Mi cuerpo es una ampolleta que se quemó,
pero la luz sigue viva y fuerte y hermosa
y seguirá, espero, viva en el mundo
por mi ejemplo, mis escritos
y en el amor que otros sigan expresando por mí
Laura Jorquera Fuhrmann[1]
La escritura evangélica en América Latina no se ha limitado al discurso teológico académico y oficial. Desde muy temprano en el siglo XX, encontramos diversidad de géneros cultivados por creyentes, tanto laicos como ordenados, que incluyen narrativa —cuento, novela crónica—, poesía, himnos, literatura infantil, oraciones y hagiografías. No obstante, en las instituciones eclesiales históricas y en círculos intelectuales existe la tendencia a fijar su memoria en tres escenarios dominados en su mayoría por hombres “blancos”: la teología denominacional o especializada, la historia de grandes gestas misioneras o la lucha por reivindicaciones civiles, especialmente la libertad religiosa. Es así como se construyó un canon cultural androcéntrico, racionalizado y doctrinario, perpetuado por diversos mecanismos institucionales.
En mi investigación sobre la cultura impresa evangélica, pude constatar cuantitativamente la poca presencia femenina en la población autoral en las dos editoriales más conspicuas del siglo XX. Entre 1920 y 1989, en la Casa Unida de Publicaciones (CUPSA), el número de las escritoras correspondió únicamente a un 16% y en La Aurora a 10%. Buena parte de estas autoras fueron esposas de pastores o misioneros, correspondiendo la mayoría de sus libros a manuales para la educación cristiana y, en menor medida, a literatura infantil. A las mujeres se les encargó la educación del hogar y la formación doctrinal de las infancias. Así, podemos afirmar una tendencia histórica en el mundo evangélico hispanoamericano a distribuir las tareas intelectuales y editoriales a partir de roles de género. Mientras que a las autoras se les asignó mayoritariamente el cultivo de la espiritualidad de la infancia y la transmisión de los primeros rudimentos de la tradición de fe, conocimientos asociados a la emocionalidad; los autores varones ocuparon más espacios en la reflexión teológica y sociopolítica, considera implícitamente una tarea mucho más racional[2], si bien desde la década de 1970, las teólogas latinoamericanas han ganado cada vez más terreno en dicha área, no solamente proponiendo una perspectiva de género, sino problematizando la realidad desde el feminismo a través de nuevos temas, abordajes, sensibilidades y preocupaciones.[3]
Históricamente no se trató únicamente de una dinámica de invisibilización, puesto que ciertas autoras fueron ampliamente conocidas en sus iglesias y fuera de ellas. Más bien debemos hablar de una borradura de sus figuras dentro del canon y en la memoria colectiva.[4] El trabajo intelectual femenino llegó a ser desconocido en la reproducción transgeneracional de las estructuras denominacionales en las que el reconocimiento de su labor pasó a segundo plano, como parte de la vida íntima de las comunidades de fe, pero no de su proyección hacia el ámbito de lo público. Aun así, una mirada atenta de los registros históricos permite apreciar la presencia femenina en géneros editoriales tan legitimados como la teología; pero, también, experimentales y expresivos como la poesía. Ante dicha constatación, siguiendo a Guadalupe Garrido-Vargas, considero muy necesario que cambiemos los códigos culturales impuestos por la eclesiología patriarcal en la tarea de indagar por una escritura femenina evangélica, como una “forma de redescubrir lo literario (sujeto al canon falocéntrico) y para que la mujer desarrolle un papel como sujeto y no solo como objeto de representación literaria”.[5] En dicho sentido, es todavía una tarea pendiente investigar las marcas de género en la escritura del pasado y el presente. Por ahora, en este breve artículo llamo la atención sobre el tema a partir de una autora cuyo nombre encontré continuamente en mis estudios de los últimos años, pero de la que nunca había escuchado hablar; de manera que su semblanza biográfica constituya una aproximación a la presencia femenina obliterada en el canon escritural evangélico: Laura Jorquera Fuhrmann.
Una mujer comprometida con el mundo evangélico hispanoamericano
Laura Jorquera Fuhrmann nació en Concepción, Chile, el 03 de marzo de 1889. Fue hija del Reverendo presbiteriano Francisco Jorquera y de Lucía Fuhrmann. En la Iglesia Presbiteriana sirvió como presidenta de la Liga Femenina, directora de la revista El Heraldo Evangélico y presbítera en la Primera Iglesia Presbiteriana de Santiago (1946-1966). Como profesora en la Escuela Bíblica, enseñó a niños y jóvenes, sirviendo también en la Iglesia Presbiteriana El Salvador, en la cual participó activamente desde mediados de los años veinte hasta 1946. En 1975, la Iglesia Presbiteriana de Chile le rindió un sentido homenaje en el Año Internacional de la Mujer, valorando en ella “a la mujer chilena”.[6] Tres años después, en 1978, falleció a los 89 años, manteniéndose soltera toda la vida y manteniendo a su familia como prioridad.

