Juan Calvino

Posted On 27/02/2014 By In América Latina y el Caribe, Teología With 2035 Views

La estafeta perdida. 25 años de un proyecto secuestrado: El Presbiterio Juan Calvino

La división de la iglesia es una imposibilidad ontológica. Corresponde a la realidad del pecado humano, no del propósito de Dios.[1] Emilio Castro

1. Preámbulo

Ahora que se han cumplido 25 años de los inicios del proyecto eclesial denominado Presbiterio Juan Calvino y, sobre todo, después de ver cómo una nueva generación de dirigentes se ha apropiado de dicho aniversario, llama la atención la manera en que, una vez más, en el desarrollo de alguna instancia de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) vuelven a repetirse situaciones que falsean la historia, los ideales y los proyectos específicos de determinados actores. El presente texto no es más que un complemento de los resúmenes que quien escribe estas líneas ha ensayado: en abril de 1991, un “perfil ideológico e histórico”; febrero de 2000, una periodización de su desarrollo; y el más reciente, de enero de 2012 (www.facebook.com/notes/leopoldo-cervantes-ortiz/breve-recuento-de-los-or%C3%ADgenes-y-desarrollo-del-presbiterio-juan-calvino/10152266908457174), escrito al calor de lo sucedido el año anterior, cuando la directiva en funciones, integrada por los señores Ananíes Laguna Coyoc, Edwin Ignacio Herrera y Juan José Maldonado, traicionó los acuerdos que acerca de los ministerios femeninos se habían tomado legalmente, y se sometió a los dictados de las fuerzas más reaccionarias que aún controlan a la INPM y actuaron ilegalmente, primero, para mantener una representación que ya no tenían, y segundo, para imponer una situación de represión, abuso y usurpación de funciones que desembocó en la excomunión de siete pastores. De ninguna manera sería sano dejar pasar esta fecha para poner sobre la mesa los antecedentes y entretelones de la celebración secuestrada por los presentes actores, pues parecería que quienes participamos de la vida presbiterial en su momento asentimos o estamos de acuerdo con ellos, pero al no ser así, es una obligación ética y espiritual denunciar sus excesos y reduccionismos, desconectados en lo esencial, porque ninguno de ellos estuvo presente, de la visión que le dio origen al Presbiterio. Al secuestrar la celebración de este aniversario, algo que han hecho durante cuatro años consecutivos, únicamente siguen subrayando el carácter espurio de su tarea y de su representación.

En esta nueva oportunidad es muy necesario hacer una reflexión eclesiológica capaz de exhibir y desenmascarar a quienes hoy se arrogan una función que están muy lejos de tener, puesto que en modo alguno estas personas dan continuidad al proyecto original debido a su desconocimiento y a la ausencia de convicciones firmes derivadas de un escaso apego al ideario con que surgió dicho Presbiterio. Incluso resulta penosa la manera en que manipulan la figura del presbítero Abel Clemente Vázquez, animador y fundador del mismo, y quien predicó el pasado 16 de febrero del año en curso en la Iglesia Nazaret, para sus cuestionables fines que consisten en hacer creer que ellos son los depositarios de las propuestas iniciales del proyecto eclesial. De más estaría esperar alguna explicación que ni en su momento la hubo, enredados como estuvieron en la búsqueda de acomodo para salir bien librados. Lamentablemente, la situación actual de salud del presbítero Clemente, quien inspiró el surgimiento del presbiterio que llevaría el nombre del reformador franco-ginebrino, no le permite percibir, al parecer, el grado de deshonestidad histórica, intelectual y espiritual con que se está utilizando su nombre para propósitos que se alejan diametralmente de las intenciones con que se inició dicho cuerpo eclesiástico.

