Posted On 17/11/2010 By In Biblia With 1420 Views

Iglesia: Común-unidad, Re-unida y Re-formada

(Josué 3 | Reflexión expuesta en Día de la Reforma, 31 de octubre de 2010)

Hoy celebramos la Reforma Protestante del Siglo XVI, pero más aún celebramos las grandes obras que, todavía hoy, Dios quiere realizar en medio nuestro. Somos el pueblo adquirido por Dios para ser sus manos, sus oídos y su voz en una tierra que necesita urgentemente redención, nueva vida y esperanza.

Dios nos ha llamado a ser su su cuerpo y para ello Él mismo nos re-forma y nos trans-forma, por su Espíritu, para su sola gloria y honor. Sabernos escogidos por Dios como su pueblo es comprendernos más allá de nuestras individualidades y de nuestras diferencias. Porque en Dios somos uno, una fe, una esperanza y un amor que nos permite ser comunidad renovada por el poder maravilloso de su amor y guiada por las exhortaciones de su Palabra. Cuando la comunidad es re-unida y re-formada, grandes cosas suceden.

Pero como se dice por ahí, “del dicho al hecho… hay un largo trecho”. Mirar el pasado y ver las gloriosas gestas de Dios realizadas por medio de hombres y mujeres de fe puede producir en nosotros una reacción ambigua. Puede surgir el dulce sabor de la esperanza y del entusiasmo, porque hoy también Dios está transformándonos. O, puede aparecer el sabor amargo de la impotencia que tantas veces sentimos cuando confrontamos aquel pasado de victorias con un presente eclesiástico de tanta aridez, división, luchas fratricidas, facciones enfrentadas, derrotas  y dolor.

¿Qué hacemos ante esta disyuntiva? Tenemos dos opciones, la fe, la transformación y la vida; o la el estatismo, el desierto y la muerte. Deuteronomio 30: 19 dice “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. La opción de Dios y de su Iglesia debe ser siempre la vida y la bendición pues para esto hemos sido consagrados, es decir apartados para una misión santa.

No se si recuerdan la letra de la canción “La Maza”, del poeta y cantautor cubano Silvio Rodríguez. Su poesía es inspiradora y su pregunta retórica resulta desafiante, “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera?”

Algunos de sus versos nos hacen pensar:

si no creyera en la esperanza

si no creyera en mi camino

si no creyera en el deseo

si no creyera en lo que creo

si no creyera en algo puro.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?

si no creyera en lo que esconde

hacerse hermano de la vida.

si no creyera en quien me escucha

si no creyera en lo que queda

si no creyera en lo que lucha.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,

qué cosa fuera la maza sin cantera?

¿En donde estaríamos sin fe y sin esperanza o sin saber cuál es nuestro camino? Estaríamos perdidos en el desierto de la existencia y de la fe, vacíos de sentido y sin fuerzas para continuar. El libro de Números en los capítulos 13 y 14 nos relata un momento de la historia de Israel, 40 años antes del episodio sobre el que hoy leímos, en que el pueblo de Dios perdió el camino, rompió el pacto y condenó el futuro de toda una generación.

Doce espías fueron enviados por Moises a investigar la tierra que les había sido prometida desde Abraham y que ya estaba al alcance de sus manos. Al volver los expedicionarios dieron su informe. Todos vieron cuan próspera era aquella tierra, cuan abundantes sus frutos y sus riquezas. ¡Qué bendición sería poder vivir en un lugar así! Pero, “pequeño” detalle: la tierra era habitada por personas grandes y fuertes, tanto así que los israelitas se sintieron demasiado pequeños y débiles para enfrentarlos. “Ellos eran tan grandes que nos sentíamos como langostas”, dijeron.

La mayoría de los exploradores se olvidaron de su fe y de su Dios y miraron el futuro con desesperanza, como tantas veces hacemos cuando vemos los problemas que nos toca enfrentar. Muchas veces miramos lo grande de los desafíos, pero lo hacemos con una fe más que pequeña. Nos concentramos en la dificultad de la batalla que tenemos que dar, pero cerramos los ojos al Dios grande y poderoso que nos promete estar a nuestro lado y darnos vida plena al otro lado del Jordán. Cuando nos enfocamos en las múltiples debilidades y dejamos de apreciar al Grande de Israel, nos olvidamos quiénes somos y quién nos ha llamado. Un pueblo que olvida su historia y su identidad, extravía su fe y queda sin razón para la esperanza y sin motivos para luchar.

Josué y Caleb fueron los únicos que mantuvieron clara la visión y, en contra de la corriente, afirmaron que alcanzar la promesa era una realidad, porque entre ellos y la tierra nueva, estaba el Dios del pacto. Ellos eran el pueblo de Dios y Él mismo les guiaría a la victoria ¿Si Dios está con nosotros, quién en contra nuestra?, diría Pablo.

Pero Israel actuó desde el miedo, perdió la perspectiva y, obviamente, sucedió lo que tenía que suceder: perdieron el camino y la vida. Cuarenta años vagó el pueblo de Dios, encerrado en su desierto, que resultó la tumba para todos y cada uno de los que olvidaron su identidad.

Pero hoy, en el día de la Reforma, recordamos a Josué y al pueblo de Israel cruzando el Jordán. Cuarenta años después, renovados y obedientes, van a la conquista de la promesa. Con valor y firmeza enfrentan el futuro porque Dios va con ellos. Él les hizo nueva alianza, ya son nuevos, el desierto los ha re- formado y recuperaron su identidad. Nuevamente son el pueblo de Dios porque Él los ha  re-unido, les ha dado nuevamente su identidad: son el pueblo de la fe.

“… así dice el Señor, el que te creó, Jacob,  el que te formó, Israel:

«No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío.

Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; Cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador…” (Isaías 43:1-3)

Cuando en Él somos hechos nuevos, es decir re-formados y re-formadas, nada nos detiene en nuestra caminata hacia la meta. Guiados por Dios marchamos hacia la promesa, en esperanza y las aguas que inundan y ahogan no podrán con nosotros. “Acercaos y escuchad la Palabra de vuestro Dios: en esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, Él echará de delante de vosotros…” todo lo que interfiera con su Plan de salvación y con la extensión de su Reino nuevo.

Dios nos hace un llamado a la fe y a la esperanza, pero primero nos requiere conversión. Porque mientras no haya cambio y renovación, seguiremos dando vueltas por los desiertos que construimos y haciendo caminatas de no vida y de sin sentido que no conducen muy lejos y que ciertamente desalientan a cualquiera.

Hace un tiempo leí un artículo de un pastor brasileño de Sao Paulo que se titulaba “Me Cansé” y hablaba del cansancio de un pastor respecto a algunas características de la iglesia y de los líderes de hoy. El artículo circuló por toda la América Latina causando mucha reflexión y conmoción. Más sin inmutarse, el pastor Gondím publicó hace poco otro breve y profundo escrito. Esta vez lo tituló “las iglesias también mueren”. Gondim dice:

“Una de las marcas más patéticas del tiempo en el que vivimos es la constante repetición de estribillos desde los púlpitos evangélicos. Frases de efecto son copiadas y multiplicadas en los sermones. Algunas, vacías de contenido, generan climas extáticos sin ningún tipo de consecuencias. Sirven para esconder la falta de preparación teológica y la falta de dedicación ministerial. Las congregaciones se manipulan, se eleva la temperatura emotiva de los cultos, pero no se arraigan valores. Se genera un falso júbilo, pero no se proveen herramientas para crear convicciones espirituales” Pero como decimos en Puerto Rico, “esto, aquí no sucede”.

Y citando a Hannah Arendt, filosofa del siglo XX, agrega: “Los estereotipos, las frases hechas, la adhesión a lo convencional, los códigos de conducta estandarizados cumplen la función socialmente reconocida de protegernos frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen los acontecimientos y hechos en virtud de la existencia”. Pero, gracias a Dios, “esto aquí no sucede”.

Si queremos salir del desierto no podemos desatender nuestra misión ni dejar de asumir los desafíos que Dios nos impone, desde su Palabra. A nuestra realidad actual de Iglesias, de líderes y como miembros de las Iglesias Presbiterianas de San Juan, Dios nos dice: ¡Ya es hora de asumir responsabilidades! Es hora de re-formarnos.