Literata olvidada
La trayectoria intelectual de Laura Jorquera no se confinó al universo eclesial. Hizo parte de la primera generación de literatas chilenas de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Entre sus compañeras de generación se encontraron reconocidas escritoras de la talla de Gabriela Mistral, Inés Echeverría Bello, Teresa Wilms Montt, Delia Rojas, Elvira Santa Cruz Ossa y Julia Sáez. Estas autoras revelaron su propia intimidad, construida desde un estilo de vida que las alejó del rol tradicional asignado a las mujeres, provocando que se les tachara de excéntricas o inmorales. Se las vinculó al movimiento literario Femenino Aristocrático debido a que eran autónomas, creativas y simpatizaron con las reivindicaciones de género.[8] Fueron parte de una élite con educación formal y que participaba en espacios de sociabilidad en los que se conversaba de arte, literatura, música y política. Además, el acceso a literatura extranjera les permitió insertarse en un movimiento liberal que cuestionó los tradicionales cánones morales y sociales. Asimismo, su vinculación al Círculo de Lectura de Señoras y al Club de Señoras propició su creación literaria y su inserción en las discusiones feministas, las cuales se politizaron hacia los años treinta.[9]

Antes de cumplir 30 años, Laura Jorquera había escrito ya novela, cuento y poesía, algunas de estas obras fueron reconocidas por los especialistas. También fue redactora de la revista Familia, entre 1910 y 1928. En 1923, el reconocido bibliógrafo José Toribio Medina realizó los siguientes comentarios a su obra temprana:
A mi ver al menos, sólo en 1916, la señorita Laura Jorquera acierta con En busca de un ideal a reunir las condiciones necesarias para que pueda decirse que volvemos a encontrar en el campo literario femenino una novela, la cual, dicho sea, con verdad, está lejos de merecer el silencio que se le hizo cuando se publicó.[10]
A propósito de Tierras Rojas. Recuerdos del Mineral de Chuquicatama, novela premiada por Zig-Zag en el Concurso Literario “Elena Ortúzar de Olguín”, en su versión de 1923, Toribio Medina señala:
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La presente, declara la autora, no pretende ser una novela descriptiva, sino apenas un bosquejo a grandes trazos, escrito en recuerdo a los años que allá pasé. Para terminar con la labor de la señorita Jorquera, diré que, en el concurso abierto por el Círculo de Señoras en 1915, obtuvo un primer premio por su cuento “Los tres presentes”, que vio la luz pública en Familia de 1916; durante los años de 1918-1919 ha publicado en diarios y revistas numerosos artículos de variada índole, siempre con el seudónimo de Aura. Merecen citarse entre ellos A juicios de Cuna de Cóndores de Mariano Latorre, de Remansos de Ensueño de María Monvel, y de Liberación de Vera Zouroff. Recordaré también al que dedicó a “Una escritora del pasado”, aludiendo a Rosa Orrego.[11]
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La trayectoria intelectual de Jorquera también abarcó sus años de madurez, pues continuó escribiendo, traduciendo y editando hasta la década de 1950. El periódico Mercurio, principal diario chileno del siglo pasado, escribió un sentido obituario en su número del 19 de julio 1978. Dicho texto da cuenta de su participación dentro del campo cultural y político chileno. El articulista menciona que, aunque la mayor parte de su obra fue anónima, importantes instituciones la tuvieron entre sus colaboradoras. Fue redactora de la Página Femenina de El Mercurio, siendo su directora Sara Hübner de Fresno. Representó a su país en Congresos en Brasil, Cuba, Canadá y Estados Unidos, pero denegó el ofrecimiento de dos presidentes de la República de ser Cónsul de Chile en el extranjero, por no abandonar a su madre enferma. De igual forma, escribió en Vida Nueva, boletín de la Liga Nacional contra el Alcoholismo. Como traductora vertió al castellano obras como Horizonte Perdido (Ercilla, 1937), de Hilton y Un tal Cervantes (Ercilla, 1937), de la versión inglesa de Lowe-Porter.
