Uno de los aportes de la Reforma Protestante junto a la liberación de la lectura bíblica, fue la reevaluación y reestructuración, tanto numérica como teológica, de los sacramentos, matizando el arcoíris de polémicas ya presentes en aquel escenario renacentista convulso, pero extremadamente creativo y provocador. Me propongo revisitar los mismos con mis propuestas que han de ser solo “pinceladas” por lo apretado del espacio, sumándome a un diálogo teológico en construcción, por ser cualitativamente provisional y abierto a la crítica.
Los sacramentos son signos de Dios en el mundo. Los recibimos como manifestación visible del misterio Dios, tanto en su trascendencia como en su inmanencia.[i] En palabras de Leonardo Boff, en el sacramento, “lo trascendente irrumpe en lo inmanente y lo transfigura”.[ii] Señalaba José Severino Croatto que los sacramentos son también manifestaciones gestuales de la religión en forma de ritos.[iii] Por otro lado son acciones, que permanecen como testimonio de la esencia de nuestra fe. Esta es la idea principal que pretendo elaborar.
Para Agustín, padre de la doctrina sacramental, todos los usos y ritos sagrados eran sacramentos. El escolasticismo los transformó en ritos de pasaje para organizar y controlar la vida cristiana desde su nacimiento hasta la muerte, con el fin de conducir a la persona a la gracia de Cristo en virtud de su recepción, ex opere operato. Consistían de dos elementos definidos a partir de la filosofía aristotélica, una parte material y una fórmula: pan, vino, agua, y el “yo te bautizo” o “tomad comed” por ejemplo.[iv] Durante el siglo XII adquieren forma y número final. Los Cuatro libros de sentencias de Pedro Lombardo ejercieron gran influencia, aunque no se puede constatar su deuda con respecto al número.[v] Tal vez la herencia judía haya mediado en esta decisión desde su tradición cabalística, atada fuertemente a la numerología, donde siete es el número perfecto.[vi] El bautismo, la confirmación, la comunión o eucaristía, la confesión, el matrimonio, la ordenación y la unción de los enfermos, constituyeron el canon sacramental.[vii] Juan Duns Escoto argumentó que los sacramentos no confieren gracia por sí mismos, sino en virtud de su cumplimiento en la persona.[viii]
Sin embargo, en lugar de cumplir el objetivo para lo que fueron concebidos: ritualizar nuestra relación misteriosa y gozosa con Dios y con la comunidad, como vehículo de testimonio de la gracia divina recibida, continuaron al servicio de un debate con carácter paradójico, ya que contribuyó por un lado a una fecunda producción teológica, pero por otro, a fragmentar aún más la unidad de la iglesia. En la iglesia Católico-Romana ese espectro sigue presente hasta hoy en el sacramento de ordenación solo para hombres.[ix]
Superado el asunto de las indulgencias, durante la Reforma los sacramentos quedan reducidos a dos: bautismo y comunión. La larga tradición de considerarlos primordiales se impuso, igual que en las iglesias ortodoxas (griega y rusa), quienes habían optado por el vocablo “misterio” que se acomoda mejor a su idioma.[x] Pero desde muy temprano, otras polémicas no se hicieron esperar. La cena pasó por varias interpretaciones, tanto de forma como de contenido. Las palabras transubstanciación, consubstanciación y símbolo, resuenan en nuestros oídos como parte de esa historia. Lutero en el tratado Cautividad babilónica de la iglesia, argumentó contra la teología de la transubstanciación y rechazó la Cena como sacrificio.[xi] Algunas, como la teología calvinista, subrayan el valor simbólico de los elementos que nos acercan al misterio.[xii] El vocablo “ordenanzas”, para alejarse de la posibilidad de considerar “el rito”, sine qua non como vehículo de salvación, es preferido por más de una tradición, igual que la sustitución del vino por el jugo de la uva.[xiii] Otras añaden incluso el lavatorio de pies. La tradición Católico-Romana durante el Concilio de Trento (1545-1563), afirmó la teología medieval de la transubstanciación y la exclusividad de la mesa. Hoy también hay confesiones para las que los sacramentos “son realidades internas que no necesitan de medios externos”[xiv] y otras reservan su exclusividad para los miembros.