La palabra nos requiere ser consistentes y consecuentes entre lo que confesamos como reformados/as y nuestros actos y opciones, que también deben ser re-formados desde la experiencia del amor de Dios.

Pregúntese individualmente, ¿cuándo fue la última vez que se dio cuenta que Dios le llamaba a cambiar? Si ha pasado mucho tiempo, ajuste el auricular, súbale el volumen a Dios y baje el ruido de sus pensamientos. La pregunta que Dios nos hace como comunidad de Iglesias es actual, ¿vamos a caminar a la manera de Dios o seguiremos pa’lante como a nosotros más nos guste? EL Jordán viene desbordándose, el desierto está árido, hay que cambiar, pero eso cuesta y conlleva compromiso y sacrificio. ¿Afrontamos el Jordán, con Dios en medio nuestro, o estamos demasiado acostumbrados a nuestros desiertos de tantos años?

El desierto fue duro, pero a la vez fructífero, porque fue el tiempo propicio para descubrir que había que cambiar. La renovación era imprescindible y la reformulación de lo que significa ser pueblo de Dios, también. Así, la reforma no acontece en el aire sino en un contexto y los cambios no se dan en un vacío sino en la vida de personas concretas, líderes y laicos re-formados por Dios para ser instrumentos de su amor en el mundo. La transformación de la realidad que nos desafía inicia desde el cuerpo, la mente y el espíritu de cada creyente que reconoce la necesidad de cambiar, acepta su identidad y se ofrenda como agente de transformación y de vida en el nombre del Señor.

Como iglesia, como personas, ¡y qué no decir como líderes!, necesitamos cambiar. Hay actitudes y opciones que no son del agrado de Dios porque nos mantienen vagando por caminos de desierto, muerte y desolación.  Por eso hoy los desafío a mirar nuestro Jordán, el que a nosotros nos toca cruzar, y acceder a la reforma de nosotros mismos para transformar la iglesia y la sociedad.

En el Jordán Jesús fue bautizado y allí, luego de su desierto, nació su ministerio de plenitud y reconciliación. Toda la vida de Jesús fue un llamado a cambiar las estructuras, las personas y las metodologías que hacen árida la existencia de sus hijos e hijas. Su vida fue entrega, compromiso, llamado a la renovación de la vida y se completó en la  ofrenda de si mismo en la cruz, como propiciación de la alianza de Dios.

Hoy nosotros también tenemos delante nuestro el Jordán invitándonos a la reforma, al cambio, a dejar atrás el desierto. Hoy tenemos la invitación renovada a reformarnos, a hacernos nuevamente el pueblo en que Dios se complace. Aceptemos trascender el presente para que el futuro sea glorioso. Lavémonos de tantos egoísmos, personalismos, figuritismos ,canibalismos, y tantos otros “ismos” que tanto mal hacen a las iglesias. Purifiquémonos de tantas luchas y de tantas rivalidades vanas y re-unámonos en torno al proyecto común que Dios quiere que realicemos.

Hagamos nuestro pasaje, nuestra cuaresma de lo viejo a lo nuevo. Seamos instrumentos de un cambio que genere vida. Propiciemos un nuevo nacimiento del pueblo reformado por la fe. No asumir el desafío es darle la espalda a Dios, es contentarse con seguir muriendo y matándonos en el desierto de nuestras limitadas historias. “Santificáos, porque mañana, Dios hará grandes cosas”.

Es necesaria una reforma, es necesario renovarnos desde el Señor. Yo creo que eso es posible, si no creyera que es posible “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?”

Yo creo en una iglesia, pueblo de Dios, comprometida con la vida plena para todos, que acepta dar la lucha para superar los desiertos que a veces nosotros mismos generamos y que producen muerte y dolor.

Creo que si Dios está con nosotros y si nosotros le obedecemos podemos trascender el presente y dar una paso hacia adelante. Creo que debemos cambiar. Creo que debemos rescatar la visión de la unidad y de la reconciliación dejando atrás las pequeñeces de nuestras diferencias y la mezquindad de nuestros actos destructivos. Yo no creo que todo deba seguir igual, que no se puede, que así es que es, que esto no va a cambiar, que estaremos en el desierto para siempre. Si no creyera en la en el poder transformador del Evangelio ¿qué cosa fuera corazón, qué cosa fuera?

Creo que la iglesia se queda en el desierto cuando los líderes se olvidan del pueblo, de su identidad, de su historia y de su llamado. Por eso no creo en una iglesia que es solo para algunos y donde el poder se usa caprichosa y festinadamente es decir, precipitadamente y sin reflexión. Déjenme decirles, con temor y temblor, pero con sinceridad y amor que estoy seguro que Dios espera algo más de nosotros y de nosotras. Él nos quiere ver sirviendo, evangelizando, extendiendo su obra, juntas y juntos, re-unidos y re-formados.

Por eso, y porque Dios se complace cuando vivimos y actuamos como Jesús, no creo en una iglesia siempre en disputas, que pisotea y desprecia al que difiere. Dios en su Palabra nos desafía a formas nuevas, a reformas verdaderas, a nuevos nacimientos y a cambios sustanciales que nos acerquen más a ser el pueblo que Él quiere, la comunidad fraternal en la que cada uno/a tiene su lugar. Creo en una iglesia de servicio y de compromiso, no de egos, ni de banalidades. Creo en una iglesia abierta y dinámica, no en congregaciones aisladas o encerradas en si mismas

En resumen, no creo que debamos seguir en el desierto, porque Dios llama a la iglesia a poner su confianza en Él, a renovarse por su Espíritu y a caminar caminos nuevos que conduzcan a la plenitud y la bendición.

Amados hermanos y hermanas, laicos y laicas de la Iglesia: Gracias por su testimonio  y  por el ejemplo de su fe. Sigan haciendo la diferencia y dando lo mejor al Señor.  Sigan confiando en el Dios vivo y gozándose en las maravillas que Él siempre hace. Obedézcanle sólo a Él y sigan comprometiéndose con sus proyecto. Crucen el Jordán, su bendición les está esperando.

Queridos compañeros y compañeras del ministerio. Dios nos ha llamado y espera aún más de nosotros. En nuestra ordenación aceptamos obedecer a Cristo Jesús, y aceptar la autoridad de las Escrituras. Prometimos ser amigos de los colegas del ministerio trabajando con ellos y con ellas sujetos a las disposiciones de la Palabra de Dios y a su Espíritu. Prometimos amar a los semejantes y trabajar por la reconciliación promoviendo la paz, la  unidad y la pureza en la iglesia. ¡Hagámoslo! ¡Reformémonos!

Queridos y queridas colegas, recordemos que para ser fieles ministros del Señor no basta con proclamar las Buenas Nuevas, en Palabra y Sacramentos, instruyendo en la fe y velando por el pueblo de Dios también es necesario demostrar el amor y la justicia de Cristo Jesús con las acciones y con la vida.

Muramos a lo viejo y dejemos nacer lo nuevo: la fraternidad, el amor de hermanos y de hermanas, la confianza mutua. Recordemos que somos parte de un proyecto que no es nuestro, sino de Aquel que dio su vida por nosotros.

La Reforma protestante del Siglo XVI, en gran manera, fue el resultado de la conversión de sus líderes y la re formulación de lo que significa ser iglesia y ser cristianos. La Reforma, con la Palabra de Dios como motor, fue un movimiento de personas concretas re-formadas que produjeron, por voluntad de Dios, un cambio radical en la iglesia y hasta en la geopolítica de la época.

Por eso dejemos que Dios nos cambie, colaboremos con Él y Él no solo nos reformará, sino que derramará bendición abundante a nuestras vidas, a nuestro pueblo y a nuestro común ministerio.

Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Qu este sea nuestro espíritu.

Y “en esto conoceréis que Dios está entre vosotros”, cuando se amen, cuando se unan cuando se dejen hacer de nuevo y así le sirvan bien al Señor.

Estamos ante el Jordán. Dejemos atrás el desierto. Yo no sé como responderás tú, pero por mi parte yo, y mi casa, y mi ministerio, serviremos al Señor, al Dios viviente que hace maravillas en medio de la comunidad reunida y reformada.