Más allá de que, en aras de esta celebración espuria se está violentando la realidad histórica y teológica que ese movimiento representó, resulta urgente rescatar las líneas generales de pensamiento que orientaron su existencia, la cual llegó a una situación límite cuando en octubre de 2011 la directiva en turno dio marcha atrás en los objetivos y el perfil que debió seguirlo caracterizando. Acaso el progresivo ingreso de nuevos miembros que, lejos de profundizar en los orígenes y metas del Presbiterio, decidieron, al acceder a los puestos directivos, encaminarlo por senderos muy distintos a los iniciales. También hay que destacar la creciente laxitud con que se fue examinando a nuevos integrantes, pues en algunos casos se ordenaron pastores sin la suficiente preparación teológica y únicamente se cedió a las presiones de las iglesias locales ante la necesidad de instalar ministros para dar continuidad, allí sí, a proyectos unipersonales que no necesariamente coincidían con los acuerdos del Presbiterio. Asimismo, muchos pastores y representantes de iglesias, incluso ejerciendo responsabilidades presbiteriales, tampoco transmitían tales decisiones con el sentido renovador y propositivo con que se realizaban, dado que algunos eran resultado de estudios bíblico-teológicos específicos. Semejante falta de compromiso y convicción fue sembrando y cosechando la semilla de la inconformidad acrítica entre diversos sectores que veían algunas decisiones como extrañas a su visión doctrinal. Fue el caso, en los años recientes, del rechazo a la nueva Constitución de la INPM, impuesta por un grupúsculo tradicionalista enquistado en el Ministerio de Educación y, por supuesto, de la decisión mayoritaria acerca de la ordenación de las mujeres a los ministerios.

La actual directiva debería considerar seriamente si el acta constitutiva del Presbiterio, elaborada en 1989, representa de verdad el ideario teológico y eclesial de quienes están hoy al frente del mismo, en todas las áreas de trabajo y misión, puesto que desde la pastoral en todos sus niveles, la liturgia, la evangelización, la educación cristiana, la educación teológica, etcétera, se echa de menos la falta de solidez en la formación reformada de los actuales directivos. Un ejemplo, entre varios, es el caso de la iglesia más antigua del presbiterio que sólo recientemente tuvo que someter a votación si celebraría o no la fiesta del Adviento, ¡en pleno siglo XXI y ante las evidencias abrumadoras de la tradición cristiana y reformada! Ése es el nivel teológico que le ofrece esta directiva a las congregaciones e iglesias que representan, un cuarto de siglo después de los inicios de este proyecto eclesial que consideró ampliamente la inserción amplia de las comunidades en las orientaciones sustanciales de la antigua Alianza Reformada Mundial (ARM) y de la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR, desde 2010). Haría falta que retomasen, con toda seriedad, ese rico legado que está esperándolos para abrevar en él y así nutrir su visión con algo más que ideas sueltas dominadas por los aires y las imposiciones del momento. No hay mejor muestra de ello que la negociación oscura llevada a cabo para que el señor Maldonado, ex tesorero del presbiterio (para cuyas tareas nunca contaba con el tiempo requerido, según su propio dicho registrado acta tras acta), accediera al mismo puesto, pero en la directiva nacional de la INPM, el cual dejará a mediados de 2014. Resulta grotesco mirar las fotos y videos donde este señor hace gala del “logro” obtenido a costa de la violación del reglamento interno, la traición a los acuerdos que debía defender y el abuso autoritario al constituirse en juez y parte para formar parte del pseudo-tribunal que juzgó a sus antiguos compañeros para excomulgarlos. Hay que aclarar, estrictamente, que esa conducta no la aprendió de sus pastores o compañeros de milicia sino que lo hizo sobre la marcha para posicionarse y obtener un beneficio pecuniario porque, ahora sí, ejerce su cargo “de tiempo completo”.

