado de Dios en las esferas eternas e inconmensurables: “antes de que el tiempo existiera” (v. 9). Esa es la raíz de la mística: la posibilidad de asociarse, comprometerse o incluso “casarse” con el Dios eterno e inaccesible que se hace presente y profundamente cercano. Este Dios ha venido en cristo en busca de una fidelidad a toda prueba que supere las resistencias del mundo y demuestre que el amor divino en efecto supera cualquier cálculo o egoísmo barato anclado en la superficie de las relaciones. Ante Él, en este sentido, no puede haber banalidad sino una persistente seriedad en el trato, como en el matrimonio bien asumido.

Esa vía de acercamiento y compromiso con Dios ha sido bien señalada por autores tan diversos como Rabindranath Tagore y Ernesto Cardenal. El primero, en unas palabras ejemplares:

Tú estás aquí

Abandonaría estos cantos y salmodias y recitaciones de rosario. ¿A quién rindo culto en este oscuro rincón del templo con todas las puertas cerradas? Abro los ojos y veo que Tú, Dios mío, no estás delante de mí.
Tú estás allí donde el labrador labra la dura tierra y donde el peón caminero rompe las piedras. Tú estás con ellos bajo el sol y bajo la lluvia, y tu vestido está cubierto de polvo. Me quito el manto sagrado y, como Tú, bajo hasta la tierra polvorienta.
¿Liberación? ¿Dónde se encuentra la liberación? Tú mismo has cargado gozosamente con los lazos de la creación; estás atado a todos nosotros para siempre.
Salgo de la meditación y dejo a un lado flores e incienso. ¡Qué importa si mi vestido se rompe y ensucia! Es en el duro trabajo y en el sudor de mi frente donde te encuentro y puedo estar a tu lado. (Gitánjali, 11)[2]

Y Cardenal, por su parte:

La juventud es la edad de entregarse a Dios, porque es la edad de las ilusiones y del amor —del amor del hombre a la mujer, y de la primavera y del Cantar de los Cantares—, y la entrega a Dios es una entrega de amor. Y mientras más sueños tengas tú y más ilusiones (“una sed de ilusiones infinita”) y más amor a lo que dejas, es mayor el don que das y es mayor lo que recibes y el amor mutuo es mayor. Si uno estuviera desengañado de la vida, ¿qué vida va a dar? Dios pide la juventud y el ardor y la pasión y los sueños. Pide lo que te pide el matrimonio, porque su amor es matrimonio.[3]

Porque ese regalo de Dios ha de compartirse en una entrega intensa y duradera también a los demás, como lo hacen las madres y los buenos maestros. Ese don forma parte de un mensaje capaz de destruir la muerte y hacer brillar “la luz de la vida y de la inmortalidad” (v. 10). Al ser “pregonero, apóstol y maestro” de ese mensaje (v. 11) el maestro de fe subraya que es la razón por la que soporta “todas estas penalidades” sin avergonzarse tampoco debido a la confianza absoluta que tiene en el Señor (a quien no menciona por su nombre en el v. 12: “sé en quién…”), y Él, con toda certeza culminará finalmente la obra fiel de enseñanza emprendida gracias a su poder. Su trabajo, así, superaría las barreras espaciales y temporales y adquiriría una resonancia que llega hasta nuestros días.

La entrega fiel no depende de una absoluta creencia doctrinal, aunque sea sumamente relevante porque es eminente cristocéntrica (v. 13: “Toma como norma la auténtica enseñanza que me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús”). La fidelidad es resultado, finalmente, de la obra “del Espíritu Santo que habita en nosotros” (v. 14), la única garantía de que esa “hermosa enseñanza” confiada produzca sus frutos de fidelidad y entrega irrestrictas.

  1. Con una disposición a toda prueba

—¿Qué les parece? Una vez, un hombre  tenía dos hijos le dijo a uno de ellos: “Hijo, hoy tienes que ir a trabajar a la viña”. El hijo contestó: “No quiero ir”. Pero más tarde cambió de idea y fue. Lo mismo le dijo el padre al otro hijo, que le contestó: “Sí, padre, iré”. Pero no fue. Díganme, ¿cuál de los dos cumplió el mandato de su padre? Ellos respondieron: —El primero. Mateo 21.28-31, La Palabra (Hispanoamérica)

Una de las cosas que con mayor claridad aparece en los cuatro evangelios es la necesidad de que los seguidores/as de Jesús sean fieles y constantes. Ciertamente, el propio Señor no se hacía muchas esperanzas al respecto porque sabía que la prueba de fuego para cada uno de los discípulos sería la transición de su muerte y resurrección a la responsabilidad de ejercer su apostolado particular. De ahí que en diversas ocasiones se dirigió a ellos para subrayar el hecho de que el seguimiento demandaba una disposición a toda prueba con todo y la comprensión de la posibilidad de que la respuesta inicial al llamado suyo fuera negativa, incompleta o insuficiente.