A su nombre, toda la gloria y el honor por siempre. Amén.

(Josué 3 | Reflexión expuesta en Día de la Reforma, 31 de octubre de 2010)

Hoy celebramos la Reforma Protestante del Siglo XVI, pero más aún celebramos las grandes obras que, todavía hoy, Dios quiere realizar en medio nuestro. Somos el pueblo adquirido por Dios para ser sus manos, sus oídos y su voz en una tierra que necesita urgentemente redención, nueva vida y esperanza.

Dios nos ha llamado a ser su su cuerpo y para ello Él mismo nos re-forma y nos trans-forma, por su Espíritu, para su sola gloria y honor. Sabernos escogidos por Dios como su pueblo es comprendernos más allá de nuestras individualidades y de nuestras diferencias. Porque en Dios somos uno, una fe, una esperanza y un amor que nos permite ser comunidad renovada por el poder maravilloso de su amor y guiada por las exhortaciones de su Palabra. Cuando la comunidad es re-unida y re-formada, grandes cosas suceden.

Pero como se dice por ahí, “del dicho al hecho… hay un largo trecho”. Mirar el pasado y ver las gloriosas gestas de Dios realizadas por medio de hombres y mujeres de fe puede producir en nosotros una reacción ambigua. Puede surgir el dulce sabor de la esperanza y del entusiasmo, porque hoy también Dios está transformándonos. O, puede aparecer el sabor amargo de la impotencia que tantas veces sentimos cuando confrontamos aquel pasado de victorias con un presente eclesiástico de tanta aridez, división, luchas fratricidas, facciones enfrentadas, derrotas  y dolor.

¿Qué hacemos ante esta disyuntiva? Tenemos dos opciones, la fe, la transformación y la vida; o la el estatismo, el desierto y la muerte. Deuteronomio 30: 19 dice “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. La opción de Dios y de su Iglesia debe ser siempre la vida y la bendición pues para esto hemos sido consagrados, es decir apartados para una misión santa.

No se si recuerdan la letra de la canción “La Maza”, del poeta y cantautor cubano Silvio Rodríguez. Su poesía es inspiradora y su pregunta retórica resulta desafiante, “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera?”

Algunos de sus versos nos hacen pensar:

si no creyera en la esperanza

si no creyera en mi camino

si no creyera en el deseo

si no creyera en lo que creo

si no creyera en algo puro.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?

si no creyera en lo que esconde

hacerse hermano de la vida.

si no creyera en quien me escucha

si no creyera en lo que queda

si no creyera en lo que lucha.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,

qué cosa fuera la maza sin cantera?

¿En donde estaríamos sin fe y sin esperanza o sin saber cuál es nuestro camino? Estaríamos perdidos en el desierto de la existencia y de la fe, vacíos de sentido y sin fuerzas para continuar. El libro de Números en los capítulos 13 y 14 nos relata un momento de la historia de Israel, 40 años antes del episodio sobre el que hoy leímos, en que el pueblo de Dios perdió el camino, rompió el pacto y condenó el futuro de toda una generación.

Doce espías fueron enviados por Moises a investigar la tierra que les había sido prometida desde Abraham y que ya estaba al alcance de sus manos. Al volver los expedicionarios dieron su informe. Todos vieron cuan próspera era aquella tierra, cuan abundantes sus frutos y sus riquezas. ¡Qué bendición sería poder vivir en un lugar así! Pero, “pequeño” detalle: la tierra era habitada por personas grandes y fuertes, tanto así que los israelitas se sintieron demasiado pequeños y débiles para enfrentarlos. “Ellos eran tan grandes que nos sentíamos como langostas”, dijeron.

La mayoría de los exploradores se olvidaron de su fe y de su Dios y miraron el futuro con desesperanza, como tantas veces hacemos cuando vemos los problemas que nos toca enfrentar. Muchas veces miramos lo grande de los desafíos, pero lo hacemos con una fe más que pequeña. Nos concentramos en la dificultad de la batalla que tenemos que dar, pero cerramos los ojos al Dios grande y poderoso que nos promete estar a nuestro lado y darnos vida plena al otro lado del Jordán. Cuando nos enfocamos en las múltiples debilidades y dejamos de apreciar al Grande de Israel, nos olvidamos quiénes somos y quién nos ha llamado. Un pueblo que olvida su historia y su identidad, extravía su fe y queda sin razón para la esperanza y sin motivos para luchar.

Josué y Caleb fueron los únicos que mantuvieron clara la visión y, en contra de la corriente, afirmaron que alcanzar la promesa era una realidad, porque entre ellos y la tierra nueva, estaba el Dios del pacto. Ellos eran el pueblo de Dios y Él mismo les guiaría a la victoria ¿Si Dios está con nosotros, quién en contra nuestra?, diría Pablo.

Pero Israel actuó desde el miedo, perdió la perspectiva y, obviamente, sucedió lo que tenía que suceder: perdieron el camino y la vida. Cuarenta años vagó el pueblo de Dios, encerrado en su desierto, que resultó la tumba para todos y cada uno de los que olvidaron su identidad.

Pero hoy, en el día de la Reforma, recordamos a Josué y al pueblo de Israel cruzando el Jordán. Cuarenta años después, renovados y obedientes, van a la conquista de la promesa. Con valor y firmeza enfrentan el futuro porque Dios va con ellos. Él les hizo nueva alianza, ya son nuevos, el desierto los ha re- formado y recuperaron su identidad. Nuevamente son el pueblo de Dios porque Él los ha  re-unido, les ha dado nuevamente su identidad: son el pueblo de la fe.

“… así dice el Señor, el que te creó, Jacob,  el que te formó, Israel:

«No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío.

Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; Cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador…” (Isaías 43:1-3)

Cuando en Él somos hechos nuevos, es decir re-formados y re-formadas, nada nos detiene en nuestra caminata hacia la meta. Guiados por Dios marchamos hacia la promesa, en esperanza y las aguas que inundan y ahogan no podrán con nosotros. “Acercaos y escuchad la Palabra de vuestro Dios: en esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, Él echará de delante de vosotros…” todo lo que interfiera con su Plan de salvación y con la extensión de su Reino nuevo.

Dios nos hace un llamado a la fe y a la esperanza, pero primero nos requiere conversión. Porque mientras no haya cambio y renovación, seguiremos dando vueltas por los desiertos que construimos y haciendo caminatas de no vida y de sin sentido que no conducen muy lejos y que ciertamente desalientan a cualquiera.

Hace un tiempo leí un artículo de un pastor brasileño de Sao Paulo que se titulaba “Me Cansé” y hablaba del cansancio de un pastor respecto a algunas características de la iglesia y de los líderes de hoy. El artículo circuló por toda la América Latina causando mucha reflexión y conmoción. Más sin inmutarse, el pastor Gondím publicó hace poco otro breve y profundo escrito. Esta vez lo tituló “las iglesias también mueren”. Gondim dice:

“Una de las marcas más patéticas del tiempo en el que vivimos es la constante repetición de estribillos desde los púlpitos evangélicos. Frases de efecto son copiadas y multiplicadas en los sermones. Algunas, vacías de contenido, generan climas extáticos sin ningún tipo de consecuencias. Sirven para esconder la falta de preparación teológica y la falta de dedicación ministerial. Las congregaciones se manipulan, se eleva la temperatura emotiva de los cultos, pero no se arraigan valores. Se genera un falso júbilo, pero no se proveen herramientas para crear convicciones espirituales” Pero como decimos en Puerto Rico, “esto, aquí no sucede”.

Y citando a Hannah Arendt, filosofa del siglo XX, agrega: “Los estereotipos, las frases hechas, la adhesión a lo convencional, los códigos de conducta estandarizados cumplen la función socialmente reconocida de protegernos frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen los acontecimientos y hechos en virtud de la existencia”. Pero, gracias a Dios, “esto aquí no sucede”.

Si queremos salir del desierto no podemos desatender nuestra misión ni dejar de asumir los desafíos que Dios nos impone, desde su Palabra. A nuestra realidad actual de Iglesias, de líderes y como miembros de las Iglesias Presbiterianas de San Juan, Dios nos dice: ¡Ya es hora de asumir responsabilidades! Es hora de re-formarnos.