2. Eclesiología en movimiento

He tomado prestada como epígrafe la cita de Emilio Castro de la nueva edición ampliada de Discusión sobre la iglesia, el clásico libro de Zwinglio M. Dias, pues ella resume muy bien cuál es la raíz de los intereses que mueven a los seres humanos para pretender dividir a la iglesia de Cristo en el mundo. La “imposibilidad ontológica” de lograr semejante despropósito subyace a la pecaminosa intención de suponer que es posible mejorarle la plana al Espíritu Santo en el momento de decidir qué tipo de iglesia es la adecuada y de modificarla continuamente obedeciendo las inocultables y mezquinas inclinaciones con que periódicamente se ve asediada la presencia de las comunidades cristianas en la historia. Ciertamente, una mirada sociológica puede atenuar, en cierto modo, la dolorosa sensación de que con acciones así se pervierten los objetivos de instituciones nobles y dignas de crédito y seguimiento. En ello, la INPM y sus representantes no hacen más que imponer criterios que suponen superiores a fin de hacer prevalecer el impulso de poderes transitorios y de ideologías supuestamente absolutas para someter las conciencias a su antojo. Nada hay de imprevisto en el hecho de querer mantenerse incólumes en el manejo de recursos, representaciones y apariencias… Lo que resulta inaceptable es que esos cuadros dirigentes violen sistemáticamente normas que ellos mismos aprobaron, se arroguen atributos con los que no cuentan ni por asomo y encima pretendan ofrecer clases de ética o moral cuando muchas de sus acciones echan por tierra un discurso reiterativo, monótono y teledirigido.

Una de las grandes banderas de este perfil eclesiológico que se dice reformado es la enemistad jurada contra todo lo que huela a teológico que les lleva a oponer la labor eclesial-pastoral a la de reflexionar teológicamente sobre todo lo que hace y dice la iglesia. Y es precisamente en el terreno de la eclesiología donde deben abordarse siempre los problemas derivados de la actuación histórica de quienes integran la iglesia y de quienes la dirigen.

Para la fe cristiana resultó inevitable, desde sus inicios, la reflexión sobre la existencia histórica de las comunidades, sobre todo ante la necesidad de participar en el proceso de continuidad y discontinuidad que representó recibir la herencia del judaísmo. Este legado, experimentado también como un “nuevo inicio” debido a la percepción de que la vida y obra de Jesús de Nazaret inauguraba, como en efecto sucedió, una manera distinta de ser “pueblo-de-Dios-en-el–mundo”, propició que desde los primeros documentos derivados de la revelación escrita se tuviera que hacer una sólida referencia a la fe en la presencia de la comunidad.

Algunos enterados dicen que en el llamado Credo apostólico el artículo relativo a la Iglesia debería traducirse como “Creo la Iglesia”, puesto que la afirmación de la fe en esa realidad histórica suscitada por el Espíritu no es equiparable a las relacionadas con la Trinidad o con los efectos soteriológicos de la obra de Cristo resucitado. Por lo tanto, señalan que esta creencia, vinculante como lo es, sin duda, no podría estar al nivel de la confesión sobre los demás contenidos de la fe. Es verdad que, lingüísticamente, suena extraña una oración como ésta adonde se suprima la conjunción, pero también es cierto que esta adaptación puede contribuir a luchar contra la tentación de ver en la Iglesia un objeto de fe, culto o sumisión excesiva.

Creer la Iglesia significa aceptar que, como da testimonio la Sagrada Escritura, ella es un resultado de la acción libre y soberana del Espíritu Santo para hacer visible en el mundo los efectos de su gracia redentora en la vida de las personas, pero también es un conjunto de formas asociativas humanas condicionadas históricamente por la cultura y el contexto en el que han surgido y se desarrollan. Afirmar de manera triunfalista lo primero y no recordar permanentemente lo segundo puede convertirse en la fuente de una multitud de excesos, como se aprecia en determinadas coyunturas.

Escribe Zwinglio M. Dias: “Dios llamó a un pueblo para que fuera portador de su mensaje a la humanidad. Jesucristo convocó a doce hombres para participar de su ministerio y, después, creó la Iglesia para continuar la obra iniciada con su encarnación. En el plan liberador de Dios, las comunidades humanas son instrumentadas para liberar a otras comunidades. A la Iglesia le cabe la tarea de comunicar al mundo el mensaje redentor de Cristo”.[2]

