Posted On 08/02/2021 By In Opinión, portada With 450 Views

Equilibrio inestable | Jaume Triginé

Es bien conocido por todos que nuestra sociedad postmoderna se halla orientada a la experiencia y a sus sentimientos asociados. Ya no se venden productos o servicios, sino objetos y acontecimientos (automóviles, casas, viajes, restauración, espectáculos…) capaces de provocarnos reacciones emocionales. Los planteamientos filosóficos de antaño y las grandes cuestiones teoréticas del racionalismo y de la ilustración han dejado de interesar. La crisis de la modernidad, el desencanto ante la capacidad de la ciencia y la técnica para resolver los graves problemas de la humanidad han dado lugar a un cambio de paradigma: el del experimentar y sentir.

La palabra experiencia plantea una cierta polisemia. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en una de sus entradas, la define así: Probar y examinar prácticamente la virtud y propiedades de algo. Diríamos que su etiología nos remite a conceptos como probar, ensayar, intentar, comprobar… que nos sumergen en el ámbito de las ciencias, por cuanto su principal metodología es la experimentación; que no excluye nuestras decisiones por ensayo y error en lo cotidiano, incluyendo aquellas que tienen que ver con la dimensión de la religiosidad. La apertura a la novedad y al cambio es un valor al alza en el conjunto de la postmodernidad.

 Otra de sus definiciones es: Notar, echar de ver en uno mismo una cosa, una impresión, un sentimiento… En este supuesto se trata de probar nuevas realidades o situaciones y constatar las sensaciones, fundamentalmente en el plano emocional, que nos provocan. El análisis crítico de ayer ha sido sustituido por la reacción más primaria de la satisfacción obtenida a través de las vivencias de la inmediatez.

La búsqueda actual de experiencias en el campo de la religiosidad pueden ser los énfasis en aspectos sensoriales (música, videos, expresión corporal…) en la performance (antaño liturgia) de los servicios religiosos. También el explorar, tantear… otras formulaciones eclesiales y/o teológicas que explica el actual trasvase de miembros entre comunidades. Incluso la incorporación de prácticas inicialmente más asociadas a otras tradiciones (meditación) o a métodos psicológicos (mindfulness). Empleando términos de la física, parece que en muchos casos nos hallamos en un equilibrio inestable (sinónimo de insatisfacción con lo conocido) en el que experimentar (sinónimo de conocer, probar, ensayar… otras maneras de hacer) parece haberse convertido en necesidad.

Pero el término experiencia también nos remite al conjunto de competencias (conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes…) acumuladas con el paso del tiempo. Esta acepción se halla más cerca de práctica, pericia, hábito… que, en el ámbito religioso y con demasiada frecuencia, no parece tener demasiada aceptación al sacrificarse en el altar de la postmodernidad aspectos considerados pretéritos como la necesidad de una formación rigurosa a la hora de ejercer ministerios eclesiales o la centralidad de la Palabra de Dios (lectura, exposición…) subordinada a momentos de mayor expresión de sentimientos.

Se impone clarificar como entendemos la experiencia espiritual en un momento histórico en el que esta ha alcanzado un protagonismo superior al que suscitaba en el pasado. También su alcance y significación, tanto en términos generales como en la praxis religiosa.

Desde la psicología, especialmente desde las aportaciones del neurólogo Antonio Damasco (1944), se enfatiza el papel de las emociones en la conducta humana. Posteriormente, el psicólogo Daniel Goleman (1947) popularizó el concepto de Inteligencia Emocional. Nadie cuestiona hoy la función de sentimientos y emociones en el devenir de lo humano.

Las experiencias vitales son fuente de resonancias internas; pero quizá sea necesario considerar los diversos matices del término. En el ámbito de la fe es imprescindible partir de la experiencia personal y sus implicaciones existenciales, de lo contrario nos hallaríamos más cerca de una ideología que del seguimiento a Jesús; y ello, junto a la capacidad de dar razón de nuestra esperanza para evitar la mera subjetividad. Este equilibrio entre vida y teología no siempre es fácil, pero sí necesario.

Características del propio protestantismo histórico (austeridad litúrgica, hermenéutica a través del método histórico crítico…) pueden hallarse en la base de la reacción carismática a la búsqueda de expresiones de fe en las que los sentimientos no se hallen inhibidos por el contexto. Quizá todo ello explique, en parte, el desarrollo de comunidades fundamentalistas en detrimento de las iglesias de corte más tradicional. El profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona Josep Otón (1963) escribe al respecto: La experiencia no es todo, pero sin experiencia el cristianismo parece agonizar. La experiencia puede ser un espejismo, pero la fe en un Dios distante puede conducir a un desierto estéril.

De ahí la necesidad de armonizar las manifestaciones de la experiencia y la reflexión intelectual. Seguir al Maestro de Nazaret es mucho más que el asentimiento a unas doctrinas, la realización de determinadas prácticas, la adhesión a un colectivo…; afecta a la totalidad de la persona incluyendo sentimientos y emociones. Pero seguir a Jesús es también mucho más que la efervescencia emocional que relega el análisis y abre las puertas de la radicalización y la intolerancia.

Frente a la búsqueda de “experiencias fuertes” conviene recordar, como señalaba el teólogo Karl Rahner (1904-1984) que las vivencias espirituales tienen lugar en nuestra experiencia ordinaria del mundo. En aquello que el teólogo protestante Paul Tillich (1886-1965) denominaba el elemento de profundidad de la realidad. Ir más allá comporta la posible distorsión emocional de la fe.

De idéntico modo, cuando la fe se asocia exclusivamente con el conocimiento aparece el riesgo de la distorsión intelectual propia del pensamiento moderno y su pretensión de explicar la realidad mediante procesos de racionalización.

El riesgo de deformación emocional o intelectual se halla de forma latente en todos ya que la equidistancia suele ser más utópica que real. El sesgo es posible. La toma de conciencia y el discernimiento se hacen necesarios para modificar la posición polarizada y buscar el equilibrio estable, la madurez. Las deformaciones de la espiritualidad impiden experimentar toda su riqueza. En cambio, la espiritualidad equilibrada en sus matices cognitivos y emocionales confiere profundidad, dirección y unidad al acto de creer.

Jaume Triginé

 

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