La palabra nos requiere ser consistentes y consecuentes entre lo que confesamos como reformados/as y nuestros actos y opciones, que también deben ser re-formados desde la experiencia del amor de Dios.

Pregúntese individualmente, ¿cuándo fue la última vez que se dio cuenta que Dios le llamaba a cambiar? Si ha pasado mucho tiempo, ajuste el auricular, súbale el volumen a Dios y baje el ruido de sus pensamientos. La pregunta que Dios nos hace como comunidad de Iglesias es actual, ¿vamos a caminar a la manera de Dios o seguiremos pa’lante como a nosotros más nos guste? EL Jordán viene desbordándose, el desierto está árido, hay que cambiar, pero eso cuesta y conlleva compromiso y sacrificio. ¿Afrontamos el Jordán, con Dios en medio nuestro, o estamos demasiado acostumbrados a nuestros desiertos de tantos años?

El desierto fue duro, pero a la vez fructífero, porque fue el tiempo propicio para descubrir que había que cambiar. La renovación era imprescindible y la reformulación de lo que significa ser pueblo de Dios, también. Así, la reforma no acontece en el aire sino en un contexto y los cambios no se dan en un vacío sino en la vida de personas concretas, líderes y laicos re-formados por Dios para ser instrumentos de su amor en el mundo. La transformación de la realidad que nos desafía inicia desde el cuerpo, la mente y el espíritu de cada creyente que reconoce la necesidad de cambiar, acepta su identidad y se ofrenda como agente de transformación y de vida en el nombre del Señor.

Como iglesia, como personas, ¡y qué no decir como líderes!, necesitamos cambiar. Hay actitudes y opciones que no son del agrado de Dios porque nos mantienen vagando por caminos de desierto, muerte y desolación.  Por eso hoy los desafío a mirar nuestro Jordán, el que a nosotros nos toca cruzar, y acceder a la reforma de nosotros mismos para transformar la iglesia y la sociedad.

En el Jordán Jesús fue bautizado y allí, luego de su desierto, nació su ministerio de plenitud y reconciliación. Toda la vida de Jesús fue un llamado a cambiar las estructuras, las personas y las metodologías que hacen árida la existencia de sus hijos e hijas. Su vida fue entrega, compromiso, llamado a la renovación de la vida y se completó en la  ofrenda de si mismo en la cruz, como propiciación de la alianza de Dios.

Hoy nosotros también tenemos delante nuestro el Jordán invitándonos a la reforma, al cambio, a dejar atrás el desierto. Hoy tenemos la invitación renovada a reformarnos, a hacernos nuevamente el pueblo en que Dios se complace. Aceptemos trascender el presente para que el futuro sea glorioso. Lavémonos de tantos egoísmos, personalismos, figuritismos ,canibalismos, y tantos otros “ismos” que tanto mal hacen a las iglesias. Purifiquémonos de tantas luchas y de tantas rivalidades vanas y re-unámonos en torno al proyecto común que Dios quiere que realicemos.

Hagamos nuestro pasaje, nuestra cuaresma de lo viejo a lo nuevo. Seamos instrumentos de un cambio que genere vida. Propiciemos un nuevo nacimiento del pueblo reformado por la fe. No asumir el desafío es darle la espalda a Dios, es contentarse con seguir muriendo y matándonos en el desierto de nuestras limitadas historias. “Santificáos, porque mañana, Dios hará grandes cosas”.

Es necesaria una reforma, es necesario renovarnos desde el Señor. Yo creo que eso es posible, si no creyera que es posible “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?”

Yo creo en una iglesia, pueblo de Dios, comprometida con la vida plena para todos, que acepta dar la lucha para superar los desiertos que a veces nosotros mismos generamos y que producen muerte y dolor.

Creo que si Dios está con nosotros y si nosotros le obedecemos podemos trascender el presente y dar una paso hacia adelante. Creo que debemos cambiar. Creo que debemos rescatar la visión de la unidad y de la reconciliación dejando atrás las pequeñeces de nuestras diferencias y la mezquindad de nuestros actos destructivos. Yo no creo que todo deba seguir igual, que no se puede, que así es que es, que esto no va a cambiar, que estaremos en el desierto para siempre. Si no creyera en la en el poder transformador del Evangelio ¿qué cosa fuera corazón, qué cosa fuera?

Creo que la iglesia se queda en el desierto cuando los líderes se olvidan del pueblo, de su identidad, de su historia y de su llamado. Por eso no creo en una iglesia que es solo para algunos y donde el poder se usa caprichosa y festinadamente es decir, precipitadamente y sin reflexión. Déjenme decirles, con temor y temblor, pero con sinceridad y amor que estoy seguro que Dios espera algo más de nosotros y de nosotras. Él nos quiere ver sirviendo, evangelizando, extendiendo su obra, juntas y juntos, re-unidos y re-formados.

Por eso, y porque Dios se complace cuando vivimos y actuamos como Jesús, no creo en una iglesia siempre en disputas, que pisotea y desprecia al que difiere. Dios en su Palabra nos desafía a formas nuevas, a reformas verdaderas, a nuevos nacimientos y a cambios sustanciales que nos acerquen más a ser el pueblo que Él quiere, la comunidad fraternal en la que cada uno/a tiene su lugar. Creo en una iglesia de servicio y de compromiso, no de egos, ni de banalidades. Creo en una iglesia abierta y dinámica, no en congregaciones aisladas o encerradas en si mismas

En resumen, no creo que debamos seguir en el desierto, porque Dios llama a la iglesia a poner su confianza en Él, a renovarse por su Espíritu y a caminar caminos nuevos que conduzcan a la plenitud y la bendición.

Amados hermanos y hermanas, laicos y laicas de la Iglesia: Gracias por su testimonio  y  por el ejemplo de su fe. Sigan haciendo la diferencia y dando lo mejor al Señor.  Sigan confiando en el Dios vivo y gozándose en las maravillas que Él siempre hace. Obedézcanle sólo a Él y sigan comprometiéndose con sus proyecto. Crucen el Jordán, su bendición les está esperando.

Queridos compañeros y compañeras del ministerio. Dios nos ha llamado y espera aún más de nosotros. En nuestra ordenación aceptamos obedecer a Cristo Jesús, y aceptar la autoridad de las Escrituras. Prometimos ser amigos de los colegas del ministerio trabajando con ellos y con ellas sujetos a las disposiciones de la Palabra de Dios y a su Espíritu. Prometimos amar a los semejantes y trabajar por la reconciliación promoviendo la paz, la  unidad y la pureza en la iglesia. ¡Hagámoslo! ¡Reformémonos!

Queridos y queridas colegas, recordemos que para ser fieles ministros del Señor no basta con proclamar las Buenas Nuevas, en Palabra y Sacramentos, instruyendo en la fe y velando por el pueblo de Dios también es necesario demostrar el amor y la justicia de Cristo Jesús con las acciones y con la vida.

Muramos a lo viejo y dejemos nacer lo nuevo: la fraternidad, el amor de hermanos y de hermanas, la confianza mutua. Recordemos que somos parte de un proyecto que no es nuestro, sino de Aquel que dio su vida por nosotros.

La Reforma protestante del Siglo XVI, en gran manera, fue el resultado de la conversión de sus líderes y la re formulación de lo que significa ser iglesia y ser cristianos. La Reforma, con la Palabra de Dios como motor, fue un movimiento de personas concretas re-formadas que produjeron, por voluntad de Dios, un cambio radical en la iglesia y hasta en la geopolítica de la época.

Por eso dejemos que Dios nos cambie, colaboremos con Él y Él no solo nos reformará, sino que derramará bendición abundante a nuestras vidas, a nuestro pueblo y a nuestro común ministerio.

Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Qu este sea nuestro espíritu.

Y “en esto conoceréis que Dios está entre vosotros”, cuando se amen, cuando se unan cuando se dejen hacer de nuevo y así le sirvan bien al Señor.

Estamos ante el Jordán. Dejemos atrás el desierto. Yo no sé como responderás tú, pero por mi parte yo, y mi casa, y mi ministerio, serviremos al Señor, al Dios viviente que hace maravillas en medio de la comunidad reunida y reformada.

A su nombre, toda la gloria y el honor por siempre. Amén.

