Posted On 15/06/2021 By In Opinión, Pastoral, portada With 466 Views

La Virtud de la Sensibilidad | Ramón A. Pinto-Díaz

Cuando el gran Aquiles, pies ligeros, estaba sumergido en la tristeza a causa del amor que le había sido arrebatado, nos cuenta la leyenda que su corazón no aguantó más, y en medio del dolor, elevó una plegaría pidiendo ayuda a su amada madre Tetis. Como toda madre acudió inmediatamente al ser invocada:

«¡Hijo! ¿por qué lloras? ¿qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo que piensas para que ambos lo sepamos» (Canto I, verso 362, Ilíada, Homero.)

Tanto en la mitología como en la conciencia colectiva griega Aquiles era un héroe, bendecido por el mismísimo Zeus, como el guerrero más rápido y letal de su época. Era admirado por súbditos, reyes y enemigos. Su fama le precedía en toda batalla y desmoralizaba a sus enemigos.

Quien goza de este prestigio y fama, debería siempre ser retratado como un modelo digno de imitar, ocultando los defectos y destacando sus virtudes. En tres mil años el ser humano no ha cambiado mucho en ese aspecto, y sigue reescribiendo la historia de sus figuras para darles un carácter casi divino.

No obstante, hoy ha cambiado nuestra valorización de lo que consideramos virtudes y defectos. O más precisamente, lo que hoy consideramos fortalezas y debilidades. Vivimos en medio de una sociedad que rinde culto al éxito, expulsando todo aquello que sea sinónimo de derrota. Toda fortaleza se considera una virtud y toda debilidad un defecto. Incluso se considera una virtud la “fortaleza” para mentir, y un defecto, no tener el carácter para avasallar a otros. La idea de fortaleza se instala como un ideal incuestionable, pese a su potencial destructivo.

Sin embargo, toda virtud llevada a su extremo se convierte en defecto, en este caso la fortaleza rápidamente embrutece al ser humano convirtiéndolo gradualmente en un ser insensible. Va otorgando mayor valor a las supuestas ventajas de la insensibilidad, y le atribuye el carácter de virtud, manifestándose como una compañera natural de la indiferencia a los demás.

Naturalmente esta cultura ha permeado al cristianismo, considerando la fortaleza de origen divino, un don de Dios y quien señale sentir debilidad es visto por sus pares como alguien que no ha recibido las “bendiciones divinas”. Paradójicamente esto ha llevado al cristianismo a rechazar todo lo que sea símbolo de debilidad, o se relacione a ella.

De algún modo, como una “cepa” variante de la ya conocida “teología de la prosperidad”, pero más sutil, más solapada, nos hemos envuelto en un profundo individualismo, ya no tememos que se vea el afán de exitismo, no hay pudor en la ambición; Hay una aspiración generalizada a acumular riquezas, deseando cada día tener más. Incluso justificamos esta bajas pasiones aludiendo que es para el «reino»

Tristemente, dos cosas no pueden ocupar el mismo lugar, este énfasis en el «yo» ha llevado al cristianismo, en un efecto desplazamiento, a la total despreocupación por el prójimo.

Resulta impactante el contraste, entre el rumbo que está tomado el cristianismo moderno y los innumerables relatos que la Biblia nos presenta sobre eventos que destacan la sensibilidad y la riqueza de nuestra humana fragilidad.

Un rey guerrero como David llorando la muerte de su mejor amigo Jonatán. (2º Sam 1: 17-27). El viejo profeta Samuel llorando a un joven Saúl que arruinó su futuro como rey. (1º Sam 16:1). El profeta Elías queriendo morir y experimentando el fracaso personal. (1 Reyes 19:4) José llorando junto a sus hermanos, en un complejo episodio de perdón a la traición y restauración de viejas heridas (Gen 45: 14-15).

No obstante, la sola figura de Jesús conmovido hasta las entrañas «splanjnízomai» por ayudar a la gente (Mr 6:34, alimentación de los cinco mil) debiera ser suficiente para remecernos. Pero nos resulta indiferente, pues creemos tener mejores respuestas que Jesús a la necesidad que nos rodea.

