Posted On 05/07/2016 By In Opinión, portada With 5528 Views

Rumores, vida privada y vicios evangélicos

La construcción de rumores es un tema ya estudiado por la antropología. No es un elemento contingente a las relaciones sociales, sino que representa un tipo de estructuración de los vínculos con peso y dinámica propios. Es una práctica vigente en todo grupo y sociedad, aunque en cada uno va tomando ribetes distintos. El rumor tiene que ver con la imaginación, construcción o especulación sobre sucesos, personas y orígenes, que parten de esa mítica y casi platónica inquietud por buscar el “más allá” (ya que lo “más acá” se desconoce), con el objetivo de explicar y legitimar cosmovisiones y posiciones de poder (al precio –muchas veces- de confundir y deslegitimar el objeto/sujeto del rumor)

En el caso del mundillo evangélico, la creación de rumores es algo muy común y casi fundamental. A diferencia de otros espacios, en este campo casi siempre el rumor va ligado a la vida privada. Las relaciones afectivas, las prácticas sexuales, la vida familiar, las posiciones ideológicas y teológicas, los amigos/as y espacios que se frecuentan, entre otros, son los targets más usuales para determinar tipos de vínculo, acercamientos, prejuicios y dinámicas de poder. Como sucede con todo ritual –que recrea el lugar como sagrado, por ser un espacio donde lo divino se manifiesta-, de la misma manera el rumor sobre la vida privada se encuentra “santificado”–y con ello referimos a que contiene cierto estatus de verdad inherente- ya que se adentra en el ámbito donde la fe como tal se juega. En otras palabras: el famoso “testimonio”.

De aquí el gran poder del rumor como herramienta para generar conflictos y litigios con cierto estatus (o aires) de “santidad”, o sea, de legitimación propia. Manejar el rumor sobre la vida privada (del otro) equivale a tener un arma de lucha; o sea, controlar una instancia de construcción de cosmovisiones, de legitimación propia, hasta de competencias institucionales.

Como todo cortocircuito con nuestras propias moralinas existenciales, vale advertir sobre las contradicciones inherentes a estas prácticas –que por momentos se transforman en vicios enfermizos- con respecto a los “principios” o “valores” de la socialización que promueve la fe cristiana, desde una perspectiva teológica y bíblica. Santiago 3 y el (mal) uso de “la lengua” en la comunidad (léase crítica y chismerío) suele ser una de las lecturas más conflictivas.

Finalmente, decir “santificado” también implica que dicha práctica pretende, por momentos, pasar desapercibida, como algo contingente, “secreto” y hasta normal, más aún cuando sus objetivos son supuestamente “nobles”, ya que tienen que ver con “destapar la verdad” de lo que (no) agrada a Dios (siempre y cuando “el otro” no se entere; sino, toda “teología” se desvanece inmediatamente). En fin: el rumor es una práctica muy cargada de valor con profundas consecuencias en las relaciones. Y en el mundillo evangélico, en todos sus espectros (hasta en aquellos donde ello se cuestiona), es un arma de doble filo (¡y afiladísima!): en nombre de la Verdad (subjetiva, personal, egoísta, prejuiciosa, y sobre todo… ¡¡desconocida!!) se pueden hacer muchísimas incisiones, con el objetivo de matar al enemigo, aislarlo socialmente, legitimar posiciones e inventar bombas de destrucción masiva que no existen.

Nicolás Panotto

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