Y en efecto, “creer la Iglesia” es la más adecuada traducción del latín credo Ecclesiam, como explica Martín Gelabert Ballester: “…tras profesar la fe en el Espíritu, se indican sus obras o manifestaciones: la primera de las obras del Espíritu es ‘la Santa Iglesia Católica’. La Iglesia, por tanto, no es objeto propio y directo de la fe. El objeto de la fe sólo es Dios. La Iglesia es confesada en el Credo, no por sí misma, sino en tanto que relacionada con el Dios Espíritu Santo” (énfasis agregado).[3] De ahí que el sentido de esta “fe derivada” sea no tanto el creer en una institución que, por lo mismo que ha tenido un origen histórico, cronológico y es una agrupación humana, se puede prestar a una gran cantidad de equívocos y malentendidos, para referirnos ya a esa obra clásica de la teología reformada del siglo XX, El malentendido de la Iglesia (1951), del teólogo reformado Emil Brunner, quien afirma: “Esta percepción —que un estudio imparcial del Nuevo Testamento y la gran necesidad de la iglesia nos han ayudado a alcanzar— puede ser expresada como sigue: la Ecclesia del Nuevo Testamento, la comunión de Jesucristo, es una comunión pura de personas y no tiene nada del carácter de una institución en relación con ella. Por lo tanto, es engañoso tratar de identificar cualquiera de las iglesias históricamente desarrolladas, las cuales todas están marcadas con un carácter institucional, con la verdadera comunión cristiana” (énfasis agregado).[4]

Gelabert Ballester continúa su explicación teológico-lingüística del sentido de la afirmación antigua de la fe en la Iglesia:

Los textos latinos de la profesión de fe tienen una particularidad gramatical que distingue la actitud del creyente cuando se refiere a Dios o cuando se refiere a la Iglesia. Se trata de la preposición in que precede siempre la mención de cada uno de los “Tres divinos”: Credo in Deum Patrem, in Jesum Christum, in Spiritum Sanctum […] Ahora bien, cuando se trata de la Iglesia, el Símbolo de los Apóstoles, el niceno-constantinopolitano y la mayoría de las antiguas profesiones de fe dicen: Credo Ecclesiam. La Iglesia no es fin de la fe. Sólo Dios es fin, meta. Sólo él merece la entrega de todo mi ser (pp. 134-135, énfasis agregado).

No deja de llamar la atención que esto lo escriba un teólogo católico-romano, para cuya tradición la Iglesia es prácticamente “el camino de salvación”, pero bien dicho, el camino, sin confundir el espacio de gracia donde se alcanza la salvación, donde puede encontrarse el ser humano con la gracia de Dios manifestada en Jesucristo. Porque ahora pareciera que algunas vertientes reformadas (o presbiterianas, mejor), han catolizado bastante su fe y colocan la mirada en la Iglesia de un modo perturbador y casi herético, al considerarla como algo casi intocable, pues “es la institución que nos ha formado” y, por tanto, nos merece un respeto casi sagrado. Bien haríamos en acudir a los documentos antiguos para comenzar a curarnos de semejantes ataques de eclesiolatría.

Ahora bien, la auténtica confesión de fe en la existencia de la Iglesia enfrenta severos desafíos teológicos, históricos y sociológicos, pues si se recuerda, una vez más, que Jesús mismo no fundó ninguna iglesia institucional y que más bien se ciñó a la praxis de vivir en una comunidad y forjar un movimiento profético que, si bien surgió de la matriz de la religión institucional, no cejó en su empeño por transformar la mentalidad de sus integrantes para tomar distancia de ella. De modo que hoy, al ser confrontados por la innegable realidad de “asociaciones religiosas” (como han sido catalogadas por las leyes en la materia) que forman y conforman las mentalidades de sus integrantes para servir, en su inmensa mayoría a la reproducción del sistema de creencias establecido como único u oficial, el ejercicio de la autocrítica y de la búsqueda periódica de que dichos organismos retomen los ideales originarios establecidos por Jesús de Nazaret, en el sentido de dotar a las iglesias de una orientación más comunitaria y de auténtica fidelidad a los valores del Reino de Dios enfrentará, invariablemente la hostilidad y el rechazo de los dirigentes de turno.