La Biblia nos relata la fragilidad del ser humano, y sin atribuirle el carácter de virtud o defecto, nos la presenta como un elemento central de la propia humanidad que Dios nos ha dado.

Viendo las atrocidades que el mismo ser humano ha comentado contra sus pares, contra millones de animales y contra la naturaleza misma. No podemos asegurar que la sensibilidad es algo inherente al ser humano. ¿Nacemos sensibles? Todo nos dice que es una conciencia superior como seres vivos, la empatía y la solidaridad son características de seres humanos desarrollados (no me refiero a países desarrollados).  Cualidades sensibles y superiores que generalmente son producto del dolor, el quebranto y el duelo en nuestras vidas.

Es ese proceso misterioso el dolor es ocupado por Dios para construir en nuestro ser interior. En primer lugar, una habitación común con Dios, un espacio donde se enriquece nuestra relación espiritual (Ap. 3:20); en segundo lugar, un espacio amplio para encontrarnos con los demás, con nuestros semejantes, y construir un espacio de encuentro en amor, respeto y protección (Salmo 133) y finalmente una mayor comprensión de nuestro entorno y la Realidad (Salmo 19). Conciencia, respeto y asombro por la naturaleza, su belleza y perfección.

Nuestra humanidad es más que genes, es en esencia una perfecta unión de vida física y espiritual.

La figura de Cristo en medio de nuestra historia es la evidencia de Dios hecho carne: un Dios sensible, frágil y vulnerable.

¡Pasa de mi esta copa! «¡No me hagas pasar esto!» Es una exclamación cargada de humanidad, una imploración para no sufrir, para huir del dolor, para escapar de la amargura.

No es un Jesús de grandes musculaturas, arengas guerreras o discursos motivacionales… es el frágil recipiente que contiene el espíritu de Dios mismo, rogando contención, apoyo y refugio.

Jesús se nos presenta como un erudito en la teología del dolor,  esa área que evitamos en nuestras espiritualidad cotidiana. Nos sobrecoge ser protagonistas de pasajes como «¡Estoy a punto de desmayar! ¡Esta fuente de dolor no cesa ni un instante!» (Salmo 38:17) Nos es incómodo tener presente el dolor a diario; la sola idea de un  dolor pulsante,  que nos recuerda lo profundo de nuestra fragilidad, nos resulta impertinente.

Sin embargo, es en el dolor donde Dios se manifiesta con esplendor, extendiendo su presencia hasta palpar nuestro ser interior y entregarnos contención. «Pero él se fijó en su angustia, escuchó clamor y recordó su alianza con ellos» (Salmos 106:43-45).

En ese momento Dios gira la válvula que retiene todas nuestras emociones guardadas, se abre la compuerta del llanto; se destraba el cerrojo de las ventanas que impiden que su esplendor nos inunde; nos ofrece su hombro para sollozar juntos, desahogando el dolor interior. «Así que ahora puedo caminar en tu presencia» (Salmo 53:13).

Es posible que aún no sea tiempo de remedios, que aún no venga la cura o que falte para la temporada de la alegría, pero su compañía preciosa estará ahí en medio de ese momento de oscuridad… «pues nos prometió estar con nosotros siempre» (mateo 28:20).

Por tanto, no es necesario simular fuerzas cuando ya se han ido, ni mostrarnos indestructibles cuando por dentro estamos completamente quebrados. Dios nos invita a vivir nuestra humanidad plenamente, aceptando nuestra fragilidad, la necesidad de relacionarnos con el prójimo, la riqueza de un abrazo de quien nos ama,  la alegría de una palabra de afecto y apoyo que nutra el corazón.

Vivir nuestra humanidad plenamente nos lleva a una espiritualidad plena. Nos vuelve seres humanos plenos.

«Te ruego también por todos los que han de creer en mí por medio de su mensaje. Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado. » (Juan 17: 20-21)

Ramón A. Pinto Díaz

Junio, 2021

Ramón A. Pinto Díaz

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