(Josué 3 | Reflexión expuesta en Día de la Reforma, 31 de octubre de 2010)

Hoy celebramos la Reforma Protestante del Siglo XVI, pero más aún celebramos las grandes obras que, todavía hoy, Dios quiere realizar en medio nuestro. Somos el pueblo adquirido por Dios para ser sus manos, sus oídos y su voz en una tierra que necesita urgentemente redención, nueva vida y esperanza.

Dios nos ha llamado a ser su su cuerpo y para ello Él mismo nos re-forma y nos trans-forma, por su Espíritu, para su sola gloria y honor. Sabernos escogidos por Dios como su pueblo es comprendernos más allá de nuestras individualidades y de nuestras diferencias. Porque en Dios somos uno, una fe, una esperanza y un amor que nos permite ser comunidad renovada por el poder maravilloso de su amor y guiada por las exhortaciones de su Palabra. Cuando la comunidad es re-unida y re-formada, grandes cosas suceden.

Pero como se dice por ahí, “del dicho al hecho… hay un largo trecho”. Mirar el pasado y ver las gloriosas gestas de Dios realizadas por medio de hombres y mujeres de fe puede producir en nosotros una reacción ambigua. Puede surgir el dulce sabor de la esperanza y del entusiasmo, porque hoy también Dios está transformándonos. O, puede aparecer el sabor amargo de la impotencia que tantas veces sentimos cuando confrontamos aquel pasado de victorias con un presente eclesiástico de tanta aridez, división, luchas fratricidas, facciones enfrentadas, derrotas  y dolor.

¿Qué hacemos ante esta disyuntiva? Tenemos dos opciones, la fe, la transformación y la vida; o la el estatismo, el desierto y la muerte. Deuteronomio 30: 19 dice “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. La opción de Dios y de su Iglesia debe ser siempre la vida y la bendición pues para esto hemos sido consagrados, es decir apartados para una misión santa.

No se si recuerdan la letra de la canción “La Maza”, del poeta y cantautor cubano Silvio Rodríguez. Su poesía es inspiradora y su pregunta retórica resulta desafiante, “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera?”

Algunos de sus versos nos hacen pensar:

si no creyera en la esperanza

si no creyera en mi camino

si no creyera en el deseo

si no creyera en lo que creo

si no creyera en algo puro.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?

si no creyera en lo que esconde

hacerse hermano de la vida.

si no creyera en quien me escucha

si no creyera en lo que queda

si no creyera en lo que lucha.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,

qué cosa fuera la maza sin cantera?

¿En donde estaríamos sin fe y sin esperanza o sin saber cuál es nuestro camino? Estaríamos perdidos en el desierto de la existencia y de la fe, vacíos de sentido y sin fuerzas para continuar. El libro de Números en los capítulos 13 y 14 nos relata un momento de la historia de Israel, 40 años antes del episodio sobre el que hoy leímos, en que el pueblo de Dios perdió el camino, rompió el pacto y condenó el futuro de toda una generación.

Doce espías fueron enviados por Moises a investigar la tierra que les había sido prometida desde Abraham y que ya estaba al alcance de sus manos. Al volver los expedicionarios dieron su informe. Todos vieron cuan próspera era aquella tierra, cuan abundantes sus frutos y sus riquezas. ¡Qué bendición sería poder vivir en un lugar así! Pero, “pequeño” detalle: la tierra era habitada por personas grandes y fuertes, tanto así que los israelitas se sintieron demasiado pequeños y débiles para enfrentarlos. “Ellos eran tan grandes que nos sentíamos como langostas”, dijeron.

La mayoría de los exploradores se olvidaron de su fe y de su Dios y miraron el futuro con desesperanza, como tantas veces hacemos cuando vemos los problemas que nos toca enfrentar. Muchas veces miramos lo grande de los desafíos, pero lo hacemos con una fe más que pequeña. Nos concentramos en la dificultad de la batalla que tenemos que dar, pero cerramos los ojos al Dios grande y poderoso que nos promete estar a nuestro lado y darnos vida plena al otro lado del Jordán. Cuando nos enfocamos en las múltiples debilidades y dejamos de apreciar al Grande de Israel, nos olvidamos quiénes somos y quién nos ha llamado. Un pueblo que olvida su historia y su identidad, extravía su fe y queda sin razón para la esperanza y sin motivos para luchar.

Josué y Caleb fueron los únicos que mantuvieron clara la visión y, en contra de la corriente, afirmaron que alcanzar la promesa era una realidad, porque entre ellos y la tierra nueva, estaba el Dios del pacto. Ellos eran el pueblo de Dios y Él mismo les guiaría a la victoria ¿Si Dios está con nosotros, quién en contra nuestra?, diría Pablo.

Pero Israel actuó desde el miedo, perdió la perspectiva y, obviamente, sucedió lo que tenía que suceder: perdieron el camino y la vida. Cuarenta años vagó el pueblo de Dios, encerrado en su desierto, que resultó la tumba para todos y cada uno de los que olvidaron su identidad.

Pero hoy, en el día de la Reforma, recordamos a Josué y al pueblo de Israel cruzando el Jordán. Cuarenta años después, renovados y obedientes, van a la conquista de la promesa. Con valor y firmeza enfrentan el futuro porque Dios va con ellos. Él les hizo nueva alianza, ya son nuevos, el desierto los ha re- formado y recuperaron su identidad. Nuevamente son el pueblo de Dios porque Él los ha  re-unido, les ha dado nuevamente su identidad: son el pueblo de la fe.

“… así dice el Señor, el que te creó, Jacob,  el que te formó, Israel:

«No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío.

Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; Cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador…” (Isaías 43:1-3)

Cuando en Él somos hechos nuevos, es decir re-formados y re-formadas, nada nos detiene en nuestra caminata hacia la meta. Guiados por Dios marchamos hacia la promesa, en esperanza y las aguas que inundan y ahogan no podrán con nosotros. “Acercaos y escuchad la Palabra de vuestro Dios: en esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, Él echará de delante de vosotros…” todo lo que interfiera con su Plan de salvación y con la extensión de su Reino nuevo.

Dios nos hace un llamado a la fe y a la esperanza, pero primero nos requiere conversión. Porque mientras no haya cambio y renovación, seguiremos dando vueltas por los desiertos que construimos y haciendo caminatas de no vida y de sin sentido que no conducen muy lejos y que ciertamente desalientan a cualquiera.

Hace un tiempo leí un artículo de un pastor brasileño de Sao Paulo que se titulaba “Me Cansé” y hablaba del cansancio de un pastor respecto a algunas características de la iglesia y de los líderes de hoy. El artículo circuló por toda la América Latina causando mucha reflexión y conmoción. Más sin inmutarse, el pastor Gondím publicó hace poco otro breve y profundo escrito. Esta vez lo tituló “las iglesias también mueren”. Gondim dice:

“Una de las marcas más patéticas del tiempo en el que vivimos es la constante repetición de estribillos desde los púlpitos evangélicos. Frases de efecto son copiadas y multiplicadas en los sermones. Algunas, vacías de contenido, generan climas extáticos sin ningún tipo de consecuencias. Sirven para esconder la falta de preparación teológica y la falta de dedicación ministerial. Las congregaciones se manipulan, se eleva la temperatura emotiva de los cultos, pero no se arraigan valores. Se genera un falso júbilo, pero no se proveen herramientas para crear convicciones espirituales” Pero como decimos en Puerto Rico, “esto, aquí no sucede”.

Y citando a Hannah Arendt, filosofa del siglo XX, agrega: “Los estereotipos, las frases hechas, la adhesión a lo convencional, los códigos de conducta estandarizados cumplen la función socialmente reconocida de protegernos frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen los acontecimientos y hechos en virtud de la existencia”. Pero, gracias a Dios, “esto aquí no sucede”.

Si queremos salir del desierto no podemos desatender nuestra misión ni dejar de asumir los desafíos que Dios nos impone, desde su Palabra. A nuestra realidad actual de Iglesias, de líderes y como miembros de las Iglesias Presbiterianas de San Juan, Dios nos dice: ¡Ya es hora de asumir responsabilidades! Es hora de re-formarnos.

La palabra nos requiere ser consistentes y consecuentes entre lo que confesamos como reformados/as y nuestros actos y opciones, que también deben ser re-formados desde la experiencia del amor de Dios.