El ya clásico esquema de la dinámica y la tensión entre institución y comunidad es esbozado como sigue por el doctor Dias:

Tanto en la vida de Israel como en la vida de la Iglesia cristiana observamos el desarrollo de un proceso de transformación que se constituye en el punto trágico de ambas, en las expresiones históricas del pueblo de Dios. Nos referimos al pasaje de la vida comunitaria a la vida institucional. O sea, la formalización de la vida de una comunidad humana en una institución que pasa a ser la normalizadora de esa forma de vida que, anteriormente, era libre y espontánea. Se trata de aquel momento en que las expresiones espontáneas de la vida de una comunidad, que existe como tal porque se somete naturalmente a los influjos de la acción de Dios en el mundo, se cristalizan en normas o leyes que deben ser observadas con cierta obligatoriedad. Leyes éstas que, aunque tuvieran la intención de favorecer y proteger la vida comunitaria, terminaron por pervertirla al dar lugar al legalismo, matando la espontaneidad y la libertad de imaginación de los miembros del grupo comunitario.[5]

Queda claro que toda comunidad, para sobrevivir, debe establecer reglas para su vida interna; esto está bien definido en la tradición reformada, sobre todo en su celo porque las cosas se hagan “decentemente y con orden” (I Corintios 14.40) y en su serio afán por no confundir la obra del Espíritu Santo con las tendencias anárquicas. Pero eso no debe confundirse con la forma en que, siguiendo otra vez el lenguaje bíblico, las fuerzas más institucionales y legalistas se “enseñorean de la grey” (I Pedro 5.3) hasta el punto de exigir formas de fidelidad a doctrinas no escritas, estructuras o, peor aún, obediencia, sumisión y práctica de hábitos culturales que violentan flagrantemente la libertad humana delineada por las Sagradas Escrituras. Estas formas institucionales de Iglesia son las que enfatizan la autoridad como principio fundamental y tienden a olvidarse de que una de las consecuencias del Espíritu divino en las iglesias es la libertad de pensamiento y acción que ofrece a cada ser humano (II Corintios 3.17). Ante iglesias institucionalizadas de esa manera tan potencialmente peligrosa es difícil sostener la afirmación dogmática: “Creo en la Iglesia”, pues han caído en la tentación de perder de vista el horizonte del Reino de Dios y se han colocado como un fin en sí mismas.

3. La coyuntura y el compromiso

Ante los acontecimientos desencadenados por el concilio teológico de agosto de 2011 en el que la INPM se negó rotundamente y de manera triunfalista (y hasta herética: recuérdense las poses y actitudes del presbítero Héctor Bautista, quien públicamente y ante muchos testigos, a la pregunta de quién escribió el capítulo 16 de la Carta a los Romanos donde se ensalza el ministerio de Febe, respondió textualmente: “No sé”) a reconocer la validez bíblica y teológica de los ministerios femeninos, cobró particular relevancia para quienes reivindicamos el legado del auténtico Presbiterio Juan Calvino (colegas que también se integraron con el paso del tiempo, pero con la convicción de que aceptaban dicho legado), otro texto del doctor Dias, incluido en la citada nueva edición de Discusión sobre la iglesia: “De la separación necesaria a la unidad imprescindible”, que tradujimos en dos ocasiones, escrito en ocasión de la organización de la Iglesia Presbiteriana Unida de Brasil en 1983.[6] Allí, este pastor presbiteriano brasileño, cita textos clave del reformador Juan Calvino:

La Escritura, al narrar los sucesos de Israel, “enseña que Dios, aunque nunca abandonó a su Iglesia, destruye a veces el debido orden político”. “Por consiguiente, no creamos que Él se halla tan vinculado a las personas que la Iglesia sea necesariamente indefectible, esto es, que no puedan apartarse de la verdad quienes la presiden” [1 Sam 1.18; CO 29, p. 244]. […] Han abusado “tiránicamente de su potestad” y han “depravado el modo de gobernar la Iglesia instituido por Dios” [Ez 13.8-9, CO 40, p. 280; Cf. Carta 1607, CO 14, p. 294 s; Carta 3232, CO 18, p. 159s]. […]

