Posted On 15/09/2013 By In Cultura With 1879 Views

Rubem Alves, 80 años

Rubem Alves ha llegado a los 80 años, una edad no solamente hermosa sino también llena de sabiduría poética, filosófica y teológica, aunque esta última sea muy a su pesar. Su trayectoria como pensador y escritor ha alcanzado una etapa climática que no tiene nada que ver con su edad. Eterno niño dispuesto a asombrarse, hoy lleva a sus lectores por caminos que nunca imaginó transitar, cuando en su primera infancia soñaba con ser músico. Acaso nunca perdió ese rumbo y ahora la poesía que brota de su pluma y de sus labios, con todo y la modestia que no deja de expresar siempre, estuvo siempre en germen en su corazón.

Su tránsito por la teología, la educación, el psicoanálisis, la narrativa infantil es una lección de vida, como reza el lugar común, aunque también, al sumergirse en los vericuetos que le permitieron llegar hasta donde está, es posible hallar algunos de los tesoros que fueron preludiando los logros a los que llegaría con el tiempo. Alves ha conseguido romper todas las etiquetas que han querido contenerlo: si fue precursor de la teología de la liberación, muy pronto se deshizo de esa marca y en plena libertad siguió la llamada de un pensamiento más amplio y lúdico. Si ha sido analista, también se desembarazó de esa tarea con un donaire personal que también obtuvo reconocimiento y lucidez. Si ha sido educador, quizá la labor que más lo satisface, no descansa en su afán por instigar transformaciones basadas en sus sueños. Si ha escrito tantas historias para niños, otra labor en la que se solaza sin término, es porque hubiera querido que ese tipo de narraciones lo acompañasen desde antaño. “Del paraíso al desierto”: fórmula que acuñó para describir una etapa fundamental en su vida, y que lo reubicó vitalmente en el mundo sin ninguna forma de remordimiento. Es un texto seminal.

Como integrante de una generación de pensadores protestantes influidos por la sombra y el magisterio de alguien como Richard Shaull, no dudó en radicalizar las intuiciones de su maestro y en llevarlas por confines que aquél apenas se aventuró, aunque sin desdeñar nunca los años de aprendizaje. Muchas de las quejas y denuncias hacia el ambiente religioso en el que creció y que elaboró desde hace ya 50 años siguen vigentes a pesar de los vaivenes y las transformaciones ideológicas y los cambios que efectivamente se han alcanzado. Ese talante eminentemente protestante tampoco lo abandonó, como se ve en varios de los trabajos reunidos en Dogmatismo y tolerancia, todo un tratado de amor atribulado hacia esa tradición de fe. Porque precisamente el cruce de caminos entre la fe personal, la religión, la política, la lucha social, la formación escolar y una práctica literaria sostenida ha hecho de Alves un autor imprescindible dentro y fuera de su país, un Brasil cuya palabra, música y cultura está presente entre nosotros gracias a él, en medio de sus contradicciones, sinsabores y alegrías.

Los énfasis liberadores, en todos los sentidos, impregnan sus textos con una frescura que se ha ido decantando más y más, de ahí que, cuando mira al pasado hacia sus tratados más serios y solemnes, trata de descartarlos como secos y áridos, pero también reconoce que su palabra auténtica buscaba cauces para manifestarse libremente. Lo consiguió, no sin sus buenas dosis de sufrimiento, pues el trato con el lenguaje y su feliz encuentro con la poesía estuvieron precedidos de búsquedas que pueden apreciarse en sus primeros libros. Hijos del mañana, por ejemplo, hoy puede ser visto como un gran poema teológico pues recupera el talante de los profetas ¡y ellos/as siempre hablaron en verso! En La teología como juego (o El hechizo erótico-herético de la teología o Variaciones sobre la vida y la muerte), como todo un pionero, entreabrió las puertas de una verdadera nueva teología, puesto que consideró, como casi nadie en ese momento, las vicisitudes de la humanidad desde la realidad dominante, abrumadora y casi absoluta del cuerpo, de la vivencia física de todas las cosas. De ahí su acercamiento al gran tema cristiano de la resurrección.

Hay que agradecer su encuentro con la poesía de T.S. Eliot, pues ella le permitió asomarse al milagro de “la luz fracturada”, extraordinaria visión que bien puede definir todos los esfuerzos de Alves por acceder a las entrañas del misterio último. Ya antes lo había intentado con los abalorios de su admirado Hesse, pero ante el definitivo contacto con la poesía todo cambió para siempre en sus ojos, en su vida completa, en su trato diario con las palabras. Ésa fue su conversión sin duda definitiva y más definitoria. Sus “crónicas”, poemas en prosa aderezados con sus más puras obsesiones y la medida del palpitar con que se relaciona con la existencia, llegan a nosotros como resultado de ebulliciones inevitables en el magma de su pensamiento y sensibilidad. Además de que nunca se desprendió de la huella de los “poemas sagrados”, como ahora denomina a la Biblia.

Celebrar con él este aniversario es la gran oportunidad para comenzar a ver su obra océanica no únicamente con la delectación que produce en una lectura atenta y en todas las relecturas posibles de su vida y escritos. Es también la ocasión para dejarse seducir por el lenguaje que le brota a borbotones, por ese “libro sin fin” que ha seguido escribiendo y que lo escribe a él incesantemente, porque el sacramento delicioso que reparte continuamente entre sus comulgantes es un alimento delicioso en el que lo vemos a él una y otra vez, en medio de su cocina verbal y literaria de la que salen esos manjares que inevitablemente son paladeados por una mirada que no deja de asomarse a los confines del infinito, ése que le produce tanta nostalgia.

Vaya, pues, este homenaje de algunos de sus lectores/as agradecidos a quien no ceja en su empeño de mostrar la belleza del mundo, del lenguaje, de la vida, aunque sin renunciar jamás a la necesidad de advertir los telones de fondo oscuros que, como la más profumnda noche, anticipan, exigen y propician la liberación plena de los seres humanos en el amor, la belleza y la nostalgia de ese Dios que siempre está escondido detrás de todas las cosas. Porque la fe poética es la que salva ya desde esta vida.

Presentación de La luz fracturada. Homenaje a Rubem Alves en su 80º aniversario (http://issuu.com/lcervortiz/docs/homenaje-80)

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