Respecto del bautismo, el debate se decanta por la forma y edad. Los Anabaptistas, liderados por Conrado Grebel y Félix Manz, opinaban que el bautismo de infantes no estaba sustentado por la enseñanza bíblica e instituyeron el bautismo por aspersión y luego por inmersión solo para a adultos. Lamentable fue el martirio por ahogamiento de Manz, como parodia a dicha práctica.[xv] El bautismo de infantes sigue siendo una tradición valiosa en algunas de las tradiciones reformadas, pero durante el siglo XX, teólogos entre los que se encuentra Karl Barth, continuaron el debate, proponiendo el bautismo no solo como la iniciación en la vida cristiana, sino como respuesta libre y responsable al llamado de Dios durante toda su existencia, sellando un pacto o alianza con tesitura escatológica que lo convierte, también, en fundamento de la vida cristiana. La contención no es al bautismo de infantes por la edad misma, sino en el sentido latino de la palabra, ya que infantes significa “incapaces de articular palabra”.[xvi]
Promediando la segunda década, y ante esta pequeña ventana que nos advierte de ese mundo plural de controversias teológicas sobre los sacramentos: ¿cuál sería nuestro desafío para el siglo XXI?
Desde mi lugar teológico hay dos identidades que me acompañan: como mujer y como bautista, hija de la reforma, pero por más de tres lustros pertenezco al Colectivo Amigas de la Samaritana, donde nos hemos nutrido de una vivencia ecuménica entre católicas y protestantes que en muchos sentidos ha convertido la amistad en sacramento. Sin embargo, al reflexionar en nuestras experiencias cúlticas diversas y de cara a los sacramentos, no niego que he tenido noches de desvelo, razón por la que escogí este tema para desarrollar. Con esa idea propongo regresar a los fundamentos agustinos, con algunas variantes que incluyen una propuesta liberadora e integradora.
Como propuesta liberadora, cada congregación, guiada por el Espíritu Santo y aplicando los principios democráticos y de autonomía, debe decidir sobre la forma y el contenido de aquellas experiencias de fe que revelen el misterio de la gracia divina y que sean dadas a ser actualizadas en forma de ritos. Esto da lugar a la no imposición, ni de números, ni de forma, ni de contenido, ni de interpretaciones, frente a otras comunidades eclesiales. De manera que, a nivel institucional, no habrá un canon cerrado, sino uno en continua construcción, en apertura al soplo del Espíritu Santo. De la misma manera, los sacramentos no han de ser consignas identitarias dadas a limitar la experiencia litúrgica, sino regalos de gracia para que toda persona presente en dicha comunidad se nutra con el rito que proclama la realidad del misterio de Dios encarnado y pueda sentir que su ser también puede ser transformado.
Por otro lado, propongo un sacramento universal integrador, que sea acogido no solo por todas las confesiones cristianas sino por toda persona religiosa. Este sacramento tomará en cuenta una visión reintegradora de la realidad tal como la concibiera el teólogo Raimon Panikkar y que tuvo a bien llamar “intuición cosmoteándrica”, idea hoy presente en toda propuesta teológica que critica la concepción fragmentada de la realidad.[xvii] Allí estará presente Dios, el ser humano y todo el planeta y el cosmos como un cuerpo. El punto cardinal de esta propuesta es tomar la vida misma en todas sus dimensiones como sacramento[xviii], superando toda barrera, no solo religiosa, sino étnica, racial, de identidad sexual, socio-económica, ecológica, espiritual y cósmica, porque todo aquello que es vida o la sustenta, pasa al plano de lo sagrado.
En el contexto del mundo cristiano, les recuerdo que, en el idilio edénico, Dios hizo al ser humano el depositario de la vocación por la vida. Ello implica fructificarla mediante el cuidado creativo del ecosistema, multiplicarla a través de nuestros cuerpos sexuados y disfrutarla a través de nuestros sentidos. La piel, nuestro órgano mayor, junto al paladar, el oído, la vista y el olfato, son la ventana al disfrute. Pero más allá, nuestra vida fecunda a plenitud en la experiencia erótica que no se limita a la sexualidad pues es “aquello que potencia todo acto creativo”, donde la mente es protagonista. Como seres hechos a imagen de Dios, todas estas dimensiones deben ser acogidas como sagradas.