Lo sucedido bajo el papado muestra “que en el reino de Cristo se cumple lo que aconteció bajo la ley, a saber, que a veces la Iglesia se cubre de miserias y yace oculta sin esplendor ni forma” [Jer 30.20, CO 38, p. 634]. […]

“Así pues, entre ellos hay Iglesia, es decir, Dios tiene allí su Iglesia, aunque oculta, y la conserva milagrosamente; pero de ahí no se deduce que ellos sean dignos de algún honor; al contrario, son más detestables porque, debiendo engendrar hijos e hijas para Dios, los engendran para el diablo y los ídolos” [Ez 16.20, CO 40, p. 354].[7]

Para luego dejar bien claros algunos aspectos eclesiológicos que parecían redactados expresamente para nuestra nueva situación:

Para la mayoría de las iglesias y pastores aquí representados, si no es que para todos, esta ocasión nos depara una mezcla de alegría y decepción. Alegría, porque finalmente llegó la hora de organizar una Iglesia Presbiteriana capaz de recoger los mejores frutos del presbiterianismo brasileño del pasado y del presente y, con ellos, contribuir para el amplio diálogo intereclesiástico, que exige la lucha de nuestro pueblo. Decepción, porque hacemos esto después de un largo periodo de diáspora y bajo la presión de la necesidad de crear un organismo eclesiástico más que, al menos aparentemente, significa otra división de los cristianos evangélicos. Aunque aceptemos la legitimidad eclesial de los innumerables cuerpos eclesiásticos en que nos dividimos, no dejamos de sufrir los dolores de una división más entre aquellos que son herederos de una misma tradición, de una misma forma de ser iglesia, y que ha luchado por la unidad de los cristianos y ha pagado un alto precio por eso. […]

Además, había y hay que asumir los errores cometidos en el camino, pero sin perder el horizonte teológico claro:

Debemos reconocer que muchas veces nos faltó una pedagogía de comunicación y un análisis lúcido y sereno acerca de las posibilidades reales de avance del conjunto de la Iglesia.

Entiendo que nos faltó, y aún nos falta, como presbiterianos, una visión teológica más consistente de la Iglesia en cuanto cuerpo de Cristo en el mundo. En este aspecto somos muy poco calvinistas y más deudores del salvacionismo individualista puritano estadunidense que de la eclesiología del reformador ginebrino. Además, el filtro impuesto al desarrollo del presbiterianismo por las peculiares condiciones de formación de las ideas religiosas en Estados Unidos sacrificó la visión corporativa de la Iglesia, en cuanto comunidad, a favor del individualismo puritano, lo que hizo que nuestra eclesiología siempre fuese débil y, así, alimentamos una visión de Cristo independiente de la Iglesia en cuanto communio sanctorum. […]

Finalmente, no es suficiente con destacar la herencia teológica en sí misma, pues ella nos exige avanzar y transformarla creativamente a fin de lograr un buen grado de pertinencia y acercamiento a las demás tradiciones cristianas:

No basta con subrayar que somos calvinistas, presbiterianos auténticos, abiertos, progresistas, ecuménicos o lo que sea. Nuestra práctica eclesial, es decir, lo que hacemos en cuanto comunidades locales, debe responder de alguna forma a esa propuesta teórica que nos hemos dado. Si creemos en el valor de nuestra herencia, y si ésta forma parte de nuestra contribución al diálogo intereclesial, necesitamos conocerla en profundidad, además de tener el valor de hacerle correcciones en nuestro curso histórico y la humildad para reconocer sus límites, asumiendo los valores de otras tradiciones igualmente válidas y tan significativas como la nuestra.

Y los obligados interrogantes están delante también, como un acicate para responder en el mejor espíritu las críticas y conseguir superar la confusión de algunos:

¿Cuál será nuestra línea de acción de aquí hacia adelante? ¿Tendremos objetivos comunes y respetaremos nuestras diversidades? ¿Cuál será nuestra opción preferencial frente a la lucha global de [nuestro] pueblo […]? Pienso que nuestra participación en organismos ecuménicos, nuestra relación con otras iglesias, no puede basarse en el criterio de las preferencias personales de un pastor o de una comunidad. La identidad de la Iglesia Nacional debe tener un perfil definido que nos marque, que nos especifique. ¿Cómo establecer esto? […] ¿cómo construir nuestra unidad y mantenerla?