Tras las huellas de una intelectual
Laura Jorquera fue una intelectual evangélica en todo el sentido de la palabra. Desarrolló su trayectoria literaria en el intersticio entre el mundo religioso y secular. En su caso particular, no se evidencia mayor tensión entre el compromiso cristiano y el político-cultural. Pero sí se observa que, como otras figuras intelectuales evangélicas, su filiación religiosa pudo ser un factor para que su figura quedara opacada en el campo literario chileno a comparación de sus compañeras de generación, en medio de un campo intelectual secularista. De igual manera, su valoración de la vida doméstica y eclesial, y su repliegue desde los años cincuenta acentuó el desconocimiento social de su obra. Lo que no significa que su aporte a la cultura chilena sea menor, pues sus escritos y traducciones hacen parte del acervo histórico de un pueblo en búsqueda de su identidad.
Resulta pertinente evocar la figura de Laura Jorquera Fuhrmann como exponente de una escritura femenina evangélica que nos invita a desafiar los límites impuestos por un campo religioso androcéntrico. Jorquera, al igual que otras creadoras de su época, no sólo incursionó en géneros atribuidos tradicionalmente a la esfera doméstica o a la emocionalidad, sino que desplegó una voz literaria propia, reivindicando espacios y preocupaciones legítimas de las mujeres. La experiencia de autoras como ella muestra cómo la participación femenina en el ámbito evangélico ha estado marcada por el esfuerzo de promover una espiritualidad y una ética cristiana responsables, sin recibir todavía el reconocimiento y la legitimidad debidos, problemática que nos llama a deconstruir nuestras prácticas y representaciones de género. Recuperar su trayectoria nos ayuda a abrir grietas en el canon oficial, ya que a través de su ardua labor intelectual, mujeres como ella pueden llegar a ser referentes para las nuevas generaciones, trazando caminos que articulen fe, creatividad y compromiso social.
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[1] Jorquera, L. (1967). “Mi despedida”. Carta. Septiembre 1967.
[2] Consultar: Gaona Poveda, J.C. (En prensa). El libro evangélico. Religión, mercado y política en el campo editorial hispanoamericano, 1920-1989. Universidad del Rosario, Universidad Javeriana y UAM-Cuajimalpa.
[3] Para un acercamiento panorámico a la teología feminista en la región, ver: Ortega, O. (2024). “Presencia y significado de la teología feminista en América Latina y el Caribe”, BYTHOY, 6: 5-25.
[4] Según la historiadora Margarita Vásquez Montaño, la borradura de las mujeres en los cánones literarios e intelectuales se despliega a través de prácticas de poder como la negación de su autoridad, la marginalización de su posición en el campo intelectual y la “desaparición” de registros; de manera que una presencia percibida, sea posteriormente borrada. Al respecto consultar: (2024). “Autoetnografía, conocimiento situado y serendipias en la escritura de biografías de mujeres de frontera”, Korpus, 21(10): 79-94.
[5] Garrido-Vargas, G. (2015). “La lucha de poder en la escritura femenina: interpretación hermenéutica en el cuento “El general” de Berenice Romano Hurtado”. Contribuciones desde Coatepec, 28:17. En la prensa evangélica era común encontrar páginas dedicadas a la mujer en las cuales se construían representaciones de lo femenino bastante estereotipadas y centradas en una visión doméstica de su función social.
[6] E.J. de C., “Poetisa y maestra en recuerdo y gratitud. Laura Jorquera Furhrman”, Chile Presbiteriano [Santiago] jun. 1978: 7.
[7] La semblanza de la trayectoria eclesial y política de María Aguirre se puede consultar en: Manríquez Miranda, D. (2021). “Liderazgo femenil en el protestantismo chileno: el caso de María Aguirre Aguilar”, Protesta & Carisma, 1 (1): 1-30.
[8] Poblete, A. & Rivera C. (2003). “El feminismo aristocrático: violencia simbólica y ruptura soterrada a comienzos del siglo XX.” Revista de Historia Social y de las Mentalidades, 7 (1): 57-79.
[9] Doll, D. (2007). “Desde los salones a la sala de conferencias: mujeres escritoras en el proceso de constitución del campo literario en chile”. Revista Chilena de Literatura, 71: 83-100.
[10] Medina, J.T. (1923). La literatura femenina en Chile. (Notas bibliográficas y en parte prácticas). Imprenta Universitaria., p. 144. El subrayado es mío.
[11] Medina, J.T. (1923). La literatura femenina…, p. 123.
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