Pregúntese individualmente, ¿cuándo fue la última vez que se dio cuenta que Dios le llamaba a cambiar? Si ha pasado mucho tiempo, ajuste el auricular, súbale el volumen a Dios y baje el ruido de sus pensamientos. La pregunta que Dios nos hace como comunidad de Iglesias es actual, ¿vamos a caminar a la manera de Dios o seguiremos pa’lante como a nosotros más nos guste? EL Jordán viene desbordándose, el desierto está árido, hay que cambiar, pero eso cuesta y conlleva compromiso y sacrificio. ¿Afrontamos el Jordán, con Dios en medio nuestro, o estamos demasiado acostumbrados a nuestros desiertos de tantos años?

El desierto fue duro, pero a la vez fructífero, porque fue el tiempo propicio para descubrir que había que cambiar. La renovación era imprescindible y la reformulación de lo que significa ser pueblo de Dios, también. Así, la reforma no acontece en el aire sino en un contexto y los cambios no se dan en un vacío sino en la vida de personas concretas, líderes y laicos re-formados por Dios para ser instrumentos de su amor en el mundo. La transformación de la realidad que nos desafía inicia desde el cuerpo, la mente y el espíritu de cada creyente que reconoce la necesidad de cambiar, acepta su identidad y se ofrenda como agente de transformación y de vida en el nombre del Señor.

Como iglesia, como personas, ¡y qué no decir como líderes!, necesitamos cambiar. Hay actitudes y opciones que no son del agrado de Dios porque nos mantienen vagando por caminos de desierto, muerte y desolación.  Por eso hoy los desafío a mirar nuestro Jordán, el que a nosotros nos toca cruzar, y acceder a la reforma de nosotros mismos para transformar la iglesia y la sociedad.

En el Jordán Jesús fue bautizado y allí, luego de su desierto, nació su ministerio de plenitud y reconciliación. Toda la vida de Jesús fue un llamado a cambiar las estructuras, las personas y las metodologías que hacen árida la existencia de sus hijos e hijas. Su vida fue entrega, compromiso, llamado a la renovación de la vida y se completó en la  ofrenda de si mismo en la cruz, como propiciación de la alianza de Dios.

Hoy nosotros también tenemos delante nuestro el Jordán invitándonos a la reforma, al cambio, a dejar atrás el desierto. Hoy tenemos la invitación renovada a reformarnos, a hacernos nuevamente el pueblo en que Dios se complace. Aceptemos trascender el presente para que el futuro sea glorioso. Lavémonos de tantos egoísmos, personalismos, figuritismos ,canibalismos, y tantos otros “ismos” que tanto mal hacen a las iglesias. Purifiquémonos de tantas luchas y de tantas rivalidades vanas y re-unámonos en torno al proyecto común que Dios quiere que realicemos.

Hagamos nuestro pasaje, nuestra cuaresma de lo viejo a lo nuevo. Seamos instrumentos de un cambio que genere vida. Propiciemos un nuevo nacimiento del pueblo reformado por la fe. No asumir el desafío es darle la espalda a Dios, es contentarse con seguir muriendo y matándonos en el desierto de nuestras limitadas historias. “Santificáos, porque mañana, Dios hará grandes cosas”.

Es necesaria una reforma, es necesario renovarnos desde el Señor. Yo creo que eso es posible, si no creyera que es posible “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?”

Yo creo en una iglesia, pueblo de Dios, comprometida con la vida plena para todos, que acepta dar la lucha para superar los desiertos que a veces nosotros mismos generamos y que producen muerte y dolor.

Creo que si Dios está con nosotros y si nosotros le obedecemos podemos trascender el presente y dar una paso hacia adelante. Creo que debemos cambiar. Creo que debemos rescatar la visión de la unidad y de la reconciliación dejando atrás las pequeñeces de nuestras diferencias y la mezquindad de nuestros actos destructivos. Yo no creo que todo deba seguir igual, que no se puede, que así es que es, que esto no va a cambiar, que estaremos en el desierto para siempre. Si no creyera en la en el poder transformador del Evangelio ¿qué cosa fuera corazón, qué cosa fuera?

Creo que la iglesia se queda en el desierto cuando los líderes se olvidan del pueblo, de su identidad, de su historia y de su llamado. Por eso no creo en una iglesia que es solo para algunos y donde el poder se usa caprichosa y festinadamente es decir, precipitadamente y sin reflexión. Déjenme decirles, con temor y temblor, pero con sinceridad y amor que estoy seguro que Dios espera algo más de nosotros y de nosotras. Él nos quiere ver sirviendo, evangelizando, extendiendo su obra, juntas y juntos, re-unidos y re-formados.

Por eso, y porque Dios se complace cuando vivimos y actuamos como Jesús, no creo en una iglesia siempre en disputas, que pisotea y desprecia al que difiere. Dios en su Palabra nos desafía a formas nuevas, a reformas verdaderas, a nuevos nacimientos y a cambios sustanciales que nos acerquen más a ser el pueblo que Él quiere, la comunidad fraternal en la que cada uno/a tiene su lugar. Creo en una iglesia de servicio y de compromiso, no de egos, ni de banalidades. Creo en una iglesia abierta y dinámica, no en congregaciones aisladas o encerradas en si mismas

En resumen, no creo que debamos seguir en el desierto, porque Dios llama a la iglesia a poner su confianza en Él, a renovarse por su Espíritu y a caminar caminos nuevos que conduzcan a la plenitud y la bendición.

Amados hermanos y hermanas, laicos y laicas de la Iglesia: Gracias por su testimonio  y  por el ejemplo de su fe. Sigan haciendo la diferencia y dando lo mejor al Señor.  Sigan confiando en el Dios vivo y gozándose en las maravillas que Él siempre hace. Obedézcanle sólo a Él y sigan comprometiéndose con sus proyecto. Crucen el Jordán, su bendición les está esperando.

Queridos compañeros y compañeras del ministerio. Dios nos ha llamado y espera aún más de nosotros. En nuestra ordenación aceptamos obedecer a Cristo Jesús, y aceptar la autoridad de las Escrituras. Prometimos ser amigos de los colegas del ministerio trabajando con ellos y con ellas sujetos a las disposiciones de la Palabra de Dios y a su Espíritu. Prometimos amar a los semejantes y trabajar por la reconciliación promoviendo la paz, la  unidad y la pureza en la iglesia. ¡Hagámoslo! ¡Reformémonos!

Queridos y queridas colegas, recordemos que para ser fieles ministros del Señor no basta con proclamar las Buenas Nuevas, en Palabra y Sacramentos, instruyendo en la fe y velando por el pueblo de Dios también es necesario demostrar el amor y la justicia de Cristo Jesús con las acciones y con la vida.

Muramos a lo viejo y dejemos nacer lo nuevo: la fraternidad, el amor de hermanos y de hermanas, la confianza mutua. Recordemos que somos parte de un proyecto que no es nuestro, sino de Aquel que dio su vida por nosotros.

La Reforma protestante del Siglo XVI, en gran manera, fue el resultado de la conversión de sus líderes y la re formulación de lo que significa ser iglesia y ser cristianos. La Reforma, con la Palabra de Dios como motor, fue un movimiento de personas concretas re-formadas que produjeron, por voluntad de Dios, un cambio radical en la iglesia y hasta en la geopolítica de la época.

Por eso dejemos que Dios nos cambie, colaboremos con Él y Él no solo nos reformará, sino que derramará bendición abundante a nuestras vidas, a nuestro pueblo y a nuestro común ministerio.

Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Qu este sea nuestro espíritu.

Y “en esto conoceréis que Dios está entre vosotros”, cuando se amen, cuando se unan cuando se dejen hacer de nuevo y así le sirvan bien al Señor.

Estamos ante el Jordán. Dejemos atrás el desierto. Yo no sé como responderás tú, pero por mi parte yo, y mi casa, y mi ministerio, serviremos al Señor, al Dios viviente que hace maravillas en medio de la comunidad reunida y reformada.

A su nombre, toda la gloria y el honor por siempre. Amén.