Un segundo elemento tiene que ver con nuestra identidad litúrgica, nuestra propuesta educativa, nuestra resonancia en la sociedad en cuanto Iglesia. ¿Cómo caminar para alcanzar criterios y consensos al respecto? […]

¿Cómo avanzar? ¿Cómo proceder a la reforma para ser más fieles a la palabra de orden calvinista: ecclesia reforma et semper reformanda?

Obligados a pasar de un “estado de concilio” a uno de “exilio”, sus palabras sintetizaron muy bien los sentimientos y la experiencia de quienes emprenderíamos otro rumbo eclesial para intentar ser fieles a la herencia bíblica y reformada que habíamos recibido en los presbiterios Azteca y Juan Calvino, algunos, y otros en diferentes espacios eclesiales según la experiencia acumulada (Ciudad de México, Estado de México, Berea), pero que coincidimos en esa coyuntura. Otros más tuvimos maestros en común que nos enseñaron la posibilidad de vivir en una iglesia igualitaria, donde hombres y mujeres pudiéramos compartir los dones de Dios. Algunas iglesias de reciente ingreso (Gethsemaní, de Coyoacán; Peniel, de Romero Rubio; Esmirna, de Cuernavaca) manifestaron su apoyo incondicional, no sin enfrentar ciertos conflictos internos. Como lo expresa Dias, no se buscaba la división ni imponer criterios considerados como válidos, sino simplemente respetar y defender los acuerdos que durante años se habían estudiado, dialogado y aprobado en el seno del Presbiterio Juan Calvino. Solamente eso se esperaba de la dirigencia en turno, pero no hubo respeto, comunicación ni fraternidad. Y respondieron con actos represivos, negociaciones vergonzantes y exigencias para retractarse. Luego vino la excomunión de nuestros siete colegas, el apoyo de las comunidades, intentos para reorganizarse y acercamientos con proyectos afines. Más tarde, algunos pasos inciertos que seguramente podrán corregirse mediante el diálogo minucioso. La nueva Comunión Mexicana de Iglesias Reformadas y Presbiterianas (CMIRP) no se ata irreflexivamente al pasado, pero tampoco olvida de dónde viene, de quiénes viene.

Por todo lo anterior, y por muchas cosas más que seguramente han faltado expresar aquí, solicito formal y enérgicamente a los nuevos directivos del “Presbiterio Juan Calvino” que, para hacer honor a la verdad y a la historia reciente, modifiquen el nombre de ese cuerpo eclesiástico, pues ya no corresponde a la verdad actual, por lo que, si han de continuar con sus labores eclesiales no lo hagan bajo un membrete que no les corresponde desde el momento en que faltaron a todo lo que habían jurado cumplir y hacer cumplir.


[1] Cit. por Zwinglio Mota Dias, en Discussão sobre a Igreja. Ed. revisada y ampliada. São Paulo, Fonte Editorial, 2013, p. 159.

[2] Z.M. Dias, Discusión sobre la Iglesia. (Desde América Latina). México, Casa Unidad de Publicaciones, 1983, p. 71.

[3] M. Gelabert Ballester, Para encontrar a Dios. Salamanca, San Esteban, 2002, p. 134.

[4] E. Brunner, El malentendido de la iglesia. Trad. de Pablo Pérez Morales y Ernesto Olvera, Guadalajara, Transformación, 1993, p. 19.

[5] Z.M. Dias, op. cit., p. 76, énfasis agregado.

[6] Z.M. Dias, “De la separación necesaria a la unidad imprescindible”, en Lupa Protestante, 14 de diciembre de 2011, www.lupaprotestante.com/lp/blog/de-la-separacion-necesaria-a-la-unidad-imprescindible/. Versión de L.C.-O.

[7] Jesús Larriba, Eclesiología y antropología en Calvino. Madrid, Cristiandad, 1975 (Biblioteca teológica, 5), pp. 368-369, 371.

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