Cuando el Señor llama a seguirlo podría decirse que se entra en un espacio de indefinición o de duda sobre el porvenir de esa nueva relación con Dios. A cada paso, el discípulo potencial enfrenta vicisitudes que tienen que ver en primer lugar con sus prioridades personales, luego con las prioridades u obligaciones impuestas y, finalmente, con los alcances de ambos tipos de prioridades en el desarrollo de su vida. El contexto de Mt 21.28-32 ciertamente es complejo, puesto que se trata de apenas unos pocos versículos en los que Jesús polemiza con sus adversarios acerca de la obediencia a la voluntad divina. El discipulado nuevo que él anunciaba se veía confrontado con la sumisión irrestricta a la ley y el énfasis profético, renovador, con que presentó la venida inminente del Reino de Dios a la vida de los integrantes del pueblo de Dios.

Como parte de la historia de la pasión, camino de Jerusalén, resulta interesante que Jesús plantea este dilema sobre la obediencia ante los dirigentes que están cuestionando su papel o función dentro del espectro religioso de su tiempo. Los dirigentes religiosos que supieron de Jesús y escucharon acerca de su mensaje también eran destinatarios del mismo, pero los separaba de él la enorme responsabilidad, mal asumida, de ejercer una autoridad moral, política y espiritual que tenía resultados y efectos dudosos. Esa es la razón por la que en el nivel más alto de la escala religiosa Jesús logró únicamente un par de seguidores, que con reservas explicables no se manifestaron a su favor aunque simpatizaron con su causa. La autoridad de Jesús, moral y profética, enfrentó directamente la estructura de poder que movilizaba a algunos y paralizaba a otros para responder a su llamado. Las tres parábolas de Mt 21.28-22.14 muestran ese conflicto.

Por ello, la simplicidad de la historia expuesta por Jesús (que sólo aparece en Mt) resume con claridad qué tipo de respuesta se puede dar al mensaje y qué consecuencias prácticas puede tener dicha respuesta para la vida cotidiana. Al situar en el espacio de la cotidianidad la voz de Dios como padre para encomendar una tarea específica a sus hijos, el Señor coloca el llamado al discipulado en una nueva situación que ya no se realizará en el ámbito ritual o “religioso” sino en el terreno de todos los días, en el horizonte del mundo donde cada quien se mueve. El primer hijo abiertamente no quiso ir (lo cual recuerda la actitud de un profeta como Jonás) al trabajo encargado. El segundo es incluso más cortés con su padre, pero finalmente decide no obedecer. La disposición permanente para obedecer y seguir los caminos del Señor sólo puede proceder de un auténtico compromiso que deslinde a la persona de las demás prioridades que flotan en el ambiente.

El primer hijo, que experimenta remordimiento (metamelētheis), no arrepentimiento (metanóia). El remordimiento machaca en el pensamiento y hace sentir mal a la persona, le altera su normalidad psicológica y espiritual. Pero el pasaje no insiste tan claramente en esa distinción, porque de cualquier manera a la persona aludida le resultó positiva esa experiencia para reconsiderar su respuesta y así recapacitar y obedecer. Sin ánimo de colocarlo en un lugar de superioridad sobre su hermano, el pasaje expone dos tipos de respuestas muy claras: se puede tener la certeza de no desear actuar y nadie podrá modificar esa actitud, pero abrir la posibilidad de responder afirmativamente existe como algo real que puede modificar el curso de las cosas.

El comentario de la parábola coloca a las personas menos pensadas como aquellas que, habiendo recapacitado sobre las características negativas de su vida, pueden dar una respuesta positiva al llamado y llegar a ser, eventualmente, buenos discípulos/as de Jesús, persistentes y confiables. La disposición que él espera, por tanto, es una actitud de respuesta que se va gestando en el interior de las personas por la obra del mismo Dios a través de su Espíritu. Al final, Jesús reprocha que la actitud de sus adversarios no llegara al nivel del primer hijo, de experimentar remordimiento para actuar positivamente ante su llamado.

[1] Néstor Míguez, “Se trata de fidelidad. Estudio de 2 Timoteo 2.9-15”, en RIBLA, núm. 50, www.claiweb.org/ribla/ribla50/se%20trata%20de%20fidelidad.html.

[2] http://almabetania.org/poesia/tagore/docs/Tagore_Gitanjali.pdf.

[3] E. Cardenal, Vida en el amor. 3ª ed. Buenos Aires-México, Carlos Lohlé, 1977, p. 103.

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