(Josué 3 | Reflexión expuesta en Día de la Reforma, 31 de octubre de 2010)

Hoy celebramos la Reforma Protestante del Siglo XVI, pero más aún celebramos las grandes obras que, todavía hoy, Dios quiere realizar en medio nuestro. Somos el pueblo adquirido por Dios para ser sus manos, sus oídos y su voz en una tierra que necesita urgentemente redención, nueva vida y esperanza.

Dios nos ha llamado a ser su su cuerpo y para ello Él mismo nos re-forma y nos trans-forma, por su Espíritu, para su sola gloria y honor. Sabernos escogidos por Dios como su pueblo es comprendernos más allá de nuestras individualidades y de nuestras diferencias. Porque en Dios somos uno, una fe, una esperanza y un amor que nos permite ser comunidad renovada por el poder maravilloso de su amor y guiada por las exhortaciones de su Palabra. Cuando la comunidad es re-unida y re-formada, grandes cosas suceden.

Pero como se dice por ahí, “del dicho al hecho… hay un largo trecho”. Mirar el pasado y ver las gloriosas gestas de Dios realizadas por medio de hombres y mujeres de fe puede producir en nosotros una reacción ambigua. Puede surgir el dulce sabor de la esperanza y del entusiasmo, porque hoy también Dios está transformándonos. O, puede aparecer el sabor amargo de la impotencia que tantas veces sentimos cuando confrontamos aquel pasado de victorias con un presente eclesiástico de tanta aridez, división, luchas fratricidas, facciones enfrentadas, derrotas  y dolor.

¿Qué hacemos ante esta disyuntiva? Tenemos dos opciones, la fe, la transformación y la vida; o la el estatismo, el desierto y la muerte. Deuteronomio 30: 19 dice “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, de que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia”. La opción de Dios y de su Iglesia debe ser siempre la vida y la bendición pues para esto hemos sido consagrados, es decir apartados para una misión santa.

No se si recuerdan la letra de la canción “La Maza”, del poeta y cantautor cubano Silvio Rodríguez. Su poesía es inspiradora y su pregunta retórica resulta desafiante, “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera, qué cosa fuera la maza sin cantera?”

Algunos de sus versos nos hacen pensar:

si no creyera en la esperanza

si no creyera en mi camino

si no creyera en el deseo

si no creyera en lo que creo

si no creyera en algo puro.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?

si no creyera en lo que esconde

hacerse hermano de la vida.

si no creyera en quien me escucha

si no creyera en lo que queda

si no creyera en lo que lucha.

¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera,

qué cosa fuera la maza sin cantera?

¿En donde estaríamos sin fe y sin esperanza o sin saber cuál es nuestro camino? Estaríamos perdidos en el desierto de la existencia y de la fe, vacíos de sentido y sin fuerzas para continuar. El libro de Números en los capítulos 13 y 14 nos relata un momento de la historia de Israel, 40 años antes del episodio sobre el que hoy leímos, en que el pueblo de Dios perdió el camino, rompió el pacto y condenó el futuro de toda una generación.

Doce espías fueron enviados por Moises a investigar la tierra que les había sido prometida desde Abraham y que ya estaba al alcance de sus manos. Al volver los expedicionarios dieron su informe. Todos vieron cuan próspera era aquella tierra, cuan abundantes sus frutos y sus riquezas. ¡Qué bendición sería poder vivir en un lugar así! Pero, “pequeño” detalle: la tierra era habitada por personas grandes y fuertes, tanto así que los israelitas se sintieron demasiado pequeños y débiles para enfrentarlos. “Ellos eran tan grandes que nos sentíamos como langostas”, dijeron.

La mayoría de los exploradores se olvidaron de su fe y de su Dios y miraron el futuro con desesperanza, como tantas veces hacemos cuando vemos los problemas que nos toca enfrentar. Muchas veces miramos lo grande de los desafíos, pero lo hacemos con una fe más que pequeña. Nos concentramos en la dificultad de la batalla que tenemos que dar, pero cerramos los ojos al Dios grande y poderoso que nos promete estar a nuestro lado y darnos vida plena al otro lado del Jordán. Cuando nos enfocamos en las múltiples debilidades y dejamos de apreciar al Grande de Israel, nos olvidamos quiénes somos y quién nos ha llamado. Un pueblo que olvida su historia y su identidad, extravía su fe y queda sin razón para la esperanza y sin motivos para luchar.

Josué y Caleb fueron los únicos que mantuvieron clara la visión y, en contra de la corriente, afirmaron que alcanzar la promesa era una realidad, porque entre ellos y la tierra nueva, estaba el Dios del pacto. Ellos eran el pueblo de Dios y Él mismo les guiaría a la victoria ¿Si Dios está con nosotros, quién en contra nuestra?, diría Pablo.

Pero Israel actuó desde el miedo, perdió la perspectiva y, obviamente, sucedió lo que tenía que suceder: perdieron el camino y la vida. Cuarenta años vagó el pueblo de Dios, encerrado en su desierto, que resultó la tumba para todos y cada uno de los que olvidaron su identidad.

Pero hoy, en el día de la Reforma, recordamos a Josué y al pueblo de Israel cruzando el Jordán. Cuarenta años después, renovados y obedientes, van a la conquista de la promesa. Con valor y firmeza enfrentan el futuro porque Dios va con ellos. Él les hizo nueva alianza, ya son nuevos, el desierto los ha re- formado y recuperaron su identidad. Nuevamente son el pueblo de Dios porque Él los ha  re-unido, les ha dado nuevamente su identidad: son el pueblo de la fe.

“… así dice el Señor, el que te creó, Jacob,  el que te formó, Israel:

«No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío.

Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; Cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas.

Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador…” (Isaías 43:1-3)

Cuando en Él somos hechos nuevos, es decir re-formados y re-formadas, nada nos detiene en nuestra caminata hacia la meta. Guiados por Dios marchamos hacia la promesa, en esperanza y las aguas que inundan y ahogan no podrán con nosotros. “Acercaos y escuchad la Palabra de vuestro Dios: en esto conoceréis que el Dios viviente está en medio de vosotros, Él echará de delante de vosotros…” todo lo que interfiera con su Plan de salvación y con la extensión de su Reino nuevo.

Dios nos hace un llamado a la fe y a la esperanza, pero primero nos requiere conversión. Porque mientras no haya cambio y renovación, seguiremos dando vueltas por los desiertos que construimos y haciendo caminatas de no vida y de sin sentido que no conducen muy lejos y que ciertamente desalientan a cualquiera.

Hace un tiempo leí un artículo de un pastor brasileño de Sao Paulo que se titulaba “Me Cansé” y hablaba del cansancio de un pastor respecto a algunas características de la iglesia y de los líderes de hoy. El artículo circuló por toda la América Latina causando mucha reflexión y conmoción. Más sin inmutarse, el pastor Gondím publicó hace poco otro breve y profundo escrito. Esta vez lo tituló “las iglesias también mueren”. Gondim dice:

“Una de las marcas más patéticas del tiempo en el que vivimos es la constante repetición de estribillos desde los púlpitos evangélicos. Frases de efecto son copiadas y multiplicadas en los sermones. Algunas, vacías de contenido, generan climas extáticos sin ningún tipo de consecuencias. Sirven para esconder la falta de preparación teológica y la falta de dedicación ministerial. Las congregaciones se manipulan, se eleva la temperatura emotiva de los cultos, pero no se arraigan valores. Se genera un falso júbilo, pero no se proveen herramientas para crear convicciones espirituales” Pero como decimos en Puerto Rico, “esto, aquí no sucede”.

Y citando a Hannah Arendt, filosofa del siglo XX, agrega: “Los estereotipos, las frases hechas, la adhesión a lo convencional, los códigos de conducta estandarizados cumplen la función socialmente reconocida de protegernos frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen los acontecimientos y hechos en virtud de la existencia”. Pero, gracias a Dios, “esto aquí no sucede”.

Si queremos salir del desierto no podemos desatender nuestra misión ni dejar de asumir los desafíos que Dios nos impone, desde su Palabra. A nuestra realidad actual de Iglesias, de líderes y como miembros de las Iglesias Presbiterianas de San Juan, Dios nos dice: ¡Ya es hora de asumir responsabilidades! Es hora de re-formarnos.