No obstante, los medios denuncian una crisis de valores a nivel global que atenta contra la vida. El planeta y nuestros cuerpos son transgredidos y violentados. Ecocidio, homicidios, genocidios, acecho, acoso, abusos sexuales y violaciones (modalidad de manadas incluidas), pederastia, homofobia y crímenes de odio, violencia intrafamiliar, feminicidios, filicidios y suicidios, trata humana que hace esclavas del sexo a niñas apenas despunta su pubertad, otras obligadas a casarse por tradiciones patriarcales a edades que horrorizan nuestra sensibilidad y otras mutiladas para impedir el sano disfrute del placer sexual, no agotan las modalidades de la violencia. Como señala Ivone Gebara la violencia ha entronizado al anti-erotismo, secuestrando un aspecto fundamental de la vida que se hace plena a través de nuestros cuerpos.[xix]
La violencia es combatida por movimientos reivindicativos sociales, unos locales y otros apoyados por organismos internacionales. En lo que atañe particularmente a la violencia sexual han aparecido movimientos hasta en el mundo del espectáculo hollywoodense (#MeToo)[xx] y el miedo al rechazo, a la impunidad y a la doble victimización, va cediendo. Son esfuerzos que contribuyen a denunciar y a paliar aspectos del problema, pero no son suficientes: la violencia, sigue vigente y la impunidad sigue haciendo su agosto.
Como desafío, les invito a repensar la teología sacramental de la cena. En ella habrá celebración del misterio de la redención, pero también denuncia. No solo el cuerpo de Cristo y su sangre serán acogidos y compartidos como sagrados en el pan y la copa, sino todo cuerpo y sangre que represente vida.[xxi] Dios en el cuerpo ensangrentado y resucitado de Cristo, el cuerpo del ser humano violentado, el planeta ecológicamente amenazado y el cosmos entero por donde corre también savia de vida sustentadora, todos presentes en el pan y la copa cada vez que los tomemos.
De la misma manera les invito a bautizarnos en testimonio de nuestra integración con Dios, el planeta y el cosmos, como un todo que tiende a la armonía en plena gratuidad como partícipes de la intuición cosmoteándrica, que proclama la paz integral, el Shalom deseado. Este sacramento servirá como el fundamento firme para transformar nuestra dimensión pública de la fe en una de compromiso por la vida plena. Para cumplirlo, nuestra espiritualidad debe nutrirse no solo de la oración constante, sino del silencio y la escucha contemplativa de las experiencias de otros y otras y de las acciones concretas que encarnen el Espíritu de la paz a la que Cristo nos llamó, como antesala a un mundo libre de toda forma de agresión.
Desde la óptica Reformada y como parte de mis visiones y sueños para el siglo XXI, quedan estas pinceladas, que pretenden colaborar a que cumplamos con el deseo de la oración integradora en Juan 17 que nos invita a superar polémicas y a buscar la unidad en testimonio fiel de la Gracia divina “para que el mundo crea”.
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[i] Dionisio Borovio García, Sacramentos y creación (Salamanca: secretariado Trinitario, 2009), 15.
[ii] Leonardo Boff, Los sacramentos de la vida (Santander: editorial Sal Terrae, 3 era edición, 2015), 48-49.
[iii]José Severino Croatto, Experiencia de lo sagrado y tradiciones religiosas (Estrella: Editorial Verbo Divino, 2002), 307.
[iv] Willinston Walker, Historia de la iglesia cristiana (Missouri: Casa Nazarena de Publicaciones, 1991 Novena impresión), 183, 273-278.
[v] Ibid., 273; Justo González, Conoce tu fe, cristianismo para el siglo XXI (Orlando: AETH y San Juan: INTER, 2017), 133.
[vi] Véase una explicación del número 7 en: Boff, 98-99. Siete como suma de 3 más 4, es la totalidad de una pluralidad ordenada. 4 es el cosmos (tierra, agua, fuego y aire) y 3 representa el absoluto o la trinidad. En cuanto a la trinidad como la realidad absoluta recomiendo: Raimon Panikkar, La trinidad: una experiencia humana primordial (Madrid: Ediciones Siruela, 1998), Aquí expone que la Trinidad consta de una realidad divina, otra humana y otra cósmica, 14.
[vii] La unción la encontramos casi siempre en su modalidad de extrema unción, por el carácter privilegiado de su administración por parte del sacerdote.
[viii] Ibid., 278.
[ix] Congregación para la doctrina de le fe, El sacramento del orden y la mujer (Cità del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1997), 13. Por disposición del Papa Pablo VI, se añade el texto del Documento Pontificio, “Carta a Apostólica Ordinatio Sacerdotalis”, donde la ordenación sacerdotal se reserva solo para los varones. Sin embargo, de la evidencia bíblica no sustenta esta tradición. Karl Rahner, entre otros teólogos no encuentra que la autoridad dada a los apóstoles para practicar la eucaristía les otorgue el privilegio de la ordenación. Véase: María José Arana, “Sacerdocio” en 10 Mujeres escriben teología, Dir. Mercedes Navarro (Estrella: Editorial Verbo Divino, 1998) Nota 63.
[x] González, 133
[xi] Walker, 345. Kenneth Scott Laourette, Historia del cristianismo, tomo 2 (El Paso: Casa Bautista de Publicaciones, Sexta edición, 1987), 57. Contra la transubstanciación y la misa como “buena obra y sacrificio”, véase: Martín Lutero, La cautividad babilónica de la Iglesia, https://alatinacolonia2013.files.wordpress.com/2013/05/cautividad-babilonica.pdf (accesado octubre 27, 2018). Aquí Lutero en su estilo inflamatorio, considera la transubstanciación, “ficción de humanas invenciones” que no está respaldada por las Escrituras, y tampoco por la razón, 6. A la misa la considera la “tercera cautividad” que se impone como sacrificio y buena obra, pero que no es otra cosa que “promesa que Dios nos hace de la remisión de los pecados”, 8-9.
[xii] Edgar Moros Ruano, “La naturaleza de la presencia de Cristo en la cena del Señor, según Juan Calvino,” SEUT No. 20, Vol.2 (1995), 2-4.
[xiii] El jugo de uva, es herencia puritana. Fue una medida para controlar el uso del vino por su contenido de alcohol, considerado por algunas tradiciones, perjudicial para la conducta.
[xiv] Los Cuáqueros y el Ejército de Salvación son dos tradiciones que no practican sacramentos, González, 132.
[xv] Walker, 367.
[xvi] Henry Mottu, “Les Sacrements selon Karl Barth et Eberhard Jüngel,” Foi et Vie LXXXVIII-N˚2 (Avril 1998):37-38.
[xvii] Raimon Panikkar, La nueva inocencia (Estrella: Editorial Verbo Divino, 1993), 56-62. Véase también la propuesta de Leonardo Boff, donde nos ilustra sobre el pensamiento sacramental como una experiencia total, pg.46-47. La visión fragmentada de la realidad es una consecuencia de la modernidad.
[xviii] Ibid. Boff reflexiona respecto de algunas instancias de la vida que pueden ser convertidas a sacramentos que van desde la historia de la vida, el vaso, el profesor, etc., hasta una colilla de cigarrillo. Aquí da cuenta de su deuda con Ernesto Cardenal quien refiriéndose a la oración dice: “Fumar puede ser también oración… “. Ernesto Cardenal, Vida en el amor (Madrid: Editorial Trotta, 1997), 27.
[xix] Ivone Gebara, “La danza del eros o el deseo del ser,” RIBLA Vol 38, no. 1 (2001):1.
[xx] Movimiento iniciado en octubre 2017 para denunciar las agresiones y el acoso sexual, a partir de las acusaciones de abuso sexual contra el ejecutivo y productor Harvey Weinstein. Htpp://www.defensacentral.com, accesado 8/31/2018).
[xxi] Una de las propuestas feministas respecto de los sacramentos incluye la corporeidad humana como sacramento de Dios. Véase: Trinidad León, “Sacramentos” en 10 mujeres escriben teología, Dir. Mercedes Navarro, (Navarra: Editorial Verbo Divino, 1998), 340-344.