La palabra nos requiere ser consistentes y consecuentes entre lo que confesamos como reformados/as y nuestros actos y opciones, que también deben ser re-formados desde la experiencia del amor de Dios.

Pregúntese individualmente, ¿cuándo fue la última vez que se dio cuenta que Dios le llamaba a cambiar? Si ha pasado mucho tiempo, ajuste el auricular, súbale el volumen a Dios y baje el ruido de sus pensamientos. La pregunta que Dios nos hace como comunidad de Iglesias es actual, ¿vamos a caminar a la manera de Dios o seguiremos pa’lante como a nosotros más nos guste? EL Jordán viene desbordándose, el desierto está árido, hay que cambiar, pero eso cuesta y conlleva compromiso y sacrificio. ¿Afrontamos el Jordán, con Dios en medio nuestro, o estamos demasiado acostumbrados a nuestros desiertos de tantos años?

El desierto fue duro, pero a la vez fructífero, porque fue el tiempo propicio para descubrir que había que cambiar. La renovación era imprescindible y la reformulación de lo que significa ser pueblo de Dios, también. Así, la reforma no acontece en el aire sino en un contexto y los cambios no se dan en un vacío sino en la vida de personas concretas, líderes y laicos re-formados por Dios para ser instrumentos de su amor en el mundo. La transformación de la realidad que nos desafía inicia desde el cuerpo, la mente y el espíritu de cada creyente que reconoce la necesidad de cambiar, acepta su identidad y se ofrenda como agente de transformación y de vida en el nombre del Señor.

Como iglesia, como personas, ¡y qué no decir como líderes!, necesitamos cambiar. Hay actitudes y opciones que no son del agrado de Dios porque nos mantienen vagando por caminos de desierto, muerte y desolación.  Por eso hoy los desafío a mirar nuestro Jordán, el que a nosotros nos toca cruzar, y acceder a la reforma de nosotros mismos para transformar la iglesia y la sociedad.

En el Jordán Jesús fue bautizado y allí, luego de su desierto, nació su ministerio de plenitud y reconciliación. Toda la vida de Jesús fue un llamado a cambiar las estructuras, las personas y las metodologías que hacen árida la existencia de sus hijos e hijas. Su vida fue entrega, compromiso, llamado a la renovación de la vida y se completó en la  ofrenda de si mismo en la cruz, como propiciación de la alianza de Dios.

Hoy nosotros también tenemos delante nuestro el Jordán invitándonos a la reforma, al cambio, a dejar atrás el desierto. Hoy tenemos la invitación renovada a reformarnos, a hacernos nuevamente el pueblo en que Dios se complace. Aceptemos trascender el presente para que el futuro sea glorioso. Lavémonos de tantos egoísmos, personalismos, figuritismos ,canibalismos, y tantos otros “ismos” que tanto mal hacen a las iglesias. Purifiquémonos de tantas luchas y de tantas rivalidades vanas y re-unámonos en torno al proyecto común que Dios quiere que realicemos.

Hagamos nuestro pasaje, nuestra cuaresma de lo viejo a lo nuevo. Seamos instrumentos de un cambio que genere vida. Propiciemos un nuevo nacimiento del pueblo reformado por la fe. No asumir el desafío es darle la espalda a Dios, es contentarse con seguir muriendo y matándonos en el desierto de nuestras limitadas historias. “Santificáos, porque mañana, Dios hará grandes cosas”.

Es necesaria una reforma, es necesario renovarnos desde el Señor. Yo creo que eso es posible, si no creyera que es posible “¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?”

Yo creo en una iglesia, pueblo de Dios, comprometida con la vida plena para todos, que acepta dar la lucha para superar los desiertos que a veces nosotros mismos generamos y que producen muerte y dolor.

Creo que si Dios está con nosotros y si nosotros le obedecemos podemos trascender el presente y dar una paso hacia adelante. Creo que debemos cambiar. Creo que debemos rescatar la visión de la unidad y de la reconciliación dejando atrás las pequeñeces de nuestras diferencias y la mezquindad de nuestros actos destructivos. Yo no creo que todo deba seguir igual, que no se puede, que así es que es, que esto no va a cambiar, que estaremos en el desierto para siempre. Si no creyera en la en el poder transformador del Evangelio ¿qué cosa fuera corazón, qué cosa fuera?

Creo que la iglesia se queda en el desierto cuando los líderes se olvidan del pueblo, de su identidad, de su historia y de su llamado. Por eso no creo en una iglesia que es solo para algunos y donde el poder se usa caprichosa y festinadamente es decir, precipitadamente y sin reflexión. Déjenme decirles, con temor y temblor, pero con sinceridad y amor que estoy seguro que Dios espera algo más de nosotros y de nosotras. Él nos quiere ver sirviendo, evangelizando, extendiendo su obra, juntas y juntos, re-unidos y re-formados.

Por eso, y porque Dios se complace cuando vivimos y actuamos como Jesús, no creo en una iglesia siempre en disputas, que pisotea y desprecia al que difiere. Dios en su Palabra nos desafía a formas nuevas, a reformas verdaderas, a nuevos nacimientos y a cambios sustanciales que nos acerquen más a ser el pueblo que Él quiere, la comunidad fraternal en la que cada uno/a tiene su lugar. Creo en una iglesia de servicio y de compromiso, no de egos, ni de banalidades. Creo en una iglesia abierta y dinámica, no en congregaciones aisladas o encerradas en si mismas

En resumen, no creo que debamos seguir en el desierto, porque Dios llama a la iglesia a poner su confianza en Él, a renovarse por su Espíritu y a caminar caminos nuevos que conduzcan a la plenitud y la bendición.

Amados hermanos y hermanas, laicos y laicas de la Iglesia: Gracias por su testimonio  y  por el ejemplo de su fe. Sigan haciendo la diferencia y dando lo mejor al Señor.  Sigan confiando en el Dios vivo y gozándose en las maravillas que Él siempre hace. Obedézcanle sólo a Él y sigan comprometiéndose con sus proyecto. Crucen el Jordán, su bendición les está esperando.

Queridos compañeros y compañeras del ministerio. Dios nos ha llamado y espera aún más de nosotros. En nuestra ordenación aceptamos obedecer a Cristo Jesús, y aceptar la autoridad de las Escrituras. Prometimos ser amigos de los colegas del ministerio trabajando con ellos y con ellas sujetos a las disposiciones de la Palabra de Dios y a su Espíritu. Prometimos amar a los semejantes y trabajar por la reconciliación promoviendo la paz, la  unidad y la pureza en la iglesia. ¡Hagámoslo! ¡Reformémonos!

Queridos y queridas colegas, recordemos que para ser fieles ministros del Señor no basta con proclamar las Buenas Nuevas, en Palabra y Sacramentos, instruyendo en la fe y velando por el pueblo de Dios también es necesario demostrar el amor y la justicia de Cristo Jesús con las acciones y con la vida.

Muramos a lo viejo y dejemos nacer lo nuevo: la fraternidad, el amor de hermanos y de hermanas, la confianza mutua. Recordemos que somos parte de un proyecto que no es nuestro, sino de Aquel que dio su vida por nosotros.

La Reforma protestante del Siglo XVI, en gran manera, fue el resultado de la conversión de sus líderes y la re formulación de lo que significa ser iglesia y ser cristianos. La Reforma, con la Palabra de Dios como motor, fue un movimiento de personas concretas re-formadas que produjeron, por voluntad de Dios, un cambio radical en la iglesia y hasta en la geopolítica de la época.

Por eso dejemos que Dios nos cambie, colaboremos con Él y Él no solo nos reformará, sino que derramará bendición abundante a nuestras vidas, a nuestro pueblo y a nuestro común ministerio.

Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Iglesia Reformada… Siempre reformándose. Qu este sea nuestro espíritu.

Y “en esto conoceréis que Dios está entre vosotros”, cuando se amen, cuando se unan cuando se dejen hacer de nuevo y así le sirvan bien al Señor.

Estamos ante el Jordán. Dejemos atrás el desierto. Yo no sé como responderás tú, pero por mi parte yo, y mi casa, y mi ministerio, serviremos al Señor, al Dios viviente que hace maravillas en medio de la comunidad reunida y reformada.

A su nombre, toda la gloria y el honor por siempre. Amén.

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